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Vacíos
de la memoria
Beatriz Sarlo
Artículo publicado en revista Debate
158,
Buenos Aires, jueves 23 de marzo de 2006
De 1976 persisten dos efectos. En primer lugar, el carácter
excepcional de la represión, que hoy calificamos como terrorismo
de estado, convenció tanto a civiles como a militares (que
siempre estuvieron aliados en los golpes) de que una intervención
militar que desalojara a un gobierno democráticamente elegido
ya no debía volver a suceder en la Argentina. En estos treinta
años transcurre el período más largo en todo
el siglo XX de gobiernos democráticos sin interrupciones
militares. Y ello ha sido posible porque hubo juicio para muchos
de los responsables del terrorismo de estado, comenzando por las
tres primeras juntas. No hay otro país en América
Latina donde se hayan condenado tantos militares (hombres con mando
de tropa y fuertes conexiones, jefes en actividad).
Para alcanzar este convencimiento hubo que disciplinar, depurar
y subordinar a las fuerzas armadas con acciones políticas
que fueron extremadamente riesgosas: el juicio a las juntas militares,
la extensión de los juicios a otros responsables, que encendió
las insurrecciones “carapintadas”, la autocrítica
comenzada bajo el mando del general Balza y que culmina hoy con
la de los altos mandos de la aeronáutica. Hubo retrocesos,
avances, aplazamientos, políticas para aplacar a los responsables,
leyes que interrumpieron los actos de justicia y nuevas leyes que
los hicieron posibles, indultos simétricos para jefes militares
y montoneros.
Algunos actos estuvieron cargados de simbolismo, como el plano de
televisión que mostró a los nueve comandantes de las
juntas mientras escuchaban la condena del tribunal civil, o el momento
en que el estado se reapropió de la ESMA. La democracia argentina
en los primeros años fue extremadamente frágil y el
juicio a las juntas se realizó en un clima de amenaza y prepotencia
por parte de fuerzas armadas que, todavía intactas, no estaban
dispuestas a aceptar la subordinación institucional. Veinte
años después, las crisis políticas que, en
el pasado, hubieran desembocado en una intervención militar
sucedieron sin el espectro del golpe.
En segundo lugar, con el golpe de estado de 1976 nació el
movimiento de derechos humanos, algo desconocido hasta entonces,
en la medida en que la categoría misma de “derechos
humanos” no formaba parte del vocabulario político
de nadie en la era de la radicalización. Las Madres de Plaza
de Mayo inventaron todo durante los primeros años de la dictadura:
una identidad, un conjunto de símbolos, una forma de actuar
en la esfera pública, una estrategia de largo plazo. Sólo
las acompañaron grupos de la extrema izquierda, un puñado
de militantes sociales como Adolfo Pérez Esquivel y aquellos
políticos que, como Raúl Alfonsín, formaron
parte de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, junto
con Emilio Mignone, Graciela Fernández Meijide y Alfredo
Bravo.
¿Qué otro efecto de los sucesos de la década
del setenta? En consonancia con lo que sucedió en casi todo
Occidente, la izquierda y el nacionalismo revolucionario han hecho
su pasaje al reformismo. Sería absurdo decir que ese pasaje
se debió simplemente a la liquidación física
de dirigentes revolucionarios. El cambio se define, por supuesto,
con otras claves. Los montoneros y los militantes revolucionarios
de los años setenta hoy tienen alrededor de sesenta años.
La violencia revolucionaria de entonces fue reemplazada por una
presencia en la escena política desde la transición
democrática. Si bien el gobierno de Alfonsín tuvo
que enfrentar una intervención desesperada y final como la
encabezada por Gorriarán Merlo en La Tablada, desde entonces
la violencia no tiene representantes políticamente significativos.
El asalto al cuartel de La Tablada fue un acto póstumo.
Treinta años deberían convertir a un acontecimiento
en un hecho histórico. El golpe de septiembre de 1930, que
derrocó a Yrigoyen, era el pasado en 1960. Sin embargo, no
siempre sucede así: el 17 de octubre de 1945 aún no
había dejado de transcurrir en 1975. En las vísperas
del golpe de estado de marzo de 1976, todavía aquella jornada
de octubre tenía el peso de un mito político. Había
sido una movilización popular masiva, una oleada del suburbio
sobre el centro de la ciudad, y, por lo tanto, conectaba bien con
el clima del peronismo radicalizado. Los militantes de los años
sesenta y setenta, que no habían vivido los sucesos de octubre
de 1945, los conocían perfectamente porque formaban parte
de una historia que todavía tenía consecuencias ideológicas
sobre el presente.
