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Componer en
el posmodernismo (diálogo con Mauricio Kagel)
Werner Klüppelholz
"El mejor
músico europeo que conozco es un argentino, Mauricio Kagel".
La paradoja de John Cage resuena a la hora de editar esta entrevista:
¿es necesario presentar a Kagel? Probablemente lo sea en
la Argentina, donde su obra, sin duda, una de las más significativas
y originales de la segunda mitad del siglo, no tiene ningún
tipo de difusión. Compositor, director, autor de varias
películas para cine y televisión (Antithèse,
Match, Solo, Ludwig van, Zwei-Mann-orchester,
entre otras), Mauricio Kagel nació en Buenos Aires el 24
de diciembre de 1931 y desde 1957 vive radicado en Colonia, Alemania.
En 1960 funda el Ensamble de Nueva Música de Colonia y
desde 1974 ocupa la cátedra de Nuevo Teatro Musical en
la Escuela Superior de Música de esa ciudad. La entrevista
que se publica a continuación fue realizada en 1989.
-La palabra "posmodernismo"
parece presuponer el modernismo. ¿No sería mejor
que nos ocupásemos primeramente de este concepto?
-Es casi
imposible separar ambos conceptos entre sí. Sin embargo,
ante la provocativa palabra posmodernismo se agita muchas veces
el fantasma de la ilusión en el sentido de que la historia
sería reversible. Se advierte formalmente la satisfacción
de que, por fin, estaríamos en pre-modernismo idílico.
En esta confusión ideológicamente ornamentada reside
el desembozado ajuste de cuentas con el espíritu del modernismo.
Desde aquí debe-ríamos partir, ya que los resenti-mientos
imperantes en pro o en contra del posmodernismo enturbian la visión
de lo esencial. El posmodernismo en tanto eslabón de una
evolución lógicamente fundamentable, en tanto lo lisa
y llana-mente contemporáneo, siempre ha sido tan necesario
como la re-flexión acerca de las consecuen-cias y las variantes
posibles de todo lo nuevo.
-Consideremos
dos ejemplos extremadamente diferentes de entre sus propias obras.
Anagra-ma (1957/58), una composición lingüística
y fonemática, basada en un anagrama latino y en cinco idiomas
diferentes, que por cierto en la práctica no se tornan semánticamente
inteligibles, y la cantata Mitternachtstück (Pieza de Medianoche,
1981 /82), en la cual usted, al tiempo que garantiza cuidadosamente
la comprensión de las palabras, pone en música, de
una manera total-mente cercana a la tradición, textos provenientes
de los diarios tempranos de Robert Schumann. ¿Qué
lo ha impulsado hacia una y otra composición?
-Anagrama
surgió del deseo de utilizar las lenguas no tanto como vehículo
de la composición musical, sino para desmembrarlas en sus
partes acústicas constitutivas, para así obtener categorías
musicales. Las oraciones y las palabras resultan pasadas por una
máquina trituradora tanto retóricamente lógica
cuanto sistemáticamente arbitraria. Todo se orientó
hacia la conformación de sonoridades mixtas. Surgió
así material triturado y, al mismo tiempo, algo formado con
ese material triturado. Resultará obvio que esto no fue posible
sin la es-pina dorsal de un haz de método de composición.
Veinte años después surgió, no solo en otros
compositores coetáneos, sino también en mí
mismo, la necesidad de una evolución ulterior por medio de
cambios, lentos o abruptos. Sería insensato seguir reproduciendo
la música de la década de 1960 al fijar rígida-mente
esas obras, ya que ello se basaría en la creencia de que
existe alguna verdad que habría que eternizar más
allá de la culminación de su acción estética.
