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En defensa del lector
Beatriz Sarlo

Néstor Kirchner les ha pedido a los periodistas que revelen la fuente de donde salió la cómica historia chino-argentina. Y lo dijo como si lo ignorara todo sobre el ejercicio del periodismo. Lo dijo con el mismo tono con el que Menem declaraba sin temor al cinismo: “Si no denuncian ante la justicia a los corruptos, ¿qué quieren que yo haga?” Es decir que, en circunstancias diferentes, Menem y Kirchner eligieron una respuesta parecida, ya fuera por ignorancia o por mala fe. Menem sabía que los periodistas no podían convertirse en litigantes judiciales; Kirchner debería saber perfectamente que el periodismo mantiene el secreto de sus fuentes, si así lo ha pactado con ellas.
Pero también Kirchner debería saber que Alberto Fernández habla con periodistas todo el tiempo, como se encargan de decirlo los propios periodistas off the record y como lo dejan trascender cuando escriben frases del tipo de “a metros del despacho presidencial”, “un funcionario que sigue este tema directamente en la mesa chica de decisiones” y otras expresiones de la lengua formulaica con la que se designa al jefe de gabinete y a algún otro miembro del entorno presidencial. Y si esta vez no fue Fernández el que habló, el presidente sabe con respetable seguridad quién pudo ser esa persona, y hubiera sido más verosímil que se privara de hacer un gesto compadre que significa “tráiganmelo y ya van a ver”. Como el presidente toca un tema complicado del periodismo, vale la pena detenerse.
Trascendidos y off the record son modos de producción de la noticia que, en los últimos años, se han convertido en hegemónicos. Son, sin duda, recursos problemáticos, ya que el lector no está en condiciones de decidir cuánto va a creer del trascendido, justamente por el anonimato de la fuente. Sin duda, el secreto de la fuente es un derecho que posibilita la recolección de datos tan vergonzosos o comprometedores, tan amenazantes para la fuente de información que, si se quiere dar la noticia, es necesario preservarlo. El secreto de la fuente es una última instancia, cuando la noticia ha sido rodeada, por su misma naturaleza, de una cortina infranqueable salvo para el insider que se ofrece (por las razones que sean) a hablar ante el periodista.
No todos los días hay una noticia de esta naturaleza, porque si todas lo fueran, la producción del periodismo sería una verdadera lotería de creencias, un juego carismático, donde el lector eligiría a quien dar fe sin exigir más pruebas que las que este hombre o mujer quiere o puede darle, o las que le dio en el pasado. El secreto de la fuente es un caso límite del ejercicio del periodismo ya que, habitualmente, la noticia no supone ni impone ese secreto. Pero, precisamente porque es un caso límite, pone a prueba toda la construcción jurídica que llamamos libertad de prensa.
Y es un caso límite, porque, en relación con una fuente secreta, el periodista y sus lectores ocupan niveles diferentes: el periodista sabe más de lo que puede decir; los lectores saben menos de lo que el periodista sabe. Por lo mismo, el periodista está en condiciones de calibrar la confiabilidad de su fuente y a los lectores no les queda más remedio que atenerse a la confianza que, eventualmente, depositen en el periodista. Esta situación desigual, que es aceptable sólo para noticias que la exigen por su importancia (los sobornos en el Senado y no los repetidos dimes y diretes del peronismo bonaerense), tendría que alertar sobre las complejas operaciones de creencia implicadas en el hecho de comunicar una noticia cuya fuente deba permanecer secreta. Creo que es la importancia pública de la noticia la única medida. Y me parece una banalización peligrosa de ese procedimiento, comprometer el (probablemente innecesario) anonimato de la fuente cuando se trata de vulgares trascendidos o, lo que es peor, de operaciones de prensa en las que los diarios actúan como brokers de sus amigos políticos.
La idea de una “operación de prensa”, que surge en las últimas décadas (valdría la pena una monografía de las que se hacen en las carreras de comunicación para fecharla), necesita de dos protagonistas: el que se beneficia o perjudica a un enemigo político con la operación y el periodista o medio que se presta a ella. No hay operación de prensa sin periodismo. Y esto, aunque parezca una tautología, es bueno destacarlo porque afecta en primer lugar a los lectores que el periodismo tiene como tarea informar. El debate sobre la libertad de prensa debe ponerse de modo tan decidido en la dimensión del derecho a la información como en la del derecho a informar. Puede darse el caso de periodistas que sean instrumentos de una “operación de prensa” a pesar suyo, burlados en la buena fe con la que trasmitieron una información de baja ley (“carne podrirda” en la jerga). Esto indicaría claramente que cualquier actuación periodística debe medirse en relación con la amenaza constante en la que vive la circulación de datos entre el campo político y el campo informativo, y alcanzaría por sí sola para desestimar cualquier pretensión de omnisciencia por parte de los medios.
