julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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En encuestas:

El lugar de Leónidas Lamborghini
Responden Fabián Casas, Américo Cristófalo, Santiago Llach, Sergio Raimondi, Damián Ríos, Julio Schvartzman y David Wapner.

 Desde fines de los 80, y sobre todo durante los años 90, Leónidas Lamborghini ocupó un lugar fundamental en la poesía argentina contemporánea, por su propia obra, anómala y subversiva respecto de los cánones retardatarios pero entonces vigentes, y por su gravitación en un conjunto de nuevas escrituras que comenzaron a plantearse en esos años y que poco después erigieron, a su vez, lugares de renovación  en la poesía argentina. Sin embargo, tan fuerte como ese redescubrimiento y esa transmisión de su poesía a los poetas jóvenes fueron las críticas, las descalificaciones, las lecturas sesgadas que reducían su apuesta al efecto de unos pocos procedimientos y señalaban, con alarma, un ataque contra los valores constitutivos de la poesía. Esta encuesta apunta a reflexionar hoy sobre algunos de sus aportes y sobre el porvenir de una obra que no ha dicho todo sobre sí misma, a través de las opiniones de un grupo de poetas y críticos literarios que siguieron de cerca la discusión sobre Lamborghini. ¿Cómo llegaron a la literatura de Leónidas Lamborghini? ¿Qué libro elegirían entre su producción y por qué? y ¿Cuál es el lugar de Leónidas Lamborghini en la literatura argentina?, fueron las preguntas de Bazar Americano..

Publicamos, además, una entrevista a Teresa Lamborghini en la que cuenta los avatares de la escritura y publicación de sus últimos libros, el trailer de El solicitante descolocado, un documental  realizado por Esteban Bertola y Andrés Monteagudo, y dos audios: una primera versión del poema de Lewis Carroll leída en Radio Nacional y un fragmento de Sexton y Blake.

 

Fabián Casas

Llegué a la literatura de Leónidas porque leí una nota en una revista donde lo entrevistaban en México. Y él decía que estaba por volver y le nombraban a muchos escritores jóvenes y le preguntaban si los conocía y él decía que no, pero que seguramente los escritores del futuro estaban leyendo este reportaje en ese momento. Yo entendí que me hablaba a mí. Y Desiderio me dijo que leyó que le hablaba a él. Y Durand me dijo que pensó que le hablaba a él. Ninguno de nosotros tres había escrito nada en ese entonces. Después, ya viviendo en Buenos Aires, Joaquín Giannuzzi lo llevó a la Biblioteca de poesía y fuimos todos los de la 18 whiskys y lo escuchamos recitar unos poemas geniales. Era como conocer a Dante. Carroña última forma es un libro notable porque agarra todo lo anterior y lo devuelve multiplicado. El libro de un genio. No pienso nunca en la literatura argentina, pienso en una literatura mestiza, hecha por múltiples voces que van desde Berlín hasta la Paz y Costa Rica. Leónidas es un clásico porque él elige las condiciones en las que va a ser leído.

 

Américo Cristófalo

En Barcelona, a fines del 76, con un grupo de amigos queridos, Andrés Ehrenhaus, Daniel Schiavi, Jorge Glikson, Raúl Carnevaro, Guillermo Giambiaggi, otros, el Chaqueño, la Montse, hacíamos una revista, Miserere, publicábamos poemitas, nos reuníamos los sábados a la tarde. Alguno de ellos, no recuerdo, me pasó una edición vieja de Las patas en las fuentes.  Prólogo de Sebreli. Pasaron años, no vi más esa edición; al momento de trabajar con El solicitante descolocado, en 2008, Leónidas volvió a prestármela, en fotocopias, anilladas, prolijamente pasadas por guillotina a tamaño. “Me detengo un momento/por averiguación de antecedentes/ trato de solucionar importantísimos/ problemas de estado…”.  Permaneció y permanece la impresión de un ritmo que corre, escucha y exalta o maldice detalles de vida argentina, trabajo, calle, política, moneda, comedia amorosa, comedia del poema y de “lo poético”.

Después, desde el 85 y ya en Buenos Aires, tocó la fuertísima sacudida de Partitas (1972), que no conocía, “Eva Perón en la hoguera”, la lengua en el monólogo de Eva: “por él,/ a él/ para él”, resonancias aun contemporáneas, variaciones dramáticas de voz,  y en “Payada”: la iluminación gauchesca de Leónidas. Siguió un breve comentario escrito sobre la risa en Circus. Lo conocí cuando volvió del exilio en México, más tarde el entusiasmo de Odiseo Confinado, una entrañable suscripción para la primera edición de La experiencia de la vida; los jueves en la Richmond, con Hugo Savino, Alfredo Couto, otros,  lo que vino después.

