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Manfredo Tafuri
Las "máquinas imperfectas". Ciudad y territorio
en el Siglo
XIX
El texto de Tafuri es su introducción al Congreso "Architettura,
programma, istituzioni nel XIX secolo", organizado por el Istituto Universitario
di Architettura di Venezia en 1977, cuyos resultados fueron editados en libro
por Paolo Morachiello
y George Teysott ("Le macchine imperfette", Officina Edizioni,
Roma, 1980). Se trata de un momento de condensación del impacto que las
hipótesis de Michel Foucault, como parte de una compleja combinación
de estímulos diversos, venían ejerciendo en
los estudios sobre la ciudad y el territorio. Esto se percibe especialmente en
la novedosa consideración del rol de las instituciones y sus programas
como dispositivos de organización de transformaciones materiales, dejando
de lado la perspectiva tradicional, que veia a éstas presidir el cambio
disciplinar e ideológico y ponía, en consecuencia, la Revolución
Industrial como único motor y gran parteaguas en el proceso de formación
de la "ciudad moderna" y, en consecuencia, de la urbanística
que intentaba intervenir en ella. Con su original penetración, el artículo
de Tafuri se apoya en diferentes avances historiográficos que ya se venían
haciendo en esa senda, pero los convierte en un programa completo para una historia
de la ciudad y de la urbanística, hipotetizando una novedosa confrontación
entre los modelos territoriales de las modernizaciones europea y norteamericana
y, especialmente, ofreciendo una visión de los problemas urbanos que desenvuelve
una lógica interna entre el siglo XVIII y las vanguardias, en una genealogía
diferente para la comprensión de su crisis. Traducción: A.G.
Al emprender el estudio de los múltiples procesos
que condujeron de la ciudad del Ancien Régime a la ciudad
de la edad industrial (nótese: ciudad de la edad industrial
y no ciudad industrial) se afronta sobre todo un problema historiográfico.
Y el primer interrogante que deberemos responder contempla un espacio
histórico de larga duración. En otras palabras, ¿es
realmente posible individualizar los orígenes de la urbanística
moderna siguiendo una praxis tradicional, en la que todas las etapas
y todos los resultados se den por descontados? ¿O no será éste,
sobre todo, el caso de investigar los 'inicios' más que
de una disciplina, de su crisis?
Esta posible segunda vía nace al constatar que en la formación
de los primeros dispositivos de control y de organización del espacio
urbano y territorial, entre la segunda mitad del Siglo XVIII y los primeros
años del Siglo XIX, concurren una multiplicidad de tácticas,
de técnicas, de lenguajes dotados de autonomías lógicas
propias: topografías médicas, estadísticas, relevamientos,
ejercicio de las funciones administrativas y profesionales fijadas por las
nuevas instituciones.
Multiplicidad inicial de tácticas de apropiación del espacio
y de las relaciones urbanas que teóricos como Stübben, Eberstadt
o Baumeister intentarían luego reducir en el corpus unitario de la disciplina
urbanística. (1) ¿Pero no es justamente tal multiplicidad inicial
lo que confiere a la nueva disciplina una viscosidad imposible de eliminar
hasta el día de hoy? ¿No es quizás aquella misma multplicidad
la que debe ponerse, entonces, en los inicios de una crisis trágicamente
actual?
Partiendo de tales premisas se abren, finalmente, nuevos interrogantes. En
primer lugar, ¿puede la revolución industrial ser verdaderamente
reconocida como nodo central de la historia de la planificación? Para
responder deberemos atender, por una parte, a las proposiciones que han resultado
de nuevas investigaciones sobre el nacimiento de la renta inmobiliaria moderna
y, en particular, de la renta agrícola en el Siglo XVIII, sobre las
consecuencias de la clausura de los campos ingleses y de la expulsión
de un verdadero proletariado ante litteram, que induce, a su vez, a una diversa
utilización de teconologías ya existentes. Pero es imposible,
al mismo tiempo, ignorar las conclusiones recogidas por Bruno Fortier, por
ejemplo, que muestran que entre la sistematización de los dispositivos
de gestión urbana, al final del Siglo XVIII, y la revolución
industrial no existen dependencias lineales. Una no linealidad de los procesos
en juego que admite una verificación diferente: al inicio y al fin del
ciclo que nos disponemos a estudiar encontramos que se dan respuestas exactamente
opuestas a los problemas concernientes al rol de la renta en la ciudad y al
rol de la ciudad misma en el sistema productivo, de modo que se ofrecen razones
divergentes sobre la existencia del hecho urbano.
