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Giulio Lupo
y Mercedes Daguerre
Entrevista con Franco Rella
Entrevista publicada originalmente
en la revista Materiales 5, PEHCH-CESCA, Buenos Aires, marzo
de 1985. Número especial sobre la actividad del Departamento
de Historia de la Arquitectura de Venecia.
Franco Rella es docente de Literatura artística en el Departamento
de Historia del IUAV. Es autor de numerosas publicaciones, entre
las que citamos: Introducción a La Crítica Freudiana,
Feltrinelli, Milano 1977; Il discredito della raggione en AAVV,
Crisi della raggione, Einaudi, Torino, 1979 ("La crisis de la razón",
Siglo XXI, México1983); Critica e Storia, CLUVA, Venezia
1980; Il silenzio e le parole, Feltrinelli Milano 1980 ("El silencio
y las palabras", Paidós); Miti e figure del Moderno, Patriche
editriche 1981.
P: ¿Cuándo y en qué circunstancias entraste
en el Departamento de Análisis Crítico e Historia? ¿Cuáles
han sido los aportes a las reflexiones teóricas sobre la
Historia y dentro de qué temáticas han sido desarrolladas?
R: La pregunta comprende ciertos hechos personales que se desarrollaron
precedentemente a mi ingreso a la facultad de Arquitectura, y por
lo tanto fuera del contexto universitario. En aquel tiempo trabajaba
particularmente sobre Freud, y ese trabajo había enlazado,
interesado, ciertas investigaciones del Departamento.
Luego, cuando quedó disponible el puesto que ocupo actualmente, fui
invitado a colaborar sobre la base de un tipo de trabajo del cual emergían
algunas categorías históricas que han sido sucesivamente elaboradas
en un trabajo teórico común, sobre todo con Manfredo Tafuri,
e introducidas luego en el análisis y lectura de textos también
arquitectónicos. Me refiero especialmente al concepto de "crítica
interminable", de "análisis interminable", y de "construcción",
que eran aquellos temas que se había tratado de estudiar a través
de una serie de ensayos, y después, principalmente, en La crítica
freudiana. Me refiero además a todas las instancias que aparecían
en esta lectura del texto de Freud, que de alguna manera se proponían
como modelo de inteligencia compleja, conformando una imagen del trabajo histórico
mismo.
Esta ha sido la ocasión de mi ingreso a la facultad, y desde aquel momentos
han ido realizando los primeros cursos, en estrecha relación con Tafuri.
Hemos hecho este experimento que funcionó durante cierto período:
nuestras clases eran consecutivas en el tiempo, los seminarios eran en común,
y en ello se mezclaban las preguntas que surgían de la lectura de los
textos arquitectónicos con aquellas que emergían del trabajo
que yo conducía sobre textos más teóricos.
La filosofía del Departamento se movía siempre sobre la noción
de intraducibilidad de los lenguajes, en un absoluto "estatuto de autonomía".
Este tipo de trabajo no ha comprometido tal tesis, pero ha demostrado que los
lenguajes, si bien autónomos en su espesor particular y específico
-en esto intraducibles-, encontraban sin embargo líneas de intersección.
Existían fronteras atravesadas por ellos, y muchas veces justamente
estos puntos de intersección eran aquellos en los que se planteaban
los problemas más significativos, y también aquellos más
explosivos. Es decir, los problemas que nacen dentro de la crisis de lenguajes
que se produce cuando éstos se enfrentan con lo que no es su propia
especificidad gramatical. Se ha desarrollado así, un trabajo de puesta
a punto de un método analítico con la apertura de nuevos campos
de estudio y de intervención.
P: En la revista "Casabella" se desarrolló un largo debate
sobre el término "proyecto". Considerando las respectivas
posiciones de Cacciari, Vattimo, Rykwert y la tuya, ¿podrías
afrontar alguno de los puntos más significativos de la discusión,
considerando las afinidades y las divergencias?
R: Cacciari, en su artículo en "Casabella", usa términos
muy significativos, cuyo análisis nos lleva curiosas conclusiones.
Para él, la función de la técnica es la de "perder" el
tiempo, en el sentido proustiano, de consumirlo, porque justamente
en el consumo de este tiempo, donde no existe nada, podemos pensar
en el tiempo del "cumplimiento" y en su nuevo indicio, donde podrá vivir
aquello que se ha sustraído al consumo por estar fuera del
tiempo.
La concepción de proyecto que nace de este artículo de Cacciari
es la imposibilidad misma de proyectar. Es decir, el proyecto puede ser entendido
sólo como una íntima complicidad con las fuerzas del dominio.
Porque solamente siendo cómplices hasta el fondo con estas fuerzas,
podremos llevarlo hasta su cumplimiento. Y es más allá de este
cumplimiento donde se abre el camino hacia una utópica redención:
el tiempo del origen y de la utopía futura que se expresa sólo
a través de una especie de énfasis de lo indecible, evidentísimo
en el estilo, o más aún, en la retórica de Cacciari.
El uso de etimologías caprichosas, translingüísticas, el
uso de guiones que separan las palabras y que no significan nada son como corpúsculos
de nada diseminados en su texto. Casi una presencia de la nada, de lo que no
puede ser dicho, pero que viene a estar así, libremente diseminado dentro
de la palabra, sólo que esta perspectiva lleva a una verdadera "perversión" de
aquellos que de todas maneras pueden ser considerados valores. Me refiero por
ejemplo, al amor de Cacciari por lo
"mínimo", que es lo que se salva, para este tiempo del más allá,
del cumplimiento de la técnica; y que se vuelve amor por lo indiferenciado.
