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¿El último avatar?
Beatriz Sarlo
Publicado en Punto de VIsta 87, abril de
2007.
Intelectuales de un lado y otro
No todos los intelectuales están disgustados o irritados
con el último capítulo (sólo último
por ahora) de la novela familiar que, desde hace sesenta años,
protagonizan los dirigentes de origen justicialista. Por supuesto,
el no kirchnerismo incluye los discursos francamente opositores
del liberalismo de centro derecha o centro izquierda, que pueden
leerse en La Nación, los de los clubes de izquierda
radicalizada (del que hay muestras en su propia prensa minoritaria)
y, por caridad con su historia, en Página 12, que
así conserva, en el cenit de su oficialismo, la huella sentimental
de su pasado. Fue equivocado afirmar que el peronismo no tuvo intelectuales
que lo interpretaran “verdaderamente” y fue equivocado
extender a los intelectuales de fines de los cincuenta y comienzos
de los sesenta la incomprensión de socialistas y comunistas
frente al primer peronismo; también sería equivocado
sostener que el peronismo no tuvo sus teóricos cultos antes
de 1955 (entre otros Arturo Sampay, redactor de la Constitución
justicialista de 1949). No son invariablemente las ideas sino las
prácticas las que pueden separar a los líderes peronistas
incluso de sus intelectuales más devotamente adeptos.
Muy temprano, Rodolfo Puiggrós (a cuya obra hoy le toca un
revival inesperado), Jorge Abelardo Ramos, Juan José Hernández
Arregui, Arturo Jauretche, fundaron la tradición del ensayismo
justicialista. Eran: un comunista que abandonó el Partido
para seguir el camino de las masas; un trotskista que puso su imaginación
histórica y su personal talento para la invectiva a disposición
de la causa nacional y de su jefe; un profesor de filosofía,
que empezó leyendo a los griegos y siguió con el Stalin
de la cuestión nacional; un criollo vivaz, astuto y buen
prosista. La sucesión de este linaje hoy tiene dos nombres
famosos: el del cronista Miguel Bonasso, que escribe a partir de
la radicalización de los setenta; y el del ensayista Horacio
González, heredero y complejo armador de todas las líneas
que interpretaron el peronismo como peculiaridad dramática
y como oscuro fondo de la identidad popular. Y oscuro califica,
en este caso, el suelo desconcertante por sus anfractuosidades sin
norma, pero siempre expresivo de un élan popular, sostén
de un teatro político que deberíamos aceptar como
el único verdaderamente propio: el peronismo como fisiología
de la dinámica argentina moderna y posmoderna.
Una ocupación casi insoslayable del intelectual público
(y también de muchos académicos, historiadores, sociólogos,
polítólogos) ha consistido en encarar la empresa de
“entender el peronismo”, lo cual con frecuencia no quiere
decir solamente entenderlo, sino producir los argumentos
para designarlo como única cara posible del poder, si se
exceptúa a los militares.(1) Para tres generaciones, por
lo menos, la “cuestión peronista” definió
su perspectiva del pasado y sus ideas sobre el futuro. Peronismo
e intelectuales forman una intersección que no puede eliminarse
de ninguna historia de los últimos sesenta años.
Si esto es así, la discusión sobre el peronismo queda
libre de un lugar común: la incapacidad de los intelectuales
no sólo para entenderlo sino, siquiera, soportarlo. Una parte
fundamental de la historia intelectual argentina gira sobre la naturaleza
del peronismo en sus sucesivos cambios y allí no hay sólo
impugnaciones sino, por el contrario, esquemas que ayudarían
a captar, de una vez para siempre, su especificidad y, por lo tanto,
a verlo bajo las variadas encarnaciones de un Movimiento Nacional
que lo fue todo. Una fracción de los intelectuales que se
han ocupado del peronismo no son intelectuales peronistas. Esto,
que parecería una obviedad, merece ser tenido en cuenta,
en la medida en que una fórmula usada por intelectuales contra
intelectuales apela (¡todavía!) a la acusación
de que si se critica el peronismo es porque no se lo entiende. Los
intelectuales que “entienden el peronismo” tienen el
metro patrón con el cual se juzga las posiciones de quienes
“no lo entienden”. Ambos grupos están hoy en
la universidad y en los medios de comunicación; por supuesto,
el grupo de los que “entienden” también está
en lugares vistosos del aparato del estado.
