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Manfredo Tafuri
Adolf Loos, teórico
Clase inédita sobre Adolf Loos del Seminario dedicado a Viena que Tafuri
dictó entre 1977 y 1978 en el Instituto Universitario di Architettura
di Venezia. Publicado originariamente en revista "Punto de Vista" Nº 49,
Buenos Aires, agosto de 1994.
Diferenciamos al Loos teórico y polemista del Loos arquitecto,
teniendo presente que la figura de Adolf Loos es absolutamente
excéntrica en toda la historia de la arquitectura contemporánea.
Münz, que trabajó mucho tiempo en los archivos de Loos,
comenzó a escribir sobre él una monografía,
que fue terminada por Künstler después de la muerte
de Münz. De esa monografía se extrajo un volúmen
que Nikolaus Pevsner, en 1968, se encargó de traducir al
inglés. El título original de la obra, "Adolf Loos
arquitecto", se convirtió en "Adolf Loos pionero del Movimiento
Moderno". Es decir, Pevsner le impuso, a un volumen que era exclusivamente
filológico, una tesis general: existiría, entonces,
un "Movimiento Moderno", una linealidad histórica que conduce
a una doctrina . Pero, ¿qué rol asume Loos en su
interior? Pevsner partió de un prejuicio, pero frente a
ese prejuicio no pudo sino permanecer absolutamente desconcertado.
Loos no entra en la categoría; la obra de Loos es hermética.
Pero en este punto, ¿por qué enmarañarse
en una red de la que no podemos salir? Probemos desarmarla viendo
los roles que se le quiso hacer jugar a Loos como "pionero":
1) Loos "proto-racionalista". ¿Por qué? ¿Por
aquél escrito de 1908, "Ornamento y delito" en el que Loos
describe su propia lucha contra aquello que Benjamin llamará el "Dragón
ornamento"? ¿Perp por qué tomar al pie de la letra
el término ornamento? ¿Y si fuese una metáfora?
2) Loos "funcionalista". ¿Qizás a consecuencia de
su viaje a América realizado entre 1893 y 1896? Sabemos,
sin embargo, que durante su permanencia en América, Loos
hace de todo salvo ocuparse de arquitectura. Escribe reseñas
musicales para sobrevivir (conoce muy poco el idioma inglés);
se ocupa principalmente del modo de vestir, decocinar, del pueblo
anglosajón, de su modo de comportarse en público,
etc. Lo impresiona de modo particular la Feria Colombina de 1893,
queparece cualquier cosa menos una confirmación de las tesis
del Movimiento Moderno. La Feria de 1893 representa los inicios
del movimiento City Beautiful, un clasicismo hecho de estuco y
madera destinado a desaparecer e incendiarse, para una gran feria
en la que se representa la unidad del pueblo americano, bajo el
signo del clasicismo europeo. Loos, entonces, es alguien interesado
en los clásico, en lo clásico reducido para colmo
a Kitsch. Pero, además, Loos no mencionará jamás
a Louis Sullivan, del que historiadores demasiado apresurados,
partirán para hacer descender su discurso pseudo funcionalista. ¿Por
qué Loos habría debido adherir a una ecuación
forma-función tan ingenua como la de Sullivan?
Creo que uno de los modos de aclarar la cuestión es examinar
los amigos y enemigos personales de Loos. Los verdaderos amigos
de Loos son los carpinteros, los artesanos en el sentido más
literal de la palabra, aquellos que operan en el interior de una
tradición milenaria. Y los amigos de Loos son, al mismo
tiempo, no Klimt o la Secesión Vienesa (contra los que arrojará todos
sus dardos polémicos), sino músicos como Schönberg
y Webern, pintores como Oskar Kokoschka, poetas como Peter Altenberg,
un polemista como Karl Kraus y, hacia 1914, un teórico del
lenguaje como Ludwig Wittgenstein: es decir, aquellos que integran
el ambiente que hemos definido como el de los "grandes vieneses
del lenguaje". Pero, ¿qué significa esa inserción
de Loos entre los grandes vieneses del lenguaje, cuando sabemos
bien que en el interior de la obra loosiana se puede hablar de
cualquier cosa menos de un nuevo lenguaje? Más bien, si
interpretamos la obra de Josef Hoffmann como una obra de escritura,
se deberá decir que loos hace desaparecer esa escritura.
De hecho, sólo si se eliminara la última nostalgia
por las palabras plenas dichas por Hoffmann, se podría reencontrar
a nuestro Loos. ¿Pero cómo reencontrarlo y reencontrarlo
para qué?
Un primer dato muy importante: en 1903 Loos escribe él
sólo una revista que llamará Lo otro (Das Andere),
de la que saldrán solamente dos números con el siguiente
subtítulo: "Para la introducción de la cultura occidental
en Austria". El título da mucho que pensar, porque cuando
alguien publica una revista titulada Lo Otro, paralelamente al
periódico satírico que escribe Kraus, Die Fackel,
con su mismo espíritu polémico contra la falsedad
vienesa, contra la Kakania musiliana, nos coloca evidentemente
frente a una dialéctica de presencia y ausencia. Es decir,
si Viena se presenta a´si misma como unidad, falta lo otro. ¿Pero
qué es esto otro que Loos no nombra nunca? Recorrmos los
textos para intentar individualizar el lugar de esa "alteridad" loosiana.
Un primer escrito de 1898 se refiere a la moda masculina. Es necesario
señalar la enorme difusión de la anglomanía
en la Viena de estos años, pero la anglomanía loosiana
tiene sin embargo algunos detalles particulares que la distinguen: "Estar
bien vestido, ¿quién no lo desearía? -escribe
Loos-. Nuestro siglo ha eliminado toda jerarquía en la indumentaria,
y cualquiera tiene hoy el derecho de vestirse como el rey." (1)
Y conviene tener presente que este artículo fue escrito,
junto con otros ensayos, en ocasión del jubileo del Emperador,
lo que muestra como, ya en la obertura del ensayo, Loos busca colocarse
en una posición abiertamemnte polémica e irónica.
