|
|
|
¿Cuándo
es el arte?
Nelson Goodman
En el mundo anglosajón,
cuando se habla de filosofía, hay un nombre inevitable:
Nelson Goodman. Este americano, autor de libros como The
Structure of Appearance; Fact, Fiction and Forecast
y Languages of Art, se ha dado el lujo de discutir con
E. H. Gombrich acerca del carácter convencional o no de
la perspectiva, polemizar con filósofos de la ciencia cuyos
"compromisos ontológicos" desaprueba y escribir
para Critical Inquiry, una publicación dedicada
a la teoría literaria y la crítica-cultural. Sus
argumentos, complejos pero llenos de buen humor, han acabado con
las certezas de muchos. Este ensayo de Goodman se interroga acerca
del obstinado problema: ¿cómo saber si algo es una
obra de arte?
Lo
puro en el arte
Si los
intentos de responder a la pregunta "¿Qué es
el arte?" acaban en frustración, ello puede deberse
-como suele ocurrir en filosofía- a que se trata de la pregunta
equivocada. Repensando el problema, y aplicándole algunos
resultados obtenidos del estudio de los símbolos, quizá
seamos capaces de aclarar asuntos tan discutidos como el rol del
simbolismo, el "object trouvé" y el así
llamado "arte conceptual".
Cierta curiosa opinión acerca del vínculo entre símbolos
y obras de arte se ve ilustrada por una anécdota que Mary
McCarthy relata mordazmente:
"Siete años atrás, cuando enseñaba en
un colegio progresista,
conocí a una chica bastante atractiva que deseaba ser escritora.
No era su docente, pero ella sabía que yo a veces escribía
relatos, de modo que una tarde, agitada y con el rostro encendido,
se me acercó en el pasillo para comunicarme que había
escrito un cuento que le había gustado muchísimo a
su profesor, un tal Mr. Converse. “Le parece maravilloso,
dijo, y me va a ayudar a corregirlo porque lo quiere publicar”.
Le pregunté por la trama; la chica era una persona simple,
enamorada de la ropa y de salir con los muchachos. Su respuesta
fue dubitativa. Trataba de una chica (ella) y de unos marineros
con quienes se topaba en el tren. La expresión de su rostro,
que se había ensombrecido por unos segundos, recuperó
luego la alegría. “Mr. Converse lo está revisando
conmigo, y le vamos a agregar todos los símbolos."
En estos tiempos la entusiasta alumna recibiría el consejo,
igualmente sutil, de excluir cualquier símbolo, pero la lógica
subyacente es la misma: los símbolos, necesario ornamento
o agregado superfluo, son extrínsecos a la obra. Cuando nos
hablan de símbolos, pensamos primero en el Jardín
de las delicias, los Caprichos, aquellos relojes derretidos de Dalí,
y por último quizás en la pintura religiosa, cuanto
más mística mejor. Resulta menos extraña la
asociación entre lo simbólico y lo esotérico
o ultramundano que el hecho de clasificar a las obras como simbólicas
sobre la base de que tengan símbolos por tema vale decir,
sobre la base de que representen, y no sean, símbolos. Ello
supone arte no-simbólico al que nada representa, pero también
a los retratos, naturalezas muertas y paisajes que no incluyen alusiones
arcanas ni son en sí mismos símbolos.
Sin embargo, cuando ofrecemos ejemplos de obras no-simbólicas,
de arte desprovisto de símbolos, nos limitamos a obras carentes
de tema, e.g. cuadros o composiciones o edificios puramente abstractos
o decorativos o formales. Quedan excluidas aquellas obras que representan
algo, no importa qué o cómo; porque representar es
a todas luces referirse a, estar en lugar de, simbolizar algo. Toda
obra representativa (es decir, que representa algo) constituye un
símbolo, y el arte desprovisto de símbolos es un arte
carente de temas. Que las obras representativas sean simbólicas
de acuerdo con un uso del término, y no-simbólicas
de acuerdo con otro, tiene escasa importancia mientras no confundamos
ambos usos. Lo que sí importa, según muchos artistas
críticos contemporáneos, es distinguir la obra de
arte de aquello que simboliza o a lo que se refiere. Permítaseme
citar entre comillas, puesto que lo presento a la consideración
del lector, y sin emitir ahora juicio alguno, el resumen de un programa
o política o punto de vista muy frecuente hoy en día:
"Lo que un cuadro simboliza es externo a éste, externo
a éste en cuanto obra de arte. Su tema, si lo posee, sus
referencias -sutiles u obvias- mediante símbolos tomados
de un vocabulario más o menos conocido, no tienen nada que
ver con su valor o carácter estético o artístico.