Al final del Siglo XIX, la renta de especulación aparece como fenómeno
'natural' de la metrópoli, como su única ley de crecimiento -y
de crecimiento ilimitado, como ilimitada es la función económica
de la vida misma. Al final del Siglo XIX, también, ya es evidente la
incompatibilidad entre dos posibles destinos de la metrópoli: entre
su deber ser como organismo directamente productivo, fuente de acumulación
capitalista e instrumento de producción, y su organización como
servicio social.
Al inicio de nuestro ciclo, en cambio, y ya para el pensamiento fisiocrático,
la ciudad debe ser rigurosamente limitada, cerrada sobre sí misma: una
ciudad-servicio, cuyas tramas de equipamiento deben extender su radio de acción
al territorio. Limitación y descomposición de la ciudad en sus
diversas funciones son las premisas indispensables para su control; pero no
se puede controlar aquello que no se conoce. No casualmente, los primeros dispositivos
están vinculados al conocimiento. Los estudios de Fortier sobre la "ciudad
inmóvil" y de J. Guillerme y J. Sebestik sobre los comienzos de la tecnología,
nos ofrecen elementos indispensables para comprender el significado exacto
de esta voluntad de conocimiento. (2) Ambos estudios, de hecho, refiriéndose
a los momentos originarios de una nueva estrategia de control del espacio urbano,
concuerdan en admitir que una primera toma de posesión adviene a través
de la introducción de nuevos 'lenguajes'. La semántica vence
y construye instituciones: el término tecnología no es usado
inicialmente en el sentido que la praxis lingüística nos ha vuelto
habitual (es decir, conjunto de ténicas), sino -como demuestran Guillerme
y Sebestik-, en un sentido que se vuelve operativo con la reestructuración
de las ciencias de administración estatal ocurrida por primera vez en
Alemania en la primera mitad del Siglo XVIII, fundada sobre el conocimiento
exacto de los sistemas de producción. Tecnología: discurso que
legisla 'sobre' técnicas, como premisa para su propio y exacto conocimiento.
Con ese significado será sistematizada en 1777 por J. Beckmann en "Anleitung
zur Technologie", tratado que no sirve a los mecánicos o al progreso
industrial, sino sobre todo a los científicos insertos en las administraciones,
al erario, a los mismos administradores, para disponer de un cuadro comprehensivo
capaz de mostrar cómo se podían integrar los resultados de las
diversas máquinas, de las diversas artes o de los diversos oficios entre
ellos. Esta tecnología es ya ciencia económica; una ciencia que
insiste sobre un espacio que cubre dimensiones territoriales. Es el administrador
el que debe conocer -no todavia transformar- los procesos integrados, las consecuencias
de la máquina o de los oficios sobre la forma física del territorio.
Estamos en los inicios de la economía espacial. Histórica y conceptualmente,
tal toma de posesión del espacio económico, propuesta por Beckmann,
no puede ser separada de las codificaciones del lenguaje de las máquinas
-esta vez se trata verdaderamente de máquinas utensilios- operada por
C. Babbage en "Philosophical Transaction" de 1826: el lenguaje es aquí reducido
a un código sígnico universal, compuesto por elementos geométricos,
por líneas y puntos; cada trabajo que la máquina cumple puede
ser conocido no sólo como proceso propio del utensilio mismo, sino también
como fruto de la mutua interdependencia de los elementos que lo constituyen.
