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Graciela Silvestri
Un sublime atardecer
El comercio simbólico entre arquitectos y filósofos
El artículo ha sido publicado en Punto de Vista 74, diciembre de 2002 .
I. La conversación
“Nada hay mejor que New York …nunca se hará algo mejor
que esta ciudad, que esta arquitectura, que al mismo tiempo es
un apocalipsis. Yo amo esta figura completamente ambigua, a la
vez catastrófica y sublime de la ciudad, porque ha cobrado
una fuerza casi hierática”.
La frase pertenece al libro Los objetos singulares, que recoge las conversaciones
de Jean Baudrillard con Jean Nouvel -uno de los principales arquitectos franceses
prsentes en la escena internacional-, edición de una de las tantas conversaciones
entre arquitectos y filósofos que tuvieron lugar en el último
cuarto de siglo. (1) A lo largo del texto se visitan todos los lugares comunes
del campo actual de la arquitectura, por lo que bien podría considerarse
un estado de la cuestión disponible para todo lector culto. También
se reproducen en condensada geografía muchos de los tópicos del
posestructuralismo francés en versión internacional.
La atención sobre el libro se concentró, obviamente, en las metáforas
dedicadas a las torres gemelas, “dos bandas perforadas… que se clonan una de
la otra”, anunciando, según Baudrillard, una “época hiperreal”:
ellas, y otros “monstruos” modernos -los “objetos singulares” del título-,
provocan el desgrane de innumerables metáforas similares: la radicalidad
del vacío, el vértigo, el terror del vidrio, el fin del mundo.
El texto adquiere así un tono hiperbólico que remite a lo sublime
romántico: la apelación a lo inmenso, lo repetitivo, lo insondable,
silencioso, trágico; el umbral del caos.
Sabemos que esta categoría romántica definió los destinos
del arte moderno. Fue este giro el que primero eliminó de la novel estética
otras manifestaciones del gusto, para después desterrar del arte la
mera belleza o el goce terreno. Fue este giro, además, el que estableció una
relación concreta entre arte y filosofía, en tanto en el arte
se manifestaría lo absoluto, la verdad en sentido enfático. Así,
leído el texto después del 11 de setiembre, todo en él
pareció anticipatorio; en especial los párrafos en que Baudrillard
llama a preservar la idea del Apocalipsis como la misión del intelectual.
La acción terrorista, tan “monstruosa y singular” como las propias torres
aniquiladas, pareció cumplir este destino.
Lo primero que extrañaría a un lego es el entusiasmo del arquitecto
por tales inflexiones del discurso filosófico. ¿Acaso la arquitectura
no es una disciplina constructiva por naturaleza? Pero Nouvel no sólo
cita como buen alumno las palabras de Baudrillard, de Virilio (arquitecto también él),
de Derrida, sino que las ilustra sin mediaciones en su obra. Ofrece como ejemplo
reiterado su proyecto para la Tete Defense de París, que obtuvo el segundo
premio en el concurso de 1992 para luego, sin aparentes contradicciones, ser
edificado en Tokio. Cuenta cómo intentaba poner en evidencia y criticar,
en la obra, el sistema perspectívico albertiano, cuadriculando el horizonte
con una trama tridimensional transparente, orientada hacia el ocaso (en Tokio
se pone un sol artificial). En esta obra se encuentran claves importantes del
trabajo arquitectónico de estos diez ultimos años: la exhibición,
o deconstrucción, o contestación radical de los propios instrumentos
de formatividad arquitectónicos, su lenguaje.
La voluntad de ilustrar los límites del pensamiento filosófico
puede hallarse tanto en el repertorio del deconstructivismo arquitectónico
(el nombre es elocuente), en el repertorio “minimalista”, y en el lenguaje
de los jóvenes nacidos con el ordenador, que emulan cintas de Moebius,
topologías “no euclideanas”, “estructuras líquidas”. Para todos,
en fin, el desafío consiste en sobrepasar el destino moderno, ejemplificado
en el sistema perspectívico, la abstracción cartesiana o la normativa
geométrica de Monge –colocados en dulce montón. De manera que,
a diferencia de las vertientes expresionistas u orgánicas que contestaban
la “razón occidental” desde el “alma” o desde la “naturaleza”, las tendencias
de los últimos veinte años adhirieron sobre todo al programa
derridiano de abordar el lenguaje -palabra trasladada metafóricamente
a las artes visuales- a través de precisos instrumentos científicos
y técnicos que les permitirían “designar rigurosamente la pertenencia
a la máquina que ellos permiten construir”.(2)
En el ejemplo de Nouvel esta asunción es literal; en otros casos se
intenta dar el paso que sobrepasaría la tradición, mostrando
otra dimensión de constructividad (las “amorfas” geometrías semejantes
a papas, aerolitos, flujos magmáticos, realizadas por Greg Lynn, Neetlje
Jans o Asymptote). Alegres o desconsolados, todos asumen un destino final indicado
previamente por esta constelación de ideas.