 

Por su vastísima y todavía activa significación para la tradición argentina, elegiría El solicitante descolocado. Porque está ahí condensado todo el método Lamborghini: la commedia, la traducción, reinvención o reescritura, disonancias y cortes, el ritmo y el oído sobre el ritmo, su distancia radical con las bellas letras, la voz, el contrapunto. Porque “Nos embarca contra la poesía. Que hasta ahí era un asunto de magos y teósofos con pretensiones de altura (…) el nervio principal del Solicitante está en la historia, entrándole en resquicios, robándole pulso existencial: que lo que digas/diga tu existencia/ antes que tu poesía; (porque) no comenta la historia, entra en su teatro, ¿cómo?: por el aro” (Del prólogo a la última edición, Paradiso, 2008). Porque golpea la estrechez de lirismo romántico-modernista, ese fondo de esencias y debilidades “sublimes”, aun cuando se presente con aspiraciones de vanguardia y que llega hasta los ’50 y dura todavía; porque Leónidas lo acompaña y modifica siempre, porque sigue vivo, soberano. Desde El Solicitante hasta Ultimos días de Sexton y Blake, y por efecto de esa génesis, la voz de Leónidas quedó inesperadamente nueva cada vez, arraigada en la corriente transitoria de las cosas, en la aventura e invención de una lengua.

 

Aun con aggiornamientos y apuestas modernizadoras, La Nación es todavía el órgano fantasmal de consagración literaria argentina. Viejas persistencias, condicionamiento de prácticas, públicos y rémoras ilusorias de liberalismo clásico y sus deformaciones actuales. En ese campo y en otros, Leónidas fue y sigue siendo un problema que arranca en su refinadísima provocación al sistema literario, a sus empalagosas afectaciones e imposturas. Las instituciones consagratorias siguen leyéndolo con el desdén que ocasiona su complejo peronismo, refractario aun al propio peronismo, con la perpleja incomodidad con que Lamborghini, Leónidas, ha puesto en farsa los motivos dominantes de la cultura nacional. La obra de Leónidas requiere una atención sobre la lengua y el cuerpo que el mundillo tópico de la literatura no está dispuesto a conceder. En esa tensión, el acento vivo, los ritmos de fuerza, la alegría y conjugación de lengua y vida poética, cuyo caso extremo hay que buscarlo en la descomposición verbal de Carroña última forma (2001), en las alegorías dramático-farsescas y la agonía de Pijg, de Mirad hacia Domsaar (2003) o en el tratamiento del absurdo en Sexton y Blake, o hacia atrás en la épica plebeya de Odiseo Confinado, o en la exploración del pecado en Trento, no son datos confortables para el lector medio. Pero el sentido móvil de la obra, ir de un lado a otro lado, el presupuesto accidental, la invención de esa risa prometida al horror,  la exigencia de lenguaje que asalta y conquista formas libres, insumisas, que no se fijan a los catálogos consuetudinarios de poesía argentina, bastan para pensar el lugar de Leónidas.

 

 

Santiago Llach

[Llegué a Lamborghini] a través del Diario de Poesía y de Daniel G. Helder.

 

Comedieta. Lamborghini meets Bart Simspon, gran momento de los años noventa. Es uno de los textos donde Leónidas se ríe un poco de esa idea falsa que tanto circula en nuestra cultura, la de la degradación.

 

Me gustaría reivindicar acá una palabra que se usó mucho en una época y ahora pasó de moda: el lugar que ocupa Leónidas es un lugar menor. Un comentarista jocoso y lúcido del espectáculo social contemporáneo, anotando en el margen. A él también le llegó la sacralización, pero me gusta pensarlo y recordarlo como alguien que contando chistes daba con una clave del drama humano.

 

 

Sergio Raimondi

Del sistema que constituye la obra de Leónidas Lamborghini, yo destacaría en principio una cuestión mayor: la instalación decisiva del contenido político en el nivel procedimental. La historia de su poética es la narración de una afinación cada vez más precisa de esa proposición; desde El solicitante descolocado en su versión de 1971 en adelante, habrá una redistribución de lo político, cada vez mayor, de lo semántico a lo sintáctico.

