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Daniel Link
Hitler y nosotros
El presente trabajo fue leído en la apertura
del ciclo “Lesa humanidad. El nazismo en el cine” programado
en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires durante el mes
de agosto de 2003.
La gravedad del tema que nos convoca no me impedirá empezar
con un chiste bastante conocido, cuya primera parte es la pregunta
“¿Qué es un antisemita?” y cuyo remate
es una respuesta un poco violenta: “Alguien que odia a los
judíos más de lo normal”.
La mayoría de las veces, en efecto, estamos todo el tiempo
tentados de preguntarnos qué es un antisemita (o cómo
se llega a serlo), como si fuéramos completamente exteriores
a esa distorsión mental. Algo equivalente a la exclamación
“¡Qué barbaridad!” con la que, nos parece,
nos devolvemos al lugar de la buena conciencia.
Es más, hasta hace poco más de una semana hasta habría
sido legítimo que alguien se preguntara por el interés
(o la necesidad) de una reflexión argentina sobre la relación
entre nazismo y cine. Si alguien se hubiera olvidado de los atentados
contra la embajada de Israel en Buenos Aires y el local de la AMIA,
la apertura de los archivos secretos sobre las actividades de los
nazis en Argentina alcanzaría para demostrar (precisamente
porque ya han sido denunciadas las limitaciones de tal apertura)
la pertinencia de una reflexión local sobre el tema: ahora
ya sabemos cuándo y bajo qué nombre el siniestro Dr.
Mengele estuvo entre nosotros, y poco a poco iremos sabiendo el
grado de compromiso de diferentes instancias gubernamentales, instituciones
y personas en el tráfico de criminales nazis.
Si eso no fuera evidencia suficiente sobre la necesidad de una mirada
local sobre el tema, conviene recordar que nosotros, los argentinos,
algo sabemos de matanzas indiscriminadas y denegación de
responsabilidades. En Nacionalismo y antisemitismo en la Argentina,
de Daniel Lvovich (Buenos Aires, Ediciones B, 2003), por citar sólo
un ejemplo, leemos que según cálculos recientes fueron
1.300 personas las víctimas judías de la dictadura,
lo que significa una sobrerrepresentación de más de
cinco veces respecto de la proporción en la población
argentina. A la hora de salir a matar y torturar, los militares
argentinos supieron escuchar la voz de sus mayores.
De modo que tal vez sea mejor comenzar a preguntarse por qué
somos antisemitas (entendiendo que hasta los judíos forman
parte de ese plural más o menos impreciso) como única
garantía de estar pensando bien, de estar pensando algo.
Y, sobre todo, preguntémonos cómo es que podemos serlo
todavía, después de la Shoa, los crímenes de
lesa humanidad, los programas de eugenesia y los experimentos de
los científicos nazis, la aniquilación en masa de
judíos, gitanos y homosexuales. ¿En nombre de qué
razón podríamos todavía sostener el odio hacia
aquello que representa lo heterogéneo dentro de nuestra propia
cultura?
Fassbinder, lo recuedan Paula Croci y Mauricio Kogan en Lesa humanidad.
El nazismo en el cine (Buenos Aires, la Crujía, 2003), definió
la forma más sutil de antisemitismo: el “filosemitismo”.
Decía Fassbinder: “Desde 1945, el tema de los judíos
en Alemania fue tabú. Cuando era joven y me encontraba con
algún judío me decían en voz baja: ‘es
un judío, sé gentil’. Los filosemitas son antisemitas
que ‘quieren a los judíos’”. Si somos capaces
de escuchar algo en la voz de Fassbinder, habría que entender
que no alcanza con ser amable con los judíos, con el ejercicio
de la tolerancia (hipócrita). Lo que hay que entender es
que la cultura judía, precisamente por su excentricidad respecto
de todas las demás culturas, es lo que garantiza su pluralismo
y, en última instancia, la habitabilidad de todas ellas.