Sigue:
"Los ingleses y los americanos exigen que todos estén bien
vestidos. Los alemanes, en cambio, quieren algo más. Si
los ingleses visten pantalones amplios, los alemanes buscan en
seguida demostrarles que son antiestéticos y que sólo
puede llamarse bello el pantalón estrecho. Cada año,
de todos modos, protestando y maldiciendo, se hacen ensanchar un
poquito los pantalones y se lamentan: ¡la moda es una verdadera
tiranía! Ppero, ¿qué sucede inesperadamente? ¿Es
el inicio de una inversión de los valores? Los ingleses
usan de nuevo pantalones estrechos. Y de nuevo, exactamente de
la misma manera, se opone como único cánon de belleza,
el pantalón ancho. ¿Quién podrá entendernos?"
El problema de la moda parece no ser más el de Simmel; no es más
una salvación de la angustia: se convierte en una angustia colectiva
que debe ser vencida.
Loos elaborará después de unos años, su posición
sobre el sentido de la moda como ornamento: es tiempo de trabajo
sustraído, robado a la colectividad; es fuerza de trabajo
lanzada al viento. Pero aquí está preocupado por
el problema del comportamiento:
"Los alemanes de la mejor sociedad coinciden, en cambio, con los
ingleses. Están satisfechos cuando van bien cestidos. Por
eso renuncian a la belleza. El gran poeta, el gran pintor, el gran
arquitecto visten como los ingleses. El poetastro, el enchastratelas,
el arquitecto artista, convierten en cambio su cuerpo en un altar,
donde se sacrifica a la belleza bajo la forma de cuellos de terciopelo,
telas artísticas para pantalones o corbatas en estilo Secesión.
Estar bien vestidos, ¿qué significa? Estar vestidos
de modo correcto."
¿Por qué este criterio de corrección se debe
trasladar a la vestimenta? ¿Qué esconde este interés
loosiano por la vestimenta? ¿Por qué, siendo arquitecto,
inaugura su actividad de escritor y polemista con un tema como
la moda y después continua con ensayos de este género?
Es que Loos está poniendo en evidencia su pósición
sobre la intraducibilidad absoluta de los lenguajes. Está hablando
del lenguaje del comportamiento y los está individualizando
como técnica no sólo expresiva sino comunicativa.
Pero esa técnica no puede ser contaminada, traducida o mezclada
con otras técnicas. Es decir que la técnica de la
construcción del ambiente (la arquitectura) no puede de
ningún modo influir sobre el modo de comportamiento: el
modo de comportamiento es sólo su lenguaje, que puede incluso
expresarse en la moda, y Loos será propenso a la multiplicidad
de los lenguajes del comportamiento.
Pero para avanzar en este análisis de los comportamientos
que hace Loos, debemos recurrir a las páginas de Das Andere
eb las cuales hay un apólogo, que es una joya de construcción
literaria: "El mastro talabartero":
"Había una vez un maestro talabartero. Era muy buen artesano,
muy hábil. Fabricaba sillas de montar que por su forma no
tenían nada en común con las sillas de montar de
los siglos precedentes: ni conlas turcas ni con las japonesas.
Eran, entonces, sillas modernas"
Aquí, por primera vez, Loos nombra el término moderno,
a pesr de que había atacado a la Secesión, "moderna" por
excelencia. Pero lo "moderno" de Loos está caracterizado
por la frase que sigue: "...él, sin embargo, no lo sabía".
Moderno es entonces aquello que no se reconoce como tal. El apólogo
continua:
"...sabía solamente que hacía sillas de montar lo
mejor que podía. Un buen día se propagó por
la ciudad un movimiento singular: se llamó Secesión.
Prescribía que se produjesen sólo objetos de uso
modernos. Cuando el maestro talabartero se enteró, llevó consigo
su mejor silla, se dirigió a uno de los jefes de la Secesión
y le dijo: ´Señor profesor -porque tal cosa era este
hombre, ya que los jefes del movimiento fueron automáticamente
promovidos a profesores- he sabido de las reglas que han establecido.
Yo también soy un hombre moderno, también yo querría
trabajar de acuerdo con lo que es moderno. Dígame: ¿esta
silla de montar es moderna?` El profesor examinó la silla
y le dio al artesano un largo discurso del cual éste sólo
distinguió las palabras: arte y artesanía, individualidad,
moderno, Hermann Bahr, Ruskin, artes aplicadas, etc.,etc. El resultado
sin embargo fue: ´No, ésta no es una silla moderna`.
El artesano se fue muy mortificado y pensativo. Se sumergía
en el trabajo y después volvía a pensar. Pero por
más que se esforzara en atenerse a las nobles reglas del
profesor, el resultado era siempre su vieja silla. Entristecido,
volvió a lodel profesor. Le confió su pena. El profesor
examonó los intentos y dijo: ´Querido artesano, usted
no tiene fantasía`. Este era el punto. Evidentemente él
no tenía fantasía. ¡Fantasía! Pero él
no había pensado que necesitara fantasía para producir
sillas. Si la hubiera tenido habría sido seguramente pintor,
escultor, compositor o poeta. Pero el profesor le dijo: ´Vuelva
mañana otra vez. Estamos aquí precisamente para ayudar
al artesanado y fecundarlo con ideas nuevas. Quiero ver qué se
puede hacer por usted`. Y, durante su clase, le pidió a
sus alumnos que desarrollaran el siguiente tema: un proyecto de
silla de montar. Al día siguiente el maestro talabartero
volvió. Elk profesor pudo presentarle 49 proyectos de sillas
de montar. Sus alumnos, a decir verdad, eran 40, el resto de los
proyectos los había hecho él mismo. Estos debían
ser publicados en The Studio, porque tenían cierta atmósfera.
El maestro talabartero observó largamente los diseños,
y a sus ojos todo se tornó más claro. Al fin exclamó: ´Señor
profesor, si yo entendiese muy poco de equiteción, de caballos
y de trabajo con cuero, también podría haber tenido
su fantasía`. Desde entonces el maestro talabartero vive
feliz y contento. Y hace sillas. ¿Modernas? No lo sabe.
Sillas."
En este estupendo apólogo, el concepto de "moderno", para
Loos, es algo que viene completamente dado. El maestro talabartero
hace sillas de montar porque entiende de equiteción, mientras
que el profesor tiene fantasía exactamente porque no entiende
nada. Pero, ¿ qué significa esta aparente exaltación
de un conocimiento "inguenuo" del propio oficio? Veámosla
aparecer de nuevo en otro artículo del primer número
de Das Andere, dedicado a la casa, donde se plantea un tema de
arquitectura que parece llevar inmediatamente al tema de la habitación.