El intérprete
Kirchner no pretende pasar a la historia simplemente como peronista.
Pertenece a una generación de militantes que, convencidos
de que iban a modificar el Movimiento en un sentido revolucionario,
fracasaron en la década del setenta y fueron reprimidos,
asesinados, exiliados. Cuando todo parecía destinarlos a
trasmutarse en los avatares noventistas de Menem, gobernando alguna
provincia, votando el pacto de Olivos, practicando la Realpolitik
o armando nuevos instrumentos políticos como el Frente Grande,
la crisis del 2001 y la impensada audacia de uno de ellos, acompañada
por la necesaria fortuna, les abrió una nueva oportunidad
de grandes expectativas.
Kirchner se percibe a sí mismo como refundador.(2) Se siente
representante de una línea del peronismo que no parte, como
la que fuera durante décadas la línea canónica,
del 17 de octubre de 1945 y de los Hechos del General, sino de los
Hechos de los Apóstatas, los jóvenes peronistas radicalizados.
Por eso, cuando nada lo anunciaba en su pasado como gobernador de
Santa Cruz, llegado al gobierno, Kirchner hizo de su reivindicación
de los setenta una de las piezas de la construcción de un
perfil ideológico, fundamentalmente a través del discurso
sobre derechos humanos, justicia y terrorismo de estado. En la década
del noventa, estas ideas habían perdido gran parte de su
capacidad para seguir produciendo hechos en el presente; Kirchner
abre de nuevo un capítulo cerrado excepto para los más
fieles a esa tradición de los setenta que, por eso mismo,
eran también bastante marginales al partido justicialista
o directamente estaban fuera de sus estructuras.
De este modo, Kirchner es un innovador que llegó al gobierno
como candidato apoyado por Duhalde, uno de los peronistas más
emblemáticos, convertido en su enemigo en la lucha electoral
de 2005 donde juega y gana el lugar indivisible de jefe. Sus discursos
(aunque simples e incluso brutales, lo cual no habla de su inteligencia
sino de un límite devenido espontaneidad, o quizás
a la inversa) recurren a temas que no fueron centrales del peronismo
renovador en los ochenta y que Menem, a su vez, quiso dejar atrás
para siempre.
Kirchner no adopta la liturgia peronista e invoca al líder
histórico sólo a la fuerza y excepcionalmente. Pero
ha hecho su interpretación de los años setenta, no
simplemente en lo que concierne al terrorismo de estado, sino en
lo que toca a la memoria militante de la juventud peronista radicalizada
y guerrillera. Rodeado de la flor y nata de las organizaciones de
derechos humanos (que no han abierto un capítulo de reflexión
sobre la violencia de los años setenta y lo que comenzó
como una consigna, la única posible contra la dictadura,
pasó a ser historia oficial), Kirchner ha evocado no sólo
la represión sino los valores militantes de la lucha revolucionaria
de quienes habrían sido sus compañeros de juventud.
Ha colocado su interpretación del pasado y, lo que tiene
consecuencias graves, ha otorgado a ex militantes y organizaciones
una licencia casi monopólica para consignar sus leyendas
en los espacios de memoria que su gobierno logró extraer
del control militar, tal como la ESMA. El presidente tiene posición
tomada en esta cuestión ideológica todavía
abierta. No sólo ha garantizado que la justicia pudiera seguir
actuando, sino que ha dicho que las víctimas debían
ser reivindicadas no sólo como víctimas sino como
militantes de una Causa que él ubica en sus orígenes
políticos.
Con esto, desde el poder, Kirchner está ofreciendo un sostén
a la lucha de interpretaciones que está lejos de cerrarse.
Kirchner no es un intelectual pero interviene con una versión
de la historia en un debate que deberá seguir transcurriendo
y que, salvo algún cambio radical en las formas de debatir
el pasado, sería bueno que transcurra en una esfera pública
donde puedan escucharse los discursos intelectuales.
