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Guerras de religión
Beatriz Sarlo
Lo que ha sucedido alrededor de la exposición de León
Ferrari en el Centro Cultural Recoleta deja suponer que en la Argentina
estamos atravesando una situación grave. La Iglesia católica
ha hecho gala de sus más aceradas costumbres de persecución
sistemática a un artista y ha arrastrado, en los últimos
días, a algunas empresas que figuraban como sponsors de la
exposición, que abandonaron ese rol con el argumento de que
ella dividía a la sociedad argentina. Entiéndase por
“sociedad argentina” la imagen empresaria que busca
parecerse más a un comercial de televisión que a las
experiencias estéticas promovidas, por ejemplo, por el Instituto
Di Tella, cuya fábrica financiaba algo más que unas
páginas de catálogo o el vino del vernissage.
No quiero enmarcar las reflexiones de esta nota recordando la notable
participación de la Iglesia cuando, durante la crisis, organizó
la mesa de Diálogo Argentino, ni la responsabilidad que muchísimos
sacerdotes y laicos han asumido en las redes de solidaridad. No
quiero enmarcar mi nota con esos comentarios porque tampoco quisiera
recordar las páginas negras escritas por la Iglesia durante
la dictadura, ni la presencia de sacerdotes bendiciendo sus actos
cuando no desempeñaban funciones silenciosas y silentes en
los campos de tortura, muerte y desaparición. El balance
de la Iglesia argentina es mezclado, como el de la sociedad a la
que pertenece y pretende guiar.
Salgo de ese balance entonces para referirme a la Iglesia en sus
intervenciones públicas en materia ideológico-moral.
Hace pocas semanas, el ministro de salud, en un notable reportaje
de La Nación, afirmó que el debate de la próxima
década podía llegar a ser, en el mundo, el de la eutanasia,
pero que ese debate era impensable en la Argentina. Los lectores
del reportaje entendimos, sin demasiadas cavilaciones, la razón
por la cual el ministro consideraba que discutir la eutanasia era
imposible: la Iglesia se opondría a que el tema ni siquiera
fuera abierto como campo de reflexión. Los argentinos que
deseen explorarlo, y que no son miembros de la Iglesia católica,
no pueden hablar en público de la eutanasia porque la Iglesia
lo impide presionando sobre los gobiernos y amenazando la libertad
de pensamiento en la sociedad.
Las batallas que ha ganado la jerarquía católica en
los últimos años son muchas. Durante el gobierno de
Alfonsín, la Iglesia se opuso a la aprobación de la
ley de divorcio argumentando que el matrimonio era indisoluble,
extendiendo a la esfera civil el lazo sacramental que se instala
en la religiosa. Presbíteros rabiosos, que habían
apoyado la dictadura militar, predicaron desde el púlpito
contra el gobierno. Estaban en todo su derecho al indicar a sus
fieles que no debían divorciarse si es que esa ley impía
se aprobaba. Pero su derecho terminaba allí. Ese límite
final de los derechos de la Iglesia a legislar sobre toda la sociedad
es lo que se ha borrado en los años que van de los ochenta
a hoy. En ese sentido, la Argentina ha vivido una involución
en términos del debate de ideas, y se han multiplicado los
obstáculos y chantajes a la capacidad legislativa.
Hace dos meses, en el Centro Cultural Ricardo Rojas se proyectó
un documental de Raúl Beceyro, Marylin Contardi, Pedro Deré
y Guillermo Mondéjar sobre la Convención Constituyente
de 1994. Entre los temas que los realizadores juzgaron importantes
e interrogaron a los constituyentes está el de la despenalización
del aborto. En tres intervenciones memorables Elba Roulet, Graciela
Fernández Meijide y Elisa Carrió sostuvieron la posición
despenalizadora con una argumentación clara. Los argumentos
de esas tres mujeres podían ser expuestos en 1994. Hoy cualquiera
se da cuenta que hemos retrocedido (o, en la perspectiva de la iglesia,
avanzado). Cualquier político que plantee la despenalización
lo hace de manera ultradefensiva, sabiendo de antemano que está
internándose en un terreno peligrosísimo, que ya ha
sido demarcado, además, por el cambio en la opinión
de Carrió y por la cerrada oposición a la despenalización
de casi toda la clase política, excepto los representantes
de la izquierda y, en una intervención que ratifica principios,
el jefe de gobierno de la ciudad, Aníbal Ibarra. La Iglesia
vence y su victoria impone el silencio.
Como están las cosas, los argentinos tendrán muchas
dificultades para plantear la despenalización del aborto,
incluso en los casos de inviabilidad del feto o violación.