Por ejemplo, la discusión acerca de la influencia de la Segunda
Escuela de Viena, así como sobre sus sucesores mediatos e
inmediatos, se torna ociosa en cuanto se acopla el método
dodecafónico y la serialidad con una pretensión de
verdad. En el pasado esto ya ha conducido a una estética
casi fascistoide, porque la utopía de conservar el control
total sobre todos los parámetros ha acarreado antes bien
el absolutismo sobre los oyentes, con excepción de algunas
obras válidas. Por cierto que los compositores pueden señalar
la sinceridad de sus obras, y aun ensalzarlas como modelos de pensamiento,
pero jamás impedirán que otros compositores y observadores
sientan esos esfuerzos como curiosamente obsoletos, y hasta involuntariamente
cómicos.
La vida cultural ama los manierismos, los ismos, las etiquetas.
Esto apunta hacia una simplificación latente en la evaluación
y ubicación del fenómeno estético. En cambio,
autores, pintores y compositores están continuamente empeñados
en reelaborar de nuevo sus propias experiencias en la invención,
en enriquecer el proceder. A menudo esto conduce a lentas transformaciones,
que a veces la critica y los oyentes solo perciben cuando la diferencia
con lo precedente ya es inmensa. En la década de 1960 también
se encuentran en mis trabajos ejemplos de rechazo de las recetas
imperantes. Así, algunos aspectos de Phonophonie ya apuntan
a Mitternachtstück, solo que en forma rudimentaria. En esta
última pieza me sedujo el texto casi expresionista de Schumann,
y esto me obligó a una transposición musical consecuente,
en la que la comprensibilidad conservaba el rango de mandamiento
supremo. De por sí ya siempre me molestó que los textos
basales, que a veces inspiraban a los compositores a confeccionar
manifiestos, solo se tornaran comprensibles a través del
comentario acompañante en el programa del concierto. Los
guisos lingüísticos no son modernos ni posmodernos,
sino, entretanto, una característica tan difundida como puede
ser alto, profundo o lento. Dicho en otros términos: a priori,
lo incomprensible no resulta más apropiado a la época
que las palabras claramente perceptibles, o viceversa. Desde temprano
ya existen en mis composiciones elementos del posmodernismo, porque
siempre me sentí fascinado por la posibilidad que tienen
los compositores: la de iluminar o reproducir de una manera nueva
material recibido en herencia.
-Antes
de su viraje francamente visible hacia la tradición, marcada
por Ludwig van (1969/70) o la tonalidad serial de Programm,
y a hay ciertamente indicios de ello en algunos títulos de
sus obras, como por ejemplo Mirum para tuba (1965).
-Con
frecuencia, los títulos son documentos de una toma de posición,
o parte de una actitud. Trato de hallar títulos tales que,
cuando menos, eviten la impresión de que mi música
formularía la pretensión de ser una ciencia exacta.
Hay que oír las risas de matemáticos y físicos
cuando leen más de una pretenciosa efusión redactada
por compositores que pretenden conferir a sus obras el aura de la
precisión infalible. En el fondo, difícilmente tengan
los compositores la formación y el pertrechamiento exigibles
como para aportar, al ocuparse de las disciplinas científico-naturales,
una contribución científica incitante.
De hecho, lo que me interesa es otra cosa:
Un antiguo sueño del compositor es la creencia en la necesidad
de los sonidos que ha encontrado. Sin embargo, este estado de cosas
es más complicado de lo que se creen, porque los compositores
están firmemente persuadidos de que todas sus combinaciones
sónicas son imprescindibles. Si se quiere, una especie de
postulado teórico-musical de la infalibilidad.
Volvamos a Mirum para tuba. Al leer u oír este título
por primera vez, se piensa inevitablemente en el Requiem
de Mozart. Eso me gusta, porque el reservorio de nuestra ilustración
musical vela elásticamente por una duplicidad o triplicidad
del terreno, un hálito en la historia de la música
que puede desembocar en una expectativa auditiva diferente. Acaso
ese título haya sido una cita temprana de la estética
posmodernista, aunque sin citar expresamente.
-Schoenberg
lo sentía de otro modo: a él le interesaba, decididamente,
mantener al margen de su música hasta el más tenue
hálito de la historia, o en todo caso la menor asociación
con la tonalidad. En vano, según se sabe. Pero ¿no
reside en eso una diferencia esencial respecto de la situación
actual?