Carlos Altamirano, en un reportaje reciente aparecido en Perfil,(3)
se ha referido a esta proximidad. Hoy gobiernan los Montoneros,
dice con desprejuiciada inteligencia y buena observación
del terreno. Al respecto, algo más. Kirchner ha trazado un
nuevo punto de partida del peronismo, promoviendo una línea
de autoreconocimiento generacional, con una fórmula que sería:
identificación con el ethos de entonces, creación
de las políticas adecuadas al presente. Pero, ¿sólo
el rescoldo de los valores queda de aquel pasado?
También sobrevive la distancia desdeñosa frente a
las instituciones republicanas y la libertad de prensa. Como a la
juventud peronista radicalizada, al kirchnerismo no le importan
las formas “burguesas” institucionales de la política.
En 1973, este desprecio se alimentaba de la confianza en que las
masas impulsadas por su movimiento revolucionario desarrollarían
formas más profundas e igualitarias de gobierno, y la conducción
del general Perón sería desbordada por el movimiento
del pueblo (dirigido por su vanguardia armada). Hoy, en cambio,
significa que la república institucional, siempre incómoda
para el peronismo, es reemplazada por un ejecutivo poderoso, implacable
y concentrado en la figura presidencial. Con el ethos de
los setenta, regresa la antipatía histórica del peronismo
por las instituciones deliberativas donde hay que escuchar voces
opositoras, júzgueselas como se las juzgue.
Hay quien razona, con la agudeza del cinismo, que con este parlamento
y esta oposición la república kirchnerista es la república
posible. De hecho, durante décadas, se ha dicho esto de diferentes
maneras y con diferentes jefes. Con Kirchner parece más aceptable,
en primer lugar por la importancia de las políticas de justicia
en lo que concierne al terrorismo de estado y la renovación
de la Corte Suprema; también por el trauma del 2001 con sus
episodios emblemáticos: los saqueos y muertes, por una parte,
y la desorganización total de la nación, entre otras
razones, por la difusión de las cuasi monedas provinciales
y los años de inestabilidad jurídica provocada por
el corralito. Kirchner también es aceptado por la prosperidad
económica que embellece cualquier distorsión de la
república como sucedió durante buena parte del gobierno
de Menem.
En lo que concierne a la política de derechos humanos respecto
del pasado, ella fue durante tanto tiempo bandera casi exclusiva
de los sectores progresistas de los partidos políticos y
las organizaciones sociales que cualquier gobierno que la haga suya
recibe una especie de diploma de izquierda, otorgado, en primer
lugar, por organizaciones como Madres y Abuelas que (antes irreconciliables)
hoy pactaron una convivencia en cuyo clima Carlotto y Bonafini se
manifiestan oficialistas al unísono. Estas organizaciones
son una especie de tribunal examinador cuyo veredicto abre las puertas
de un espacio virtual progresista. Al ser Kirchner algo así
como un hijo dilecto de Bonafini y Carlotto, frente a la parte de
la opinión pública a la que le importan estos temas,
la pertenencia progresista queda confirmada y fortalece el perfil
del presidente como un talismán que le permite redimir los
años en los que fue gobernador de Santa Cruz, cuando los
derechos humanos y el terrorismo de estado no figuraron entre sus
principales desvelos.
También Kirchner se beneficia del desconcierto mundial en
la demarcación del espacio de izquierda o del progresismo.
Después de la caída de los socialismos reales, ese
territorio fue modificado profundamente por Blair, por las reformas
al estado de bienestar en todas partes, protagonizadas por conservadores
y por socialdemócratas como Schroeder en el último
tramo de su gobierno, por la débacle del partido
socialista francés, cuya candidatura hoy tiene Segolène
Royal, más una política de seguidismo de la opinión
que de ideas. En Brasil, Lula ajusta el programa con el que llegó,
desarticula el PT y separa a los izquierdistas díscolos.
Sólo gobiernos excepcionales, en todos los sentidos, como
el de Chávez, siguen inscribiendo en su bandera la divisa
“socialismo”.