Loos escribe:
"¡Arrojen sus pinceles, ustedes, pintores de hombres y de
almas! Prueben, por una vez, representarse cómo se desarrollan
o cómo se presentan, en un dormitorio de Josef Maria Olbrich,
el nacimiento y la muerte, el grito de dolor de un hijo herido,
el estertor de agonía de una madre moribunda, los últimos
pensamientos de una hija que ha decidido morir. Escojan una escena:
la de la muchacha que se ha entregado a la muerte. Yace en toda
su extensión sobre el suelo, una mano estrecha todavía
convulsivamente el revólver humeante. Sobre la mesa, una
carta: la carta de despedida. ¿El dormitorio en el que se
desarrolla esta escena es de buen gusto? ¿A quién
se le ocurriría preguntar esto? ¿Quién se
preocuparía por eso? ¡Es un dormitorio y listo! Pero, ¿y
si la habitación ha sido diseñada por Henry Van de
Velde? En ese caso, ¡no es un dormitorio! En ese caso es...
bien, ¿qué es? ¡ Es un insulto a la muerte!"
La dialéctica arte-vida, toda la explosión del Eros
que se lee en Olbrich como anhelo por la vida, como Brücke
simmeliana, para Loos se está cerrando. Para él,
cuanta más forma hay, menos posibilidad de existencia y
de muerte tenemos. Cuanta más forma hay, cuanto más
está presente, más obstaculiza. Los enemigos de Loos
no son Otto Wagner ni Hoffmann sino, en todo caso, Olbrich y principalmente
Van de Velde. Es decir, exactamente aquellos "profesores" que querrían,
en cada lugar de la vida, encontrar forma sintética, totalizante
y palabras plenas, que con la vida no tienen nada que ver. Nuevam,ente
aparece la afirmación de que sólo el artesanado capta
verdaderamente lo "moderno", que es tal porque es tradicional y
respeta completamente la vida.
Otro apólogo escrito el 26 de abril de 1900. habla de un
hombre rico, tan rico que incluso podía pensar que le faltaba
algo. Le faltaba la forma, lo bello, el arte. En realidad, este
hombre no había tenido noinguna relación con el arte,
no lo conocía nis iquiera de nombre. Para remediarlo, le
pide a un arquitecto un departamemnto como el arquitecto quisiera:
debía ser una obra de arte. El arquitecto trabajó mucho
y se ocupó no sólo del diseño sino también
de adecuar los comportamientos y cada detalle de la vida cotidiana
a las obras de arte con las que había poblado los rincones.
El departamento era muy cómodo, pero demandaba una enorme
fatiga mental: cad lugar pululaba de formas. El pobre rico fue
feliz con su posesión del arte. Un buen día ocurrió que
este lugar enteramente diseñado, proyectado por completo,
fue vivitado pór el arquitecto, quien encontró al
dueño de casa en pantuflas:
"Satisfecho, el dueño de casa salió a su encuentro,
muy emocionado por haber recibido en donación el arte. Pero
el arquitecto no vio la alegría del dueño de casa.
Había descubierto algo que lo hizo empalidecer: ´¿qué clase
de pantuflas se ha puesto?`, le preguntó. El dueño
de casa observó sus pantuflas recamadas, pero respiró aliviado,
porque, esta vez, se sentía completamente inocente: las
pantuflas habían sido hechas según un preciso diseño
del arquitecto. Entonces, con aires de superioridad le dijo: ´Pero
señor arquitecto, ¿ya se ha olvidado? ¡Estas
pantuflas lasa ha diseñado usted mismo!` ´¡Cierto!`
tronó el arquitecto, ´¡pero para el dormitorio!
Aquí, con esas dos manchas de color, usted me rompe toda
la atmósfera, ¿nose da cuenta?`"
Después de varios episodios de este géner, el hombre
feliz, el hombre rico, el "pobre rico" se sintió, de improviso,
profundamente, infinitamente infeliz:
"Vieran la vida que llevaba. ¡Nadie podía proporcionarle
alegría! Estaba condenado a pasar delante De las vidrieras
de los negocios de la ciudad sin ningún deseo. Para él
no se produciría nada más. Ninguno de sus amigos
habría podido regalarle más una fotografía
suya. Para él no existían más pintores, artistas
y artesanos. Estaba excluido del futuro, de la vida, de los deseos,
de cualquier aspiración. Entonces sintió que debía
aprender a ierse a pasear con su propio cadáver. Estaba
terminado. Estaba terminado porque estaba completo."
Este arquitecto ha dejado, entonces, completo al pobre rico. Le
ha quitado los deseos, le ha quitado la tensión hacia aquel
deseo (ya nombrado por Simmel) que es tensión de una forma
que jemás debe completarse para poder producir algo. Es
decir, le ha quitado "necesidades". Su completamiento coincide
con el deber de irse a pasear con el propio cadáver. Cadáver,
porque está privado de necesidades y deseos; cadáver,
porque se lo ha proyectado de ese modo a fin de proyectarle, totalmente,
el comportamiento. Y esa situación en la que le arquitecto,
el artista o cualquier otro proyecta comportamientos con sus formas,
es vista por Loos no tanto como falsificación, sino como
situación en la que el tatuaj ha entrado en el alma, ya
que el alma coincide con un cuerpo que no tiene más que
decir que sí mismo.
Una vez que este cuerpo está completamente vestido, completamente
satisfecho con sus máscaras, se convierte en la simple metáfora
de una sociedad travestida. Es, de nuevo, la Kakania de Musil,
la estructura sofocante de la burocracia kafkiana: el lugar donde
la ley, porque no se quiere ver la profunda subjetividad, es decri,
la profunda arbitrariedad, domina soberana (al agrimensor, no le
quedará más que permanecer detenido al pie del Castillo,
donde no podrá nunca entrar, condenado a escuchar las palabras: "cierto,
aquí ha sido llamado como agrimensor y no puede irse ...
pero, desdichadamente, el problema es que aquí no tenemos
necesidad de agrimensores"). Esta ley no arbitraria pero impuesta,
es exactamente la falsa moda contra la que Loos dispara sus ataques;
es lo que, hablando de arquitectura, se encarna en el concepto
de estilo. ¿Qué es un estilo? ¿Qué es
un lenguaje en tanto estilo? Estilo es lenguaje del alma, es comportamiento
olbrichiano que puede ser realizado sólo en la "Montaña
encantada" (la colonia de artistas de Darmstadt). Loos dispara
contra esta noción porque para él la Montaña
encantada no existe. Elk arte, escribirá Loos, es algo inútil
para la sociedad, algo que debe hacerse pero no mostrarse.