-Schoenberg
siempre sufrió porque se consideró que el papel que
desempeñaba era el de aguafiestas. Y sin embargo, su obra
alberga tanta tradición: Wagner, Brahms, Hugo Wolf, y muchos
otros. La tradición hasta le dio fuerzas para poder componer
así. Es un mal ejemplo -por fallido- de la tentativa de mantener
alejada la tradición. Suelo formular estadísticas,
por hobby: en el transcurso de mi vida probablemente haya escuchado
Noche Transfigurada con una frecuencia treinta veces mayor
que el cuarto cuarteto de cuerdas, y Pierrot Lunaire incontablemente
más a menudo que los Lieder op. 22. Con ello no
quisiera formular una teoría, y menos aún en pro o
en contra de la tonalidad, en tanto ideología. Pero me gustaría
citar una carta escrita en 1920 por Max Ernst a Tristan Tzara en
París. Por razones de piedad lo hago en el texto original
francés: "Les intellectuels allemands ne peuvent pas
faire caca ni pipi sans des idéologies". Ahora vivo
en Alemania y soy testigo y cogestor de un magma ideológico
contra el cual me defiendo sinceramente. Así me sorprende
constantemente enterarme de qué manera diferente escuchan
música otras personas que yo -que nosotros, la gente del
oficio-, y qué descubren en ella El posmodernismo es, seguramente,
una afrenta contra la superestructura ideológica, contra
esa severidad que se define a sí misma como severa. No lo
digo como abogado del posmodernismo, sino más bien como testigo
de una incertidumbre en expansión, que también se
ha adueñado de la crítica. Me regocijan las crisis
en el terreno de la estética; siempre me resultaron sospechosas
las teorías concordantes, los sistemas firmemente estructurados;
por cierto que me siento en un terreno vacilante. Por otra parte
las teorías fantasiosas solo resultan apasionantes como parte
de una ficción general. Acepto de buen grado muchas cosas,
en tanto la ideología y la estupidez no marchen en la misma
dirección.
-Sin
embargo, creo que el viraje hacia la tradición sobre fines
de la década de 1960 aún no está suficientemente
aclarado. Después de todo hubiese resultado imaginable que
usted -al igual que los más jóvenes en la década
de 1980- se hubiese abierto un sendero hacia la reconcentración.
-Me lo
impidió mi impulso hacia la coherencia. Además de
ello, la propia década de 1960 fue, desde el punto de vista
filosófico-cultural, una excursión hacia una forma
de reconcentración que, sin embargo, no se definía
de esa manera por aquel entonces. El excesivo énfasis puesto
sobre lo estructural en la metodología de la composición
condujo -a través de una música especulativa- hacia
mensajes herméticos, que en muchos casos era menester decodificar.
Sería ingenuo afirmar que una música que se encierra
pretenda ser comunicativa. Tan ingenuo como la creencia de que podemos
influir sobre los procesos sociales por medio de la música.
Solo somos como veletas, que si bien giran antes de que sople el
viento, no pueden luego decidir ya su dirección.
-Si echase
una mirada retrospectiva, ¿en cuál obra o grupo de
obras reconocería usted mismo un viraje estilístico?
-Mientras
se llevaban a cabo las transformaciones, resultaba difícil
derivar de ello un sistema. Esto vale en especial para obras individuales.
Pero por cierto que Ludwig van y las Variaciones sin
fuga fueron un intrépido entendimiento con la forma
y la expresión del siglo XIX.
¿Cómo escribirían hoy los compositores del
pasado? Ese interrogante, junto con sus efectos posibles, siempre
me ha preocupado, porque me concibo dentro de la continuidad de
una tradición musical incesante. Por ejemplo, la expresión
"Gran Música" la oí por primera vez en Alemania.