Así no es sorprendente que el somero aunque enfático
discurso de Kirchner cubra gran parte del espacio progresista, sobre
todo porque la izquierda tradicional es enemiga de la innovación
y el Partido Socialista, en Buenos Aires, uno de sus dos distritos
clásicos, ha hecho una opción de perfiles oportunistas;
en la provincia de Buenos Aires sus dirigentes de izquierda parecen
kirchnerizables; y en Santa Fe presenta un programa iluminado por
adjetivos como solidarista y transparente que podría compartir
casi con todo el mundo aunque el socialismo sea la única
fuerza que, como lo demostró en Rosario, puede gobernar a
la altura de esos calificativos. A un discurso de un progresismo
sin perfil o de un izquierdismo congelado, Kirchner le opone un
gobierno dinámico y económicamente exitoso. Después
de las crisis del 2001, parece suficiente. No digo que siga siéndolo
indefinidamente, pero, por el momento, lo es.
Las aspiraciones fundadoras del presidente se apoyan también
en otras cualidades. Su deseo de convertirse, ante los miembros
de su generación política, en representante de los
valores pero no del programa del pasado sería inconsistente
respecto de sus medios si no estuviera acompañado de una
idea (o, mejor dicho, sucesivas ideas) sobre su relación
con el justicialismo. La primera de esas ideas refundadoras fue
la “transversalidad” de carácter ideológico.
La irreparable velocidad del tiempo la desplazó: no se podía
conservar esa idea si, a la vez, se quería ganar todas las
elecciones en todos los distritos, asegurarse una mayoría
parlamentaria fiel y disciplinar los restos del partido fueran cuales
fueran sus prontuarios. La transversalidad ideológica necesitaba
un escenario menos urgente y una vocación de diálogo
que el presidente no tiene. Y, además, ¿para qué?
Aquella transversalidad era programática y de valores, y
Kirchner no quiere discutir ninguna de las dos cosas.
Sobrevino entonces otra idea que sólo exteriormente puede
seguir designándose transversal. Kirchner entendió
que desde el gobierno podía ganarse a quienes en las provincias
y municipios también ejercen el gobierno y que, en ausencia
de una ley de coparticipación federal de los ingresos, dependen
de lo que el estado nacional recaude y reparta. Esta es la transversalidad
de los hechos, la transversalidad de las situaciones provinciales,
la transversalidad de los intereses.
Otra idea renovadora de Kirchner es que el partido sea tratado como
instrumento externo a la figura presidencial. Es decir: el presidente
por un lado, con un grupo de fieles, y, por el otro, los dignatarios
de la bizarra iglesia peronista golpeando las puertas para ser aceptados
e incorporados de vez en cuando al concilio. Los que controlan sus
territorios provinciales o municipales son recibidos (si triunfan
en elecciones locales); otros son mantenidos en cuarentena; si se
equivocan se los tira por la borda. El partido es un objeto exterior
al proyecto pero, al mismo tiempo, es necesario, y el presidente
lo valora, en cada circunstancia, por su potencial electoral, junto
con el Frente de la Victoria, y según sean las condiciones
distrito por distrito. Este es un momento magmático. No necesariamente
seguirá siendo así en el futuro, después de
las presidenciales de este año, cuando, por lo que se deja
trascender, Kirchner se propondrá fundar un nuevo instrumento
político, si se libera a sí mismo de la pesada carga
de gobernar con un minucioso control del día a día.
Dinero y política
Durante casi cuatro años, Kirchner no ha tenido problemas
en gobernar, asegurándose un coro de leales y vapuleando,
si era preciso, al Partido Justicialista. El mapa de las boletas
electorales abigarradas evoca la primera elección ganada
por Perón en 1946, con decenas de agrupaciones que venían
un poco de todos lados.(4)
Sin embargo, Perón pertenecía a una época donde
un partido era indispensable (fuera liberal o fascista, nacionalista
revolucionario o comunista). Era el momento de los partidos, de
las identidades y de las organizaciones territoriales estables;
el partido podía enriquecerse con la presencia de capítulos
corporativos (en especial sindicales), pero había partido.
Hoy los partidos son maquinarias que se activan y se desactivan,
aunque todavía se sostengan de modo territorial, distribuyendo
recursos del estado, y adueñándose de ellos para que
los caudillos de cada localidad puedan seguir siéndolo. Perón
necesitaba un partido por razones ideológicas: era la organización
que perduraría en el tiempo, que había que conducir
con prudencia. El modelo de ese partido era el de un Movimiento
Nacional, y de allí sus dimensiones corporativas y su ambición
de incluir a toda la nación y de excluir solamente a la antipatria.