No podemos conformarnos con ser filosemitas en lugar de antisemitas,
ni tampoco conviene la opción (por cierto, con un estatuto
moral diferente) de disolver la “identidad judía”
(sea esto lo que fuere) en un conjunto más vasto, como quien
dijera: “todos somos judíos”. Hay que conservar
la fricción de esa diferencia porque es lo que elimina toda
ilusión, y toda ambición, concentracionaria.
Una de las películas en las que con mayor claridad se plantea
el carácter concentracionario de la ideología fascista
es, por supuesto, la última película de Pasolini,
Saló o los 120 días de Sodoma (1975). Tanto en la
perspectiva de Lanzman como en la de Syberberg (a mi juicio, quienes
mejor plantean el tratamiento cinematográfico del nazismo)
el rechazo a toda forma de metaforización o ficcionalización
es frontal y definitiva. Pero lo cierto es que al decidir proyectar
la sombra del fascismo sobre el texto de Sade y el Infierno de Dante
(que aparecen superpuestos en la película), Pasolini acierta
cuando define en el espacio de un encierro monotemático los
delirios de los fascistas, presentados como anarcocapitalistas delirantes.
Se dirá que toda forma estatal tiene esa forma inclusiva,
pero en la República de Saló y en el castillo donde
se encierran esos representantes del Mal, con los jóvenes
que han secuestrado y con el arte que han robado, no hay márgenes
ni hay afuera. La soberanía que establecen esos cuatro en
su pequeño reino del terror se ejerce, como en el caso de
la soberanía fascista, aún sobre aquello que esa soberanía
es capaz de exteriorizar, aquello que queda fuera de la ley.
La norma fascista, por lo tanto, se aplica en Saló tanto
a lo que es interior como a lo que es exterior a la soberanía:
Saló cuenta cómo funciona la ley en el estado de excepción:
“La relación originaria de la ley con la vida no es
la de aplicación, sino el abandono”, escribe Giorgio
Agamben (Homo sacer. Valencia, Pretextos, 1998). Probablemente pocas
películas planteen con tanta claridad como Saló la
teoría de la soberanía fascista (concentracionaria,
excepcional, inclusiva aún de lo que excluye).
Padre Padrone (1977), de los hermanos Taviani, habla también
de la formación de aparatos de homogeneización social.
Padre Padrone cuenta la historia de un joven sardo analfabeto, Gavino
Ledda, autor de la novela autobiográfica homónima
que la película adapta, que es convocado a hacer el servicio
militar a mediados de la década del cincuenta del siglo pasado.
El joven sardo, siendo sardo y pastor como es, ignora la lengua
italiana. De modo que el servicio militar, su incorporación
a la maquinaria bélica supone, al mismo tiempo, su incorporación
a la lengua italiana y a la lectoescritura: el Estado lo incluye
y, para hacerlo, pretende eliminar toda diferencia.
Hay en Padre Padrone un momento políticamente muy intenso,
en el cual el joven (que llegará a ser un lingüista)
está leyendo una lista de palabras en un diccionario y lo
que lee es lo siguiente: “Bandera, banderita, banderola, bando,
bandido”. Sin saberlo (o tal vez, sabiéndolo muy bien),
ese joven está haciendo pasar por su propio cuerpo una “familia
ideológica de palabras” donde la bandera, como símbolo
del Estado integrador y concentracionario, aparece en contigüidad
con la relación de abandono que se establece entre la ley
y la vida (él mismo, antes de su “inclusión
ciudadana”). De Pasolini a los Taviani lo que se lee es una
teoría de la soberanía en la cual la ley se relaciona
con la vida abandonándola (y abandonando, esto lo importante,
los cuerpos que le sirven de soporte).