Su empleo es interesantísimo: cada cual entiende por ello
otra cosa, pero no obstante existen obras ante las cuales de inmediato
reina unanimidad en el sentido de que se trata, definitivamente,
de gran música. El Adagio del cuarto Concierto para piano
de Beethoven es una música de esta índole, y usted
concordará conmigo en que la indecible emoción que
se experimenta hacia el final de ese movimiento casi nos hace esperar
que no haya de seguirlo un allegro. No toda la música buena
es gran música; por encima del nivel superior de la música
seria existe, aparentemente, un nivel supremo, reservado para aquella
música capaz de dejarnos perplejos. En cada uno de los compositores
que han marcado la historia de la música hay pasajes de esa
naturaleza, aunque ninguno haya tenido la capacidad de escribir
continuamente música grande. Al contemplar semejante meta-nivel
de la sensibilidad musical, me cautiva menos el interrogante acerca
de lo realizado por Beethoven, Mozart o Wagner, que este otro: ¿Qué
hubiesen desarrollado estos compositores, 150 ó 200 años
más tarde, en materia de lenguaje musical? Presumiblemente,
la respuesta tendría que ver con la naturaleza esencial del
posmodernismo.
-Esta
continuación utópica, no es, literalmente, una tarea
a medias autoimpuesta, en la forma de una identificación,
tal como la que cada cual puede observar en sí mismo?
-¡Desde
luego! Si yo fuese musicógrafo, tendría que interesarme
lo que habría de escribir Hanslick acerca de la nueva música
de hoy. Pero soy solo un compositor, y sin embargo estoy persuadido
de que no es posible desgajar mi música de una evolución
lógica continuada de los lenguajes musicales. Por eso jamás
proclamé que lo novedoso sería más valioso
que la sustancia de la propia cosa. En todos mis escritos y coloquios
jamás senté un alegato en favor de la necesidad del
modernismo, que sería realmente superfluo. Por otro lado,
denominaciones tales como Ars Nova posibilitaron una relativización
de técnicas anteriores de composición, que a posteriori
podían examinarse bajo una nueva luz. La consideración
lineal, unidimensional de la historia de la música fue complementada
y refinada durante las últimas décadas gracias a puntos
de vista de la etnología y la sociología musicales,
así como de orden filosófico. La culminación
de cada ismo permite el análisis del ismo precedente de una
manera diferenciada; la misma relación guardan asimismo el
posmodernismo y el modernismo. Solo que resulta difícil hacerlo
sin expresar generalizaciones acerca del modernismo, ya que éste,
en realidad, comienza ya con la Edad Moderna, es decir, en el siglo
XVI. A una definición del modernismo corresponde asimismo
una técnica de la expresión, que hemos aprendido a
emplear y a entender como parte de nuestra ilustración. Por
más que la tecnología pueda renovarse constantemente,
ha permanecido invariable el objetivo de comunicar mediante sistemas
de signos comprensibles. Y tanto da que aspiremos a ese objetivo
mediante el collage, el décollage, acordes mayores o series
dodecafónicas. No debe entenderse la música serial
como el pináculo del modernismo musical, ni las obras subsiguientes,
de diferente fundamentación estética, casi como una
traición. Esta consideración ignora de raíz
la complejidad de las obras no-seriales. Para dar un ejemplo proveniente
de las artes plásticas cuando se aceptó el collage,
junto al dibujo o la pintura, como una técnica legítima,
no solo se amplió la paleta, sino que también se produjo
un proceso de repensamiento. Se dio así la posibilidad de
una ampliación metódica del oficio. Esto no lo logró
la academia, sino el espíritu del modernismo.
-Se me
ocurre que, hacia comienzos de siglo, el modernismo era primordialmente
una cuestión de moral, tal como lo expresa en forma totalmente
literal la frase "la ornamentación es un crimen".
-Por
cierto que el propio Adolf Loos era un paladín de la ornamentación,
solo que de una ornamentación severa y objetiva. Esta clase
de ceguera poética subsiste hasta el día de hoy; se
prohíbe esto, se censura aquello otro. En última instancia,
lo único que cuenta es el objetivo.