No necesito decir que en todos los casos se trata de apariencias: la arquitectura
no puede evitar la constructividad; el uso de la geometría euclideana
en el proyecto o la gravedad que rige el espacio sublunar; los cálculos
precisos y los ingentes capitales para ser construída. Pero en la apariencia,
hoy, parece jugarse el arte.
2. Contra la categoría de posmoderno
Pero para ahondar los sentidos variados de esta conversación,
habría que colocarla en línea con las paradojas que
instaló en el debate arquitectónico la noción
de posmodernismo. La situación en arquitectura parece bastante
alejada de las definiciones canónicas del arte “posmoderno”:
lejana de una aceptación gozoza de lo pequeño, espontáneo,
inmediatamente comprensible, popular, banal o indistinto. Se trata
en todos los casos de una arquitectura intelectual y no sentimental-inmediata,
que trabaja en una desconsolada extenuación del lenguaje
moderno, una operación similar a la que el “manierismo” inició sobre
el sistema clásico.(3) Esta labor interminable incluye,
en el imaginario del arquitecto, la posibilidad de la ruptura radical,
que trastornaría de una vez por todas los corolarios del “movimiento
moderno”: cada pocos años algunos se arrogan la efectividad
del hallazgo, desplazando lo inmediatamente anterior. Un gesto
de desestimar el presente en función de un pasado arcaico
o de una narración del futuro que es plenamente moderno.
Al mismo tiempo, la arquitectura ha reforzado su autonomía disciplinar.
La destrucción de las fronteras artísticas o institucionales,
la otra piedra de toque en el discurso pro o anti posmoderno, había
sido llevada al límite en la década del sesenta, en plena expansión
del modernismo, ya fuera a través del mito “interdisciplinario” que
conllevaba la planificación; de Disneylandia o de las comunidades primitivas
como modelos populistas; o de la acción política directa reemplazando
la labor técnica, en espera de la inminente revolución. Como
reacción, se apeló a la autonomía: ella fue una de las
banderas clave en el giro de las principales poéticas arquitectónicas
que algunos llamaron “posmodernas”.
No es secundario recordar que el manifiesto posmoderno se verificó inicialmente
en arquitectura: Charles Jencks declaró la muerte del modernismo con
la implosión del conjunto habitacional Pruitt Igoe de Minoru Yamasaki
(el autor de las Gemelas), antes de que Lyotard divulgara la categoría.
En los medios críticos europeos, el reduccionismo de Jencks fue inmediatamente
constestado: esta “feliz invención de las casas editoriales” homogeneizaba
el pasado, creyendo en la existencia monolítica de un movimiento moderno,
y así constituía una nueva narración que anunciaba, en
todo caso, que la era de los grandes relatos estaba lejos de extinguirse. La
deconstrucción del relato moderno, por entonces, estaba en manos de
la nueva izquierda europea, abierta a múltiples referencias, que iban
desde el joven Marx hasta Nietzche.
No es posible resumir aquí las múltiples valencias de este momento
que resultó fundante en los caminos de la arquitectura finisecular.
Algunas posiciones en su momento escandalosas, como la de los argentinos-neoyorquinos
Agrest y Gandelsonas, dieron lugar a asunciones permanentes: con ímpetu
adorniano plantearon la existencia de una arquitectura con minúsculas,
la arquitectura profesional, y una Arquitectura con mayúsculas, la que
realmente contaba, que se resolvía sólo en proyecto, jamás
en contrucción material. Para ellos, salvar la especificidad de la disciplina
implicaba diferenciar la tradición intelectual de la arquitectura de
la práctica profesional, técnica y normativa, reeditando así el
lugar de la arquitectura como arte en tanto resistencia al presente mercantil.
Esta duplicidad radical llevó con los años a las investigaciones
arquitectónicas que hoy se desarrollan en las escuelas más reputadas
(Columbia en USA, la Architectural Association de Londres), libradas deliberadamente
de cualquier interdicción material por fuera de la representación.
Escuelas que, debe aclararse, constituyen las usinas más importantes
de invención en la arquitectura actual.
En otros casos, la crítica al relato moderno adoptó los caminos
de la memoria (el caso de Aldo Rossi es ejemplar) y también, en versiones
irónicas y distantes, del mercado, en versiones que fueron desde el
populismo de Robert Venturi hasta el cinismo de Rem Koolhaas, siempre protestando
contra la imposición fáustica o la voluntad de tabula rasa de
los arquitectos de la inmediata posguerra. Se trataba de discursos eminentemente
intelectuales, fraguados en una relación íntima entre historiadores,
filósofos, literatos y arquitectos.
El contraste más notable entre aquellas propuests iniciales y las de
hoy radica en que entonces se era consciente de la apuesta política
que se realizaba, en el marco de la apertura de la nueva izquierda. Los referentes
italianos, los más prestigiosos entonces y sin duda los que desarrollaron
propuestas de mayor interés, pertenecían al área comunista
crítica, y se habían formado en experiencias comunes, publicando
en emprendimientos editoriales como Classe Operaia, Quaderni Rossi o Contropiano,
a fines de los años sesenta.