Pero, quedándonos más acá del caso de la operación de prensa (es decir de la difusión, con complicidad o sin ella, de datos falsos o modificados), existe esa otra forma hegemónica del comentario político en Argentina que es el trascendido apoyado en una relación estrecha entre periodistas y políticos. El comentario político combina, en grados variables, información con fuentes conocidas, off the record, trascendidos, notas de color que sólo podrían ser escritas por testigos directos o por quienes recibieron el relato de un testigo directo, y una colorida gama de opiniones entretejidas con las noticias.
No digo que el género no sea divertido. Digo simplemente que es el más peligroso de los géneros periodísticos, aquel que al deslizarse de un nivel de “realismo” a otro, exige del lector un aparato crítico más parecido al del crítico literario o del filólogo que al de quien lee su diario el domingo a la mañana. Cuando se compara la prensa argentina con la extranjera se tiene, bastante rápido, una dimensión de las diferencias en el juego de hipótesis, trascendidos y opiniones entretejidas. Digamos que todos estos discursos son legítimos; lo que los vuelve, a menudo, problemáticos es su entramado, donde los bordes entre uno y otro tienden a difuminarse en la utilización abusiva del verbo en modo potencial y el trazado de un fondo “concreto” que busca la impresión de haber estado ahí (“el presidente, enfurecido, se paró y dijo...”). Textos así escriben todos los domingos los periodistas más respetados de modo que no se trata de casos límite o de audacias que se permiten sólo algunos difamadores profesionales.
Los políticos nadan como pez en el agua en este tipo de comentarios y los alimentan (de esto nos enteran los periodistas mismos cuando escriben “un estrecho allegado al presidente” o fórmulas por el estilo). Los lectores, en cambio, estamos permanentemente al borde de la perplejidad: no conocemos a los protagonistas sino a través de lo que informa el periodismo, es decir que tenemos una única fuente. Incluso los lectores que se ocupan de leer dos o más periódicos deben realizar operaciones de comparación más propias de un especialista en medios que de un ciudadano. Para el lector, la fuente (salvo en los casos excepcionales donde mencionarla hubiera vuelto imposible la noticia misma) es de importancia decisiva. Un periodismo que gire alrededor de los derechos del lector debería tomar esto en cuenta, en la medida en que el derecho a informar está indisolublemente articulado con el derecho a ser informado de modo no sólo creíble o verosímil sino verdadero.
Naturalmente, el lector tiene un recurso: dejar de leer un diario determinado o saltearse la nota de un periodista que lima su credibilidad con trascendidos que luego no se verifican. Este recurso es de última instancia, como parece evidente, ya que la prensa escrita no permite el tipo de zapping que habilitan noventa canales de cable. Por lo tanto, el lector, más que abandonar la lectura del diario, es probable que se vea enfrentado a completar operaciones de control sobre aquello respecto de lo que se le está informando. Dejo de lado el hecho, importante, de qué tipo de cualidades de lector son las necesarias para estas operaciones, porque son (por lo dicho hasta aquí) evidentes.
La lectura de Página 12, durante los últimos meses, me ha convencido de que el diario es abiertamente kirchnerista. No necesito de ninguna información “interna” o “secreta”, sino que me basta el diario mismo. Comparto esta creencia con muchos lectores de Página 12, incluso fieles lectores que seguían el diario a pesar de sus fragrantes desniveles de calidad periodística, que reconocían sus fallos y, sin embargo, permanecían solidarios a algo que el diario habría sido en algún momento de su pasado.
A partir de esta creencia, todo lo que el diario afirme (en especial sus comentarios políticos) debe pasar por una especie de tamiz analitico, más detallado que el de una lectura “normal” de la prensa. Por un lado, los lectores sabemos que, por razones de cercanía política, Pagína 12 puede tener informaciones que quizás no lleguen a otros medios (suponemos, por ejemplo, que allí conocen el paño de la interna peronista de un modo casi familiar); pero, por esas mismas razones, el diario nos presenta todos los dilemas de la desconfianza (¿para quién o cómo está jugando en esa interna?). Cuando la dirección del diario decide no publicar la nota de Julio Nudler, que incluye acusaciones graves al jefe de gabinete, el tipo de lector de Página 12 entre los que me cuento, ve confirmadas todas sus precauciones en lo que concierne a la relación del diario con el kirchnerismo.