Por eso, en los últimos textos de Cacciari encontramos al lado de Pound
o Céline (es decir autores gigantescos, releídos y de alguna
manera todavía por rescatar) autores que en sustancia no han escrito
una sola frase que valga la pena rescatar. Por lo tanto tenemos esta especie
de confusión. No es casual que en un texto bellísimo como Dallo
Steinhof, se hable de autores mínimos, pero no se diga una sola palabra
de Kafka, o de Freud, de aquellos autores que, a mi juicio, dentro de este
espacio crítico han buscado la dimensión de lo posible, de la
mezcolanza, de la decibilidad del mundo, también dentro de estos espacios
lacerados y lacerantes. Autores que han
buscado un "proyecto", un "proyecto posible".
El proyecto (en un sentido más amplio que el arquitectónico)
es la posibilidad de unir las diferencias de las cosas que habitualmente se
extienden en una equivalencia, indiferencia, en total uniformidad. Sólo
esta conexión proyectual, en la tensión recíproca que
se establece entre cosas y fragmentos, llega a mostrar estas diferencias.
Entonces este "proyecto", esta metáfora, que yo tomo de la arquitectura
y de la experiencia que he hecho en esta facultad, se proyecta en un campo
también filosófico. Es una metáfora muy fuerte y muy interesante
para poder figurar y pensar esta zona de las diferencias, de los conflictos,
de los procesos. Zona también de la pluralidad de los tiempos, porque
el proyecto ya es un proceso temporal que tiene fases extendidas en el tiempo,
pero esta siempre pensando en un espacio que tiene una historia, y que se
proyecta más allá del gesto que establece un nuevo evento dentro
de este espacio.
Entonces, el evento se transforma en la capacidad de conectarse a una historia
pasada y prefigurar aquello que debe venir y que no existe todavía;
en el sentido que todo lo que crece alrededor de este evento, desde ese momento,
de alguna manera está ligado al evento mismo. Se crean entonces, campos
de tensión, de producción de significados, un contraste con los
hábitos, también un trastorno del Yo habitual, de la inteligencia
habitual del hombre.
La cuestión con Vattimo se desarrolla más sobre el plano exquisitamente
filosófico. La teoría fundamental de Vattimo (que yo considero
el filósofo teórico más importante en este momento en
Italia, y por lo tanto mi diversidad no es reductiva al referirme a él)
reivindica una diferencia que reduce a la sustancia, al alma de este discurso,
a una aceptación total -distinta a la de Cacciari pero también
interna al nihilismo-. En sustancia Vattimo se ubica verdaderamente como el último
teórico del declino, con su hipótesis de la extenuación
del sujeto y del pensamiento.
Esto es interesante porque no es sólo la debilidad, sino también
el saber del sujeto, que debería resolver y desentrañar el contraste
que existe entre el sujeto como plano de resistencia y el plano de consistencia
de la realidad; y hacer el sujeto mismo "una dócil fibra del universo" (para
usar una metáfora de Ungaretti).
La concepción del juego que está presente en Vattimo es justamente
la concepción de esta libre fluctuación dentro del espacio del
sujeto, expropiado de su propia diversidad, del propio ser contra las cosas.
El sujeto se vuelve cosa entre las cosas y por lo tanto declina junto a ellas
sin ofrecer ninguna resistencia. Es más, si existe un punto de resistencia, éste
es depotenciado, reducido, debilitado.
Entonces hay una posición análoga a la de Cacciari pero sin su "pathos".
Este es un pensador krausiano: suena las trompetas del apocalipsis, se ubica
efectivamente como una metáfora de Kafka, como "el guardián en
la puerta de la ley".
La última réplica en "Casabella" era precisamente aquella del
guardián que pide el respeto por lo que él establece como "sacro",
y luego observa con horror las cosas que se mueven según una corriente
que no se puede detener, que es necesario conducir hasta el final, hasta su
apocalipsis.
Mientras que, para Vattimo, existe este moverse casi "feliz" sin resistencia,
cosa entre cosas. También esto es un gran sueño de la cultura
de la modernidad; y pensamos en Rilke, que lo expresa de modo clarísimo: "quisiera
ser cosa entre las cosas...", o bien "ver cómo una cosa es nuestra,
feliz también en el dolor".
En sustancia las dos posiciones que difieren en el tono, en los instrumentos,
aparentemente de manera profunda, en realidad difieren sólo en la forma
que es vivida esta experiencia en el declino (trágico y cómico).
En cuanto al artículo de Rykwert, diría que se ubica en una posición
de "oportuno sentido común". Él afirma que ésta es una
prédica larga, y no lo es sólo de la Modernidad, sino que es
la prédica de casi todas las épocas de cambio y de crisis, cuando
se ven caer las cosas y no se vislumbra aquello que viene. Pero este tiempo
de la espera, este espacio del medio, es en realidad el espacio de las reivindicaciones
más maravillosas. No es el espacio del fin, sino de la apertura de lo
posible, cuando la ruptura de determinados códigos canónicos
se abre a territorios absolutamente inéditos del pensamiento, pero también
a la construcción de cosas nuevas, de nuevos eventos. Son los lugares
entrevistos en la gran cultura de la modernidad desde Klee, Kafka, Benjamin,
etc., que no casualmente han siempre enfatizado este espacio del medio, este "Zwischenraum".
El espacio del medio es el sendero por donde se mueven las criaturas que llevan
la herencia del fin, pero la entregan a algo que está por venir, en
donde se encuentran también criaturas extraordinarias y maravillosas.
Anuncios de una felicidad posible, como los animales de Franz Marc, los ángeles
de Klee, todas estas grandes figuraciones que a mi juicio serían incomprensibles
fuera de este contexto, si no las leyéramos justamente como los habitantes
de este espacio liberado, que desde el comienzo nos sobresaltan, porque son
incomodidad, ruptura del código en el cual se organiza la propia experiencia.