Es por eso que un lúcido filósofo como Georgio Agamben
propone que es el Lager y no la ciudad el paradigma político
de la modernidad. Y es por eso que Agamben insiste, también,
en quitar a la Shoa toda apariencia sacrificial. Para decirlo con
sus palabras:
el haber pretendido restituir al exterminio de los judíos
un aura sacrificial mediante el término ‘holocausto’
es una irresponsable ceguera historiográfica. El judío
bajo el nazismo es el referente negativo privilegiado de la nueva
soberanía biopolítica (...). El matarlos no constituye,
por eso, como veremos, la ejecución de una pena capital ni
un sacrificio, sino tan sólo la actualización de una
simple posibilidad de recibir la muerte que es inherente a la condición
de judío como tal. La verdad difícil de aceptar para
las propias víctimas, pero que, con todo, debemos tener el
valor de no cubrir con velos sacrificiales es que los judíos
no fueron exterminados en el transcurso de un delirante y gigantesco
holocausto, sino, literalmente, tal como Hitler había anunciado,
‘como piojos’ (...). La dimensión en que el exterminio
tuvo lugar no es la religión ni el derecho, sino la biopolítica.
(Agamben, Giorgio. Op. cit., pág. 147.)
El judío, el gitano y el homosexual, antes de su internamiento
en los campos debieron ser despojados de su ciudadanía, debieron
ser abandonados por la ley.
Agamben se pregunta por qué Hitler necesitó promulgar
con tanta rapidez leyes relativas a la eugenesia y la respuesta
es que esas leyes eugenésicas (que comenzaban a implantarse
con fervor en todos los Estados modernos –incluidos Brasil
y los Estados Unidos--, y esto es fundamental para no perder de
vista la perspectiva histórica) formaban parte del mismo
dispositivo que las leyes de ciudadanía del Reich. Al mismo
tiempo que el Estado adopta una forma concentracionaria se promulgan
leyes relativas a la eugenesia, que impiden a ciertos individuos
procrear, o leyes que obligan a que ciertos individuos sean esterilizados.
El Tercer Reich es el momento en que la integración de medicina
y política, que es uno de los caracteres esenciales de la
biopolítica moderna, comienza a asumir su forma acabada:
los experimentos de los científicos nazis, pero también
los de la República de Weimar, tal como se ve en la estremecedora
película de Bergman , El huevo de la serpiente (1976).
Básicamente, una teoría eugenésica se plantea
como una teoría sobre la herencia genética de un pueblo.
“La política del Reich –dice Agamben- no es propiamente
racista, sino eugenésica.” La política estatal
sobre la vida equivalía a una policía genética.
El Estado se convierte en guardián de la herencia genética
de un pueblo; y estas leyes eugenésicas son contemporáneas
e inseparables de las leyes de ciudadanía que el Reich comienza
a sancionar.
En un tristemente célebre discurso pronunciado en Nüremberg
en 1929, Hitler afirmaba:
Si Alemania tuviese un millón de niños al año
y hubiese de eliminar 700 u 800.000 de los individuos más
débiles, el resultado final podría ser, de todos modos,
un aumento de fuerza (...) Como consecuencia de nuestro humanitarismo
sentimental moderno, intentamos mantener a los débiles a
expensas de los sanos. (Citado por Michael Burleigh en su monumental
El tercer Reich. Una nueva historia. Buenos Aires, Taurus, 2003,
pág. 418.)
El exterminio de los judíos es sólo un capítulo
de la biopolítica del Reich (el más atroz, pero sólo
un capítulo); la política eugenésica del Reich
iba mucho más allá que la eliminación de los
judíos. Hanna Arendt, en La banalidad del mal, recuerda uno
de los proyectos de Hitler:
Tras un examen radiológico nacional, el Führer recibirá
una lista de todas las personas enfermas, particularmente las afectadas
por disfunciones renales y cardíacas; en virtud de una nueva
ley sobre la salud del Reich, las familias de esas personas no podrán
desarrollar una vida pública, y su reproducción podrá
ser prohibida. Lo que vaya a ser de ellas será objeto de
ulteriores decisiones del Führer.
Enfermos de cualquier tipo, asociales en general, marxistas, judíos,
mestizos, homosexuales: a ojos del Reich todo afectaba la salud
y la fortaleza del pueblo.