Y esto no tiene que ver con la veracidad de la nota de Nudler (que finalmente leímos el domingo pasado), sino con una experiencia previa en relación con el diario. Y, sobre todo, tiene que ver con que esa nota de Nudler es refutada, en la misma doble página, por un periodista destacado, Horacio Verbitsky.
Los interrogantes son muchos: si, en su momento, no se publicó la nota de Nudler porque se la consideró poco fundamentada, ¿por qué se la publicó semanas después, a raíz de un debate sobre la libertad de prensa en cuyo transcurso Página 12 fue criticada por periodistas respetables y por la propia asamblea del diario? Si la nota de Nudler fundamenta mal sus acusaciones, no publicarla está lejos de ser un acto de censura y, en consecuencia, publicarla con una refutación no parece una solución ajustada al problema. Si hubo censura es porque la nota respondía correctamente a los estándares periodísticos de veracidad; pero no habría habido censura si la nota estaba tan equivocada como Verbitsky quiere demostrarlo en la que escribió para responderla.
Por supuesto, un diario puede optar por publicar una nota que juzga equivocada, de un periodista importante en ese medio, y acompañarla de una nota que la corrija. Esto mismo hizo Página 12 hace muchos años cuando, disconforme ante una crítica de Homero Alsina Thevenet a una película de Fernando Solanas, desde la dirección misma del diario se le respondió con un articulo donde ponía esa película por las nubes.
Publicando las dos notas, el lector estaría en condiciones de comparar. Yo más bien creo que no, que no está en condiciones de comparar argumentos, ya que Nudler dice lo opuesto de lo que dice Verbitsky, y es difícil decidir si miente o se engaña uno u otro. Todo lo que el lector puede hacer es elegir a cuál de los dos periodistas está dispuesto a seguirle entregando su confianza. En el despliegue del conflicto, el derecho a la información del lector ganó bastante poco, aunque probablemente haya sido una alerta para defender la libertad del periodista, como lo demuestra el estallido de la Asociación PERIODISTAS que no sobrevivió al episodio, probando de modo indirecto que su composición era incompatible con una institución decidida a la defensa del derecho de los periodistas a ejercer la libertad de información (había demasiado peso patronal en PERIODISTAS).
Entiendo que no es habitual y que incluso puede resultar irritante focalizar sobre el lector cuando se debaten estas cuestiones. Como sea, así como no hay legislador sin ciudadanos, ni gobierno sin pueblo, no existe el periodismo sin la mirada puesta en el derecho de los lectores. Ese es el debate que deberíamos abrir y en ese debate entran varias cuestiones, entre ellas la crítica del trascendido, el off the record y el anonimato, que deberían ser los recursos últimos para producir una noticia difícil de lograr de otro modo, y no la trama de chismes con que se da color al comentario político y, muchas veces, a las operaciones de prensa. En estos casos, prometer el anonimato puede ser una decisión simplemente desatinada. También en el debate debe entrar esa otra forma cuyo último avatar canallesco fue la cámara oculta colocada en el consultorio de un médico, para captar algo que pertenecía exclusivamente a su esfera más privada y personalísima. Pero si ese fue el avatar degradado de la cámara oculta, otros usos, muchas veces realizados en nombres de buenas causas, deben ser discutidos. Prefiero una sociedad donde nadie (ningún delicuente incluido) pueda ser captado con una cámara oculta, a un periodismo, en este caso televisivo, que se convierta en el ojo del Gran Hermano.
El estallido de PERIODISTAS, que la prensa publicó con una discreción cercana a la invisibilidad, mostró la dificultad del debate, incluso cuando lo encaran las luminarias de los diarios y los medios. Por supuesto, en un país que tuvo varias dictaduras militares y, en la segunda mitad del siglo XX, de 1945 a 1955, un gobierno peronista que ejerció el control de la prensa, cerró algunos diarios, censuró otros y controló las telecomunicaciones, un capítulo del debate debe ser sobre los gobiernos y sus turbias relaciones con los medios de comunicación: turbias cuando son amigables y también cuando no son hostiles.