En el ensayo "El interior de la Rotonda", Loos escribe: "...ni
el arqueólogo, ni el decorador, ni el arqitecto, ni el pintor,
deben decorar nuestra vivienda. ¿Entonces quién deberá decorarla?
Es muy simple: cada uno deberá ser el decorador de sí mismo..." Queda
claro que no deberá exiostir entonces el oficio de decorador.
El decorador es simplemente aquel que vive, es el maestro talabartero,
es el sujeto "que se decora". Y decorarse es efectivamente una
metáfora. ¿Pero se podrá "decorar" una ciudad?
A esta pregunta, Loos responde en el ensayo de 1898 "Ciudad a la
Potemkin":
"¿Quién no conoce los pueblitos a la Potemkin, que
el astuto favorito de Catalina había construido en Ucrania?
Pueblitos de tela y cartón. Pueblitos que tenían
el onjetivo de transformar a los ojos de su Majestad Imperial,
un desierto en un paraíso floreciente. ¿pero ha sido
capaz, alguna vez , el astuto ministro, de construir una ciudad
entera? Cierto, son cosas que sólo pueden suceder en Rusia.
La ciudad a la Potemkin de la que quiero hablar entonces es nuestra
propia querida Viena..."
Para mostrar que las fingidas ciudades en estuco y mader que habían
sido levantadas en los desiertos de Ucrania eran en verdad Viena,
Loos escoge el Ring: "Cuando paseo a lo largo del Ring tengo siempre
la impresión de que un Potemkin moderno ha querido realizar
la empresa de hacerle creer a Viena que es una ciudad solamente
habitada por aristócratas" Aquí aparece la falsedad,
el engaño, para un aristócrata como Loos. Su visión
del Ring como la ficción de alguien que quiso hacernos creer
que son todos aristócratas los que viven en Viena: solamente
un aristócrata como él pued criticar esa ficción.
Cuidado con creer que este pasaje loosiano expresa un pensamiento
democrático: sólo el más alto aristócrata
preserva la propia aristocracia. Existen pasajes de Loos que podrían,
incluso, haber sido escritos por Baudelaire. Por ejemplo, cuando
Loos dice que la individualidad es, hoy, tan fuerte como para no
poder ser ya expresada por el vestido. Esto significa que aquella
individualidad está continuamente descubierta, y no cubierta
por vestidos. Pero descubierta significa que necesita no tanto
salir a pasear desnuda, sino sobre todo que el aristócrata
quiere la metrópoli para ocultarse.
Recuerden el pasaje de Baudelaire sobre la muchedumbre en el que
el gran individualista, el poeta, el marginado, el desarraigado
(aquel que no tiene más patria ni casa), admite la muchedumbre
metropolitana como fango en el cual el "debe" zambullirse. Recuerden
su discurso sobre la prostitución: yo, poeta-prostituta,
en la ciudad soy un voyeur y gozo al sumergirme en la muchedumbre
porque sólo así podré conservar mi anonimato.
No podré andar vestido con ropas aristocráticas,
yo, que soy un gran aristócrata. Debo educar a esa muchedumbre
a ser muchedumbre para poder emerger dentro de mí mismo:
este es un hecho privado.
Es posible explicar todo esto a la luz de la gran amistad que
une a Loos con Kraus. Cuando Kraus escriba retrospectivamente de
Loos, dirá que su propia operación y aquella de su
amigo no fueron paralelas pero sí exactamente idénticas:
porque "tanto Loos como yo hemos enseñado al mundo a distinguir
netamente entre la Novena de Beethoven y un orinal". La confusión
entre estos dos objetos sería el delito de "Ornamento y
Delito". El problema de Wittgenstein, de Loos, de Kraus, fue distinguir
entre hechos y valores: de un lado hechos, del otro valores; ellos
se ocuparán de los hechos para preservar los valores. Es
indudable que esto existe en Loos: qué podría si
no significar su interés por el maestro talabartero, que
es moderno sólo porque desconoce serlo; su voluntad de ser
aristócrata sin mostrarlo; su gusto por lo feo, lo no moderno,
lo anti Secesión. Loos niega el concepto de estilo porque
no se puede mostrar la propia alma: eso es "indecente".
La relación entre estilo y trabajo en Loos aparece con
claridad si vemos su posición frente a los debates del Deutsche
Werkbund. En los congresos del Werkbund se produce un enorme debate
entre sordos. De una lado, los políticos, los economistas,
los industriales, que ya habían discutido en la liga de
los industriales varias iniciativas de planificación económica
global, de control oligopólico del mercado (en la época
del surgimiento de los grandes monopolios) con una visión
weberiana y desencantada del monopolio visto como "un mal". Del
otro lado, los intelectuales que se preguntan cómo estemonopolio
planificado y organizado procederá respecto al trabajo intelectual: ¿una
nueva Kultur no deberá quizás resintetizar aquello
que el monopolio ha quebrado para siempre? ¿No debería
incluso reestructurar los conflictos ya existentes, incluidos los
de clase, llevándolos a otro nivel?
El monopolio es crisis, desarrollo y reestructuración;
es racionalización: es la más alta inteligencia capitalista
expresada en las figuras de los grandes jefes de industria como
Walter Rathenau, incluso capaces de decretar el fin de la propia
figura de jefe de industria, de sujeto empresario. No se trata
sólo del final de lso"sujetos" en la ciudad, sino también
del final de la comunidad de los sujetos empresarios: ninguna subjetividad
es ya posible, ni siquiera la empresaria. Pero todo esto es un
explícito pedido, a los intelectuales, de reestructurar
su propio trabajo. Max Weber escribirá dos textos contrapuestos: "El
intelectual como profesión" y "La plítica como profesión",
en los que distinguirá perfectamenteestas dos técnoicas
de intervención y dará una respuesta a esa demanda.
