BazarAmericano.com

Algunos espacios de discusión, en relación con la cambiante escritura de las ciencias sociales

Oscar Steimberg


1. El discurso de las ciencias sociales y la expansión del reconocimiento de su diversidad

A fines de los setenta, Greimas y Landowski reunían en un volumen que tuvo larga lectura trabajos sobre “el discurso de las ciencias sociales”. (1; las notas están al final del texto) Encontraron que el campo había sido poco visitado analíticamente (aunque daban debida cuenta de las excepciones), y empezaron por señalar la alta diversidad de sus formas de producción y circulación. Hoy podríamos decir que esa diversidad no sólo se ha acrecentado, sino que (y este proceso había empezado ya entonces) además se ha convertido en objeto frecuente de ese mismo discurso.
A principios de esa década había habido paradas precursoras. Ya algunos años después de la instalación de las nuevas hermenéuticas y de distintas formas del ensayo abierto, Barthes había formulado, en el prólogo de un número de Communications, los términos de un abandono programático, que en su caso se había venido produciendo también desde la década anterior, de la obediencia a las restricciones de la prosa académica.(2) Decía algo así como que el trabajo (de investigación) debía agarrarse del deseo. Porque cuando eso no ocurre, advertía, ese trabajo es algo “sombrío, funcional, alienado, movido por la sola necesidad de pasar un examen, de obtener un diploma, de asegurar una promoción en una carrera”. Se dirigía a los jóvenes investigadores, y seguía: “…se quiere que la investigación se exponga pero no se escriba”. Pero –una salvedad ocupaba también un lugar de despliegue en el texto- advertía también que no se trataba de pedir “cualquier libertad”, ya que “bajo la reivindicación de una libertad inocente volvería la cultura aprendida, estereotipada… (ya que) la espontaneidad es el campo inmediato de lo ya dicho”. En el caso de los trabajos del número que prologaba, descubría el componente virtuoso de la insistencia en el aprendizaje de una búsqueda, designada entonces como la del despliegue del Significante.
Desde entonces, estos recomienzos y sus presupuestos son parte de debates o alientan en debates diversos como presuposiciones de tomas de posición con respecto a la legitimidad de modos de escritura científica. Y el hecho es que insisten, junto a las nuevos, antiguos verosímiles de escritura, aunque las rupturas se muestren ya fundando otras tradiciones.
Cada región tiene sus fantasmas. Y a veces, los brillos y las depresiones del estilo se recortan sobre las escenas históricas de unas escrituras públicas, que se homenajean y se imitan. Y hay tiempos en que esas imitaciones (en el sentido de Gerard Genette, el de tomar de textos anteriores operatorias de producción: algo más amplio que las transformaciones de una obra en particular)(3) definen el modo de presentación de una escritura, o aun de una corriente. Y también de sus rechazos: las vueltas sobre el discurso científico como tal, la irrupción de desconfianzas acerca de su transparencia (esa que dejaría contemplar sus objetos sin oscurecimientos literarios o retóricos) produce también el efecto de una pérdida de tiempo –que sería el resultado de un ir a las palabras, no a las cosas- y la sospecha de un abandono paralelo: el de las precauciones deónticas que son parte de la existencia social de la cientificidad. La escena polémica constituida insiste de entonces a hoy