Ni qué hablar de la despenalización en los casos en
que el embarazo ponga en peligro la vida o la salud física
o mental de la madre, motivos que habilitan el aborto en naciones
como España, y que, en Argentina, no podrán ser planteados
ni en el mejor de los próximos escenarios. Cuestión
cerrada excepto para legisladores de bancadas minoritarias. Hace
pocos días, militantes católicos atacaron tanto la
exposición de León Ferrari como la conferencia de
la holandesa representante de una organización que asiste,
en todo el mundo, a mujeres que desean un aborto en naciones donde
está prohibido y, en consecuencia, sólo es accesible,
en condiciones sanitarias seguras, a quienes tienen dinero para
pagarlo. Esos militantes católicos irrumpieron en el Centro
Cultural Recoleta y en el San Martín; su violencia no fue
condenada por la Iglesia en nombre de cuyas enseñanzas y
principios decían actuar.
Quien le eche una ojeada a la transcripción de la audiencia
pública en la Legislatura porteña sobre la ley de
educación sexual se encontrará con las posiciones
de la Iglesia, expresadas a través de individuos y asociaciones
que agitan la bandera de la intromisión del estado en esferas
que sólo corresponderían a las familias y a sus instituciones
religiosas. Similares argumentos se escucharon en la Argentina hace
125 años cuando se estableció la educación
laica (que fue un instrumento formidable de incorporación
al mercado de trabajo, a la ciudadanía y a la cultura). El
partido católico dijo entonces, como dice ahora, que el estado
se estaba metiendo en una esfera que sólo concernía
a la decisión de las familias o de la religión. Esa
batalla se ganó en el siglo XIX porque la elite política
derrotó, cultural e ideológicamente, a la fracción
católica, y estableció las bases del universalismo
escolar argentino. Junto con la educación laica, gratuita
y obligatoria, estableció el registro civil, sacándole
a la iglesia la administración del matrimonio y de los nacimientos.
Fue una batalla definitoria de nuestra modernidad cultural. Más
de un siglo después, la definición de los contenidos
de la enseñanza en la provincia de Buenos Aires, durante
la gobernación de Duhalde, fue vigilada paso a paso por la
Iglesia que le dio el imprimatur a los nuevos programas de una reforma
educativa que, por otra parte, fracasó (aunque no se puede
culpar a la Iglesia por ello). Hoy la Iglesia supervisa, más
que nunca en la historia argentina, lo que sucede en la escuela
pública y administra centenares de institutos de formación
docente de la calidad más diversa.
En un último reportaje publicado en Página 12, monseñor
Laguna pronunció una frase verdaderamente exacta, que podría
indicar un camino de convivencia pacífica: “No predico
sobre preservativos”. Esa frase define a un sacerdote que
sabe reconocer la separación de las esferas estatal, pública,
privada, y respetar los límites que deben establecerse entre
ellas. “No predico sobre preservativos” quiere decir
que esa cuestión no es materia de fe, que no afecta el principio
de castidad según el cual la Iglesia decide que deben sostenerse
las relaciones personales, porque se aplica a un universo más
amplio que el de los católicos. Para un no católico,
la frase también puede ser interpretada como el reconocimiento
de que el mensaje religioso de la Iglesia es para sus fieles, a
quienes los preservativos resultan inútiles en sus relaciones
personales, ya que ellas deben apoyarse sobre la sexualidad en el
matrimonio fiel y la castidad fuera de él. Las enseñanzas
de la Iglesia tienen el límite exacto de la comunidad que
las adopta por razones religiosas, morales y culturales. Cuando
un sacerdote decide “no predicar sobre preservativos”
está reconociendo (lo razone o no de ese modo) la pertinencia
de otros discursos y de otras posiciones. La frase de Laguna marca
el territorio de la convivencia entre cristianos, agnósticos,
ateos, judíos, musulmanes y neorreligiosos varios. Lo que
es más importante todavía, reconoce la independencia
de las políticas sanitarias respecto de las corporaciones
religiosas.
No hay que tomar las cosas a la ligera. El escándalo que
rodea la retrospectiva de León Ferrari es un caso testigo.
Si los reclamos de la iglesia se imponen, la Argentina habrá
retrocedido más de lo que creíamos posible. Se habrá
definido un modus operandi para la esfera pública y se le
habrá ordenado al estado que no debe ser el neutro espacio
donde todas las exploraciones estéticas son posibles, sujetas
sólo al juicio crítico y al buen sentido (y el gusto)
de los espectadores, sino un espacio presidido por principios confesionales.