Los arquitectos se limitarán, en cambio, a buscar su lugar
en la esfera del trabajo industrial "cualificándolo".
Esto es lo que significa el diseño integral de Behrens
para la AEG (desde la tipografía y las lamparillas hasta
las grndes usinas), los edificios industriales de Schumacher, de
Poelzig, que enuncian sólo la miseria de la "cualidad del
trabajo". Se exige reestructurar la organización del trabajo
intelectual, pero al limitarse a reconocer la civilización
del trabajo a la que inevitablemente se pertenece, agregando "cualidad" a
aquella misma civilización que la está destruyendo,
el trabajo intelectual revela su impotencia. Esa es su miseria:
negar la misma demanda de reestruturación del trabajo intelectual.
La respuesta que da Loos es, en cambio, extremadamente sintomática,
justamente porque la suya es una respuesta de perfecto aristócrata.
En el ensayo "Los superfluos" (cuyo subtítulo es, precisamente "El
Deutsche Werkbund"), los "superfluos" son los arquitectos proptagonistas
del Deutsche Werkbund:
"Helos aquí reunidos todos juntos en un congreso en Munich.
Una vez más, han mostrado su importancia a nuestros industriales
y nuestros artesanos. En los primeros tiempos, hace diez años,
para justificar su existencia explicaban que su misión era
la de llevar el arte al artesanado; cosa que el artesanado no podría
nunca haber logrado: decididamente era muy moderno para hacerlo."
Se trata del tema del maestro talabartero que retorna: el hombre
moderno considera el arte una divinidad, por eso piensa que se
habría cometido un delito contra el arte si se lo hubiera
prostituido para la producción de objetos de uso. Yendo
más allá, llevando al límite nuestros prejuicios,
Loos escribe:
"Una cultura unitaria (y existe sólo ese tipo de cultura)
origina formas unitarias. Pero las formas de Van de Velde difieren
notablemente de las de los muebles de Josef Hoffmann. ¿Por
qué tipo de cultura se deberá entonces decidir el
alemán? ¿Por la cultura de Hoffmann, o por la de
Van de Velde? ¿ Por la de Riemerschmid o por la de Olbrich?
Pro yo pregunto, sin embargo: ¿tenemos nosotros necesidad
de los artistas y de las artes aplicadas? ¡No! Todas las
industrias que han logrado hasta ahora mantener lejos de los trabajadores
este fenómeno superfluo, han llegado a su más alto
nivel. Solamente los productos de esa industriarepresentan el estilo
de nuestro tiempo. Expresan a tal punto el estilo de nuestro tiempo
que no notamos en verdad que tengan un estilo. (...) Han crecido
junto a nuestro modo de pensar y de sentir. Nustra producción
de vagones, nuestra industria del vidrio, nuestros instrumentos ópticos,
nuestros paraguas, los bastones, las valijas, nuestras cigarreras,
los objetos de plata, nuestras joyas, los vestidos, sonmodernos
y los son porque no se ha presentado todavía algún
indeseable tutor a patrocinar a los artesanos que los han hecho..."
Es claro que Loos toma como blanco al Werkbund para hablar explícitamente
contra la Wiener Werkstätte de Hoffmann y Kolo Moser. Las
transformaciones del gusto y del estilo devienen "naturalmente",
la "cultura unitaria" es una cultura natural. ¿Pero es posible
una "cultura natural" en el interior de una no naturalidad organizada
como la de la época de la máquina?
En el mismo ensayo Loos escribe: "Necesitamos una cultura de carpinteros.
La tendríamos si los artistas de las artes aplicadas se
pusierana pintar cuadros o a barrer las calles." Aquí hay
una ecuación directa entre barrer una calle y pimtar un
cuadro (para el artista de las artes aplicadas y no para el gran
pintor) que define una cultura de carpinteros. Pero América,
por lo menos aparentemente, no es una cultura de carpinteros. ¿Por
qué cultura de carpinteros en la era de la gran industria?
Loos ha entendido que los artistas del Werkbund son superfluos
porque esa industria abandonada a su propia dinámica funcionará a
los fines de un desarrollo que no será sólo un desarrollo
formal, sino un desarrollo tout court, desarrollo económico
y desarrrollo del individuo.
Es oportuno examinar en este punto su ensayo fundamental: "Ornamento
y delito", escrito en 1908, y por el cual se hará famoso
en todo el mundo como polemista. (En Francia será acogido
en la revista L´Esprit Nouveau de paul Dermée. Justamente
por la carga iconoclasta de este ensayo se hablará de contactos
entre Loos y los grupos dadaístas, relación que se
buscará confirmar con la casa para Trstán Tzara que
Loos realiza en Paris en1926). En "Ornamento y delito" Loos comienza
inmediatamente a hablar de moral: son claras sus "intenciones krausianas" en
esta forma de abrir un discurso distinguiendo lo que es moral de
lo que no lo es:
"El niño es amoral. También el papúa lo es
para nosotros. El papúa mata a sus enemigos y se los come.
No es un delincuente, pero si el hombre moderno mata y devora a
alguien es un delincuante y un degenerado. El papúa cubre
de tatuajes su piel, su barca, su remo, y cada cosa que encuentra
a mano. No es un delincuente. Pero el hombre moderno que se tatúa
es un delincuente y un degenerado. Hay prisiones en las cuales
el ochenta por ciento de los detenidos está tatuado. Los
individuos tatuados que no están en prisión son delincuentes
tatuados o aristócratas degenerados. Si sucede que un hombre
tatuado muere en libertad, significa simplemente que murió algunos
años antes de haber cometido un asesinato."
Realizar la distinción entre el que se tatúa y el
que no se tatúa no significa hablar de máscaras.
El degenerado no es el que se enmascara sino el que se tatúa.
Esto explica por qué Otto Wagner es respetado por Loos:
la máscara se puede quitar, se puede cambiar asumiendo otra;
el tatuaje en cambio queda. El papúa es el tatuado moderno,
es Olbrich, es el vienés. Y el reino el reino del papúa
es justamente Viena, "ciudad tatuada", ciudad a la Potemkin, ciudad
de "estuco", indeleblemente tatuada por la falsedad degenerada
del aristócrata degenerado.