Tal toma de posesión de la máquina, puesta en acto a través
de la descomposición analítica, da sentido a cada proyección
antropomórfica, a cada discurso simbólico sobre la máquina
misma. El proceso iniciado con Bacon o Palissy ya está verdaderamente
cumplido. No hay necesidad de subrayar la afinidad entre las instancias expresadas
en 1826 por Babbage y las de la geometría descriptiva. La geometría
de Monge afirma y pretende, también ella, un conocimiento perfecto del
objeto. Y exactamente en ese conocimiento more geometrico se anula aquello
que en la práctica de la proyectación urbana del Siglo XVIII
funcionaba como residuo alegórico: las formas desnudadas y 'expuestas'
de las proyecciones de Monge hablan, como los signos de Babbage, solamente
de su propia estructuración interna. Sin embargo, aún al final
del Siglo XVIII -como demuestra J. C. Perrot- el recurso a la alegoría
corresponde a una invitación metafórica dirigida al homo oeconomicus:
en Nantes y en Bordeaux, la secuencia -intencionalmente presentada a quien
proviniera del mar- de los equipamientos y los edificios fundamentales para
la vida económica de la ciudad prevalece todavía sobre la invención
de nuevas instituciones y de nuevos sistemas capaces de sostener el desarrollo
económico integralmente y en su propia complejidad.
Nos encontramos en presencia de dos aproximaciones, como se puede notar, paralelas
entre sí. Por un lado, estrategias tejidas para el conocimiento de elementos
mecánicos y de procesos que excluyen cualquier metaforicidad del lenguaje;
por el otro, la exigencia de un conocimiento y de una rediscusión de
la estructura urbana y territorial. Las estadísticas promovidas en el
1800 por Chaptal, futuro ministro de las Gobernaciones, y las indagaciones
que, en el año V de la República, serán promovidas por
Siauve, con el proyecto de una "Société ambulante de technographes",
prefiguran dispositivos que se ocupan de sondear, recorriéndolo, todo
el territorio nacional, de conocerlo con exactitud en sus vocaciones económicas,
antes de ejercitarlas con acciones de control y promoción.
Y análogamente, el relevamiento topográfico de Verniquet -desarrollado
entre 1774 y 1791- penetra, como ha sido notado, en el corazón de París,
para describir aquello que antes resultaba completamente oscuro y, por lo tanto,
incontrolable. (3) Tal lógica descriptiva de los elementos que componen
la realidad encuentra, por su parte, correspondencias ulteriores en otras voluntades
declaradas de control de aspectos sectoriales de lo urbano: en los procesos
de medicalización, en la naciente taxonomía de los espacios de
servicio, en la invención y en la difusión de nuevas tipologías
edilicias.
Ahora bien, conocimiento, registro y clasificación se soldarán
en técnicas operativas cuando sean parte -como en la Francia napoleónica-
de la centralización estatal, con el sistema y la norma penetradas en
las instituciones y la burocratización del trabajo intelectual. Sin
embargo, allí donde se verifica esta aun temporaria cohesión,
ya se produce la sobredeterminación de aquellos mismos dispositivos
en el seno de un aparato administrativo atento a cubrir y a disimular, con
la unidad de la regla, las discontinuidades de lo real. Y la cuestión
es si tal sobredeterminación no terminará representando un obstáculo
al desarrollo económico, más que su incentivo.
Valga una confrontación: por un lado, una trama administrativa extremadamente
'fuerte' en Francia; por el otro, una estructura administrativa 'débil'
en los Estados Unidos -ellos también resultado de una revolución
burguesa. Dos diversas concepciones del rol del Estado, dos usos diversos de
los mismos instrumentos geométrico-conceptuales. En el caso de la organización
territorial francesa, una voluntad que omite el aspecto formal para llegar
inmediatamente a la determinación de una estructura administrativa concentrada
y conceptualmente diseñada; en el caso de las reparticiones de las tierras
norteamericanas, una estructura geométrica extremadamente clara en su
proyecto de formalización, pero que, en cuanto instrumento ex profeso
arbitrario, no predetermina nada. Una estructura geométrica que no se
corresponde con ninguna estructura administrativa fuertemente extendida; de
tal modo, el diseño geométrico de repartición territorial
de los Estados de la Unión corresponde sólo a una clarificación
de los procesos afectados por un laissez-faire en el que los pensamientos fisiocrático
y mercantilista perdieron sus características 'filosóficas',
para suministrar únicamente instrumentos de acción. Diseminados
por las contradicciones de aquellas teorías, esos instrumentos se ofrecieron
ahora liberados de residuos ideológicos.