Pero lo bello es terrible al principio -dice Rilke-, por lo tanto también
la belleza, que se origina en la capacidad de unir en este espacio intermedio
los fragmentos de lo que ha sido y lo que debe venir, al principio se presenta
como miedo en las figuras de lo efímero, el éxodo, de la erranza,
de la pérdida, del desierto.
Yo creo que este es el lugar en donde efectivamente se puede pensar lo "nuevo".
Por ejemplo -y esto lo subraya también Rykwert- Valéry decía
que la arquitectura estaba muerta, muerta como lugar orgánico donde
caben todas las cosas. Por ejemplo, el "templo del orden", como podría
ser un museo o una iglesia es la continuación del caos de la calle.
Es decir, el museo ensamblando cuadros de distinta calidad, con diferencias
de valor, de ubicación, no es más que la continuación
de lo exterior, y por lo tanto no es abstrayéndonos de este exterior
que podemos reconstruir una "permanencia", un habitar "poético", para
decirlo como Heidegger, sino restituyendo al hombre aquello que ha perdido,
que precisamente es lo que está a su lado, es decir las cosas que se
han vuelto indiferentes, hostiles, puras funciones, a través de la capacidad
de proyectar sus diferencias, su especificidad. De proyectar espacios donde
las cosas, en estado de tensión, logran mostrar un rostro que nunca
hemos visto.
Yo creo que aquí hay una posibilidad auténtica de construcción,
de innovación en la manera de pensar el proyecto, o de pensar también
el propio destino de operadores, de arquitectos.
P: Luego de la desmistificación efectuada por M. Tafuri
y F. Dal Co sobre la superficialidad de la definición canónica
de "movimiento moderno", ¿Tiene sentido todavía hablar
de "post-moderno"?
R: Sobre la cuestión del "post-moderno", creo que existe
una equivocación bastante curiosa. Tiene razón Lyotard
cuando dice que se han acabado los grandes "relatos" de la modernidad,
como el "progreso", el "rescate del proletariado", etc; las grandes
narraciones de la metafísica de la razón iluminista.
Sin embargo, es necesario advertir que estas narraciones estaban
ya en crisis en el momento mismo en que se producían.
Leopardi habla de una razón pura que es en sí fuente de necesaria
locura. Habla contra la razón "igualadora" que transforma las cosa "casi
en una forma", para no hablar de Baudelaire o de otros autores que en cambio
han puesto el acento fuertemente sobre esta "diversidad".
El "post-moderno" es el intento de tomar la época que está a
nuestras espaldas -una tradición muy compleja y muy entremezclada- y
de homogeneizarla. De hacer un todo homogéneo, que puede ser un lugar
de flujo y de recuperación indiferenciada. Esto, sin embargo, se advierte
de modo particular en las corrientes artístico-pictóricas relacionadas
con el "post-moderno" (tipo trans-vanguardia), que se vuelven indiferencia
total. En ellas, la citación surrealista o constructivista es indiferente,
porque son la vanguardia que hemos atravesado, son lo moderno de lo cual estamos
afuera. En realidad la modernidad ha puesto -tal vez como nunca en la historia
del hombre- el acento sobre estos pensamientos marginales, sobre los márgenes
mismos, sobre el concepto de frontera, de límite, que es el gran objeto
de estas reflexiones. La zona que divide el blanco del negro, lo justo de lo
injusto, la vida de la muerte.
Esta ruptura de la frontera es la que crea el espacio del medio del que hablábamos
anteriormente, este lugar de la mescolanza e intersección que es la
apertura, repito, de lo posible, no en un sentido -como ha dicho Cacciari- "ingenuo" del
despliegue de una zona blanca, sino como el lugar en donde las cosas se reaniman
en esta mescolanza. Toda esta cruel pluralidad que constituye la modernidad,
en la cual encontramos la metafísica del "progreso", pero también
los discursos más drásticos contra el "progreso", contra la "perfectibilidad" del
género humano. Es el discurso de la "Aufklärung", es decir, del
esclarecimiento, pero también el discurso del "descenso a las tinieblas",
a la locura, a lo hídrico, a lo monstruoso. Con todo esto se trata de
hacer una categoría unitaria, así como se habla de "Renacimiento", "Barroco", "Medioevo" (yo
creo que el "post-moderno" es un acto de ubicación académica).
Categorías donde desaparecen todas las diferencias, y entonces, el operador,
el artista o el arquitecto, se siente de algún modo libre para confrontarse
con las cuestiones todavía abiertas y no agotadas. De hecho no las afronta
y cita a la modernidad como una cultura en el ocaso, en una operación
similar a la de los románticos sobre el clasicismo, sólo que
justamente apenas han prestado atención a lo clásico, han descubierto
no el rostro de Zeus o Apolo, sino el caos primordial, han descubierto lo "aórgico",
Dionisos.
Si nosotros penetramos en lo moderno, no descubrimos los discursos compactos
que nos ha descripto Lyotard, ni siquiera las "formas" de las cuales nos habla
Portoghesi, descubrimos en cambio una zona de apertura, de problemáticas
tensas, de heterogeneidad.
Es una tradición dentro de la cual todavía estamos. Por ejemplo,
una narración cinematográfica como "Blade Runner", de Ridley
Scott, está totalmente dentro de la modernidad y afronta todos sus grandes
problemas: la posibilidad del futuro ligado a la redención del pasado,
la reducción de la casa a una especie de lugar de reliquias, de cosas
laceradas, de fragmentos; una especie de museo. La ciudad misma como desierto
y selva, y los hombres como una especie de "afasia". Esta es la dimensión
de la pérdida del pasado, del tiempo, ligada a la reorganización
mecánica y científica del tiempo del trabajo, que se vuelve también
pérdida de la posibilidad misma del futuro. Cuando el último
de los "replicantes" (que son como los ángeles efímeros de Benjamin)
muere, desaparece con la angustia de no poder entregar a nadie su visión
del azul más allá del horizonte de la muerte de la metrópolis.