-Sin
embargo, parece justificado el recelo frente al "posmodernismo"
en el sentido de que la postura del laisser-faire, en última
instancia, también abandona la moral estética, ya
que un código moral que, precisamente, no lo autoriza todo,
aún sigue siendo el fundamento de cualquier concepto de arte,
en el cual, por lo demás, hasta quisiera participar un poco
el inefable sonsonete de un Philip Glass.
-Siempre
hubo adherentes que proporcionaban las obras que se están
esperando para rechazar o condenar una estética determinada.
Así ocurrió tanto en la música serial como
en el neoclasicismo, en el neorromanticismo o en la música
minimalista. En todas las épocas hubo una producción
casi sistemática de obras superfluas. Pero serla injusto
medir estas obras con aquellas que han provocado una transformación
histórica. La formulación de Loos es inquietante,
y ello no en último término porque durante la década
de 1970 hemos podido ser testigos de una inesperada valorización
del Art Nouveau. Yo mismo también he aprendido a no seguir
considerando como látsch la noble severidad del Art Nouveau,
tal como antes lo hacía globalmente, y aun ciertas evoluciones
en el Bauhaus no resultarían comprensibles sin el Art Nouveau.
Naturalmente que he abogado por los ideales del Bauhaus, pero reconozco
sinceramente que solo mucho más tarde comprendí muchas
conexiones en la historia del arte. Las exposiciones sobre la pintura
del siglo XIX que se realizaron en Hamburgo durante la última
década fueron extraordinarias, porque no se originaron en
un espíritu afirmativo en contra de lo nuevo, sino para comprender
más ampliamente el modernismo. De esta manera, muchos observadores
comenzaron a verlo con nuevos ojos. A comienzos de la década
de 1960 afirmé que, hasta tanto no se elaborase a fondo el
siglo XIX, no podría evaluarse soberanamente el siglo XX
ni seguir desarrollándolo con auténtica libertad.
En otras palabras: ya entonces estaba yo convencido de la tradición
de la modernidad en la tradición, pero no por razones sentimentales
ni para anunciar el retroceso, sino simplemente porque ello me interesaba
candentemente desde el punto de vista de un compositor del siglo
XX.
-Usted
ha aplicado el pensamiento serial a los tipos sonoros de la tonalidad,
cosa que, con su habitual proclividad a las paradojas, califica
de tonalidad serial. Presuntamente, la coerción serial garantizaría
lo que usted ha calificado de coherencia. A su vez, ésta
tiene la misión de ponerla a salvo del eclecticismo... ¿o
acaso ese concepto ya no tiene hoy en día, de por sí,
sentido?
-Jamás
he incurrido, intuitiva y formalmente, en el eclecticismo. Soy demasiado
estricto y económico como para ello. Intento convertir lo
poco en mucho, y esto requiere un oficio coherente, clásico.
Ocurre algo similar a la química: a partir de tres o cuatro
elementos dados, obtener un número máximo de derivados.
Aquellos que resulten óptimos servirán para confeccionar
nuevas ramificaciones de una estructura formal. Naturalmente que,
desde el siglo XVIII hasta hoy en día, encontramos este modelo
concretado, una y otra vez, con la mayor perfección. Tampoco
me interesa el eclecticismo porque, ya de por sí y en virtud
de los medios, vivimos en una ininterrumpida realidad ecléctica,
que no pienso reproducir una vez más en mis obras. Acaso
eso sería posmodernismo en estado puro, pero, al mismo tiempo,
una especie de naturalismo de los medios, realmente alejado de mi
estética. El conflicto entre modernismo y posmodernismo se
basa también en la ilusión de que el uno podría
relevar sin más al otro, como si por una decisión
pudiese resolverse que a partir de ahora tiene vigencia la irracionalidad
donde antes imperaba la racionalidad. Ni la una ni la otra se ajustan
en profundidad al espíritu profundo de la época. También
podría ser que, más adelante, se considerase al posmodernismo
de hoy como un peldaño de transición, como una cinta
transportadora hacia un modernismo más virulento aún.
¿Quién se atreve a predecirlo con certeza?
(LULÚ
número 2, Noviembre de 1991. Traducción de León
Mames) |