2. El reconocimiento de un mundo textual, el de las poéticas del texto científico

La vida social de la escritura científica cambia también por efecto de sus lecturas. Una parte de su superficie textual permanece, pero la tematización crítica de un nivel, o de las insistencias de un modo de ejemplificación, cambia su significado al transformarse sus efectos de enunciación en función del nuevo discurso acompañante. Así, los trabajos de Hayden White cambian los efectos de sentido del discurso histórico al inducir una lectura que focalice su poética ensayística, y al hipotetizar acerca del efecto de verosimilitud de sus construcciones retóricas, y especialmente narrativas.(4) Así como en otro campo, para los lectores de la última parte de la obra de Robert Nisbet, crece la visibilidad de los procedimientos retóricos o de género con que la sociología verosimiliza sus descripciones y sus intervalos de explicación: para Nisbet, un siglo de discurso de las ciencias sociales adquiere su fuerza argumentativa de su asentamiento en la transposición de algunos géneros que inicialmente definidos como artísticos, como el paisaje o el retrato.(5) Y el discurso de las ciencias antropológicas es tomado en textos como los de Clifford Geertz, con amplios efectos polémicos, también en relación con las peculiaridades de su escritura, y ya no a partir de procedimientos puntuales de retorización sino en conexión con fenómenos transversales como “el del carácter altamente concreto de las descripciones”.(6) A la manera de la literatura realista, el texto antropológico privilegiaría dispositivos como el de la construcción de efectos de concreción en sus imágenes o el de la modulación de un tono de autoridad testimonial en la voz del narrador. Y Geertz entiende que la puesta en discusión de esos procedimientos debe incluir también el análisis de los discursos defensivos que suscita, enfrentados al crecimiento de emprendimientos críticos como el que ensaya. De esas resistencias saldrían juicios sobre los que también ironiza Geertz, como el de que “la preocupación excesiva (…) por el modo en que están construidos los textos etnográficos semejaría una distracción insana, derrochadora en el mejor de los casos, e hipocondríaca en el peor”. Una reacción naturalizadora de la costumbre estaría detrás de esas alarmas, basadas en la creencia en que “los buenos textos antropológicos deben ser planos y faltos de toda pretensión”, tanto como en la de que “no deben invitar al atento examen crítico literario, ni merecerlo”. Geertz, tanto o más polémico que los que reclamaron igual atención a la escritura en otros campos de conocimiento, pide que se perciban las limitaciones de la idea (firmemente asentada en la esperanza, no sólo académica, de una aplicación cercana de cada desarrollo) de que el lenguaje científico sólo debe apelar a lo que habilite la construcción lógica de su referente y permita percibir esa lógica como tal. Al respecto, entiende que “las raíces del miedo (a que se analice y se haga visible esa retórica) hay que buscarlas en otro lado, en la posibilidad de que, tal vez, se llegue a advertir mejor el carácter también literario de la antropología, y su conexión con determinados mitos profesionales” sin cuya reproducción textual no podría llegarse a los efectos de persuasión de fuertes construcciones de discurso, como las que habrían llevado a la vigencia del “puro poder de la sustantividad factual” en el discurso antropológico. También desde su perspectiva, en el enfrentamiento de ese campo de problemas la alternativa sería la de ocultar o hacer visible la instancia de la escritura.

 

3. Un nuevo autor, un nuevo sujeto de escritura, una nueva escena dramática

Metz y el respeto a las diferencias entre discursos. En una entrevista famosa (la que cerró el Coloquio de Cerisy, organizado en 1989 como un homenaje a su obra) responde a una pregunta acerca de los libros sobre cine de Deleuze, que estaban siendo tomados en algunos casos como una opción confrontativa con respecto a los suyos: “encuentro su obra muy hermosa y de una inteligencia extrema”. La manifestación podría entenderse como una negativa diplomática a reconocer una confrontación, pero después añade: “No he entendido nunca por qué es necesario que los libros ‘concuerden’”. La entrevista continúa, y los interlocutores de Metz le señalan también el surgimiento de diferencias internas en su propia obra, diferencias que habrían crecido dentro de su propia escritura: con respecto a los primeros textos, los que entonces eran más recientes eran vistos como más autorreferenciales, con más componentes autobiográficos y con más espacio y desarrollo para ejemplos referidos a situaciones y reflexiones personales. Metz lo acepta (tampoco sus libros “concordarían” entre sí del todo).(7) Pero el tema era más complejo que lo que puede desprenderse en principio de ese fragmento de diálogo.
La amplitud de Metz encerraba un componente de tensión, que tal vez incidió negativamente en sus relaciones con editores y editoriales a lo largo de sus últimos años. Desde su perspectiva reconocía la riqueza de las diversidades de sentido que se construyen con superficies y construcciones discursivas renovadas. Eso lo apartaba de los que rechazaban como formaciones ocultadoras de vacíos o debilidades conceptuales todas las comunicaciones de conocimientos que se apartaran de las formas duras de la comunicación científica. Pero a la vez tuvo siempre una prosa característicamente rigurosa, en la que las retorizaciones figurales, por ejemplo, estaban allí sólo para acentuar un concepto o explicitar una disidencia. Para algunos, puede haber representado –formalmente, pero la forma está también para ser recibida como sentido- una resistencia a las nuevas poéticas de la prosa. Y no había para los textos de Metz la compensación del discurso mediático paralelo: en general, rechazaba los reportajes; decía que, sin intervención de su persona, los periodistas podían leer sus libros y escribir sobre ellos, y que los libros iban a ser mejores informantes que su palabra en una conversación. Lo que no podía no ser cierto, pero sólo para quienes apreciaran las formas más nítidas y sistemáticas de la transmisión del conocimiento de la misma manera que él. Así como, por un lado, Metz rechazaba el rechazo de textos desviantes por el hecho de serlo, por otro se abstenía de participar en las búsquedas que implicaban la creación de un nuevo sujeto de escritura. Metz admiraba y leía mucho a Barthes, pero jamás parece haberse sentido movido a escribir algo parecido a los Fragmentos de un discurso amoroso, o al Barthes por Barthes, o a La cámara lúcida. Su escritura da cuenta hoy de uno de los más importantes momentos de flexión en la teoría del cine y en su conexión con los desarrollos de la semiótica, y más que eso: despliega y transmite la posibilidad de una mirada iluminadora y específica sobre el emplazamiento diferencial del fenómeno cinematográfico en la cultura, que está vigente aun hoy. Pero se niega a pasar la frontera de las diferencias entre géneros discursivos. Dejó que otros asumieran la parada de una enunciación distinta que supo sin embargo leer en Barthes y que emergería después en otros, en distintos campos de las ciencias sociales (como, entre nosotros, en Eliseo Verón con la metateoría cotidianizada de sus Agendas o en Beatriz Sarlo con las Escenas convocadas por una escritura del instante).(8 y 9)