A diferencia de lo que hoy sucede con el golpe de 1976 que es recordado
por quienes fueron sus víctimas directas, quienes lo combatieron
o quienes, sin haberlo combatido, ahora expresan su repudio, las
jornadas de octubre de 1945 eran evocadas no sólo a través
de las voces de sus testigos, sino de una generación más
joven que no las había presenciado pero que las había
puesto en el origen de una Causa política. La diferencia
entre ambas perspectivas sobre el pasado indica que no todos los
hechos pretéritos funcionan, en el presente, del mismo modo.
Por el contrario, según cómo sean contados, quiénes
organicen la historia y quiénes se sientan sus portadores,
el relato tocará la sensibilidad de sectores diferentes.
Hoy, todavía, no tenemos una versión pública
de las circunstancias del golpe de estado de 1976. Hay, por supuesto,
una masa de investigaciones académicas que son discutidas
por núcleos predominantemente intelectuales. Sin ser tocado
por este saber, el gobierno de Kirchner propone un relato donde
no todos pueden identificarse, ya que se concentra en el terrorismo
de estado, por una parte, y en la reivindicación de los ideales
de los militantes revolucionarios, por la otra. Sobre el primero
el acuerdo es general, porque está sustentado en lo que los
juicios produjeron como conocimiento, pero sobre lo segundo el debate
continúa. Voy a dar ejemplos.
El golpe de estado no cayó como un rayo inesperado. Se produjo
cuando el gobierno de Isabel Perón no estaba en condiciones
de ejercer con justicia y limpieza el control sobre la violencia
desatada por la Triple A, organizada desde adentro de ese mismo
gobierno, y por las fracciones revolucionarias que practicaban la
violencia guerrillera y el terrorismo. El golpe fue presentado por
la prensa como una intervención “normalizadora”
y gran parte de la población lo recibió de ese modo.
Las fuerzas armadas reabsorbieron el poder mediante la práctica
de una asombrosa violencia estatal y con el objetivo de asesinar
tanta gente como fuera necesario para erradicar para siempre la
idea de transformación social.
Una imponente mayoría aceptó la intervención
militar e hizo todo lo posible para no enterarse de lo que sucedía.
Una historia pública de esos primeros años de la dictadura
militar debe incorporar el Mundial de Fútbol de 1978: sólo
una minoría casi invisible consideró ese mundial un
insulto a lo que estaba sucediendo en la Argentina. Los militares
tuvieron su momento de gloria en el estadio de River cuando el capitán
de la selección levantó la copa entre los dictadores
y el delirio del público. Esta historia tiene que ser retomada
porque habla de una sociedad que no quiso privarse de uno de esos
placeres que repugnan todo principio ético. En muchos de
los países donde había exiliados se repitió
grotescamente esta suspensión del juicio que equivalía
a afirmar que un momento de alegría popular (así lo
razonaron muchos) era admisible incluso en las condiciones de exterminio
que se estaban viviendo.
El otro momento que debe ser revisado es el de la guerra de Malvinas.
Incluso las organizaciones de derechos humanos estuvieron presentes
en la plaza donde decenas de miles de personas apoyaron la última
y más psicótica aventura de los militares. Se vieron
los pañuelos blancos de las Madres con la consigna “Las
Malvinas son argentinas, los desaparecidos también”,
como si con ambos hechos se pudiera establecer una imposible unidad
de sentido. Lo cierto es que los desaparecidos eran argentinos y
la aventura en las islas había sido pergeñada por
sus asesinos.
Las aguas oscuras y barrosas del nacionalismo territorial (que ya
se habían removido años antes en ocasión de
un conflicto limítrofe con Chile) arrastraron a centenares
de miles bajo la protección de la celeste y blanca que había
cubierto las ciudades durante el mundial de fútbol. Nuevamente,
ex guerrilleros exiliados se ofrecieron para luchar en el Atlántico
sur. Intelectuales de izquierda creyeron posible que la reconquista
de las Malvinas se convirtiera en una causa nacional. Dos errores
poco inteligentes: que Gran Bretaña perdería la guerra
y que, si eso sucedía, la movilización nacionalista
podía llegar a convertirse en movilización antidictatorial.
Aunque todo esto parezca hoy completamente absurdo, todavía
no circula una representación pública del apoyo popular
a la invasión de las islas.
Poco podremos hacer por la memoria de estos treinta años
si no se incorporan estos hechos y no se discuten sus causas ideológicas
y culturales más profundas. Hasta no lograrlo, la visión
sobre lo sucedido en los setenta seguirá teniendo un relato
melodramático y maniqueo que blanquea a casi todos los argentinos.