Si la Iglesia se impone ahora, en el futuro podrá sentirse
alentada a intervenir en la selección de las obras que se
presenten en teatros oficiales o con dineros públicos, en
las películas de los festivales de cine y en los libros que
reciban subsidios del Fondo Nacional de las Artes. La Iglesia ha
convertido la exposición de León Ferrari en un leading
case no sólo por sus contenidos ideológicos sino por
su carácter de umbral. La exposición de Ferrari es
un test de la fortaleza del estado y de las instituciones del campo
artístico.
Razonemos: como muchos, pienso que lo que la Iglesia considera dogmas
religiosos fundamentales son lo que en retórica se llama
adunata, una palabra griega que designa los imposibles. Si se me
diera a elegir, preferiría que ningún niño
o niña fuera adoctrinado en la virginidad de María,
la ascensión en cuerpo y alma, ni el juicio universal. Las
comprobaciones de la ciencia me han convencido de que no se puede
ser virgen y madre, que no es posible llevarse el cuerpo al más
allá después de la muerte; y las previsiones que considero
razonables me convencen de que los muertos no resucitarán
para ser juzgados en el fin de los tiempos. Preferiría que,
en las escuelas religiosas, los niños no recibieran ese adoctrinamiento.
Pero comprendo también que la Iglesia tiene el derecho a
impartirlo entre sus fieles. No se me ocurriría organizar
una brigada de científicos y educadores para irrumpir en
una sesión de catecismo, una especie de happening voltairiano
que hoy sería ridículo. Simplemente confío
en todas las dimensiones de la educación y me atengo a la
competencia ideológica. Llamo a esto tolerancia. Del mismo
modo, defendería un templo católico de cualquier ataque
material o político, porque allí suceden cosas que
son valiosas para hombres y mujeres que merecen mi respeto independientemente
de mis creencias y las suyas. Creo que el estado debe garantizar
la libertad de cultos, lo cual quiere decir, también, que
debe proteger por igual a todas las instituciones religiosas sin
adoptar sus pretensiones totalizantes.
Simplemente hay que exigir que la Iglesia haga lo mismo. Tiene todo
el derecho de requerir que sus intelectuales empleen sus mejores
armas en la condena de las obras consideradas blasfemas de León
Ferrari. Incluso los empresarios católicos no deberían
gastar un solo peso en propiciar la exhibición de un arte
por el que se sienten agredidos. Los católicos en general,
si la Iglesia se los prohibiera, deberían abstenerse de visitar
la exposición, como deberían abstenerse de divorciarse,
apoyar la despenalización del aborto o las campañas
contra el SIDA que aconsejan el uso de preservativos. Ellos tienen
una cuestión de conciencia allí y se espera que se
atengan a ella. Pero somos libres de ese mandato institucional quienes
no somos católicos o quienes se sienten católicos
pero no profesan una identificación completa con las posiciones
de la Iglesia, amparándose en que la Iglesia es milenaria
precisamente porque ha cambiado muchas veces de posición
conservando intacta sólo la idea de su hegemonía.
Nosotros deseamos una sociedad donde sea posible ser católico,
judío o neorreligioso y también sea posible que una
obra considerada blasfema sea exhibida. El argumento que circuló
en estos días de que esa obra sólo debía exhibirse
en lugares no estatales ha demostrado su falacia. En un país
como la Argentina, donde las empresas ponen poco dinero y cuidan
mucho su imagen, y donde la Iglesia puede convertir una retrospectiva
en una cruzada ideológica, sólo el estado, hasta el
momento, tiene condiciones para garantizar el pluralismo. Ni Movicom
ni Valentín Bianchi son los Guggenheim o los Di Tella, para
repetir el nombre de la que fuera una institución local.
Tanto como a la Iglesia la ofende que se muestren imágenes
de santos (sin consagrar) adentro de una licuadora o sobre una parrilla,
ofende mis ideas que se diga que el alma desciende sobre un par
de células en el momento mismo de la concepción. Esa
frase contradice lo que muchos de nosotros aprendimos de la ciencia
sobre el desarrollo del ser humano y sobre la existencia de algo
llamado alma. Sin embargo, debo defender el derecho a que un católico
pronuncie esa frase. Debo defender las creencias de quienes no piensan
como pienso. Los no católicos exigimos que la Iglesia haga
lo mismo. En un país donde la Iglesia está separada
del estado, creer en Dios no funda ningún derecho que no
sea el del pluralismo.
Publicado en Debate, 17 de diciembre 2004
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