Georges Teyssot ha notado que a la limitación de la ciudad sostenida
por los fisiócratas se corresponde el silencio que se mantenía
sobre las áreas destinadas a la residencia: áreas que, no casualmente,
el plano de De Wailly para París (1788) define sólo perimetralmente.
(4) Ni siquiera el relevamiento exacto de Verniquet dice nada acerca de lo
que sucede en el interior de aquellas 'insulae'. ¿Defecto de conocimiento? ¿Disfunción
del sistema? Aquello que no se controla, aquello de lo que no se habla es,
probablemente, el objeto sobre el cual se actúa. Por eso, la limitación
de la "ciudad del derroche" podría significar la concentración
de nuevos intereses en su corazón; no casualmente, en aquellos años,
todas las áreas libres vienen censadas, del mismo modo que todos los
edificios parasitarios, presentándose con claridad la propuesta de reutilización
de muchas estructuras tradicionales para fines residenciales. Resulta entonces
lógico preguntarse: mientras la fisiocracia propone un impuesto único
sobre la renta inmobiliaria, ¿no es propiamente la industria, dejada
intencionalmente en los márgenes del "Tableau économique", el
objeto real de su pensamiento? Donde no se ejercita algún control nace
el laissez-faire. En las zonas 'desconocidas', destinadas a la residencia,
allí, se está configurando quizás, libre e incontrolada,
la renta inmobiliaria moderna, mientras por otro lado se refuerza un mecanismo
fundado sobre la lógica de la división de los equipamientos administrativos,
sanitarios, correccionales, recreativos, productivos y de trueque, de los servicios
técnicos y de la infraestructura, un mecanismo que necesita la exactitud
topográfica. En tal organización, no queda más espacio
para el elemento simbólico; desde ese punto de vista, la lectura hecha
por Fortier de las barreras aduaneras parisinas proyectadas por Ledoux es ejemplar.
(5) Esas barreras no son más consideradas como elementos metafóricos,
que aluden a las simbologías herméticas y masónicas; por
el contrario, se trata de una nueva red de servicios aduaneros, la aparición
de una moderna galaxia de estructuras de oficina.
Pero esa organización ¿no contiene, también ella, en los
propios modos en los que se configura y se expresa, una nueva metáfora?
Es decir, ¿no contiene un exceso de lógica, que no se quiere
contaminar con la contradictoria complejidad de lo real?
Para responder podemos considerar dos ejemplos diferentes entre sí.
Primer ejemplo: la divergencia surgida entre la propuesta de Antolini para
el Foro Bonaparte y el plano de la Comisión de la nueva Milán. ¿Se
trata sólo de una diversidad de tendencias o, más bien, de un
contraste irreductible entre Antolini y la Comisión, originado en una
concepción diferente de la economía urbana? Antolini propone
una verdadera y propia heterotopía o, más precisamente, un lugar
donde se exalta y es exaltado el control de la autoridad pública sobre
lo público; un elemento-máquina que contiene en sí una
componente de racionalidad tan elevada que no puede entrar en dialéctica
con la "máquina imperfecta" constituida por la ciudad, o, mejor, por
sus 'zonas oscuras'. La Comisión napoleónica para Milán
y los moderados guiados por Melzi saben bien, en cambio, que la exaltación
del control público de los equipamientos urbanos propuestos por Antolini
tiende a eliminar, justamente, las zonas ciegas; es decir, tiende a eliminar
la ciudad como lugar de acumulación primitiva de capital, como nuevo
instrumento de la renta inmobiliaria. En el proyecto de Antolini, el dispositivo
del control público no deja márgenes para la acción de
la iniciativa privada: en tal sentido es "überdeutlich", es decir, sobredeterminado.