El devenir en estos treinta años de algunas trayectorias de protagonistas
de entonces, como la de Massimo Cacciari, puede ofrecer claves del estado actual
de las cosas. Massimo Cacciari, como afirmaba Rella ya en 1982, sostenía
en una mano a la Técnica y en la otra a Dios: finalmente, fue para él
más importante, en su actividad de crítico, la línea Nietzche-Heidegger,
mientras su pasado progresista se expresó en su trabajo como alcalde
de Venecia. Desde la mano de la Técnica, Cacciari empujaba el cumplimiento
del Destino: la técnica consume el tiempo y en esta tarea, abandonada
sin resistencias a lo que es, acelera su final. Aquello que quedaba fuera de
cualquier eficacia -buscado en indicios débiles, indecibles- pertenecía
a otro mundo: el del arte.
Tal radical escisión, que emergía también en otras posiciones,
como la ya ilustrada de Gandelsonas-Agrest, tuvo consecuencias importantes
en la filosofía de los arquitectos que iniciaron la crítica de
sus propios instrumentos en sede político-intelectual, para luego, arrinconados
entre las desiluciones de la izquierda y la brutalidad de las nuevas condiciones
globales, atrincherarse en una versión de la Arquitectura casi decimonónica
(apariencia, autor-genio, autonomía, efectos sublimes de la obra única).
La situación de la arquitectura actual puede estudiarse por cierto desde
otro ángulo, retirándose de la discusión sobre poéticas
y lenguajes específicos, para reinsertar las obras en un sistema de
relaciones socioeconómicas más amplio. No es necesaria gran perspicacia
para reconocer que filósofos y arquitectos conformaron una red que aseguró el éxito
de las operaciones constructivo-financieras en las ciudades colocadas en el
circuito global. Tampoco para declamar que el autor se convirtió en
una marca similar a la de Armani -muchos estudios poseen una división
publicitaria ad-hoc-, operando en el estrecho espacio que le permite la complejidad
técnica, financiera y burocrática del problema urbano. La lógica
mercantil, en fin, integra directamente, como en el resto de las actividades
artisticas, su proceso de ideación, para garantizar si no el estrellato
buscado, al menos el trabajo -ningún artista existe hoy sin hacer lobby
invirtiendo en ello gran parte de su talento. De las transformaciones posmodernas,
en fin, en el sentido de eliminar las fronteras entre la esfera económica
y la artística, darían cuenta la transformación de los
medios de publicidad de la arquitectura, las revistas y publicaciones especializadas:
de las austeras fotos en blanco y negro, con abundantes textos escritos, que
los conformaban hace no más de treinta años, se pasó al
despliegue del papel ilustración con fotos de colores brillantes, simulaciones
hiperrealistas logradas por el ordenador, breves textos editados con divertidas
tipografías sin relación sustancial con el contenido; pero palabras
seductoras, que aluden al alambicado discurso filosófico o científico
propuesto para cada obra.
Claro que en la arquitectura esta situación de articulación con
el poder siempre fue explícita, desde que no es posible construir por
fuera de las redes concretas de producción, con grandes movimientos
de capitales y/o apoyo estatal. Su actividad siempre fue productiva en el sentido
canónico de Marx, y por esto muchos la separaron del arte autónomo
en su definición moderna. En todo caso, estas condiciones históricas
se encuentran hoy desarrolladas con inusual intensidad.
Tales constataciones sociológicas dicen mucho y a la vez nada: compartidas
por todas las disciplinas artísticas, parecen intercambiables en la
medida en que cualquier estilo, cualquier poética, terminaría
engullida por el “sistema”. El mismo juicio le alcanzaría a un cuadro
de Kandinsky y al perrito de ligustro que custodia el Guggenheim de Bilbao.
No habría en la forma ningún tipo de verdad.
Sin embargo, todavía es posible interrogar las opciones formales en
función de las lógicas diferenciales de cada campo, y en cada
caso concreto se encontrarán huellas bien diversas de la época.
Por ejemplo, quienes como Fredric Jameson trabajaron sobre el posmodernismo
con acentos críticos, abordaron para ejemplificarlo una arquitectura
profesional y desproblematizada que siempre existió. Para los arquitectos,
es bien claro que el hall de un hotel de Los Angeles no es necesariamente arquitectura,
de la misma manera que para un artista plástico no es necesariamente
arte un cartel publicitario. No voy a entrar aquí en una discusión
que nos llevaría a la eterna pregunta acerca de lo que es o no arte:
solo advierto que ignorar este debate falsea desde el vamos las conclusiones
de la investigación sociológica.
Tomando seriamente la evidencia de la obra -no ella sola sino también
el mismo entramado histórico, particular en cada caso, que la funda-
puede recorrerse el proceso de formatividad del objeto, y la trama en que se
difunde, sin perder de vista que la obra nunca se reduce sólo a él.