Aquello a lo que un cuadro de algún modo se refiere, abierta
u ocultamente, yace fuera de éste. Lo que importa en realidad
no es su relación con otra cosa, no es lo que el cuadro simboliza,
sino aquello que es en sí mismo -en sus cualidades intrínsecas.
Cuanto más el cuadro dirija la atención hacia aquello
que simboliza, más nos distrae de sus verdaderas propiedades.
Se sigue de esto que toda simbolización resulta no solo irrelevante
sino molesta. El arte realmente puro desprecia la simbolización,
no se refiere a nada, debe ser tomado tal cual es, no por estar
unido a algo mediante un vínculo tan remoto como el simbólico."
Este manifiesto tiene mucha fuerza. El consejo de concentrarse en
lo intrínseco por sobre lo extrínseco, la insistencia
en que la obra es lo que es y no lo que simboliza y la conclusión
de que el arte puro deja de lado toda referencia externa suenan
a pensamiento riguroso, y prometen rescatar al arte de los daños
que le infligen la interpretación y el comentario.
Un
dilema
Sin embargo,
hay aquí un dilema. Si aceptamos la doctrina del purista
o formalista, parecemos estar diciendo que el contenido de obras
tales como el Jardín de las delicias o los Caprichos no tiene
importancia. Si rechazamos la doctrina, nos culparán de creer
que no importa sólo aquello que la obra es, sino también
muchas cosas que la obra no es. En un caso estaríamos recomendando
la lobotomía de muchas grandes obras, en el otro condonando
la impureza en las artes poniendo el acento sobre lo exterior a
las obras.
Pienso que lo apropiado es reconocer que la posición del
purista resulta incorrecta y correcta al mismo tiempo. ¿Cómo?
Empecemos por aceptar que lo externo es externo. ¿Aquello
que un símbolo simboliza, debe siempre ser externo a éste?
Depende del tipo de símbolo. Consideremos los siguientes:
a. "esta
cadena de palabras", que está en lugar de sí
misma;
b. "palabra", cuando se aplica a sí misma entre
las otras palabras;
c. "corta", cuando se aplica a sí misma entre otras
palabras y muchas otras cosas;
d. "que tiene ocho sílabas", que tiene ocho sílabas.
Obviamente,
lo que algunos símbolos simbolizan no se halla por completo
fuera de ellos. Los ejemplos citados son, desde luego, bastante
especiales, y ejemplos análogos en pintura -cuadros que son
cuadros de sí mismos o se incluyen a sí mismos en
lo que representan- pueden ser omitidos por muy raros o idiosincráticos
como para resultar de peso. Aceptemos por el momento que lo que
una obra representa, salvo en unos pocos casos, es externo a ella.
¿Significa esto que cualquier obra que no representa nada
satisface al purista? En absoluto. Para empezar, los cuadros de
Bosch, llenos de extraños monstruos, o los tapices con unicornios,
nada representan -no hay tales monstruos o demonios o unicornios
excepto en cuadros o descripciones verbales. Decir de un tapiz que
"representa a un unicornio" se reduce a decir que eso
contiene la imagen de un unicornio, no que haya un animal o cosa
que el tapiz representa. Estas obras aunque nada representan, satisfacen
bien poco al purista. Puede que mi objeción sea un prurito
de filósofo, de modo que no insistiré. Aceptemos simplemente
que tales cuadros, aunque nada representan, poseen un carácter
representativo, por ende simbólico e "impuro".
De todas formas debemos dejar sentado que el hecho de que sean representativos
no implica que representen algo externo a ellos, de manera que el
purista no puede rechazarlos sobre esa base.
Por otra parte, no solo las obras representativas son simbólicas.
Los cuadros abstractos, que nada representan ni son representativos,
pueden expresar, y así simbolizar, un sentimiento u otra
cualidad, una emoción o idea. Puesto que la expresión
es un modo de simbolizar algo externo al cuadro -que no percibe,
siente, ni piensa-, el purista rechaza al expresionismo abstracto
tanto como a las obras representativas.