No se trataba de un partido clásico, pero tampoco era una
organización indefinible. Kirchner, hasta ahora, lo ha necesitado
sólo por razones electorales o de control de los marginados
que no estén encuadrados por sus piqueteros. La ideología
pasa por otros instrumentos propagandísticos, mediáticos,
y en especial por su propio cuerpo político. La diferencia
es inmensa. Y, por lo tanto, no valen más comparaciones.
La era de los partidos corresponde a la de los estados de bienestar
y de la política. La actualidad, donde la política
ha entrado en crisis, el estado de bienestar ha sido reformado entre
otras causas por sus propios fracasos y, en Argentina, por el programa
talibán de Menem y Cavallo, los partidos tienen tanta dificultad
para reorganizarse como para adaptarse al presente. Sólo
lo hacen con difícil (improbable) éxito si cumplen
una de estas dos condiciones: o son ideológico-morales e
interpelan a las capas medias; o tienen los recursos del estado
y con ellos pueden llegar más lejos territorialmente y más
abajo socialmente.
Por lo tanto, controlando el estado, se puede financiar la organización
necesaria para seguir controlándolo. Kirchner ha entendido
esto con más claridad que ningún cientista político.
Este rasgo explica, por lo demás, el desesperado reeleccionismo
en las provincias (y su versión nacional con el ardid de
la probable alternancia del matrimonio Kirchner). La explicación
es elemental: los gobernadores y los intendentes quieren ser reelectos
para siempre porque, si dejan el gobierno, quedan privados de los
recursos económicos que les permiten seguir haciendo política.
Su sucesor acapara todos los recursos y sus hombres en el territorio
terminan, como réplicas de Díaz Bancalari, pasándose
al nuevo gobierno. Fuera del ejecutivo, se depende de los favores
del sucesor que ha esperado su turno y, a su vez, intentará
consolidarse. Felipe Solá vio con entera claridad este destino
de príncipe en el destierro que le espera, a merced de que
se lo rescate desde el ejecutivo nacional y no pierda su figuración
antes de que pueda intentar una nueva aventura en un cargo ejecutivo.
El “pato rengo” no es el presidente o el gobernador
que se queda sin poder antes de terminar su mandato y su sucesión
no está asegurada por ningún leal (de todos modos
¿quién cree en los leales?), sino el político
que ya sabe que no tendrá acceso al dinero público
para continuar siendo un político de primera línea,
y sabe que las lealtades territoriales se miden en subsidios, viviendas
y planes sociales.
Kirchner entendió esto a la perfección. Muchas veces
impresiona como poco entrenado en el discurso progresista que quiere
presentar como propio de su identidad y su gobierno, como si no
lo hubiera practicado en mucho tiempo y se le mezclaran temas populistas
clásicos, invocaciones a la dignidad nacional, autoritarismo,
teorías conspirativas, etc. Pero está bien entrenado
en el conocimiento de esta mecánica económica y territorial
del poder. Porque no es un saber que debe recuperar desde el pasado
(como quien rescata las imágenes de un sueño, el sueño
setentista) sino algo que ha practicado cuando fue gobernador de
Santa Cruz. Su olfato del poder es pragmático y se agudizó
con la experiencia. Conoce la relación que hay entre fondos
públicos y poder.
Por eso, Kirchner no ha impulsado una reforma política, cuya
clave es, justamente, el financiamiento de la política. Esa
promesa del comienzo de su gobierno tuvo que caer: o una cosa o
la otra.
Por qué no hubo reforma
A Kirchner esa reforma no le interesa también por razones
más profundas. Es probable que desee perfeccionar su instrumento
político, se llame Frente para la Victoria o cualquier otro
nombre futuro. Su interés seguramente será aislar
de modo definitivo a quienes considera poco deseables por motivos
dispares: porque han perdido una elección y se han desprestigiado
de manera difícilmente reparable en sus distritos; porque
se los agarró de modo demasiado flagrante con las manos en
la masa y eso augura una derrota con la que el presidente no va
a ensuciarse; porque surge en algún distrito un candidato
más afín a su política con posibilidades ciertas
de imponerse al viejo representante del PJ; porque un político
provincial adquiere, por alguna razón, una popularidad que
la sensibilidad competitiva del presidente juzga peligrosa; porque
en un distrito un candidato no justicialista le asegura victorias
que el justicialismo no puede darle. Como se ve por la enumeración,
las razones no son las que conducen a una reforma política
ni a la deliberación y la confrontación de ideas,
sino al fortalecimiento de una dirección sobre los aparatos
de gobierno local y las máquinas electorales.