El Foro Bonaparte, por consiguiente, contiene también una metáfora,
cuyo sentido sin embargo no reside en las formas: reside, más que nada,
en una hipótesis de reforma.
El segundo ejemplo nos es conocido gracias a las investigaciones de Paolo Morachiello:
se trata del conjunto de proyectos de infraestructura planteado por Chabrol
de Volvic, prefecto de Montenotte, fiel al principio de una rigurosa coordinación
de las estructuras territoriales y coherente con los modelos teóricos,
las prácticas de proyectación y de ejecución, y los proyectos
a escala nacional de la administración de los Ponts el Chaussées.
Pues bien, ¿no se oculta en ese rigor, en esa perentoriedad, en ese
absolutismo teórico, antes todavía que un proyecto, una invitación
dirigida no ya al homo oeconomicus sino al "Estado económico" en su
integridad? Todavía una metáfora, por consiguiente, incapaz de
actuar concretamente por el 'plus dicere' que contiene. También aquí,
lo demasiado dicho, lo demasiado proyectado esconde la insuficiencia de las
consideraciones económicas y la falta de consideración de la
relación entre público y privado: las operaciones previstas quedan
sin sujetos que puedan conducirlas a término.
Una primera conclusión es por lo tanto posible: donde se afirma una
forma rígida, un proyecto intransigente y sin elasticidad -y no importa
que el mismo sea administrativo, tecnológico o arquitectónico-,
forma y proyecto pesan sobre el futuro con su carácter de cosa completa,
terminada en sí misma; donde la forma es meramente instrumental, en
cambio, donde la geometrización, la taxonomía, el orden jerárquico
aplicado a la administración supone meras indicaciones, se abren camino
estructuras administractivas flexibles y en mutación.
Cuanto se ha dicho nos permite retomar en consideración la relación
entre estructura económico-institucional y forma física del territorio
en los Estados Unidos, un país que se presta bien para iluminar por
contraste las vicisitudes que se desarrollaron de este lado del océano.
Entre aproximadamente 1790 y 1850, los Estados de la Unión estaban lanzados
a la conquista de la "frontera"; una frontera móvil, que se colmaba
a la par del desarrollo de la red ferroviaria, ya que era éste el que
imponía los únicos límites. Los ferrocarriles americanos,
a diferencia de los europeos, habían encontrado delante suyo un territorio
sustancialmente libre, surcado apenas por una geometrización indicativa:
las administraciones locales están prontas a empeñar por su cuenta
sus propios recursos financieros para que los varios troncos viarios atraviesen
el territorio de sus jurisdicciones. La competencia ferroviaria eleva increíblemente
el nivel de los beneficios en todos los estados de la Federación y sobre
ese incremento se funda la misma consistencia de la renta especulativa. Por
supuesto, en América se opera sobre un espacio virgen. Pero así resulta
también, en sustancia, la estructura administrativa, porque la dependencia
renta-capital, principio sobre el que estaban fundadas las leyes federales,
puede y debe ser contradicha en las coyunturas y en los lugares en la que actúa
negativamente: es decir, se evita con mucho cuidado predeterminarla y vincularla
con formas organizativas cerradas sobre sí mismas. Con un resultado
original y notable: la indeterminación institucional permite y estimula
un entrelazamiento entre renta y beneficio de otro modo impensable.
Ahora bien, la política de los servicios urbanos, la conexión
entre programas y tipologías, la configuración de heterotopías
dan concreción a la sistematización efectuada por la disciplina
urbanística. Disciplina tendencialmente exacta, pero, justamente por
sus orígenes, viscosa, ya que indica modelos generales a seguir, porque
pretende unificar artificiosamente más tácticas y más
estrategias para la toma de posesión del espacio urbano y territorial.