Emergen así cuestiones en las que los estudios sociológicos apenas
repararon. Por ejemplo, la importancia determinante que posee el programa en
la conformación arquitectónica. El programa predetermina el material
con el que el arquitecto trabaja, y en consecuencia establece límites
claros para la forma. Es el momento clave de traducción de requerimientos
sociales y políticos amplios en un destino preciso para el futuro objeto
o sector ambiental. Ahora bien: lo que resulta revelador y paradójico
al mismo tiempo, es que los mejores trabajos de los arquitectos actuales se
despliegan en programas representativos y por ende, públicos. Museos
y centros culturales, sedes de gobierno, piezas urbanas llamadas a determinar
el carácter de la ciudad, pabellones de exposición, parques temáticos:
en vano buscaremos publicados trabajos sistemáticos de interés
sobre tipologías de habitación masiva, modelos de intervención
ambiental o urbana, tipologías o técnicas de construcción
de infraestructuras estables o móviles. Estos aspectos fueron entregados
al urbanismo, a la ingeniería, al housing: saberes específicos
y altamente especializados. No es que el arquitecto de hoy no utilice los materiales
que constituyen la nueva revolución técnica o no atienda a las
condiciones concretas del encargo. Los utilizan sin que esto sea determinante
en la producción de la forma: lo determinante es la analogía
con el discurso filosófico, que apunta a problemas ontológicos.
Quienes hablan del ocaso de lo público analizando un centro comercial
norteamericano eluden el desafío que significa pensar cómo, de
manera paradójica, la mejor arquitectura de los noventa se expresó en
programas públicos. Claro que podemos decir que la esfera pública
murió en el siglo V aC, o en la breve vida de la ciudad comunal italiana,
o en el siglo XVIII: pero esto nos cerraría por completo las puertas
para pensar en la escala actual del mundo. Nuevamente, nos encontraríamos
en las puertas del Apocalipsis, sin poder diferenciar las apuestas radicalmente
distintas de, por nombrar tres modelos de estrategias urbanísticas últimas,
Barcelona, Berlín, y Buenos Aires. No se abandonó la sustancia
pública: si comparamos con las propuestas radicales de entreguerras
en el siglo XX, se abandonó la necesidad de redefinir los programas
arquitectónicos en un sentido social y político, de cubrir las
necesidades básicas de la mayoría y transformar la vida de manera
que se consideraba progresista.
Otra paradoja nos espera si tratamos de identificar los inicios de esta sensibilidad.
Si debemos establecer un momento en el que las certezas vanguardistas fueron
puestas en jaque, debemos retroceder a la segunda posguerra: cuando, por un
lado, el arquitecto descubrió que los valores simbólicos establecidos
en larguísimos períodos no podían ser abolidos de un plumazo,
porque constituían un aspecto central de la mecánica social;y
paralelamente se iniciaron las críticas a su voluntad fáustica,
resultando la arquitectura metáfora de órdenes terribles vinculados
con la luminosa razón, tan ominosamente luminosa después del
hongo atómico. No resulta extraño que los repertorios actuales
evoquen cercanamente las obras de aquel período: las “nuevas geometrías” del
pabellón Philips de Le Corbusier-Xenakis; las fragmentaciones expresionistas
de Scharoun en la Sinfónica de Berlin; el silencio “minimalista” de
las torres de Mies van der Rohe. Por oposición, la voluntad de repensar
las condiciones de vida de la mayoría expresada eminentemente en el
programa vivienda encontró su último episodio brillante en ocasión
de la expo-IBA de Berlín, de 1983.
Con desvíos y perplejidades, la arquitectura fue centrándose
exclusivamente en uno sólo de los aspectos que definen su acción,
aquel que las vanguardias más radicales habían desestimado: el
comercio simbólico que en términos clásicos se llamaba
belleza, y que luego fue sucesivamente reemplazado por palabras tales como
lenguaje, forma simbólica, imagen, etc. La práctica de los arquitectos-estrella
de hoy se resume en establecer una imagen poderosa y distintiva del poder isntitucional
o político que ellos mismo dicen querer abolir.
3. Arte y filosofía
Volvamos al núcleo que, a mi entender, define ideológicamente
la arquitectura de hoy: la relación fundante entre los genéricos
postulados de una constelación filosófica y el deliberado
abandono, por parte del discurso arquitectónico, de la necesidad
de manejar con igual creatividad y potencia otros aspectos decisivos
en su trabajo. Este abandono no es irreflexivo y jamás pudo
ser absoluto; pero constituye una apuesta política que pocos
advierten. Los arquitectos se desplazan en un mundo planteado de
manera drásticamente dual, ya que todo intento de articulación
con el presente, como no sea en los términos cínicos
de Koolhaas o de Zaera Polo, resultaría un “mero consuelo”.
