Visita guiada
C. E. Feiling
"Posmoderno",
"posmodernidad". Peor aún: "la condición
posmodema".
Como algunas otras personas,
quien firma esta columna suele montar en cóIera cada vez
que escucha tales términos, semejante frase. A la vaguedad
y la falta de ejemplos, los apóstoles de la posmodernidad
les suman dos rasgos aborrecibles: cierta declamada angustia -golpes
en el pecho y llanto por las certezas perdidas- y la soberbia
de definir para el bronce el momento en que uno vive. Sobre las
margaritas vernáculas, dichos rasgos provocan efectos más
aborrecibles aún, pues la angustia no les impide concurrir
a cocktails y la soberbia las autoriza a desdeñar por antigualla
(durante esos mismos cocktails) cualquier conato de oposición.
Pese a sus desagradables
concomitancias, sin embargo, la idea de que vivimos en una cultura
posmodema ha terminado por imponerse. Habrá por lo tanto
que bosquejar una descripción, plagiar a otros (mil perdones:
cierto que el plagio ya no existe) para hacer un diagnóstico.
Pongamos por caso una visita al Museo Nacional de Bellas Artes.
Sus colecciones permanentes tienen la ventaja de ser sumamente
homogéneas: solo contienen pintores de segunda línea
y unas pocas obras de los grandes maestros, por lo general menores.
Nada revela los estilos de época como las obras que no
sobresalen demasiado.
Detengámonos
ante algunos cuadros.
a. Atribuido a Joachim
Patinir (muerto c.1524), Descanso en la huida a Egipto. A la derecha,
en un segundo plano respecto Virgen y el Niño, hay un San
José que parece violar las convenciones iconográficas.
No porque esté arrodillado, recogiendo agua de una fuente,
sino porque luce excesivamente viejo y magro de carnes.
b. Anónimo
de Escuela Italiana (fines del s. XVII), La vanidad de la vida.
Sería Interesante saber de dónde proviene el título,
quizás inapropiado. El Tiempo mira burlonamente al espectador
y señala a una mujer desnuda que ocupa el centro de la composición
(muy similar a Nell Gwynn, la amante de Carlos II pintada por Lely).
Mientras a sus espaldas se cierne la Muerte, ella está absorta
en unas perecederas flores que sostiene en la mano. Aunque el límite
entre ambos tópicos es difuso, esta alegoría se halla
más cerca del carpe diem que de unas vanitas.
c. Sir
Hohn Raebum(1756-1823); El amo Catchart y.su perro. Como muchos
retratos de Reynolds o Gainsborough, se presta a la reflexión
sobre la confianza en sí misma con que la clase alta británica
enfrentó el final del siglo XVIII. El señorito Catchart
tiene a su perro fuertemente asido por el cuello; mira hacia la
lejanía, donde supuestamente está ubicado el futuro.
d. Jules
J. Lefebre (1836-1911), Diana sorprendida. La mera dimensión
y las idealizadas figuras femeninas proclaman a gritos el fin de
siècle y su caldera de influencias complementarias: prerrafaelitas,
simbolismo, decadentismo. Perfecto candidato para un análisis
desde la historiografía feminista. Acteón está
fuera del cuadro, que registra los efectos de su violenta mirada
masculina. Las ninfas se muestran sumamente tímidas (la más
cercana a él se cubre el rostro con el antebrazo), y solo
la diosa le devuelve la mirada al hombre. En el extremo inferior
izquierdo de la composición está el detalle narrativo
que la completa: una ninfa vestida de negro, ajena a lo que ocurre,
se encuentra arrodillada junto un ciervo muerto.
e. Edouard
Manet (1832-1883), Retrato del Sr. Hoschede y su hija. A diferencia
los Manet más famosos, en que los personajes se ven sorprendidos
en el instante del ensimismamiento, apartados de los seres y cosas
que los rodean (Le Balcon, La prune, Au Café, etc.), éste
parece un experimento de impresionismo. Pintando con trazos velocísimos
(los ojos de la hija son apenas dos manchas azules), el pintor quiere
negarnos la oportunidad de inferir algún otro significado,
un segundo nivel de representación.
¿Desde
cuándo es posible hacer una recorrida tal por un Museo? ¿Atravesar
salas, estilos, siglos, apreciando todo como algo aún utilizable,
parcialmente imitable? El Museo no es una institución reciente;
sí lo es nuestra voracidad omnívora, capaz de tragar
un Patinir junto a un Manet (o incluso, si el Museo se presta, junto
a una talla africana y un Hokusai). Arriesgar una fecha resulta
complicado; arriesguemos entonces dos.
En 1910, Rogar-Fry organizó
una muestra del Posimpresionismo en las Grafton Galleries de Londres.
Virginia Woolf seguramente pensaba en esa muestra cuando escribió
que la naturaleza humana, y con ella el arte, había cambiado
"alrededor de diciembre de 1910". Christopher Butler,
en su libro After the Wake: An Essay on the Contemporary Avant
Garde, afirma que de hecho vivimos "after the wake",
después del entierro de la vanguardia que fue la publicación
del Finnegans, en 1939.
1910-1939. Entre esas
fechas se produce la gran eclosión del arte moderno, cuyo
rasgo fundamental es el de habernos enseñado a usar los Museos
-no solo en el sentido de haber incorporado al arte la música
tibetana o la escultura precolombina, sino en su visión igualitaria
del pasado: todos los estilos tienen idéntico valor, todos
están disponibles. ¿Hay un mejor ejemplo de esto que
Picasso?
Se sabe, sin embargo,
que la novedad dura poco. Quizá por aquello de "familiarity
breeds contempt", sobrevino el magnífico suicidio del
arte nuevo que es Finnegans Wake. Después de Joyce,
la vanguardia es literalmente imposible, y solo resta preguntarse
en qué consiste el arte posmodemo.
La aclaración básica
debe ser que, salvo quizás en la Arquitectura, no hay obras
posmodemas; lo que caracteriza al arte posmodemo es menos una cualidad
interna de las obras que su traumático nivel de autoconciencia,
de saber que el Museo está a su disposición pero el
vértigo de la vanguardia es irrepetible. Hay, si se quiere,
dos tendencias complementarias en el arte posterior a 1939. Algunos
artistas se aferran a la creación de reglas que pretenden
constitutivas, preexistentes a la obra (Nabokov, Borges). Otros
no solo aceptan el azar y lo irracional, sino que se abandonan a
ellos (Pollock), y otros alternan entre ambas posiciones (Cage).
Basta pensar en libros como el Tristram Shandy o en cuadros como
los de Goya para concluir que estas tendencias no son nuevas. Lo
nuevo fue lo que trajo el período 1910-1939, cuya herencia
es nuestra actitud hacia el Museo: inagotable repositorio, completa
disponibilidad de todos los estilos. La autoconciencia es traumática,
pero debería dejar de ser angustiante. ¿Qué
tiene de malo ir, en una sola tarde, del siglo XVI al XX?
(LULÚ
número 1, Septiembre de 1991) |