Si en los inicios, como se ha visto, se despliega una multiplicidad de prácticas
diferentes entre sí pero unificadas bajo el control de un saber enciclopédico,
al final, y como salida de ese arranque, se configura un bloque unitario de
nociones y de prácticas, un sistema de "tecnologías aplicadas" (6)
que rápidamente deberá fragmentarse una vez más para poder
conocer, controlar, organizar.
Una última interrogación. En el proceso de definición
de tales dispositivos para la organización del territorio y de la ciudad, ¿la
arquitectura asume un rol particular o se caracteriza, en cambio, por la ausencia
de roles? En los inicios, también ella se recorta funciones precisas.
Existe sin duda una relación entre el "Tratado" sobre la arquitectura
pública de Robert Morris y la voluntad de una construcción exacta
de la tipología, presentada como base para una posible taxonomía
de los espacios de servicio en las "Leçons" de J.L.N. Durand. Pero,
por fuera de las normativas tipológicas, ¿la arquitectura desaparece
realmente de la ciudad? ¿O no se vuelve expresión de aquello
que la fisiocracia había silenciado, de lo que el relevamiento topográfico
de Verniquet se niega a hablar?
Algunos resultados del Congreso realizado en Padua sobre Giuseppe Japelli (en
septiembre de 1977) pueden ser utilizados para nuestro propósito: mientras
se van precisando las técnicas de apropiación del espacio que
ha sido objeto de relevamiento (el espacio que ha sido 'hablado'), toma forma
también una arquitectura que se desvincula del empeño de afrontar
los temas del equipamiento urbano, dejando, en sustancia, el campo de la 'arquitectura
de servicios' libre para los arquitectos de los Bâtiments civils, para
los arquitectos y los ingenieros encuadrados en los cuerpos institucionales.
Es decir, se trata de una arquitectura que descubre que su tarea es fragmentar
sin pausa su propio lenguaje, y esto con tanta mayor coherencia cuanto más
sobreviene la ejecución de los programas a través de formas codificadas.
Viviendo para su propio desmembramiento, esta arquitectura, la arquitectura
del jardín a la inglesa, de las metáforas macrocósmicas
y microcósmicas que encuentran espacio en el gran parque público
o privado del pintoresquismo urbano, sigue también una política
precisa de distribución de los servicios y de valorización del
suelo al interior de la ciudad.
Ahora bien, tal desmembramiento del objeto ¿no corresponde, quizás,
también él, a una metáfora? ¿No habla de una libertad
reivindicada no tanto para el genio del arquitecto como para la técnica? ¿No
afirma esta arquitectura, en suma, la necesidad de estructuras lábiles,
en concordancia con los asuntos de un laissez-faire difuso, aunque parcialmente
guiado?
Pero libertad para la técnica significa también el encuentro
directo con un público masivo. El 10 de abril de 1840, Giuseppe Jappelli
envía a su amigo Bernardi una carta contra Pietro Selvatico: "Me hace
reír -escribe Japelli- ese Selvadego, al que no es posible hacer entender
que lo bello es aquello que gusta a la mayoría de los hombres en un
determinado cuerpo social, en una determinada época; y que, una vez
olvidada aquella manera de hacer, no puede gustarle a las masas (...) que nosotros
seamos el Pulcinella y no el Girarrosto!"
En 1840, entonces, Japelli se refiere a las masas como protagonistas del gusto
y habla de un lenguaje que debe, continuamente, modificarse a sí mismo,
destrozarse, transformarse en función de la moda. La arquitectura se
convierte en una verdadera "philosophie de la mode". Su protagonista no es
el 'Pulcinella' -la metáfora japelliana se extrajo, probablemente, de
uno de los apólogos lodolianos publicados por Memmo en 1787- sino el
'Girarrosto', el mecanismo ciego que condiciona al sujeto.