Son al mismo tiempo los más eficaces en la inserción
productiva de su trabajo, y los más preocupados por el abismo
de un supuesto destino en el que nunca terminan de caer. Sus proyectos
y obras pretenden la sublimidad de lo póstumo o de lo radicalmente
nuevo, y al mismo tiempo se integran, sin requicios, al repertorio
visual de un público ya educado por un siglo de explosiones
visuales.
De las heterogéneas corrientes de pensamiento posibles, el discurso
arquitectónico de los últimos diez años descansó en
las líneas supérstites del posestructuralismo presentado para
el consumo masivo de la academia norteamericana, donde con gran entusiasmo
fue incorporado como relato maestro en los estudios literarios y culturales.
Pero la arquitectura no se detuvo en cuestiones políticas tales como
el género, el multiculturalismo o la subalternidad, sino que atacó directamente
problemas de densidad ontológica: el tiempo, el espacio, los cuerpos,
la ciencia que funda sus instrumentos específicos.
Precisamente por la autonomía alcanzada, la arquitectura recorrió otros
caminos que los resumidos para sus “artes hermanas”. Algunos críticos
norteamericanos, como Arthur Danto, saludaron con optimismo esta situación. “Con
la llegada de la filosofia al arte -dice Danto- lo visual desapareció:
era tan poco relevante para la esencia del arte como había probado ser
lo bello”. Para que exista hoy arte, agrega, no es necesario siquiera que exista
un objeto: arte es lo que hacen los autoconsiderados artistas y puede ser,
literalmente, cualquier cosa; el arte se ha fundido, por fin, con “la vida”.
La filosofía habría liberado al arte de una pesada carga (desde
entonces, los artistas “fueron libres para hacer arte en cualquier sentido
que desearan, por cualquier propósito que desearan, o sin ningun propósito”).(4)
Compara este mundo ideal con la promesa de Marx en la critica de la economía
política: la realización autónoma del hombre.
Dudo mucho que tal sea la situación actual de las artes visuales: y
por cierto no lo es en arquitectura. Lo “visual” no desapareció, sino
que redobló su importancia. La mayor parte de los arquitectos-estrella
son buscados por el poder público o privado en tanto la retórica
visual constituye un peso ineludible en la economía de las ciudades.
La elocuencia se reinstaló con fuerza, y las analogías se establecen,
hoy, con un mundo que excede lo “meramente humano”. Movidos por el mismo carácter
de los programas políticos, en las dimensiones exigidas, los edificios
elocuentes se apoyan en la grandeza que, bien se sabía, es la clave
de lo sublime: no intentan minimizarla como sus antecesores de los sesenta.
Y además, porque la arquitectura siempre fue un arte altamente abstracto
en sus operaciones de mímesis, las imágenes extrañas no
sólo no violentaron la recepción pública, sino que fueron
acogidas con inmediato entusiasmo.
La carga filosófica se hizo más pesada que nunca, al revés
de lo que Danto previó, y ese peso aparece en íntima vinculación
con lo visual. La obra debe proponer significados que excedan su eficacia utilitaria,
técnica y aún de sensibilidad, y ellos no deben aludir sólo
a cuestiones como la memoria pública, la representación privada,
o el interminable diálogo con su propia tradición histórica,
sino a la presentación de verdades nunca alcanzables -el espíritu
del lugar, la condición del presente, el vacío que antecede a
la creación, la disposición de la materia universal, etc.
Esto convirtió virtualmente a los arquitectos-estrella en filósofos
aficionados, mirados con desconfianza por los filósofos “verdaderos”,
que sin embargo, en muchos casos se apresuraron a ocupar el lugar de máximas
autoridades críticas. Porque en tanto ya no importaba, para juzgar una
obra, el conocimiento de las mecánicas específicas de la construcción
de tal o cual forma, la familiaridad con la historia de esa precisa disciplina,
la resolución de los aspectos concretos de la vida que la obra viene
a enfrentar -meros accidentes- ¿quién más calificado que
un filósofo para separar lo verdadero de lo falso?
Revisemos algunos casos glamorosos de la década del noventa. Algunos,
como Daniel Libeskind, Peter Eisenman, Coophimmelblau, Frank Ghery, aparecen
estrechamente ligados al debate de una década atrás, en la que
la filosofía estableció las coordenadas programáticas
que la arquitectura habría de seguir, y ésta encontró un
camino formal que, abandonando las recurridas citas historicistas, anunciaba
nuevos órdenes. 1989 no sólo será recordado, entre los
arquitectos, por la caída del muro de Berlín: es el año
de una famosa exposición de deconstructivismo arquitectónico
en el MoMA, algunos de cuyos protagonistas constituyen hoy la generación
mayor del star system. Poco más tarde, el concurso del parque de La
Villete, que ganó Bernard Tchumi con un plano de tramas cartesianas
agujereado por folies que la contestaban, es alabado por Jacques Derrida, que
en un brillante ejemplo de prolepsis refrenda en lenguaje filosófico
el proyecto de Tchumi. Que la folie, literalmente locura, sea en arquitectura
un género nada extraño, bien establecido en los parques pintorescos
decimonónicos, no parece quitarle su valor puramente literario a la
idea de que constituye “lo otro”. El ensayo de Derrida se utilizó como
propaganda para el futuro parque temático.