Películas como Erbkrank (1936), fusionaban insistentemente
a los enfermos con los delincuentes (de forma invariable, delincuentes
sexuales o asesinos), mientras se hacía hincapié en
el número de casas de familia que se podían construir
con las sumas que se gastaban en manicomios y cárceles. Víctima
del pasado, que se proyectó en todos los cinco mil cines
alemanes, se valía de entrevistas con locos, mientras un
comentario apremiante indicaba que:
La raza judía se halla particularmente bien representada
entre los locos y también se ha de hacer provisión
para su cuidado. Camaradas nacionales alemanes sanos tienen que
trabajar para que se los alimente y limpie. Cualquiera que visite
uno de los grandes manicomios puede comprobar ese hecho.
Lo que habría que preguntarse es cómo llegó
la medicina a detentar un poder semejante. Tal como el propio Hitler
lo reconoce, se trata de una quiebra sin precedentes del humanismo.
[En el sentido en que Peter Sloterdijk lo propuso hace muy poco
tiempo. Cfr. Normas para el parque humano. Barcelona, Siruela, 2000.
También traducido por Nicolás Gelormini para la revista
Pensamiento de los confines, 8.]
O, en los términos propuestos por Emmanuel Lévinas
en 1934 en un texto capital, Algunas reflexiones sobre la filosofía
del hitlerismo (publicado originalmente en la revista Esprit, 26;
hay traducción castellana: Buenos Aires, FCE, 2002), se trata
de una ruptura radical con las ontologías liberal o judeocristiana.
Tanto el pensamiento de Heidegger como la filosofía del hitlerismo
colocan al ser (el Dasein heideggeriano) en una zona de indiscernibilidad
con respecto a todas las determinaciones tradicionales del hombre.
El pensamiento judeocristiano y liberal han pensado el ser en términos
de liberación ascética del espíritu, es decir,
como una liberación de los vínculos, de la situación
sensible e histórico social en que el hombre se encuentra
arrojado en todo momento.
“La filosofía hitleriana, escribe Lévinas, se
funda por el contrario más bien en la asunción incondicionada
y sin reservas de la situación histórica, física
y material del ser. Con lo cual propone una cohesión indisoluble
entre espíritu y cuerpo”. El nazismo es, efectivamente,
una nueva concepción del hombre y, por lo tanto, también
una nueva concepción de la vida. Dice Lévinas:
“Lo biológico, con todo lo que comporta de fatalidad,
deviene mucho más que un objeto de la vida espiritual, deviene
su centro. Las misteriosas voces de la sangre, las llamadas de la
herencia y del pasado a las que el cuerpo sirve de enigmático
vehículo pierden su naturaleza de problemas, sometidos a
la solución de un Yo soberanamente libre. Encadenado a su
cuerpo, al hombre le es negado el poder de escapar de sí
mismo.”
El nazismo, por lo tanto, como mal elemental tiene su condición
de posibilidad en la misma filosofía occidental y la misma
raíz que la impugnación de la metafísica en
Heidegger. [La diferencia entre Heidegger y el nazismo es que el
nazismo aprisiona la facticidad del ser en una determinación
racial objetiva, mientras que Heidegger propone categorías
conceptuales que impiden que la facticidad se presente como un hecho.
Heidegger habla, precisamente, de querer o no querer el propio Dasein.]
Esas son, seguramente, algunas de las razones por las cuales el
antisemitismo en particular y cualquier forma de racismo en general
han tenido una larga carrera que no parece todavía agotada.
Me gustaría, para terminar, referirme a uno de los dos grandes
monumentos cinematográficos sobre el nazismo que mencioné
antes: el Hitler de Syberberg, que fue estrenado en Buenos Aires
en 1988, en el marco de un ciclo auspiciado por el Instituto Goethe
sobre el Tercer Reich en el cine. La película se proyectó
en la Sociedad Hebraica Argentina y la prensa de Buenos Aires no
prestó mayor atención al film (se cuenta que a la
función privada asistieron sólo dos periodistas de
radio), lo que podría explicarse por la escasa “actualidad”
de esa película, que se había estrenado en Cannes
en 1978 y no había sido estrenada comercialmente pero, sobre
todo, por la destrucción cultural heredada de la dictadura.