Es el azul que él ha visto pero que no puede dar a nadie porque no tiene
pasado y por lo tanto no tiene tradición, no tiene la posibilidad de
traicionar. Descubrimos que éstos son los tiempos que recorre toda la
zona de la gran reflexión del ´900, que yo haría llegar
hasta Leopardi en el primer ´800.
Tal vez esta homegeneización académica de lo moderno como categoría
ha comenzado cuando se produjo la gran explosión del problema de la
modernidad, por ejemplo con el descubrimiento de la cultura vienesa. Ha sido
un shock para la cultura europea y también mundial, el descubrimiento
de Wittgenstein, Kraus, Freud, etc. Pero puestos rápidamente y en forma
esquemática en una nueva categoría: "Viena", la gran "Viena",
casi como el lugar del mito de lo moderno, encerrado en una especie de peréntesis
histórico. Entonces en el momento en que la Modernidad presentaba sus
tensiones más fuertes, ya estaba en movimiento un proceso de remoción
de la Modernidad misma y de todos los problemas presentes en ella, que podemos
resumir en el problema del tiempo de la "metrópolis", de la estructura
de una existencia metropolitana, con la organización científica
del trabajo, con la "sincronización" del los relojes, con la ciudad
como máquina dentro del horizonte de las mercancías....
Todas estas realidades son las que establecen un trastorno de la vida habitual
del hombre, que comprenden modos completamente diversos del habitar, del existir,
del relacionarse. Por lo tanto este problema moderno de lo metropolitano es
el problema de hoy, ¡y central!
P: Podemos concluir diciendo que más allá del "post-moderno" hay
sólo una posición de casas editoriales...
R: Sí, que promueven una "invención feliz" de una
categoria que permite acomodar una serie de fenómenos heterogéneos.
Es la felicidad de los autores de los manuales escolares cuando
con el "Renacimiento" han podido poner juntos un mago como Giordano
Bruno con un filólogo como Lorenzo Balla o Erasmo de Rotterdamm;
o acomunar el "manierismo" más desenfrenado y el clasicismo.
El "post-moderno" es una piedra que de todas maneras debemos romper, aunque
dudo que ella -y no sólo por la consistencia de quien la ha puesto delante
de nuestros pies- tenga la consistencia de aquellas que han sido rotas en el
pasado. Es sólo una "pequeña piedra" que no parece tan pesada,
y en efecto, creo que se está pulverizando casi por su cuenta.
Sobre esta temática ha aparecido un libro muy interesante de Roberto
Calasso, La rovina di Kasch, que muestra cómo en realidad ésta
es una complejidad gigantesca, una plenitud de significados que no es absolutamente
posible encerrar en una categoría tan pobre que define lo Moderno casi
por exclusión: "aquello que no somos más".
P: En Critica e Storia decís que el punto en el cual los
nombres de Freud y Benjamin se cruzan es la búsqueda de
la construcción de un lenguaje donde puedan hablar las "cosas
mudas". "Un saber que es posible construir siguiendo los rastros
de aquello que la racionalidad clásica ha expulsado de sí misma
como desecho", y criticás el paradigma indiciario de C.
Ginzburg por ser sustancialmente reconstrucción de un orden
que si no es inmediatamente visible, es todavía potente.
Surge entonces la contraposición benjaminiana entre las nociones de "construcción" y "reconstrucción"....
R: Nuestra elaboración de un método analítico
tiene en primera instancia un parentesco con el trabajo de la microhistoria
de Ginzburg, pero se aleja, al menos en lo que a mi respecta, en
cuanto el trabajo de la microhistoria está muy próxima
a la historia "anticuaria", como la define Nietzsche en Sull´utilitá e
il danno della storia per la vita. Una gran intuición hacia
el indicio, un gran amor hacia el fragmento, pero luego en un cierto
punto, es incapaz de diferenciar estos fragmentos, de reestablecer
escalas nuevas y horizontes de significados dentro de los cuales éstos
puedan significar verdaderamente.
En el trabajo de Ginzburg existe una tendencia en cierto modo re-totalizante,
en el sentido que desde Il formaggio e i vermi a Indagini su Piero emerge el
intento de hacer del objeto una especie de microcosmos que la historia descubre,
un mundo que contiene absolutamente todo, toda la historia. También
leyendo las dos versiones de su ensayo "Spie", desde la primera, publicada
en "Ombre rosse", a la segunda, publicada en el volumen "Crisi della ragione",
se nota este pasaje evidentísimo: en la primera versión encontramos
la construcción de un método "indiciario", en la segunda prevalece
el intento de proponer este método como "el método" (desde los
cladeos a los horóscopos, a los oráculos, etc.): como la gran
historioa de las pequeñas historias.
El tipo de análisis que hemos desarrollado aquí en esta intersección
de planos, de lenguajes, se encaminaba más hacia el sentido de la construcciones
parciales. "constelaciones de significados" que luego se medían con
otras constelaciones, manteniendo siempre esta relación de apertura
y conflicto.