El ejemplo más sofisticado de esta época es el Museo Judío
de Berlín de Daniel Libeskind (arquitecto, músico y posgraduado
en Historia y Filosofía). En la visita al edificio se proyecta un video
en el que se explica, punto por punto, de qué manera cada espacio debe
ser interpretado. La planta es una deconstrucción de la estrella de
David; y alude en diversas estaciones al jardin de rosas bíblico, a
la escalera de Jacob del Antiguo Testamento, a Moisés y Aarón,
la sugerente opera de Schönberg, a Calle de una sola dirección
de Benjamin, a las líneas de la mano, al silencio de la página
en blanco, a la fractura de la historia. La forma es un palimpsesto tan explicado
como la arquitectura parlante de la Ilustración.
Claro que la escalera de los ángeles soñada por Jacob es una
reinterpretación de la escalera de Melnikov en el pabellón soviético
en la exposición de París de 1925. Libeskind, como gran parte
de los arquitectos desde los tempranos 60, es deudor de esa potente corriente
de investigación formal de la arquitectura soviética de vanguardia,
la más revulsiva en la renovación de las bases de la arquitectura
clásica . Aquella experiencia breve constituye una especie de paraíso
perdido de los arquitectos progresistas: lo que pudo ser y no fue, aplastado
por Stalin. Pero esta referencia interna no se comenta jamás, ni se
trabaja a fondo, ya que el discurso formal debe presentarse como nuevo, inspirado
sin mediaciones por ese mix de referencias literarias cultas. Claro que el
mecanismo por el cual Libeskind se vincula con la filosofía, con la
literatura o con la ciencia, no puede ser más que analógico,
que es la manera en que la arquitectura procesa con sus propios instrumentos
notas musicales o palabras.
Penetrando en esta lógica de construcción aparecen otros problemas.
A pesar de que Libeskind declama su disponibilidad respetuosa ante el vacío
que deja la historia judía en Berlín -ominoso vacío que
jamás podrá ser colmado-, este museo destinado a albergar infinidad
de memorias concretas, las expulsa. No sólo porque funcionalmente los
espacios no están pensados para la exposición, sino porque aparecen
tan completos de sentido que clausuran la posibilidad de agregar nada. Como
el museo de Frank Gehry en Bilbao, es monumento más que arquitectura:
se basta a sí mismo, con la presencia del autor-artista que devora,
para decirlo con las remanidas palabras de la filosofia que lo sustenta, lo
otro de si. No existen diferencias en este punto con las últimas producciones
lecorbusieranas (la mano abierta de Chandigar) o wrightianas (el Guggenheim
de New York). Sí con las modalidades respetuosas de intervención
de Franco Albini o Carlo Scarpa en los museos italianos, en donde la intervención
se retira para dejar aparecer tal cuadro o tal estatua. Claro que esto tiene
que ver con la modalidad de curación museística actual: ni Libeskind
ni Ghery sabían, como sabían Albini y Scarpa, qué y cómo
se iba a exponer. En el Guggenheim de Ghery puede haber cuadros, motocicletas
o trajecitos de Armani. El museo actual se hace fuerte en la marca de autor
ante el vacío de la exposición.
Las generaciones más jóvenes de los noventa trataron de separarse
de tal excesiva elocuencia literaria. Algunos se entregaron, guiados por la
misma escuela, a la elocuencia “científica”, como los citados Greg Lynn
o Nettle Jan, que intentaron ingresar con la ayuda del ordenador variables
de otras geometrías, aspirando a replantear también la articulación
espacio-tiempo que tradicionalmente inspiró la tradición moderna.
Claro que de manera confusa: cambio y tiempo parecen la misma cosa; dinámico
y estático, estados antagónicos; armonía significa sólo
poder, y transformación orgánica, olvidando a Darwin, libertad;
el abuso de conceptos fisicomatemáticos como indeterminación
o geometría fractal llevaría a Sokal a un festín. No pasa
desapercibido que el material científico abordado es, en estas literales
alturas por fuera del mundo terreno, tan sublime como las profundidades del
Ser.
Una tercera vía más o menos reconocible ha protestado contra
tal reducción literaria o “científica” de la arquitectura, que
excluye la posibilidad de que el arte cuide el confuso pero potente espacio
de lo que existe por fuera de las alusiones metafóricas. Se trata de
diferentes estrategias no siempre homologables (la voluntad tectónica
de Zumthor o Herzog-de Meuron, el rigor de Pawson o del último Nouvel,
el retome de la ascética tradición japonesa de Shigeru Ban),
pero las distingue cierta severidad, cierto cuidado en los detalles, cierta
voluntad matérica contrapuesta al show de las imaginerías “deconstructivistas”.
