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La niña santa. Pensar a Martel
Ricardo Vallarino(h)
Probablemente ninguna o muy pocas de las siguientes reflexiones
contengan alguna propuesta no enunciada sobre la todavía
poco prolífera obra de Lucrecia Martel. Esta afirmación
no pretende ser una defensa contra toda objeción posible
a las ideas a exponer, sino que pretende hacer notar el interés
que en muchos críticos, teóricos, académicos
o simples espectadores despierta la obra de la directora. Muchas
reflexiones son las que las películas de la salteña
han despertado; lo que aquí se pretende es, en la medida
de lo posible, aportar algunas nuevas ideas sobre la obra de Martel.
En primer lugar me gustaría centrarme en aspectos generales
que pueden observarse en sus dos largometrajes haciendo hincapié
en algunos rasgos de la propia formación teórica enunciados
por la directora. Cualquiera que haya visto “La ciénaga”
notará que se inscribía predominantemente en el cine
moderno, es decir en el tratamiento del tiempo cinematográfico:
a la manera de la imagen-tiempo, la narración era allí
en su mayor parte descriptiva, es decir, narrativo-descriptiva;
a la manera de un retrato, la pretensión era pintar un cuadro
de una familia salteña, de una decadente burguesía.
Así el discurso cinematográfico se detenía
en horas de siesta, tiempos muertos al lado de la pileta e intrascendentes
conversaciones. Martel ha reconocido, al menos en cierta medida,
la influencia del filósofo Gilles Deleuze en su obra, principalmente
en el tratamiento de la elipsis como forma de hacer participar al
espectador en el relato. Deleuze caracteriza al cine de la imagen-tiempo
como aquel que se sirve de situaciones óptico-sonoras. En
una de las caracterizaciones del tiempo (no es mi intención
reconstruir su planteo en profundidad), Deleuze afirma que en estas
situaciones la memoria se dispara al no encontrar tópico
del cual constituir un anclaje significativo. Este aspecto de “apertura”
significativa está muy presente en “La Ciénaga”,
sobre todo por el carácter polifónico de la obra,
que sigue a una multiplicidad de personajes llenos de conflictos
que subyacen sugeridos y enfatizados, sobre todo, por la utilización
persistente de la elipsis narrativa.
Pero lo que me gustaría subrayar es el aspecto suspensivo
en la obra de Martel, dicho carácter se halla presentado
en absoluta presencia de imágenes sensoriales, una especie
de saturación del espacio presente. La banda sonora, meticulosamente
trabajada, mostraba en “La Ciénaga”, diversos
planos superpuestos de manera saturada, :por ejemplo sobre una conversación
en primer plano se escuchaban, lejanamente, disparos en la selva
que connotaban peligro. Así también, durante toda
la película se hace alusión explícita al calor,
al sexo, se escuchan respiraciones en primer plano. Es decir, el
carácter “suspensivo” al que hice referencia
pretende diferenciar la referencia al pasado, predominante en la
mayor parte del la imagen-tiempo, de la referencia a lo inminente,
aquello que está por ocurrir. La inminencia, está
presente en todo el relato, y es inminencia de muerte, o por lo
menos de grave peligro. No es que el pasado quede anulado narrativamente,
de hecho la referencia a los conflictos latentes se sugiere por
diálogos, elipsis narrativas, es decir formas que refieren
al pasado. Pero considero que el rasgo distintivo del film. es este
carácter suspensivo.
En “La niña santa” también se encuentra,
aunque más explicitado, una existencia omnipresente de algo
que subyace, que los personajes no notan conscientemente; un agobio
que en “La ciénaga “ era la cerrazón en
la decadencia, la repetición en el hastío (la película
abre y cierra con escenas al lado de la pileta, con la madre y la
hija, alternativamente sumidas en un nihilismo soporífero).
Sin embargo, nunca nada está del todo cerrado en Martel,
ni manifiestamente explícito, no porque sea poco claro el
planteo narrativo, sino porque el mismo consiste en esta apertura
significativa y temporal, y cerrazón espacial.
Con respecto a “La niña Santa” se opera, a mi
entender, una menor persistencia en el polifonismo narrativo, así
como cierta tendencia hacia el dispositivo narrativo clásico.
No es que estuviesen ausentes en la película anterior, sino
que aquí el relato se presenta a la manera del cine negro.
Diría que el suspenso del film “tiende” a ser
clásico, y con esto quiero decir que parece tender hacia
un clímax, netamente clásico. En efecto, el personaje
de Belloso, Jano, se va enredando lentamente con Amalia, que lo
acecha, hasta quedar preso, al final de la película, entre
su familia, Amalia y su madre. Persistentemente, Jano es acechado,
su nuca es protagonista del encuadre repetidamente, Amalia lo acecha
en la pileta, etc. Pero a su vez Amalia quiere salvarlo (¿de
la lujuria?) y queriendo salvarlo, lo hunde. Ahora bien, en este
film, también se pinta un paisaje opresivo y gravemente sensorial,
pero se presenta al hotel también de manera impresionista;
el encuadre esta notoriamente refinado, sobre todo en los planos
generales, uno puede observar a los médicos que se hospedan
y al personal de servicio que aparece en segundo plano y fuera de
foco no pocas veces. Tenemos un relato más focalizado en
ciertos personajes y más manifiestamente explícito
respecto algunas cuestiones, en especial, el código moral.
La moral se presenta como aquello de lo que nadie toma conciencia
excepto el espectador, y que determina a los personajes principales
de manera evidente. ¿Quién es culpable de los acontecimientos?
¿Amalia?¿Su amiga?¿Su madre?¿Jano? Amalia,
ya lo dijimos, quiere salvar a Jano, culpable de tremenda apoyada;
su amiga quiere o cree que quiere ayudar a Amalia (su madre le dice:
”la estas ayudando”) y el personaje de Morán
simplemente se siente atraído por Jano. El éxtasis
del querer salvarse muestra confusa y análogamente fundido
con el deseo sexual. Amalia cree que salva a Jano y a la vez lo
desea. Lo que Martel quiere mostrar es la contradicción e
hipocresía implícita en la moral religiosa salteña.
En “La niña santa”, Amalia se muestra acechante,
diabólica, pero con una vocación salvadora., donde
el éxtasis religiosos se funde con el sexual, la pasión
en su ambigua connotación guía al personaje. La amiga
de Amalia, al ser descubierta con su primo en la cama, revela el
secreto de su amiga para salvarse, ella y su madre harán
de cuenta que nada ocurrió, y queriendo salvarse ellas, creen
salvar a Amalia, y queriendo salvarla, la hunden.
El problema del film reside en que, con una narración que
tiende a un clímax, no lo satisface. De hecho es propicio:
Jano está acorralado y arriba del escenario, todo está
listo para el desenlace patético, y sin embargo Martel nos
lo niega ¿Por qué?¿Por qué Martel omite
ese final inminente? Mi hipótesis es que, recurriendo a una
potente identificación, Martel quiere privarnos de una catarsis
sin recurrir a una distancia brechtiana. Esta incomodidad es manifiesta
en lo tocante a lo sexual: toda escena sexual es interrumpida, nunca
se nos muestra un orgasmo, un éxtasis. La sensación
de insatisfacción, de frustración, es lo que se busca.
Siendo grave en su relato, la directora determina a sus criaturas
(y a su mundo) por fuerzas oscuras, inconscientes, y, para bien
o para mal, decide mantener el carácter de “apertura”
dejándonos con un plano (otra vez) de la pileta. Todo está
casi absolutamente cerrado, y a la vez abierto, todo está
absolutamente determinado; y a la vez, todo es posible.
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