Loos lleva el ataque a Olbrich y Van de Velde justamente sobre
el terreno más importante para Olbrich:
"...El impulso a decorar el propio rostro es el origen primitivo
del arte figurativo, el balbuceo de la pintura. Todo arte es erótico.
El primer ornamento que se inventó, la cruz, era de orígen
erótico. La primera obra de arte, la primera manifestación
de arte que el primer artista garabateó sobre una pared
fue para liberarse de sus excesos. Un trazo horizontal: la mujer
que yace. Un trazo vertical: el macho que la penetra. El hombre
que creo esto sintió el mismo impulso que Beethoven, estuvo
en el mismo cielo en el cual Beethoven creó la Novena Sinfonía.
Pero el hombre de nuestro tiempo que por un impulso interior pintarrajea
los muros con símbolos eróticos es delincuente o
degenerado. (...) Se puede medir el grado de civilización
de un pueblo en la cantidad de garabatos pintados en las paredes
de sus letrinas."
Esto permite comenzar a cerrar lo que primero se ha dicho. Si
todo arte es erótico, el hombre que creaba la cruz lo hacía
para liberarse de un impulso, esto es, para no vivirlo. Pero si
quiere vivir este impulso, no lo deberá "representar"; no
lo podrá tener continuamente enfrente porque, en tal caso,
fingirá una liberación a través de una autorrepresión
no como sujeto sino como colectividad. Por lo tanto, la "ciudad
a la Potemkin", la "Viena, ciudad tatuada", es la ciudad de los
reprimidos que intentan liberarse de los propios impulsos porque
no quieren vivirlos. En el comportamiento del cadáver del "pobre
rico" está en germen el concepto de liberación. Por
eso Loos no es un asceta, no es el arquitecto que elige la ascesis
de las formas. Es exactamente lo contrario. De hecho está predicando
una liberación de aquello que no puede decir y no es dicho
por las formas. Recojamos las consideraciones de Hoffmannstahl
sobre la palabra indecente: la palabra es indecente porque está escondiendo
pasiones impotentes. Pero estas pasiones son colectivas, no subjetivas
o individuales. Es decir, si se debe construir, se tendrán
problemas que no tiene nada que ver con un comportamiento limitado
por la forma.. de hecho, la parte principal de "Ornamento y delito" está basada
en el concepto de valor de cambio y valor de uso, de un modo que
contradice perfectamente la ecuación del Deutsche Werkbund:
a mayor cualidad, mayor valor de cambio.
Loos razona en términos puramente capitalistas:
"La ausencia del ornamente tiene como consecuencia un menor tiempo
de trabajo y un aumento del salario. El tallador chino trabajaba
dieciséis horas, el obrero americano, ocho. Si yo pago por
una tabuquera lisa el mismo precio que pago por una ormnamentada,
la diferencia incide sobre el tiempo de trabajo del obrero. Y si
no hubiese más ornamentos en este mundo, el hombre debería
trabajar cuatro horas y no ocho, dado que la mitad del trabajo
humano hoy de pierde en el ornamento. Ornamento es fuerza de trabajo
desperdiciada y salud desperdiciada, y así fue siempre.
Pero hoy, eso significa también desperdicio de materiales;
y las dos cosas significan desperdicio de capital. (...) La pérdida
no golpea sólo al consumidor, golpea en primer lugar al
productor. (...) Me dirijo aquí al aristócrata, a
quien se encuentra en el vértice de la humanidad".
Al mismo tiempo, Loos habla de la campesina eslovaca que borda
su encaje y que sabe bien, en cambio, como lo sabe el aristócrata,
que las horas del trabajo artesano son horas felices. El revolucionario,
al que Loos desprecia, iría hacia ellos y les diría: "todo
esto no tiene sentido". Pero para Loos, la ausencia de sentido
es el problema del ornamento: el ornamento es justamente aquello
que quiere agregar artificialemente sentido y significado. "Delictivo" es,
entonces, agregar significado, desperdiciar tiempo de trabajo e
intentar decir la última palabra. Loos no es un crítico
de Kraus, pero es evidente que este camino lo llevaría a
firmar finalemente que también habitar la "antigua casa
del lenguaje" puede ser desperdicio de tiempo y de significado,
significado que puede constituir el delito y el tatuaje.
Las sinfonías de Beethoven para Loos son las metáforas
de los grandes valores a preservar. Pero precisamente por eso ya
no se puede pintar un fresco sobre Beethoven (como el de Klimt),
ni esculpir su estatua (como la de Klinger), ni arreglar una sala
beethoviana (como hará Hoffmann en ocasión de la
muestra en homenaje al musico preparada por la Secesión).
En el ensayo "Arquitectura", escrito en 1910, podemos confrontarnos,
ahora sí, con la arquitectura como aquello que es lo otro
del comportamiento. A la pregunta sobre por qué los papúas
tienen cultura y los alemanes no, Loos responderá con una
ulterior distinción, esta vez famosa y trágica, referente
al tema de la casa, por lo tanto al tema del habitar.
"Frente a mis últimas argumentaciones muchos habrán
quedado perplejos en cuanto al paraleleo que he hecho entre arquitectura
y sastrería: ¡la arquitectura es siempre un arte!
Concedámoslo, porel momento, concedámoslo. ¿Pero
no les ha llamado nunca la atención la extraordinaria correspondencia
que existe entre el asopecto exterior de los hombres y el aspecto
exterior de las casas? ¿No hacían juego el estilo
gótico con el traje de su época, y la peluca con
rizos con el barroco? ¿Pero nuestras casas de hoy están
de acuerdo con nuestros vestidos? ¿Se tiene miedo de la
uniformidad? Y bien, ¿los edificios antiguos de una cierta época,
de un cierto país no eran acaso uniformes? Tan uniformes,
que gracias a su uniformidad nos es posible ordenarlos según
los varios estilos y países, según pueblos y ciudades.
La vanidad histérica era desconocida por los antiguos maestros.
(...) La casa debe gustar a todos, a diferencia de la obra de arte
que no tiene por qué gustar a nadie. La obra de arte es
un hecho privado del artista, la casa no. La obra de arte está puesta
en el mundo sin que sea necesaria, la casa satisface una necesidad.