 

Supongo que el lugar que ocupa hoy la obra de Lamborghini en la cultura argentina está en relación al nivel de desarrollo del instrumental crítico para leerla.

 

En este sentido, creo que se trata de una obra que concentra como pocas una serie objetiva de problemas fundamentales. Por ejemplo, una hipótesis a corroborar es hasta qué punto esa redistribución de lo político (de lo semántico a lo sintáctico) no podría ser leída en correspondencia con una de las operaciones mayores del peronismo clásico: la creación del IAPI y el traslado de la renta agraria a la planificación industrial. De hecho, en El solicitante ya están planteados los elementos básicos de esa operación: la escena de la fábrica que dará lugar a una poética concebida en terminos maquinales. También habría que corroborar hasta qué punto, desde Circus en adelante, la potencia de la máquina de Lamborghini no se fue desarrollando en correlación paradójica con el proceso de desindustrialización argentino.

 

También está el asunto de cómo leer una obra que, inscripta políticamente en un movimiento popular, pone en escena la potencia de una operación de vanguardia. Si se admite que se trata de una tendencia que permite reconocer el peronismo proscripto, el peronismo de la Resistencia (y por tanto un peronismo que de un modo u otro se involucra con las urgencias de las vanguardias políticas de los 60), correspondería también analizar cómo la obra de Lamborghini afianza y mantiene sus rasgos más radicales en términos vanguardistas cuando esas vanguardias políticas ya han sido liquidadas.

 

Finalmente está el sentido geopolítico con el que su obra reorganiza la literatura occidental. Porque la fábrica siempre estuvo acá, “en este culo / infectado del mundo”. Pero a diferencia de una zona densa de la reflexión nacional, la máquina de Lamborghini consolida su sentido territorial (que es un sentido social) menos desde las figuras obvias de ese relato (Scalabrini, Jauretche, Hernández Arregui) que desde las figuras obviadas: Eliot, o el mismo Borges. Y en esa operación también hay varios niveles para persistir en la indagación, porque Lamborghini arma e instala una tradición no desde la negación sino desde la apropiación de la biblioteca liberal.

 

Lo fundamental es cómo en el recorrido de su obra el peronismo pasa de ser un contenido más o menos explícito a sistematizarse como una poética simultánea de escritura y de lectura.

 

Damián Ríos

Cuando me formé literariamente, en la década del 90, la literatura de Leónidas Lamborghini formaba parte del aire que respirara cualquiera que te tomara la literatura en serio. Lejos de ser una moda, es una literatura para quedarse a vivir.


            El solicitante descolocado. Fue el primer libro que leí y no pasa un año desde que lo leí hace cerca de 20 que no lo relea una o dos veces. Sospecho que mi intención es memorizarlo o, más bien, plagiarlo. ¿Es un clásico? Para mi pequeño canon, sin duda. Encuentro en el libro siempre cosas nuevas y es inspirador. Estoy tentado a decir que es un libro perfecto o que al menos alcanzó cierta perfección que me interpela continuamente como escritor y como lector. Es un libro que me hace pensar múltiples relaciones, todas ellas interesantes, pero lo más importante es que me hace pensar. Creo que la realidad política se sigue mirando, hoy, agosto de 2011, a través de ese poema, como quería el maestro.

 

"En vez/ tú no tienes voz propia/ ni virtud/ dijo/ y escribes sólo para" Pienso una y otra vez que esos versos están dedicados a los malos escritores, entre ellos a mí. En fin. Es imposible pensar la literatura argentina sin Leónidas Lamborghini. No sería sensato hacerlo. Pero voy a hacer el ejercicio en menos de doscientos caracteres: tendríamos una literatura mucho más grave, torpe y opaca. Seguiríamos pensando que no se puede escribir mejor que Borges. La verdad es que tal vez no se pueda igual, pero la Literatura de Leónidas Lamborghini siempre habilita a pensar que todo se puede. Creo que es su mejor influencia.

 

 

Julio Schvartzman

Como suele ocurrir, lo había leído antes de leerlo, por el prestigio iconoclasta de “las patas en las fuentes”. No cito el libro, sino la imagen, que no le pertenece pero que recupera provocativamente. Y ya con eso, en el 85, yo trabajaba en el suplemento cultural de Tiempo Argentino y un día Briante trae una colaboración de Leónidas: “El gauchesco como arte bufo”. Me enloqueció. Nadie, hasta entonces, había leído así la gauchesca. Era la lectura de un poeta, de un laburante de la lengua. Se metía con todo con las operaciones generales y con detalles de construcción del verso. Así que cuando empecé a dar clases en la Facultad, se me ocurrió darlo como bibliografía. Había pasado desapercibido, corriendo la suerte del suplemento y el diario que lo albergaba. ¡Hasta el propio Leónidas se había olvidado de su existencia, como pude comprobar hacia el 2000! Con los años, se convirtió en una especie de éxito en fotocopia, estado del que salió para entrar en el volumen La lucha de los lenguajes, de la Historia crítica dirigida por Jitrik.