El más grande texto indiciario de nuestro siglo, en el cual Ginzburg
está trabajando es "En busca del tiempo perdido" de Proust. Sobre esto
no hay dudas, pero no sé si Ginzburg llegará a las mismas conclusiones
que yo: que el método indiciario de Proust fracasa siempre. La cosa
curiosa es ésta: Swan trata de descubrir, a través de indicios,
si es traicionado por Odette o no, pero en realidad no hace otra cosa que alimentar
su celosía sin descubrir nada. Lo mismo le sucede al narrador con Albertine,
donde aparece toda esta descifración de indicios que dicen siempre cosas
que no son ciertas. Así sucede por ejemplo con los gestos de Gilberte,
que él interpreta como un indicio pero en un modo errado; así,
el amor de Saint-Loup por Rachele para descubrir luego que Saint Loup es homosexual.
La verdad -dice Proust- es cuando uno junta dos imágenes, dos indicios
o dos cosas en un nexo, cuando se establece una unión necesaria entre
ellas, y cuando este evento es precisamente "construído" en un cuadro
de significados. El dice: "comienza la verdad" y toda esa masa de indicios
entonces cambia completamente de significado y de sentido. Y el gesto de Gilberte,
que al principio había sido leído como un gesto vulgar de repulsión,
es leído retrospectivamente como un gesto de invitación y de
amor. Pero es solamente dentro de este nuevo cuadro, mientras que el método
indiciario es en sí y para sí; lleva constantemente al fracaso
porque existe este deseo de la totalidad, del anillo que finalmente se cierra
descubriendo la estructura desde siempre subyacente. La verdad es sólo
una construcción humana, por lo tanto se mide en su contexto, con las
necesidades que la han generado y se pone en juego con éstas, con ellas
se modifica y se fragmenta, reaparece.
P: Entonces es el uso el que efectivamente determina la validez
de la construcción...
R: Decimos "uso" si entendemos con esto "funcionalidad" de la
construcción. Esta era una cosa que yo afirmaba unos años
atrás: lo que decide el éxito de una construcción
es su eficacia, por el hecho de que esta "función" pone
en movimiento un proceso de significados. Ahora sería un
poco menos drástico, ya que en la vida, en las operaciones
que el hombre cumple en el mundo, en la realidad, existen cosas
que funcionan justamente por su no-funcionar. Hay una "utilidad" de
la "inutilidad". Es decir, aquello que viene definido moralísticamente
como el "lujo", por lo "superfluo", que es el surplus -el plusvalor,
diría Marx- que en general ha sido aquello que ha sido eliminado
por ser inesencial, y que creo que es, en cambio, un "valor" central
de la vida humana.
Desde este punto de vista, el concepto mismo de "funcionamiento" se modifica
completamente. No es más una funcionalidad técnica, no es más
capacidad inmediata de agredir la realidad y modificarla en esa especie de
dicotomía que es la filosofía de Cacciari: la mano derecha es
la que mueve técnicamente el mundo y se evalúa de acuerdo a sus
resultados, y la mano izquierda es la mano de Dios, es decir aquella a la que
no se puede tocar, que está afuera, que entrega a otro tiempo, a otra época,
en su puño cerrado, las cosas que no entran en este espacio de funcionalidad.
En sustancia, yo, en cambio, trato de crear una mezcla entre estas dimensiones,
entre estos planos.
P: Considerando la definición de "frívolo" de Jaques
Derrida como un significante que, a fuerza de no significar nada,
no es ni siquiera un significante, y por lo tanto perfectamente
disponible a cualquier aventura analógica. ¿Entonces
la positividad de aquellos que moralísticamente se había
considerado y destacado, está en retomarlo ya que probablemente
puede tener otros significados?
R: Ciertamente puede reemerger el valor perdido del símbolo,
ser una plenitud significativa no analizada todavía, no
desarticulada. Una plenitud de sentido que de algún modo
se pone más allá del análisis como un problema
ulterior, encerrando en sí precisamente lo que este no ha
dicho o no ha podido decir. Esto que emerge es lo que hoy considero
absolutamente central.
P: Entonces te alejás de Cacciari en cuanto él apunta
mucho al uso, a la utilidad, al efecto de una construcción...
R: Sí, a la utilidad y al efecto, con una dicotomía
muy acentuada entre el inefable y el todo dicho de la técnica.
Con respecto al problema de la "reconstrucción2, se afronta uno de los
nudos de la investigación histórica, ya que esta no encuentra
nunca la verdad. Esto pone en el centro de la propia obra la reconstrucción,
a partir de los indicios que emergen de un orden. Es un gesto utópico.
Con mucha honestidad, un historiador como Colb dice que el trabajo del historiador
es idéntico al trabajo de Proust, sólo que nosotros no tenemos
su memoria y debemos valernos de documentos. Entonces es un trabajo que siempre
se propone "construcciones" y nunca "reconstrucciones", como una "Grecia" o
un "Renacimiento", o bien una imagen de la modernidad.
Benjamin, con respecto a esto, subraya que la reconstrucción presupone
siempre una especie de identificación afectiva, de intimidad con el
orden preexistente que es ya preconocido, ya "positum" diría Heidegger.
Entonces el descubrimiento sería encontrar aquello que ya conozco, mientras
en efecto la construcción pasa a través de la disgregación
de esta ligazón afectiva, de identificación con el orden, y se
proyecta en las construcciones de órdenes nuevos.
Es por esto que Proust decía que la construcción del pasado contiene "criaturas
que no hemos visto nunca", por eso un trabajo histórico hace emerger
justamente la figura de lo "nuevo". No reconstruye el pasado sino que construye
un contexto en el cual el pasado puede vivir en este "incógnito", en
este "nuevo", que al principio era invisible a la mirada.
P: En la reconstrucción existe siempre este escollo de
la fascinación, que aparece a menudo en M. Foucault, por
los suplicios y las torturas, etc. ¿Podemos decir entonces
que aquella de Foucault es también reconstrucción?
R: Sí, ciertamente, pero reconstrucción de una belleza
extraordinaria...