La película está armada en 4 partes de 100 minutos
cada una. La duración total alcanza las 7 horas (apenas dos
horas y media menos Shoa de Claude Lanzman) lo que, de hecho significa
un desafío al espectador: la película interpela su
cuerpo y lo pone en crisis. Uno de los actores se dirige a la cámara
en medio de uno de los monólogos de la segunda parte y dice:
“Usted, ¿acaso no puede quedarse sentado quieto? ¿Acaso
se aburre?” Lo cierto es que uno puede aburrirse, debe luchar
a veces para no dormirse. Uno se pierde, se dispersa. De pronto
hemos perdido cinco minutos de película pero entendemos,
al volver, que ése es precisamente el régimen de legibilidad
que Hitler instaura: porque se trata de los cuerpos y se trata del
esfuerzo por comprender algo que pasó con los cuerpos, lo
mínimo que el espectador puede hacer es dejar que su cuerpo
sea atravesado por una pequeña crisis de confort (lo mismo,
exactamente, podría decirse de Shoa).
Siete horas de película son insoportables, y más cuando
aspira a la totalidad, a borronear las fronteras entre el arte y
la vida, a decirlo todo sobre todos los temas, aspectos por los
que Hitler, una película de Alemania se liga con el habla
interminable de los grandes proyectos estéticos del siglo
XX. La película de Syberberg pertenece a la categoría
de nobles obras maestras que no sólo exigen paciencia de
sus espectadores sino que son capaces de forzarla. Pero además
el Hitler de Syberberg es, como su título lo dice, “una
película de Alemania” y, como tal, hace del hitlerismo
un tema de identidad nacional. Y esa identidad pasa, como se ha
señalado tantas veces, por lo indecible y lo irrepresentable:
los programas de eugenesia, la meticulosa planificación del
exterminio, la eliminación de toda heterogeneidad en nombre
de razones filosóficas superiores.
Todo eso hace de Hitler, una película de Alemania una película
intolerable. Porque, en primer lugar, no es una narración,
evita serlo: no hay nada que contar porque para lo que sucedió
no alcanzan las palabras (es esto probablemente lo que enfrenta
de manera más terminante los proyectos de Syberberg y de
Lanzman, por otro lado tan parecidos). Pero además, Syberberg
habla mal todo el tiempo de la estética hollywoodense, ataca
la mala conciencia que subyace en las teorías de la caligrafía
narrativa, dice que lo que no se debe es hacer de Hitler una mercadería.
En fin: Hitler, como bien ha señalado Susan Sontag, acaba
para siempre con nuestra tolerancia hacia las demás películas.
Lo que hace Syberberg es proponer una tesis, con relatos e imágenes
intercaladas. Hay títeres que monologan o actúan viejos
parlamentos nazis tomados de la radio y una escenografía
que desdeña toda intención ilusionista (dispositivos
semejantes a los que utilizará años más tarde
Lars Von Triers en Europa).
Desde el comienzo, los actores discurren sobre los dos grandes ejes
que articulan la película: la representación estética
y la representación política: ¿cómo
hablar de la historia? ¿A quiénes representan los
héroes de la historia (aún los más siniestros,
como Hitler)?
Éste es el tema de la tesis. Cuando hay relato, éste
es definidamente trivial porque se trata, claro, del primer monumento
estético sobre la banalidad del mal. Durante la segunda parte,
hay un largo monólogo del valet de Hitler (dura cuarenta
minutos) sobre los hábitos alimenticios del Führer,
sus manías para vestirse, las rutinas matutinas. ¿Eso,
se pregunta el espectador, es la historia? Pues bien: la película
de Syberberg viene a decir que la historia es ese caos, ese vértigo
de infinitos comportamientos banales y que el efecto del hitlerismo
debe leerse también en ese nivel.