 

Después, yo iba casi todos los días al Instituto Ricardo Rojas, de la Facultad, y allí, cosa rara, había un ejemplar de Al público. Más tarde, en los noventas, cuando Mangieri ya había reeditado todo el primer ciclo poético de Leónidas como El solicitante descolocado, empecé a leerlo de manera más ordenada y traté de ir consiguiendo lo que no tenía: en la librería de Yánover o mangando a Víctor Pesce, que lo conocía a la perfección. Vi varias cosas: que, por un lado, cultivaba una especie de arte conceptual y le daba y le daba a una forma, a un dispositivo, hasta que lo agotaba o se agotaba él, y buscaba otro. Pero, por otro, adentro, hacía un riquísimo trabajo de orfebre, a veces invisible de tan eficaz.

 

Tal vez, El riseñor, del 75, donde está esa modalidad que ya venía de Partitas y después recopilaría, en los noventa, nombrando el procedimiento en el título, en Las reescrituras. El riseñor, el pájaro de la risa. Y allí, desde “En el camino su” hasta su primera versión de lo que sería “Los dos sabios”, donde recombina la payada de Fierro y el moreno y toma la decisión (¡lo contrario de Borges en “El fin”!) de no concluirla, o de terminarla antes, y que recomience sin parar, como que “la rueda es eternidá”. “En el camino su” reescribe la marcha peronista. Y como en “Eva Perón en la hoguera”, donde la fuente es La razón de mi vida, cero populismo. En mis cursos, me cansé de dar “Los dos sabios” como bibliografía crítica del Martín Fierro: ¿por qué un poema no podría serlo, sobre todo cuando desautomatiza tantas capas de lectura congeladas en torno al texto? Una yapa: al final de El riseñor mete esas dos prosas breves que fundan su reivindicación de lo paródico, que no tributa nada (no podía hacerlo, por cronología) a la onda Bajtin que cierto discurso académico terminó por saturar.

 

Me cuesta pensar en términos de lugares. Además, Leónidas, no sin astucia, inventó un lugar para sí y no desperdiciaba ocasión para declararlo. Pero aceptar su tesitura, confirmar esa imagen de tipo que rompe con la pesada carga del 40 y a fuerza de humor termina con la peste elegíaca etcétera etcétera, no sé... Parece demasiado fácil. Sin embargo, ahí hay algo. Porque es verdad que lo primero que hizo fue detenerse ¡por averiguación de antecedentes! Que tiene tanto de humorada como de haber enroscado ese gusano introspectivo y reflejo, pero nada melanco, de Verme. Literalmente.

 

 

David Wapner

Llegué a través de un amigo músico, tenía a mano El fiord, de Osvaldo, y Partitas, de Leónidas. Me instruyó: “Osvaldo es el Lamborghini copado, Leónidas, menos”. Me llevé ambos, y aún hoy pienso en aquel episodio, tan revelador.

 

[Elegiría] El solicitante, en especial las “Diez escenas del paciente”. Esa violencia verbal, que se hace física, que es, no tengo dudas, física. Aquí es donde explota la poesía de Lamborghini, el único de los grandes poetas cuya poesía vive en tensión con la de un casi doble, su propio medio-hermano muchos años menor. Aquel asesinato verbal del hermano es una cumbre de la poesía argentina casi insoportable, no había algo así.

 

Leónidas siempre hablaba del Dante, “comedia”, “la Comedia”. Eliot, Discépolo, Hernández; Borges también. Yo creo que, así como el Dante se describe caminando en una misma hilera junto a Homero, Virgilio, Horacio, Ovidio y Lucano, Leónidas se veía compartiendo fila con Hernández, Ascasubi, del Campo y Discépolo. Ese es su lugar, sin dudas, pero es mucho más, había una distancia entre sus teorías sobre la parodia y la (inalcanzable) épica argentina y la práctica de su escritura, que iba más allá, y él lo sabía.

 

 


9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646