4. Otra vez la crítica de la crítica

Reflexión acerca de unos bordes: habría que separar los cambios en la escritura científica y el ensayo que ocurrieron sin que se hablara de ellos, de aquellos en los que irrumpe la consideración de la problemática misma. Antes de que el concepto de ciencias sociales existiese, pero cuando ya estaba naciendo el género del ensayo, Montaigne jugaba con los procedimientos azarosos que podían dar lugar a su escritura (por ejemplo, el de partir de lecturas practicadas en libros que estuvieran juntos, en hilera en su biblioteca). Pero no había allí una reflexión sobre la forma de la prosa ni tampoco sobre la mezcla temática que pudiera aparecer en superficie, una vez reordenados los temas recogidos por orden de azar. Y el rigor, la sequedad y desubjetivización del ensayo científico fueron apareciendo como parte de una enseñanza formal no discutida o como elementos obligados de una lógica de redacción específica. Cuando, ya cerca nuestro, vuelve la problematización de esa redacción, están ya en crisis los presupuestos de la prosa científica: entre otros, los de la posibilidad de una objetividad sin fisuras y la de una conciencia plena, por parte del investigador, de los alcances de su convocatoria de sentidos. Cuando Eco enfrenta a Rorty en relación con los límites de la interpretación, lo hace desde una perspectiva acotada, a su vez, por tratamientos proyectados sobre registros textuales diversos, aun cuando se refiere al tratamiento de objetos culturales que son, ellos también, textos verbales. Como se sabe, pide para ellos una atención que habilite el reconocimiento de unos bordes específicos: los demarcados por las acotaciones conceptuales y diegéticas que surgen de la escritura ya materializada en la obra, más allá de las intenciones del autor concreto.(10) El tratamiento de esos efectos constituiría, en la escena descripta por Eco, un problema de la construcción de un objeto de indagación, previo o externo a esa escritura segunda del metatexto; en principio, no entraría en consideración el problema de los efectos de las distintas retóricas que podrían habitar esa escritura segunda. Pero puede postularse que la sustitución del autor concreto por el autor modelo, producida ya en su obra anterior, abre la puerta de la aceptación de una densidad y una opacidad específicas en todo texto, y también entonces en el ensayístico, y entonces la necesidad de la consideración de su instancia de escritura más allá de las intenciones explícitas del autor concreto.

5. El otro discurso del investigador

Sobre el tema de los discursos paralelos del investigador: no tengo suficientes datos como para generalizar, pero al menos en diarios y revistas de la Argentina son habituales los reportajes a investigadores y ensayistas sobre cuestiones de actualidad que se relacionan con temas de la investigación y la teoría; también el pedido de notas breves de opinión, o la conversión subrepticia de las entrevistas en notas de autor, suprimiendo las preguntas del periodista. Toma entonces la escena un discurso de extensión, en lenguaje no especializado y sin citas ni referencias librescas, salvo algunas que por su generalidad afectan un tono de dicho o de refrán y que sustituyen con naturalidad a las que en los trabajos académicos construyen o confirman un marco teórico. Me permito una conjetura personal: pienso que los entrevistados no suelen rechazar esas interlocuciones, entre otras razones, porque a lo largo del tiempo han comprobado que son leídas con atención en los espacios académicos, esos en los que la lectura de trabajos ajenos con pretensiones de mayor sistematicidad, aparecidos en revistas especializadas, no se produce si no media alguna obligación o un especial conflicto. Habría que rastrear la circulación de esas escrituras blandas en esos espacios no mediáticos. Seguramente contribuyen (¿o más que eso?) a autorizar / desautorizar palabras de autor, a definir el interés por conferencias y seminarios…
Aunque lo hagan de un modo más que informal, con explotación de recursos que son tradicionales en la crónica y el comentario periodístico.
Pero en esos discursos paralelos de la ciencia social ha habido también cambios. Habría que seguirlos en paralelo con los otros. Si son crónicas, no lo son en el sentido de las del periodismo del siglo anterior, y no son tampoco microensayos. Los cambios en los ensayos de libro han hecho que se parezcan a ellos, pero no porque se haya producido el triunfo retórico de ninguno de los dos.