El terrorismo de estado fue la hipérbole trágica de
un proceso histórico complejo, donde hubo otras presencias
y ausencias y silencios. No se trata de juzgar a los argentinos
por no haber impedido la muerte de decenas de miles, ya que eso
estaba bien lejos de sus posibilidades. Se trata, en cambio, de
hacer una historia que no deje a todos completamente al margen de
lo sucedido entre 1976 y el comienzo de la transición democrática,
ese momento en que, justamente por la derrota de Malvinas, la dictadura
no pudo evitar su derrumbe y, en paralelo, millones, casi de la
noche a la mañana, descubrieron que ese régimen era
repudiable.
Faltan entonces varios balances para que los hechos comenzados hace
treinta años se vuelvan inteligibles más allá
de las explicaciones y los análisis de la historia académica.
O sea: falta una historia pública que no puede estar sustentada
simplemente sobre la memoria. Si algunos militantes, como Pilar
Calveiro, hicieron una crítica decidida de la violencia revolucionaria
de los años setenta, tampoco esos textos se han convertido
en memoria pública, porque ella está hoy circulando
por los relatos que mayoritariamente pasan por alto las responsabilidades
colectivas, comenzando por la de los partidos políticos,
que no tienen interés en recordar ni el silencio ni la complicidad,
o por los de los ex guerrilleros que se especializan en una versión
romántica del verticalismo autoritario y la violencia que
practicaron en ese período.
No alcanzan sólo los actos de memoria, sobre todo porque
quienes pueden realizarlos son protagonistas de la escena política
contemporánea. Tampoco es suficiente con las historias profesionales,
porque su potencial para desbordar sobre la escena pública
se limita a grupos reducidos que rodean concéntrica pero
no extensamente a los especialistas. Sin embargo, sería bueno
que quienes tienen el poder y la capacidad para instalar relatos
públicos no siguieran ignorando lo que ha producido la historia
académica.
Kirchner, cuando entró en la ESMA, estuvo más ocupado
por borrar del cuadro a su antecesor Alfonsín que por hablar
como hombre de estado en una ocasión que fue a la vez conmovedora
y solemne. Esta carencia del presidente marca no sólo una
voracidad por contar su historia de estos treinta años, sino
(para no pensar solamente en la mala fe) también su descuido.
Con una institución escolar que no está en condiciones
de trasmitir un relato de la historia, porque ha perdido vigor,
extensión territorial nacional y credibilidad entre quienes
la escuchan, sólo algunos políticos y algunos comunicadores
tienen el poder de difundir versiones de la historia.
Si lo que se difunde es una versión en que todo el mal fue
realizado por unos sobre millones que no tenían las fuerzas
necesarias para oponerse, se pasa por alto que esos millones atravesaron
situaciones donde, aunque la acción contra la dictadura estaba
más allá de sus fuerzas, podían mantenerse,
con dignidad, al margen de sus actos de propaganda bélica
y deportiva. No haberse resistido, no haber omitido la participación
debe ser recordado. Forma parte de una historia, aunque no figure
hoy en las memorias activadas de sus protagonistas. Y me refiero
a “memorias activadas” para designar el carácter
selectivo de la memoria, en la cual los sujetos se representan muchas
veces como les gustaría haber sido, es decir, de manera anacrónica.
Lo sucedido en estos treinta años es demasiado complejo como
para encontrar sólo en el terrorismo de estado una explicación
que está también en la violencia revolucionaria de
los setenta, y en el indiferentismo moral de los años posteriores
al golpe donde, quizás sería bueno no olvidarlo, quienes
reclamaban por las víctimas estaban realmente solos y no
porque no pudieran ser vistos, todos los jueves, en Plaza de Mayo.
El candidato presidencial por el partido justicialista Italo Luder
afirmó en 1983 que la autoamnistía, con que pretendían
salvarse los militarse, tenía efectos jurídicos que
iban a impedir su juzgamiento; el partido justicialista sostuvo
esa posición y sus militantes la aceptaron sólo porque
de no hacerlo pondrían en peligro una victoria que finalmente
no obtuvieron porque millones ya se habían trasladado al
campo de los que reclamaban justicia. Estos hechos muestran que
es necesario revisar el modo en que los partidos políticos
llegaron a las elecciones que Alfonsín ganó con la
bandera de la democracia y la promesa de enjuiciar a las tres juntas
militares.
El pasado tiene datos con los cuales no es posible reconciliarse.
La represión es uno de ellos, pero no el único. Llegado
el treinta aniversario del golpe, no es temprano para completar
los silencios de la memoria.
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