Para que una obra constituya una instancia de "arte puro",
no debe representar ni expresar ni ser expresiva o representativa
de nada. ¿Basta con esto? Tal obra no está en lugar
de nada externo, cierto: todo lo que posee son sus propiedades.
Claro que si lo formulamos de este modo, todas las propiedades que
un cuadro o cualquier cosa posee -incluso la propiedad de representar
a una determinada persona- son propiedades del cuadro o la cosa,
no propiedades externas.
La previsible respuesta es que existe una importante distinción:
entre propiedades internas o intrínsecas y propiedades externas
o extrínsecas, que aunque todas sean de hecho propiedades,
algunas vinculan el cuadro con otras cosas, mientras que un cuadro
no-representativo y no-expresivo solo posee propiedades internas.
La respuesta no funciona, puesto que bajo cualquier diferenciación
mínimamente plausible entre propiedades externas e internas,
un cuadro o cualquier cosa tiene propiedades de ambos tipos. Que
un cuadro esté en el Metropolitan Museum, que haya sido pintado
en Duluth o no haya alcanzado aún tantos años como
Matusalén jamás podrían ser propiedades internas.
Librarnos de la representación y la expresión no nos
deja con algo carente de propiedades externas.
Más aún: la diferencia misma entre propiedades externas
e internas resulta bastante vaga. Presumiblemente, los colores y
formas de un cuadro son propiedades internas, pero si una propiedad
externa es aquella que vincula el cuadro u objeto con otra cosa,
entonces los colores y formas cuentan como propiedades externas,
ya que un objeto no solo puede compartir su color y forma con otros,
sino que su color y forma lo vinculan con otros objetos que tienen
los mismos o diferentes colores y formas.
A veces, los términos "interna" e "intrínseca"
son sustituidos por "formal". Pero lo formal en este contexto
no puede ser únicamente la forma. Debe incluir el color,
y si el color, ¿qué más? ¿La textura?
¿El tamaño? ¿El material? Podemos enumerar
a gusto y placer las propiedades que llamaremos formales, pero ese
"a gusto y placer" resulta delator. El motivo y la justificación
de la diferencia se han evaporado. Las propiedades consideradas
no-formales ya no son todas y únicamente aquellas que vinculan
al cuadro con algo exterior. De manera que seguimos sin saber qué
principio, si hay alguno, está involucrado aquí -sobre
qué base distinguir las propiedades que importan en la pintura
no-representativa y no-expresiva.
Creo que existe una solución a este problema, pero alcanzarla
significa caer a tierra de golpe, dejando de lado nuestra altisonante
cháchara acerca del arte y la filosofía.
Muestras
Consideremos
por un momento el trozo de tela que figura en el libro de muestras
de un sastre o tapicero. Difícilmente puede llamárselo
obra de arte, decir que representa o expresa algo. Es solo una muestra
-una simple muestra. ¿De qué es una muestra? Textura,
color, trama, grosor, hilos... Su función, estamos tentados
de señalar, consiste en que proviene de cierta bobina de
tela y posee las mismas propiedades que el resto del material. Pero
eso sería apresurarse mucho.
Quisiera que se me permitan dos relatos -o un solo relato dividido
en dos partes. La Sra. M. R. Triz estudió el libro de muestras,
hizo su elección y ordenó de su negocio favorito la
cantidad suficiente como para retapizar el juego de living -insistiendo
en que fuese exactamente como la muestra. Cuando llegó el
ansiado paquete, grande fue la desazón de la Sra. Triz al
ver que cientos de trozos de 2 pulgadas x 3 pulgadas, exactamente
idénticos a la muestra hasta en sus bordes zigzagueantes,
caían al piso de la sala. Telefoneó entonces al negocio
para quejarse, y el dueño respondió, dolido y fatigado:
"Pero Sra. Triz, usted dijo que la tela debía ser exactamente
como la muestra. Ayer, cuando vino de la fábrica, mis empleados
se pasaron la mitad de la noche cortándola".