Aparece ligado con el arte “intransitivo” de los sesenta (Donald Judd, Robert
Morris, Carl André, Frank Stella: “lo que ves es lo que es”), y por
cierto con la larga tradición miesiana, en su oposición silenciosa
y resistente al consumo visual.
Claro que tal cosa como lo que ves es lo que es, no existe: una rosa es una
rosa y es todo lo que se dijo de ella. Bajo el rótulo de “minimalismo”,
tal corriente resultó una de las más difundidas tendencias de
decoración de interiores sofisticados. Pero además, es esta inflexión
en sus programas más severos la que encantó a filósofos
como Baudrillard o Cacciari: encarnan, por así decirlo, la radicalidad
de la nada.(5) Un ejemplo reciente, el monolito de Jean Nouvel para la exposición
suiza en Murten, enorme cubo de 34 m de lado recubierto de una malla de acero
oxidado y anclado en un lago, pareciera un manifiesto de aquellos contundentes
objetos singulares -arquitecturas hechas a partir de “reglas simples, sanas,
salvajes y radicales”- que pide Baudrillard. Claro que el monolito está tejido
con estos discursos tanto como con los modernos materiales y técnicas,
porque es un objeto de arquitectura y no un monolito de la isla de Pascua.
Y no deja de llamar la atención que la alternativa que hoy intenta desandar
la experiencia de la arquitectura parlante de los primeros noventa no pueda
menos que elegir, una vez más, lo austero y masculino en sus metáforas
visuales. El cubo de Nouvel es más clásicamente sublime que el
dinosaurio de Gehry: ofrece, otra vez, la palabra sustancial de la Selva Negra
a través de nuevas metáforas.
Por caminos tortuosos, pero bien identificables, la arquitectura vuelve una
vez más a Heidegger. La filosofía posterior se encargó de
alterar las metáforas que evidenciaba con demasiada obviedad su vinculación
con el pasado nazi, pero el aire de consumación catastrófica
de los tiempos, que tal vez nunca se resuelva ya que no depende de voluntades
humanas sino de la revelación del Ser (distinto, claro, de los entes);
el desprecio por la extensión democrática de la cultura, o por
los accidentes de la historia; y la puesta en forma de tales discursos que,
como planteaba Bourdieu en un temprano trabajo, oculta los elementos rechazados,
señala el núcleo desplegado.(6)
El ensayismo fragmentario en el que la articulación entre posestructuralismo
francés, de cuño lingüístico, y filosofía
heideggeriana, se tradujo en divulgaciones europeas y norteamericanas, contribuye
a la seducción que ejerce sobre la arquitectura, históricamente ávida
de metáforas -porque a partir de las metáforas y no de los argumentos
opera en su capacidad simbólica. Los tópicos en que insiste Baudrillard
en el 2000 (la utopía del fin del mundo; el desprecio por la cultura
democrática, ilustrada, evitando toda reconciliación posible;
la homogeneización del ciclo “moderno” referido a tiempos larguísimos,
de Aristóteles en más; la irrupción misteriosa de “lo
nuevo”, vinculada con la catástrofe), no se mueven de esta esfera.
Dijimos que el punto de quiebre inicial debería indagarse en la segunda
posguerra: y todo el recorrido de la arquitectura de la segunda mitad del siglo
veinte está marcado, como otra paradoja más en este campo autoconsiderado,
aun, progresista, por Heidegger. De los sugerentes escritos breves de posguerra
se detaca el llamado a los arquitectos en la difundida conferencia de 1951:
Construir, habitar, pensar. El problema, decía entonces Heidegger con
provocación vanguardista, no radica en la mera falta de vivienda, sino
en que ya no sabemos habitar. De un plumazo solemne desautorizó el entusiasmo
social y científico-técnico del urbanismo de entonces y trasmutó los
problemas en cuestiones sagradas. Construir es habitar, habitar es la manera
en que los mortales estan sobre la tierra, permitiendo que el ser se depliegue,
cuidandolo, cultivandolo, admitiendo su aparición en la comprensión
de la cuadratura tierrra y cielo, divinos y mortales. Sólo se habita
poéticamente, afirmó Heidegger: y los arquitectos encontraron
en esto una reparación para las búsquedas artísticas que
parecían canceladas por la técnica.
En aquella breve conferencia, Heidegger retomó temas trabajados en la
década del treinta, convenientemente remozados, como el llamado de la
tierra en El origen de la obra de arte -la tierra como morada, y el habitar
en la intimidad con el origen.(7) Pero de haber consistido sólo estos
artículos en una elíptica llamada a las raíces no hubieran
causado la fascinación que causaron -que causan- en el campo arquitectónico.
Se trata de la seducción oscura de una palabra poética trasladada
a sede filosófica, ambigua y resistente a la argumentación, descansando
en metáforas que remiten a arquitecturas: puentes, casas, chimeneas,
caminos.