La obra de arte no es responsable ante nadie, la casa es responsable
ante todos. La obra de arte intenta arrancar a los hombres de su
comodidad; la casa está al servicio de la comodidad. La
obra de arte es revolucionaria, la casa es conservadora. La obra
de arte indica a la humanidad nuevas vías y piensa en el
futuro, la casa piensa en el presente."
La casa piensa en el presente; el arte priva a los hombres de
su comodidad. La audición de Beethoven o de Mahler deberá hacerse
en la intimidad, no colectivamente. Este es el concepto loosiano.
Pero, entonces, "la casa" deberá alojar la reunión
de dos almas: la propia y la de Beethoven, de Mahler, etcétera.
Una comunión privada de la que la misma casa no podrá hablar:
eso sería "indecente". Entonces, ¿qué tipo
de comodidad tendrá que haber en esta casa, que debe ser
tradicional porque debe ser uniforme? ¿Debe desaparecer,
no debe existir como tal? Esto nos lleva a la afirmación
de Loos relativa a la "cultura unitaria", "uniforme", no sintética
sino unitaria. Cultura unitaria no quiere decir igual modo de pensar,
sino igual modo de enmascararse, igual modo de comportarse. Y de
hecho, en "Arquitectura" aparece la famosa afirmación de
Loos: "¡Sólo una pequeñísima parte pertenece
al arte! El sepulcro y el monumento. El resto, todo lo que está al
servicio de una necesidad, debe ser excluido del reino del arte".
Sólo la tumba y el monumento pertenecen al arte. Pero la
tumba es ilusión de vida después de la muerte. El
monumento es celebración de una posible vida en el recuerdo
y en la memoria. La tumba y el monumento pertenecen al arte porque
ninguno da comodidad, ambos colocan en posición "incómoda".
Esa memoria no pertenece más a la ciudad, ni siquiera como
nostalgia. Loos escribe esto después de los adioses de Hofmannstahl,
de Mahler, de Wittgenstein. Una vez "partido el amigo" no solamente
no hay más canto, sino que el "canto a la tierra" no puede
ser repetido más que en soledad. Este adiós no puede
ser repetido, porque de lo contrario nos colocaría en una
condición proustiana, nos devolvería a la contibua
ansia de reencontrar "el tiempo perdido". ¿Para qué sirve
reencontrar aquel tiempo? ¿Qué podré hacer,
si soy necesariamente unitario? De hecho, ¿qué cosa
es el otro sino eso que está "ausente"? Sólo se sabe
que existía: todo lo que es habla de aquello que no es.
Aquí es reconocible una afinidad con la noción del
mundo como un todo limitado, hecho meramente de acontecimientos,
de las primeras proposiciones del Tractatus. Este es el punto al
que llega el Loos de 1919, quien afirma:
"La arquitectura suscita en el hombre estados de ánimo.
Entonces, el deber del arquitecto es el de precisar los estados
de ánimo: la habitación debe parecer acogedora, la
casa, habitable. (...) (En cambio:) si en un bosque encontramos
un túmulo de seis pies de largo y tres de ancho, dispuesto
en forma de pirámide, nos ponemos serios y algo dice dentro
de nosotros: aquí hay alguien sepultado. Esto es arquitectura."
Esto es arquitectura: memoria de algo que ya he abandonado. Loos
no está hablando de una tumba o de un monumento arquitectónicamente
formados, sino que habla simplemente de un túmulo de seis
pies de largo y tres de ancho: es decir, de un signo. En consecuencia,
este monumento, que es arte, es también un signo ausente.
No casualmente cuando loos proyecte una tumba como la Max Dvorak,
la reducirá a una pirámide escalonada con un agujero
rectangular en la base; se trata de un lugar de ausencia, no del
lugar del arte. Este arte, este tiempo que ha sido abandonado y
no reencontrado, es el tiempo con el que Loos se confronta al menos
hasta 1914.
Finalmente, y antes de pasar al examen de Loos arquitecto, es
oportuna intentar una interpretación diferente de Das Andere.
Tomemos en consideración uno de los dichos y contradichos
de Kraus: "Cierto, el artista es otro. Pero justamente por esto,
en su exterior, debe regularse por los otros. No puede estar solo
sino desapareciendo en la muchedumbre. Ninguna otra cosa justifica
el ser otro del artista, es necesario que se sirva de vestidos
mediocres como de un camuflaje". Este "dicho y contradicho" de
Kraus nos muestra la comunión de Loos con Baudelaire. De
hecho, el artista que no puede ser sino desapareciendo en la muchedumbre
es el gran aristócrata, el que goza manteniendo su propio
anonimato. Pero Kraus es también completamente loosiano,
porque el ser otro del artista está justificado sólo
por sus ser diferente de la muchedumbre metropolitana. "Que se
sirve de vestidos mediocres -esto es, uniformes, y por lo tanto
bien hechos y no bellos- como de un camuflaje": es decir, se trata
de aquel enmascaramiento del que Loos habla. Pero ya no son las
máscaras de Otto Wagner. Ahora son los hábitos comunes
y los uniformes los que devienen "máscaras". Sobre esto
se puede intentar la construcción de algunas hipótesis
con las cuales definir y recolocar el concepto loosiano de "otro".
Primera hipótesis: lo otro es todo lo que está "más
allá del cerco". En Viena, elo cerco es un dato real, porque
sus límites coinciden con el Ring. El Ring es sin embargo
el símbolo de la ciudad tatuada. Así, lo otro es
aquello que está fuera del tatuaje, es aquello que excluye
el tatuaje. Pero el ring era también el signo de una comunitas;
por lo tanto, lo otro es todo aquello que está afuera de
la comunitas.
Segunda hipótesis: lo otro es la introducción, en
austria, de la cultura occidental, para enseñarle a esta
pequeña muchedumbre de aristócratas carentes a "ser
metropolitanos".
Tercera hipótesis: lo otro es aquello que hace más
solidaria la comunitas, porque esta comunitas será, por
su intermedio, consciente de sus propios límites, según
una lectura wittgeinsteiniana de Loos.
Cuarta hipótesis: lo otro es donde se tendrá que
poner orden, porque en el fondo, Loos, en sus escritos, costruye
unmanual de comportamientos: enseña a cocinar las berenjenas
a la vienesa, enseña a meter las cucharitas en los saleros
de restaurante; es decir, pone orden en los lenguajes del comportamiento.