El incidente estaba casi olvidado unos meses más tarde, y
la Sra. Triz, tras haber cosido los trozos y cubierto el juego de
living, decidió organizar una fiesta. Fue a la panadería,
eligió una masita de chocolate y pidió que luego de
dos semanas le enviasen suficiente como para cincuenta personas.
Los invitados estaban empezando a llegar cuando el camión
de la panadería le trajo a la Sra. Triz una sola e inmensa
torta. La encargada del horno se afligió mucho por la queja
de la Sra. Triz: "Pero Sra. Triz, no tiene idea de cuánto
nos esforzamos. Mi esposo es el dueño de la casa de telas,
y nos advirtió que su pedido iba así, de una sola
pieza".
La moraleja del relato no es que no podemos ganar, sino que una
muestra es una muestra de algunas propiedades pero no de todas.
El trozo de tela es una muestra de textura, color, etc., pero no
de tamaño o forma. La masita es una muestra de color, textura,
tamaño y forma, pero no de todas sus propiedades. La Sra.
Triz se hubiera quejado aun más amargamente si lo enviado
hubiese sido como la muestra al punto de tener dos semanas de antigüedad.
¿De cuáles entre sus propiedades es muestra una muestra?
No de todas, porque en tal caso solo sería una muestra de
sí misma. Tampoco de sus propiedades "formales"
o "internas", ni, en efecto, de cualquier conjunto especificable
de propiedades. El tipo de propiedad varía caso por caso:
la masita, pero no la tela, es una muestra de tamaño y forma;
un trozo de oro puede ser muestra de lo que se extraía en
cierta época y lugar. Más aun: las propiedades varían
según el contexto y las circunstancias. Aunque el trozo de
tela normalmente funcione como muestra de su textura, etc., pero
no de su tamaño y forma, si yo se lo señalo a alguien
como respuesta a la pregunta: "¿Qué es una muestra
de tapicero?", entonces no funciona como muestra de tela, sino
como muestra de una muestra de tapicero, en cuyo caso el tamaño
y forma figuran entre las propiedades de las cuales es muestra.
En suma, la cuestión se reduce a que una muestra es una muestra
de -o ejemplifica- sólo algunas de sus propiedades, y que
las propiedades que ejemplifica varían de acuerdo con las
circunstancias, de modo tal que únicamente podemos distinguirlas
como aquellas de las que, bajo las circunstancias dadas, es una
muestra. Ser una muestra de o ejemplificar es una relación
análoga a ser un amigo de; mis amigos no se caracterizan
por una sola propiedad o conjunto de propiedades especificable,
sino por el hecho de estar, durante un período de tiempo,
vinculados conmigo por una relación de amistad.
Lo que todo esto quiere decir respecto de las obras de arte resulta
obvio. Las propiedades que importan en el cuadro del purista son
aquellas que el cuadro vuelve manifiestas, selecciona, exhibe, subraya,
dirige nuestra atención hacia -aquellas que muestra, aquellas
que, en resumen, no solo posee sino ejemplifica.
Si estoy en lo cierto, entonces el más puro de los cuadros
del purista es simbólico. Ejemplifica algunas de sus propiedades,
y ejemplificar es simbolizar -la ejemplificación es una forma
de referencia tanto como la representación o la expresión.
Una obra de arte, por más libre de expresión o representación
que esté, sigue siendo un símbolo aunque lo que simbolice
no sean cosas o personas o sentimientos sino ciertas formas, colores
o texturas.
¿Qué queda, entonces, de esa consigna del purista
a la que clasificamos como correcta e incorrecta a la vez? Es correcta
porque afirma que lo exterior es exterior, por señalar que
lo que un cuadro representa a menudo no importa, por concluir que
ni la representación ni la expresión son necesarias
y por hacer hincapié en las así llamadas propiedades
internas o intrínsecas o "formales". Pero es incorrecta
porque supone que la representación y la expresión
son los únicos modos de simbolizar, por creer que lo que
un cuadro simboliza es siempre externo a éste y por insistir
en que lo importante de un cuadro es el mero hecho de poseer ciertas
propiedades y no el de ejemplificarlas.
Quienquiera busque un arte desprovisto de símbolos no lo
encontrará -si toma en cuenta todos los modos en que una
obra simboliza. Arte sin representación o expresión
o ejemplificación -sí; arte sin ninguna de las tres
-no.