P: Sin embargo, en Pierre Rivière, además de la
fascinación por el triple homicidio, construye un espacio
de conflicto entre las distintas instituciones -médica,
jurídica, carcelaria, psiquiátrica- que se determinan
en torno a él...
R: Sí, pero existe también la fascinación.
En él se puede reconocer "el historiador que tiene la curiosidad
de hablar con los muertos, entrar en sus casas..." Esta curiosidad
indudablemente aparece en Foucault, que es un gran historiador,
pero también en él hay una simplificación
ligada a este intento reconstructivo. En efecto, él ha entrado
en crisis con La historia de la sexualidad: el primer volumen es
de hace siete años, el segundo todavía no ha sido
publicado -se publicará este año-. Son años
donde foucault ha estudiado la patrística latina, para "complicar" este
cuadro que a un cierto punto se volvía demasiado simple:
de la vigilancia al sexo, de la locura a la economía de
los cuerpos, a la clínica, etc. Un cuadro que funcionaba
perfectamente, demasiado bien, siempre sobre cada objeto. Cuando
un modelo funciona siempre, quiere decir que no funciona. Por lo
tanto creo que Foucault, que es un autor de gran fuerza y espesor
teórico, ha advertido el riesgo y ha trabajado periciosamente
en modo de estratificar y complicar el método.
P: Siguiendo el recorrido que hace Tafuri en La sfera e il labirinto,
emerge una lógica que es, al menos en parte, la misma que
te ha llevado en Miti e figure del Moderno a afrontar "el vértigo
de lo moderno", y también es evidente una estrecha colaboración
en Progetto storico.
En cambio en las últimas investigaciones de Tafuri, parece que se haya
producido un alejamiento de los temas de la modernidad que te preocupan.
¿Existe todavía una relación entre los trabajos que ustedes
producen?
R: Aquí es bastante difícil dar una respuesta. Hay
ciertas afinidades, contactos, que han estado en parte en la base
de mis actuales trabajos y en una serie de investigaciones de Tafuri,
y que siguen existiendo también por el hecho mismo de trabajar
dentro de un ámbito común, que no es sólo
el ambiente físico del Departamento, sino que es el lugar
de cierto intercambio de ideas y de determinadas provocaciones
culturales y teóricas de problemas. Hoy, este intercambio
es menos visible dado que se han diferenciado mucho los objetos
de estudio.
En la primera fase trabajábamos sobre un "objeto" bastante análogo:
lo "moderno"; ahora Tafuri se ocupa de otro tema. Sin embargo, diría
que las premisas de una investigación filológica, atenta a situaciones
también marginales, de una búsqueda filológica que debe
llegar a conexiones de sentido inédito, siguen siendo un proyecto en
común. Que este proyecto se pueda definir "nueva racionalidad", hoy
tengo algunas reservas. Especialmente sobre el término "nueva racionalidad",
que ha sido una de mis propuestas, dado que esta palabra "racionalidad" parece
de alguna manera como un término bastante comprometido, y a su vez el
adjetivo 2nueva", en realidad no modifica la naturaleza de los significados
que nosotros encerramos en ella.
Por lo tanto esta categoría que he usado en el pasado es demasiado débil
en relación a nuestro propio trabajo. Hoy prefiero hablar de "saberes" en
lugar de "nueva racionalidad", y de un "pensamiento" al conjunto de estos saberes.
El centro de mi trabajo actual es el intento de descubrir la existencia, dentro
de la modernidad, de un pensamiento que podemos llamar "figural", que se mueve
no a través de la abstracción de la realidad típica del
concepto -la abstracción y la generalización- sino a través
de constelaciones de imágenes que se coagulan en núcleos de significados,
en "figuras" que tienen el mismo rigor del concepto, pero que recogen también
aquello que es heterogéneo. Cada imagen tiene un perfil, una fisonomía
específica que el concepto no admite.
Desde este punto de vista, estoy tratando de ajustar cuentas con el problema
de un pensamiento "post-representativo". Luego del derrumbe de la metafísica
cartesiana, de la correspondencia perfecta entre significante y significado
-derrumbe que ha sido celebrado en un escrito extraordinario de Balzac: "Il
capolavoro sconosciuto"- es necesario descubrir nuevos modos de articulación
de las cosas, de la realidad.
La "nueva racionalidad" no describe este estado de las cosas, y por lo tanto
se debe buscar en el espacio de lo Moderno aquello que para la dimensión
prerepresentativa era el símbolo. El símbolo que antes de la
perspectiva y antes de la metafísica cartesiana, tenía una fuerte
valencia de significado, que recogía e sí significados, y que
era capaz de contener juntos mito y logos.
Hoy trato de ver cuáles son las figuras, las agregaciones de sentidos
que cumplen en la modernidad una función de este tipo, y que permiten
rearticular el mundo de la realidad.
La definición de "nueva racionalidad", para este tipo de proyecto, resulta
totalmente inadecuada.
Ha sido un momento, tal vez necesario, ligado al libro Crisi della ragione,
en donde se ha intentado denunciar una serie de códigos constrictivos,
a los cuales la investigación cognoscitiva debía sujetarse. Pero
una vez hecha esta operación de denuncia, de puesta bajo sospecha y
en crisis de ciertos estatutos y códigos de la racionalidad, se deben
buscar articulaciones mucho más complejas.
Progetto storico es uno de los textos que ha madurado a partir de este trabajo
en común. Respecto a aquellas posiciones, existe en mi trabajo actual
una acentuación mayor de lo que surge a través del análisis:
de la fisonomía (literalmente) de aquello que allí era llamado
con términos freudianos "formación de compromiso". Me interesa
su fisonomía, sus rasgos, las imágenes, las figuras.