Syberberg se toma al pie de la letra el proyecto (radicalmente moderno)
de un cine total que sintetice las demás artes: cada una
de las larguísimas y complicadas tomas (que tienen una duración
promedio de 15 minutos) cita interminablemente todos los productos
de la cultura alemana. Lo que Syberberg ambiciona es una utopía
conocida: poner en crisis la separación de los lenguajes
(porque finalmente el fascismo fue también una ideología
de los lenguajes separados). Hitler (la película) habla todos
los lenguajes a la vez, y dura lo que la enunciación misma:
no hay elipsis ni saltos narrativos. Todo está puesto ahí
para decir que lo único que el arte puede hacer todavía
es luchar contra esa separación perversa (“pornográfica”,
diría Syberberg) que dictamina valores y distribuye posiciones:
que jerarquiza y excluye. El cine, para Syberberg, es un ejercicio
intelectual y por lo tanto puede ser cualquier cosa.
Las cuatro partes de Hitler se llaman Hitler, una película
de Alemania, Un sueño alemán, El fin de un cuento
de invierno y Nosotros, hijos del infierno: los títulos mismos
arman un relato y, a la vez, un tema de argumentación: el
hitlerismo fue un sueño alemán y de los restos de
esa pesadilla todavía no hemos podido liberarnos.
Durante toda la película asistimos a ese pasaje: Hitler y
nosotros, aquel horror como lo que nos constituye. Un planteo semejante
no puede sino ser melancólico: la película no cesa
de hablar de todas las imposibilidades que la modernidad nos legó
y por eso se convierte en su voz crepuscular. Habla interminable
sobre la imposibilidad de hablar, representación de la imposibilidad
de representar. Hitler, en Hitler, es esa tradición de muerte
que oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. En uno de
los monólogos más conmovedores de la película,
un actor interpela a un muñeco de madera reprochándole
ese legado de imposiblidades: “Por tu culpa ya no podemos
escuchar a Wagner sin estremecernos”. No hay “afuera”
del hitlerismo.
¿Podemos, después de Auschwitz, ser todavía
modernos? ¿Cómo resolver nuestro pasado, nuestra pesadilla?
Ésas son las dos preguntas que Hitler, una película
de Alemania, inclemente, arroja a la platea. Esas preguntas son
especialmente significativas para nosotros, argentinos, porque interrogan
el modo en que hemos resuelto nuestro propia historia política.
Después de tanta charlatanería (en cine y en literatura),
¿hemos dicho todo lo que la dictadura hizo con nosotros?
La dictadura llenó la sociedad argentina de fantasmas y vació
de sentido sus proyectos. Es por eso que a partir de ahora se nos
impone toda una política de aprendizaje sobre lo que hemos
hecho y sobre lo que nos falta hacer todavía.
Como en la película de Syberberg, somos nosotros, hijos del
infierno, los que todavía podríamos intentar escribir
una historia, la más incómoda, la que nos ponga más
en crisis, como una forma de preguntarnos, ahora sí, por
qué somos antisemitas.
Nota
Sobre el Hitler de Syberberg, cfr. Link, Daniel. “Hitler en
la Argentina”, Crisis, 65 (Buenos Aires: octubre 1988); Sontag,
Susan. “El Hitler de Syberberg” en Bajo el signo de
Saturno. Barcelona, Edhasa, 1987; Syberberg, Hans-Jürgen. Hitler,
ein Film aus Deutschland. Hamburg, Rowohlt, 1978 y Syberbergs Filmbuch.
Frankfurt, Fischer Cinema, 1979; Zimmer, Christian et al (antología).
Syberbergs Hitler-Film. München-Wien, Carl Hauser, 1980 (incluye
textos de Foucault, Jean-Pierre Faye y Jean-Pierre Oudart, entre
otros). |