Señalar que el arte del purista se logra evitando ciertos
tipos de simbolización no es condenarlo, sino poner en evidencia
los habituales manifiestos a favor de un arte purista que excluya
a todos los demás. Nada tengo que decir acerca de las virtudes
relativas de diferentes escuelas o tipos o maneras de pintar. Lo
que me parece importante es reconocer la función simbólica
que hasta el arte del purista cumple, puesto que ello nos da una
pista para averiguar cuándo estamos y cuándo no frente
a una obra de arte.
La bibliografía estética está llena de desesperados
intentos por responder a la pregunta "¿Qué es
el arte?". Dicha pregunta, a menudo atrozmente confundida con
la pregunta "¿Qué es buen arte?", se vuelve
acuciante en el caso del object trouvé -la piedra recogida
de una autopista y luego exhibida en un museo-, y se agrava con
el auge de los así llamados arte ambiental y conceptual.
El guardabarros de un automóvil, destruido por un choque
y expuesto en una galería, ¿es una obra de arte? ¿Y
qué de aquello que ni siquiera es un objeto, ni se exhibe
en una galería o museo -por ejemplo hacer un pozo en el Central
Park y luego volver a llenarlo, como prescribe 0ldenburg? Si ésas
son obras de arte, ¿no lo son todas las piedras y objetos
y eventos? De lo contrario, ¿qué distingue una obra
de arte de cualquier otra cosa? ¿El hecho de que un artista
la llame obra de arte? ¿El hecho de que sea expuesta en un
museo o galería? Ninguna hipótesis parece convincente.
Como dije al principio, parte del problema reside en hacerse la
pregunta equivocada -en no darse cuenta de que algo puede funcionar
como obra de arte en un momento pero no en otro. Para los casos
cruciales, la pregunta correcta no es "¿Qué objetos
son (permanentemente) obras de arte?", sino "¿Cuándo
es algo una obra de arte?" -o más brevemente, como en
mi título, °¿Cuándo es el arte?"
Mi respuesta es que, del mismo modo que un objeto puede funcionar
como símbolo, e.g. como muestra, en determinados momentos
pero no en otros, también puede ser una obra de arte en determinados
momentos pero no en otros. De hecho, solo por funcionar como símbolo
en una manera especifica puede el objeto volverse, mientras así
funciona, una obra de arte. La piedra no es una obra de arte mientras
está en la autopista. Allí no cumple, por lo común,
función simbólica alguna. En el museo, ejemplifica
algunas de sus propiedades, e.g. forma, color, textura. Hacer un
pozo y llenarlo funciona como obra en la medida en que reclame nuestra
atención como símbolo ejemplificador. Por contrapartida,
un Rembrandt deja de funcionar como obra de arte cuando es usado
como manta o sustituto de un vidrio roto.
Por supuesto que funcionar como símbolo de una manera u otra
no significa funcionar como obra de arte. Nuestro trozo de tela,
mientras sirve de muestra, no se convierte automáticamente
en obra de arte. Las cosas funcionan como obras de arte solo cuando
su funcionamiento simbólico posee ciertas características.
Nuestra piedra en el museo de geología cumple funciones simbólicas
como muestra de las piedras de un determinado período, origen
o composición, pero no se vuelve allí obra de arte.
La pregunta acerca de qué características distinguen
o indican un funcionamiento simbólico como obra de arte requiere
de cuidadoso estudio a la luz de una teoría general de los
símbolos. Eso es más de lo que puedo hacer aquí,
pero aventuraré tentativamente que hay cinco síntomas
de lo estético: 1) densidad sintáctica, cuando las
menores diferencias entre ciertos aspectos constituyen una diferencia
entre símbolos -por ejemplo, el contraste entre un termómetro
de mercurio sin marcas y un instrumento electrónico digital;
2) densidad semántica, cuando los símbolos distinguen
las menores diferencias entre ciertos aspectos de las cosas -por
ejemplo, nuestro termómetro de nuevo y el Inglés,
aunque éste último no sea sintácticamente denso;
3) relativa saturación, cuando muchos aspectos del símbolo
resultan significativos -por ejemplo, una montaña dibujada
por Hokusai de un solo trazo, donde cada rasgo cuenta, frente a
la misma línea cuando indica las alzas y bajas de acciones
bursátiles, donde lo único que importa es la altura
respecto de la base; 4) ejemplificación, cuando un símbolo,
independientemente de si denota o no, simboliza por servir como
muestra de propiedades que ejemplifica literal o metafóricamente;
5) referencia múltiple y compleja, cuando el símbolo
cumple con varias funciones referenciales integradas e interactuantes,
algunas de modo directo y otras a través de otros símbolos.