Sin embargo, incluso tomando en cuenta cada uno de estos motivos,
Kirchner podría aspirar a una coherencia ideológica
mayor en un conglomerado de justicialismos y no justicialismos locales
que, por el momento, son un destilado de lo viejo, lo antiquísimo,
lo nuevo, los convencidos y los tránsfugas. Falta saber si,
en este punto, Kirchner contradice o se demuestra un buen discípulo
del general a quien no acostumbra nombrar en sus discursos. Perón,
que tenía el gusto por la salida cómica, decía
que no se puede gobernar “sólo con los buenos”,
a riesgo de quedarse solo.
De todas estas consideraciones, sin embargo, no sólo se concluye
que Kirchner (actuando en este punto como buen setentista) tiene
antipatía por el Partido Justicialista. Vivió una
década sentado en las mismas mesas con dirigentes que hoy
desprecia. Pero nadie debería sentirse incómodo ni
en el PJ ni en el Frente de la Victoria con las convivencias obligadas.
Los kirchneristas extrapartidarios quizás se perciban un
poco ajenos a esta cultura del insulto y el abrazo, si provienen,
como es el caso de los radicales, de un partido que hizo del despliegue
institucional una identidad. Pero esos neokirchneristas son hombres
más jóvenes y probablemente menos identificados con
los principios de ese partido que, por otra parte, fracasó
y cuyo último presidente está imputado en la compra
de votos en el senado.
Hoy se difunde el rumor de que un segundo mandato abriría
precisamente el momento de cambios que los sólidos principios
de la Realpolitik impidieron hasta ahora. Sobre esto conviene no
apurarse en juzgarlo ni posible ni imposible. Para Kirchner lo primero
es la concentración del poder. Él también,
como todos los argentinos, vivió una crisis que pareció
casi definitiva. Bajo el signo de la debilidad llegó a la
presidencia cuando Menem, en uno de sus actos más malignos
e irresponsables, rehusó participar en el ballotage.
Si la reforma no sucede en el conglomerado que maneja Kirchner,
es difícil que tome impulso en otra parte. A las elecciones
de octubre de 2007 llegamos con todos los rasgos descriptos en su
apogeo. Y además, en las mejores condiciones que nadie se
hubiera atrevido a imaginar cuando Kirchner fue elegido presidente.
Un refrán que podría ser la divisa del conservadurismo
indica prudencia: “Si no está roto, no lo arregles”.
El justicialismo está roto en pedazos, el Frente para la
Victoria es un mosaico, los kirchneristas extra-justicialistas vienen
un poco de todas partes. Sin embargo, mientras haya plata, el aparato
no está roto y todavía sirve a quien lo controle.
Notas
1. Gino Germani, Juan Carlos Portantiero y Miguel Murmis, Juan Carlos
Torre, Tulio Halperin Donghi, Carlos Altamirano, Silvia Sigal y
Eliseo Verón, Ricardo Sidicaro, Mariano Plotkin, Anahi Ballent,
son sólo algunos de los cientistas sociales e historiadores
que marcaron momentos importantes (y temas no explorados) de los
“estudios peronistas”.
2. Natalio Botana describe las refundaciones políticas del
justicialismo con la fórmula “transformismo peronista”.
Véase su último libro: Poder y hegemonía;
el régimen político después de la crisis,
Buenos Aires, Emecé, 2006, cap. II.
3. Perfil, “El Observador”, 28 de enero de
2007. Altamirano también presenta esta tesis en el reportaje,
realizado por Jorge Halperin, incluido en el volumen El progresismo
argentino. Historia y actualidad, Buenos Aires, Capital Intelectual-Le
Monde Diplomatique, 2006.
4. Lo ha recordado muy recientemente Luciano de Privitiello: “El
peronismo y las elecciones; la búsqueda de la unanimidad
y la tradición electoral argentina”, Ciencias Sociales,
número 64, septiembre de 2006 (Buenos Aires, UBA).
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