 

6. Una problemática que atraviesa registros y jerarquías de género

Intervalo en los márgenes de la prosa científica: hay desarrollos paralelos, que ocurren detrás de una ancha barra de separación de género. Se enlazan con unos malestares de escritura que podrían haber sido precursores, si en sus bordes no actuara con permanente rotundidad la secesión de los lenguajes. Es el caso de distintas formas de ciencia social aplicada. Cuando la investigación sociológica o la semiótica son convocadas para la investigación de temas de comunicación (y más aún si se trata de comunicaciones mediáticas), plurales búsquedas de eficacia discursiva son convocadas para la actuación en una característica zona de conflicto. Se trata de un conflicto que no surge de la falta de cooperación o de la ignorancia de alguna de las partes: es constitutivo de la escena de trabajo. En algún momento, el hacedor del texto o el objeto final (mediáticos o de diseño) procede como si pensara con su hacer, como si su práctica fuera intraducible por relacionarse con una experiencia a la que sólo le corresponde expresarse en acto. Y frente a él puede encontrarse un investigador que cree que de su análisis, sistemático y transparente, surgirá el perfil, nítido y contrastable, del objeto a producir.(11) Si esto fuera todo, la asociación de las partes sería imposible. ¿Hay casos en que no lo es?

Podemos contestar que sí, en la medida en que, así sea en silencio, alguna transacción suele producirse. Los productores de discurso que eligen (nunca en permanencia) una posición antiteórica o antimetodológica también fundamentan racionalmente sus propuestas; en último caso, apelarán a anécdotas explicativas, que cumplen el rol del análisis rechazado. Y del otro lado, los analistas tratan de ser originales y en sus conclusiones llegarán a apelar a síntesis impresionistas, reforzadas por metáforas que acoten seductoramente el campo problemático. Los que asumen la posición del práctico o del artista implican en su discurso entimemas retóricos con efectos de racionalidad argumentativa, y los analistas que ocupan el polo de la razón ensayan retóricas del conmover que en el verosímil del científico o del investigador no pueden tomar el centro de la escena ni decir su nombre; aristotélicamente, los dos polos de la asociación - confrontación intercambian los recursos del conmover y del convencer. Estos conflictos y estas transacciones vienen ocurriendo desde que existen instancias de aplicación, con efectos reales o imaginarios, en las ciencias sociales. Una rica experiencia podría procesarse en términos de los efectos retóricos y estilísticos de la puesta en fase de ambas áreas de recursos y de sus construcciones retóricas y enunciativas. Pero es escasa la circulación de las experiencias entre las instancias de aplicación, en parte no académicas, de las ciencias sociales aplicadas y las que ocurren de manera sistemática en emplazamientos institucionales. Esos emplazamientos garantizan de alguna manera la continuidad de las investigaciones a lo largo del tiempo, cosa que no ocurre en los ámbitos habituales de aplicación, atados al tiempo de una planificación o una producción. La continuidad del análisis sería necesaria para registrar cambios en la sucesión temporal, pero los hechos de esa retórica de conflicto suelen desatarse en otro lado. En otro tiempo.

(Escrito especialmente para la revista Sociedad, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires)

Notas
1. Greimas, A.J. y Landowski, E. (eds.), «Les parcours du savoir », en G., A.J. y L., E., Introduction à l’analyse du discours en sciences sociales, Paris, Hachette, 1979, , p. 7-15.
2. Barthes, R., «Jeunes chercheurs», en Communications, Nº 19, Paris, Seuil, 1972, p. 1-5.
3. Genette, G., Palimpsestos, ed. cast. Madrid, Taurus, 1989, págs. 9 a 44.
4. White, H.,: “El valor de la narrativa en la representación de la realidad” y “El concepto del texto: método e ideología en la historia intelectual”, en El contenido de la forma, ed. cast. Barcelona, Paidós, 1992.
5. Nisbet, R.: La sociología como forma de arte, Madrid, ed. cast. Espasa Calpe, 1979.
6. Geertz. C., El antropólogo como autor, ed. cast. Barcelona, Paidós, 1989, cap. I, págs. 12 – 20.
7. Marie, Michel y Vernet, Marc, “Entrevista a Christian Metz”, en M.,M. y V.,M. (dir.), Coloquio de Cerisy : Christian Metz y la teoría del cine, ed. cast. Buenos Aires, Catálogos, 1992.
8. Verón, E., Efectos de agenda, I y II, Barcelona, Gedisa, 1999 y Barcelona, Gedisa, 2001.
9. Sarlo, B., Escenas de la vida posmoderna, Buenos Aires, Ariel, 1994.
10. Eco, U., Los límites de la interpretación, ed. cast. Madrid, Taurus, 2ª. ed. 1998.
11. Intenté el tratamiento de este tema en Steimberg, O., “Crear / investigar: fatalidad de una retórica de conflicto”, revista tipoGráfica Nº 55, Buenos Aires, abril – mayo de 2003.