Este "poner orden" significa que todos los comportamientos son
lenguaje, pero la arquitectura, aparentemente, no lo es 9hasta
aquí, Loos no ha hecho otra cosa que negar que la arquitectura
sea lenguaje o estilo). La arquitectura es entonces diferencia
respecto de la ciudad en el sentido más pleno del término
diferencia.
Quinta hipótesis: la arquitectura es lo otro respecto de
la ciudad; la casa es lo otro respecto de la ciudad. Porque la
casa es donde se escucha Beethoven, donde se representa el propio
tiempo interior que no es dicho sino vivido; porque de otra forma
se continuaría representando indecentemente sobre las paredes
de las letrinas el propio eros reprimido. Si esto otro es la no
ciudad, la diferencia respecto de la ciudad, estamos hablando del
no-trabajo.
Sexta hipótesis: lo otro podría ser el trabajo.
Esto es, aquello que no aparece en la forma urbana, aquello que
está escondido, aquello que hace de una silla una no-silla,
lo que la convierte en tiempo de trabajo incorporado, ficción
de un objeto, no objeto real. Loos no habla del trabajo como ideología
genérica, el trabajo no es una cosa que necesite de palabras.
Por eso es necesaria una cultura de carpinteros. En una cultura
de carpinteros el lenguaje industrial no existe, no hay en absoluto
necesidad de un lenguaje para la industria. En una cultura industrial,
la cultura de caspinteros, paradójicamente, se convierte
en modelo El carpintero sabe hacer bien su trabajo porque es carpintero,
no porque sea artista. En este caso, por lo tanto, lo otro es,
esencialmente, el trabajo. Trabajo libre, pero no del sujeto (como
habría querido Olbrich: sujeto desalienado en la comunidad
de la "Montaña encantada"), no libertad del trbajador (y
en particular del trabajador intelectual como primus inter pares),
sino libertad del trabajo abstracto. Es el trabajo abstracto que
se libera y domina y contra el cual sólo se puede enmascarar
nuestras pasiones para vivirlas plenamente. Por ello, la represión
de las energías pulsionales se invierte en el arte de vivir:
se han hecho famosas las conversaciones que mantuvo en el Kärtner
Bar y en las cuales media Viena habría querido participar.
Pero esta indiferencia que vuelve neutro al ambientenecesita límites
contra los cuales contrastarse. Este otro es un límite tan
lejano e inalcanzable como para ser imposible. Esto es, el límite
del gran aristócrata que se niega al mundo para poder conquistar
la propia alteridad. Si la ciudad es dada por completo, si este
Ring es la ciudad limitada por completo, si es el mundo totalmente
limutado de Wittgenstein, Loos ¿está adentro o afuera?
Admitiendo como hipótesis que estuviera adentro, al hablar
de una cultura de carpinteros Loos demuestra que no hay ninguna
necesidad de reinventar el mundo. Lo importante es deja r el mundo "así como
lo encuentras"; y esta es una frase de Wittgenstein altamente trágica.
Sólo el carpintero transforma en realidad el lenguaje, y
ese saber se lo transmitirá no al artista industrial, sino
sobre todo a la industria.Pero la industria ya lo tiene por sí misma,
mientras que el trabajo intelectual se encuentra en una gran encrucijada
en la que no sabe qué función cumplir. No casualmente
Loos dirá que aquella sociedad o aquella cultura que hiciera
de la destrucción el propio imperativo, sería una
sociedad buena, justa y eficiente. Por lo tanto, el primer acto
es destructivo: por eso loos es amigo de Kraus, de aquel que escribe "Los últimos
días de la humanidad" que coinciden con los "ultimos días
de Viena". Como Kraus, Loos interpreta el colapso del Imperio austrohúngaro,
cuyo fin prevé, como el colapso del mundo. Para él,
Viena es el mundo limitado por completo, pero en colapso. Sin viena
no existe Loos: a diferencia de Wittgenstein que sale de Viena,
a diferencia de Andreas von Hofmannstahl que la considera demasiado
estrecha, loos acepta esa limitación y esa angustia. Porque
el acontecimiento sólo puede ocurrir dentro de un espacio
completamente limitado: allí pueden suceder infinitos acontecimientos.
De esa manera se explica la aparente contradicción de la
enorme libertad de los espacios internos loosianos: cuanto más
limitados son, más se podrán encontrar acontecimientos
y aventuras infinitas. No hace falta viajar para tener aventuras:
al contrario, es necesario encerrarse en la cárcel del propio
intérieur, de la propia casa.
Pero, simultáneamente, hay que advertir la hipótesis
contraria: Loos también está "afuera", porque puede
tomar una distancia crítica. Crítica siginifica,
en este caso, exactamente el discurso krausiano de Die Fackel según
el cual, sin discutir, sólo se deberá ordenar aquello
que ya es. Sólo ordenando aquello que ya es, loos se puede
colocar afuera. Estamos identificando en la negación de
cada cosa (comprendido el concepto de forma) una posible alteridad
que preserva valores, porque tales valores forman parte del individuo,
después de que la Novena sinfonía de Beethoven ya
ha sifdo completamente interiorizada. Eso es ser moderno para Loos:
la búsqueda de elevar a cada uno al acto aristocrático
que no tiene más necesidad de exponerse, no tiene necesidad
de mostrarse, pero tiene necesidad de vivir su propia aristocracia.
Sobre la base de esta hipótesis se explica que Hans Karl
renuncia a la aristocrática villa wagneriana, de la que
lo hemos visto entrar y salir ritualmente, para entrar a ese ordinario
vagón ferroviario que Loos construirá sobre la Sauraugasse
en Viena.
La edición y la traducción fueron realizados por Fernando Aliata,
Anahí Ballent, Adrián Gorelik y Graciela Silvestri.
Notas
1. La traducción de los textos de Loos citados
por Tafuri se ha realizado confrontando la versión italiana
con la versión española de los textos de Loos (Ornamento
y delito, Gili, Barcelona 1972)y en el caso de los artículos
de Das Andere, con la reproducción facsimilar de la revista,
editada por Electa, Milan, 1981 (edición bilingüe con
introducción de Massimo Cacciari)
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