Estos síntomas no definen el arte, y mucho menos proporcionan
su descripción exhaustiva o su celebración. La presencia
o ausencia de uno o más de ellos no es prueba de que nos
hallamos frente a una obra de arte; tampoco el grado en que estén
presentes mide hasta qué punto el objeto o la experiencia
es estética. Los síntomas, después de todo,
no son sino pistas; un paciente puede tener los síntomas
sin la enfermedad, o la enfermedad sin los síntomas. E incluso
para los cinco síntomas se aproximen al rango de condición
disyuntivamente necesaria y conjuntivamente suficiente de una obra
de arte, sería quizá necesario volver a trazar las
vagas y vagarosas fronteras entre lo estético y lo no-estético.
De todas formas, nótese que estas propiedades ponen el acento
sobre el símbolo antes que, o al menos junto con, aquello
a lo que el símbolo se refiere. Cuando no podemos determinar
con precisión frente a qué símbolo de un sistema
estamos, o si estamos frente al mismo símbolo en un segundo
momento; cuando aquello a lo que el símbolo se refiere es
tan difícil de estimar; cuando el símbolo constituye
una instancia de las propiedades que simboliza y cumple quizá
con muchas funciones referenciales interrelacionadas, simples o
complejas, no es lícito simplemente mirar a través
del símbolo hacia lo que se refiere como hacemos ante el
semáforo o al leer textos científicos, sino que hay
que fijarse en el símbolo mismo, como hacemos ante un cuadro
o poema. El énfasis en la no-transparencia de la obra de
arte, en la primacía de la obra por sobre aquello a lo que
se refiere, lejos de suponer la negación o el descuido de
sus funciones simbólicas, deriva de ciertas características
de la obra en tanto símbolo.
Independientemente de especificar las características que
diferencian a la simbolización estética de otras,
la respuesta a la pregunta "¿Cuándo es el arte?",
debe para mí ser expresada en términos de función
simbólica. Quizá decir que un objeto es una obra de
arte cuando y solo cuando así funciona sea excesivo, una
manera elíptica de hablar. El cuadro de Rembrandt sigue siendo
una obra de arte, sigue siendo una pintura mientras funciona como
manta; la piedra de la autopista quizá no se convierta en
arte por funcionar como tal. Del mismo modo, una silla sigue siendo
una silla aunque nadie jamás se siente sobre ella, y un baúl
un baúl aunque solo sea usado para sentarse sobre él.
Diciendo qué hace el arte no estamos diciendo qué
es el arte pero creo que la primera pregunta resulta más
básica. El problema de definir propiedades estables en términos
de funciones efímeras -el qué en términos del
cuándo -no se limita a las artes sino que es bastante general,
ocurre tanto con las sillas como con las obras de arte. El desfile
de respuestas inadecuadas e instantáneas es también
similar: que un objeto sea una obra de arte -o una silla -depende
de la intención de alguien o de si a veces o normalmente
o siempre funciona como tal. Puesto que todo ello suele oscurecer
las preguntas más específicas y significativas acerca
del arte, le he vuelto la espalda a lo que el arte es para concentrarme
sobre lo que el arte hace.
Un rasgo notable de la simbolización, como he subrayado,
es que va y viene. Un objeto puede simbolizar diferentes cosas en
diferentes momentos, y nada en otros. Un objeto inerte y solamente
útil puede devenir obra de arte, y una obra de arte objeto
inerte y solamente útil. Quizás, en lugar de ser la
vida breve y el arte largo, ambos sean transitorios.
Lo que este capítulo acerca del arte implica para el entendimiento
global del libro debería quedar claro. El modo en que un
objeto o evento funciona en tanto obra explica cómo, a través
de ciertos tipos de referencia, lo que así funciona contribuye
a la concepción -y a la creación- de un mundo.
(LULÚ
número 3, Abril de 1992. Versión de C. E. Feiling)
|