P: Si pensas que la posibilidad de encontrar "nuevas palabras" pasa
a través de la reinterpretación de las imágenes
de la mezcolanza que recorren el arte y la literatura de nuestro
siglo. ¿Cuáles crees que sean los nudos que deben
aún afrontarse, y en qué dirección se desarrollan
actualmente tus "sentieri del possibile"?
R: Debo decir que ahora me estoy ocupando de lo moderno, pero
no pienso dedicarme a ello toda mi vida. Pienso que sobre este
tema hay aún cierto trabajo por hacer, y tengo la intención
de proseguirlo, pero -y esto es una anticipación- estoy
pensando en un libro titulado Metamorfosi, donde describiré las
figura de la mutación, de la metamorfosis: una transmigración
de formas, la disolución y el surgir de una forma nueva.
Pero quisiera verificarlo también a través del remontar
y el fluir de esas figuras en el tiempo, a través de la
densidad histórica.
Quiero atravesar algunos territorios del pensamiento religioso y mítico.
(Pienso en la metamorfosis de un mito como el de Narciso, que transmigra en
las formas más extrañas dado que la figura del espejo, que es
aquella de Narciso, la encontramos antiguamente tanto en Dionisos como en Zagreus,
que se mira en el espejo y muere como narciso pero luego renace; y aparece
también en la antigüedad en los órficos, y luego en don
Giovanni que busca fragmentos de sí mismo en los ojos de las mujeres
que conquista; en Schiller, en Rilke, en Valéry, el mito reaparece en
varias formas.)
Pienso hacer un trabajo en donde la modernidad mira al pasado, en donde estas
configuraciones de lo moderno miran a su tradición. Por lo tanto tendré que
atravesar zonas como el Platonismo, el pensamiento simbólico, y no excluyo
(es más, lo espero) el llegar también a estudios específicos
sobre ellos, no sólo como la "tradición" de algunas figuras y
de su mutación dentro de la modernidad, sino justamente como objeto
de investigación y de estudio filológico autónomo.
Siento un interés, un fuerte amor, que me acerca igualmente a Platón
y a Benjamin, a Sófocles y a Kafka. Amor que se ha reforzado en estos
años, en la elección de un campo en el podía hacer emerger
algunas cosa inéditas, que reordenaban nuestra experiencia del pasado
próximo, de nuestra "arqueología" más inmediata, la que
tenemos a nuestras espaldas, la del ´800 y del´900.
Este ha sido, en efecto, el inicio de este descubrimiento del pensamiento hibridado,
del surgir de la figura, que ahora redescubro en la antigüedad. No busco,
sin embargo, transformarme en un experto de este espacio temporal, porque en
mi trabajo me muevo por curiosidad y por pasiones personales. Por lo tanto
no podría ni siquiera pensarme como el especialista de un autor o de
un período, dado que existen muchas otras cosas que me interesan y me
golpean, que me empujan hacia atrás, a nuevas peripecias.
P: En Il silenzio e le parole recordás que para W. Benjamin "el
saber de la caducidad, el saber de la discontinuidad histórica,
es el saber de la revolución, y de la transición
hacia otros órdenes...", pensamiento "que custiona cada
victoria" reabriendo "los conflictos que parecían definidos
para siempre (...); pensamiento de un nuevo sujeto que ahora emerge
sobre la escena histórica: a él se le ha asignado
el deber de impedir no sólo el movimiento de las ideas,
sino también de los dominadores que sobre estas ideas construyeron
la legitimidad de su dominio".
¿Para vos, este saber asume las mismas connotaciones?
R: El gran descubrimiento benjaminiano es precisamente este saber
de la caducidad, que sustancialmente es el ser de la apariencia
misma del mundo. La filosofía ha considerado siempre un
mundo de apariencias que se pueden organizar en códigos,
y una realidad que puede ser vista platónicamente como el
lugar hiperuránico del cual tenemos sólo la memoria:
la memoria del lejano, del inalcanzable kantiano. Porque -como
decía Goethe- todo aquello que es caduco es sólo
figura, y por lo tanto no es realidad.
La revolución nietzscheana consiste en decir que la cosa misma (das
Ding selbst) se nos ofrece como "figura", y la figura es el ser del mundo,
lo real. O bien Musil, cuando dice que el mundo se ofrece al hombre según
una "figuralidad". En sustancia, en él existe el descubrimiento de un
saber que reivindica su certeza, su incidencia, su rigor, su practicabilidad
del mundo. Y éste es el saber de las cosas que vivimos como no-permanentes.
Desde este punto de vista, la conclusión de las "elegías vienesas" de
Rilke es estupenda: atravesando el mundo de la caducidad como un mundo de una
escatología cotidiana de las cosas que nos resultan inaferrables, atravesando
este mundo de pérdida con horror, fatiga, tormento, angustia y tragedia,
sin embargo se llega finalmente a la coincidencia.
Este es el tiempo de los decible, estamos aquí para decir "casa", "árbol", "ventana",
etc. Luego afirma que este es un saber que ni siquiera el ángel posee.
Y en el final escribe: "...si luego, el joven muerto pudiera entregarnos una
imagen" -y aquí tenemos una especie de gran rescate de la muerte, no
como algo negativo sino como parte de la vida, que también habita en
Proust- "...nos consignaría la imagen..." de los pendulamientos, de
los "frutos desnudos" o "de la lluvia que cae en primavera sobre la tierra
oscura..." la imagen significa que "nosotros que pensamos en la felicidad como
ascensión/ tenemos la sensación/ que casi nos sobresalta/ de
la felicidad en la caducidad".
Es el descubrimiento de un saber humano que es sabiduría de las cosas
del mundo, de la metamorfosis. En los "Sonetos a Orfeo", Rilke replica: "quieres
la mutación, quieres la metamorfosis; quien proyecta en el espacio terreno
ama la figura en el punto del cambio" Creo que es un verso estupendo para una
reflexión también sobre la arquitectura.