El arquitecto es aquel que sabe si debe seguir o anticipar una moda, que sabe
si se debe reducir a Pulcinella, aunque reconquistando, con la conciencia de
su propia máscara, una dignidad incomparable. Sería útil,
en ese sentido, recordar el fascinante ensayo de Simmel sobre la moda, donde ésta
es tomada como límite del lenguaje, como convención que da seguridad
respecto de la "angustia de la elección". Pero todo eso esconde múltiples
disidencias: entre la ciudad como servicio social, la ciudad como lugar de
acumulación y la ciudad como sujeto productivo.
La tensión se resolverá en una crisis, en un tiempo y en un lugar
precisos: la Alemania de Weimar. La crisis de Weimar significa, además
de tantas cosas, también una crisis de dos siglos de gestión
urbana: el nuevo tema de la productividad de la estructura metropolitana entra
aquí en conflicto con una consolidada tradición disciplinar y
con la razón de una Sozialpolitik impotente frente a los procesos que
ella misma ha alimentado. ¿Pero a tal crisis no nos han conducido, acaso,
las mismas lógicas que habían presidido los "commençements" de
la ciudad en la edad industrial?
Quizás una arqueología de los dispositivos de control y de organización
de la ciudad y del territorio desarrollados en el Siglo XIX sirva para dar
alguna respuesta al porqué de esa trágica aporía: trágica
porque pesa, todavía irresuelta, sobre la realidad contemporánea.
Notas
1. Stübben, Eberstadt y Baumeister fueron los tratadistas alemanes que
dieron forman a la urbanística como profesión en las últimas
décadas del siglo XIX, reuniendo el manojo de modalidades tradicionales
de intervención en la ciudad y reflexión sobre ella en un corpus
disciplinar de pretensiones unitarias y científicas. Cfr. Giorgio Piccinato, "La
costruzione dell'urbanistica. Germania 1871-1914", Officina, Roma, 1974. (Nota
del traductor.)
2. Bruno Fortier, "Storia e pianificazione urbana: gli anni 1800", en Paolo
Morachiello y George Teysott (a cura di), "Le macchine imperfette. Architettura,
programma, istituzioni nel XIX secolo", Officina Edizioni, Roma, 1980; J. Guillerme
y J. Sebestik, "Les Commençements de la Technologie", revista "Thales",
XII, París, 1968.
3. Fortier ha mostrado que el Atlas de Verniquet es el primer relevamiento
preocupado por conocer el interior de la ciudad de París, formando el
fundamento cartográfico de los grandes trabajos parisinos del siglo
XIX. El principal relevamiento anterior había sido de 1724-1728, propuesto
como un "Plano de los límites de la Villa de París", que medía
minuciosamente los arrabales de la ciudad para poder controlarlos, impidiendo
su crecimiento, pero que no se preocupaba por relevar la ciudad hacia el interior
de las murallas, respondiendo a la típica preocupación por limitar
el crecimiento urbano que orientaba a los fisiócratas, con su modelo
de "ciudad inmóvil"; cfr. Bruno Fortier, cit. (Nota del traductor.)
4. Georges Teyssot, "Città servizi", Casabella 424, Milán, 1977.
5. Tafuri se refiere a la reinterpretación realizada por Bruno Fortier
de los edificios para las Fermiers Généraux de París proyectados
por Ledoux en torno a 1800, los "propileos" arquitectónicos. La historiografía
arquitectónica tradicional los había interpretado como monumentos
simbólicos, ejercicios utópicos típicos de los arquitectos
revolucionarios, mientras que Fortier descubre en ellos la voluntad de sistematizar
las nuevas funciones administrativas de la ciudad moderna, el proyecto de verdaderas "máquinas" de
racionalización de la burocracia y las actividades mercantiles. Para
Fortier, con los propileos nace en la arquitectura la separación de
funciones y se inventa el edificio de oficinas. Cfr. "Storia e pianificazione
urbana: gli anni 1800", cit. (Nota del traductor.)
6. Cfr. las agudas precisones de Jacques Guillerme en "Il sistema della produzione
tecnologica en le condizioni d'emergenza dell'architettura moderna", en Paolo
Morachiello y George Teysott (a cura di), Le macchine imperfette. Architettura,
programma, istituzioni nel XIX secolo, cit.
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