P: Esta sería tu "metamorfosis", el transformarse de la
figura...
R: Cierto, como dice Rilke en el verso anterior, o cuando dirigiéndose
a Hans Carrosa escribe estos versos: "También aquello que
se ha perdido es nuestro, y también aquello que se ha olvidado/
tiene todavía forma en el reino permanente de la metamorfosis./
Lo que se ha abandonado nos circunda: y nosotros somos, algunas
veces, el centro/ de uno de los círculos que traen alrededor
nuestro la figura que salva". Esta "figura" es la figura misma
del mutamiento, del cambio, de este punto de cambio.
Entonces, este saber es al mismo tiempo epistemología y una teoría
de la caducidad.
P: Esta propuesta de un "nuevo saber", de un saber de la caducidad, ¿no
puede revelarse, tal vez, como una nueva forma de utopía?
R: Digamos que no tengo grandes angustias en reconocer una dimensión
utópica en el pensamiento humano. Diría que la diferencia
respecto a las aburridas utopías de siempre (es decir, las
utopías que construyen, sancionan y dan códigos,
leyes, cánones), es que esta es una "utopía de la
felicidad", es un tema que recorre, como una lámina sutil,
todas estas construcciones. Esta dimensión es siempre constante
en lo que yo hago, y tiene una cierta profundidad, ya que en ella
se encuentra lo que sentimos en el momento en que encontramos esta "figura",
en el momento en que uno proyecta "en el espacio terreno" y aparece
el punto de cambio, y comienza entonces un nuevo proceso. Esta
dimensión de felicidad puede ser también "utópica".
Es utópica en el sentido de que uno no puede estar seguro
de ella, no en el caso de considerarla como un lugar de pacificación,
o bien un lugar de terrorífico orden, como en aquellas terribles
utopías desde Platón o Campanella o Fourier, lugares
de concentración y carcelarios por excelencia.
P: Tal vez esta flexibilidad la hace más efectiva como
forma de trabajar y de hacer reaccionar las cosas...
R: Sí, creo que sí, porque en realidad es siempre
este hilo el que atraviesa las cosas que se han hecho fragmentos,
pero también es la percepción que logra unirlas y
nos permite recorrerlas; nos da la posibilidad de re-experimentar
las cosas que estan a nuestro lado.
Para volver a una metáfora de tipo arquitectónico, nos permiten "habitar" en
esta zona de conflicto. No estar en un lugar abstracto del mundo (en el templo
heideggeriano del habitar poéticamente) sino en la zona donde la mutación
misma, siendo nuestro horizonte, se vuelve el lugar del descubrimiento, de
la invención, y de las percepciones de la felicidad en la caducidad.
P: El camino crítico presentado en Il silenzio e le parole
se relaciona implícitamente y en forma compleja con otros
trabajos del departamento, como La esfera y el laberinto de Tafuri,
Dallo Steinhof de Cacciari, o las muestras de dibujos y acuarelas
de Scolari, donde paisajes por vos descriptos encuentran una representación
figurativa. ¿Esta producción teórica fue desarrollada
como respuesta a un momento de confrontación y tensión
en el debate interno del Departamento?
R: Digamos que el Departamento de Historia no es un lugar donde
se desarrolla pragmáticamente una construcción de
cosas que encuentran poco a poco esta escansión unitaria,
esta confrontación. Quien trabaja aquí, por las preguntas
mismas que hacen los estudiantes y por la relación que se
establece con el saber, se encuentra frente a problemáticas
que terminan por construir un espacio que tiene una geografía
diversificada, como son diversificadas las investigaciones.
Pero son una geografía y una fisonomía reconocibles.
Diría que con respecto a esta situación, existe hoy un cierto
alejamiento de Cacciari en sus últimos trabajos. Esto, sin embargo,
no se verifica través de algún tipo de debate interno. Es decir
que en el Departamento no existe un "proyecto" que se pueda verificar de a
poco, sino problemas que tienden a resurgir, grandes problemáticas que
se refieren a la Historia; aquellas que luego llevan a ciertas posturas, a
relaciones con el saber y que comprometen también su transmisión:
la dimensión didáctica (y esta es para mí la cosa más
exaltante) en momentos en que se recorren nuevos senderos. No se transmite
sólo un saber ya adquirido sino que se buscan caminos, y tal vez se
descubre algo trabajando juntos, en las aulas, con los estudiantes.
P: El hecho de que no existe una programación o un lugar
institucional en donde se desarrolla el debate, no es desconfianza
hacia la Universidad, sino un modo de estudiar, donde la confrontación
se verifica a través de la publicación de las investigaciones...
R: Sí. Probablemente esta falta de programación
por un lado ha impedido que se produjera un trabajo unitario, una
revista, un órgano de grupo, pero ha estimulado, en alguna
medida, a una mayor libertad. Aquí se enfrentan problemas
unitarios y posiciones muy diversificadas, que luego constituyen
interrogantes que vienen recíprocamente de nosotros mismos,
de la gente que trabaja en el Departamento, y de los lugares más
diversos externos a la facultad. Todo esto impone un continuo re-examen,
una constante recomposición y descomposición de las
propias posturas y de los propios códigos mentales. Tal
vez, la programación de un organismo institucional, con
proyectos verificados paulatinamente, hubiera inevitablemente uniformado
estas voces y producido algunos descubrimientos importantes, pero
también hubiera impedido esta continua curiosidad, este
destierro de alguno de nosotros a otros territorios, en peripecias
y desbordes que se vuelven, finalmente, patrimonio y tradición
común.
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