La clave de la inversión que se operó en estos años no
radica en la llamada a la tierra ni en las versiones sobre la autenticidad,
sino en las implicancias de la noción misma de habitar que se erigía
en contra de un concepto básico del repertorio moderno, pocos años
atrás teorizado por su principal publicista, Sigfried Giedion: la noción
de espacio. Con este ataque elíptico al ala triunfante de las voluntades
modernas, Heidegger desautorizaba de paso las vertientes políticas y
técnicas de la arquitectura de preguerras, los Siedlungen de la Frankfurt
socialdemócrata contruídos para quienes carecían de casa,
de sustento y de lugar; las casas comunas soviéticas que afrontaban
la transformación de la familia burguesa y el cambio de status de la
mujer, los Höffe rojos vieneses que resitieron a la invasión nazi;
la voluntad de mejorar la vida cotidiana con redes sanitarias y trasnporte
público; la oposición, en fin, a las jerarquías establecidas.
Elfridge volvió a cocinar y Heidegger a pensar en su cabaña de
la Selva Negra, aunque los arquitectos rechazaron el reloj cucu.
La recepción de estos artículos está mediada por el pensamiento
francés -que guardó fielmente la doble vía de la razón
implacable y de la fascinación por misterios insondables. Así,
mientras en la década del 60 los arquitectos adoptaron la versión
antropológica o existencial del impacto heideggeriano, lentamente se
desplegaron otros porblemas, eminentemente el del lenguaje traducido, en arquitectura,
en la crítica a sus instrumentos geométricos tradicionales. La
marca actual de Heidegger permanece, para usar la metáfora de Bourdieu,
como la cara oculta en el follaje.
En este punto cabe preguntarse sobre los motivos de la extraña relación
entre discursos de tal grado de abstracción como para cargarse, digamos,
dos mil quinientos años en una frase; cuyo objetivo se develó cada
vez más desconsolado en las sucesivas lecturas; cuya condena a lo moderno
se estableció inequivocamente en el nucleo técnico-proyectivo;
cuyo desprecio por las condiciones reales de vida de las personas no podía
ser más obvio; y una disciplina que nunca pudo desligarse de las valencias
técnicas, utilitarias y aún placenteras presentes en su definición
como tal. Actividad que finalmente, como fuera notado por Alberti, resultaba
siempre eminentemente política: trabajó siempre desde la ciudad,
que desde la mítica época ateniense fue el lugar de destrucción
de la familia, de las jerarquías, de la conformidad con el lugar. Es
que el enmascaramiento del arte con congelados gestos de visionario lo guia
a una región portentosa que se consume con más deleite que la
supuesta pequeñez, banalidad e inmediatez “posmoderna”.
Lo Sublime actual transporta significados poco evidentes: opone a la mercadocracia
una sustancialidad que reedita con mayor énfasis el relato que tantos
se afanaron en deconstruir: el relato del genio y de la originalidad; el relato
de la obra única cuya fuerza consiste en instalarse, al principio o
al final de su camino, en un espacio que recusa cualquier elemento tipológico,
ideológico o dogmático (histórico-disciplinar, en fin)
que lo constituye;(8) de la oposición a lo repetitivo, a lo masivo,
o a lo simplemente bello, gracioso o placentero.
Las paradojas parecen constituir el estado actual de las cosas: Baudrillard
critica a la arquitectura actual por pensar demasiado, “tener demasiadas ideas” (está claro
que las ideas las tiene el filósofo). Con esto cierra el círculo
(como antes lo cerraron Cacciari, Vattimo, Derrida): condena cualquiera de
los caminos reflexivos hasta ahora realizados, cuando los arquitectos se convencieron
de que en desestimar los problemas concretos consistía el corazón
de su disciplina. La filosfía actual, y sus derivados, invita a los
arquitectos a abrirse a la absoluto novedad que llega no como trabajo, sino
como iluminación.
Por cierto, estamos atados a esta historia: el arquitecto actual ya no es la
figura fáustica que confiaba en el progreso técnico, o que suponía
que la revolución podía reemplazarse con saludable arquitectura,
o que respondiendo a la función alcanzaría la belleza -si alguna
vez tales personajes existieron. Lo que aún no se ha perdido, en medio
de tantas transformaciones, es la clave de la forma arquitectónica,
que descansa en la concordancia de lo distinto: materiales que atienden a las
técnicas, materiales que atienden a los usos sociales, materiales que
atienden a la ambigua, confusa pero poderosa zona de la sensibilidad -que antes
permanecía bajo el rótulo de belleza. En la misma producción
de esta forma se devela un trabajo complejo en el que “el autor” carece de
absoluto control.
La forma arquitectónica cumple de manera diferente al resto de las artes
-ya que articula también lo que ellas kantianamente expulsaron, el interés-
la promesa o la ilusión que para Adorno debía guardar la forma
artística (“la síntesis no violenta de lo disperso”): que el
liberarse de la heteronomía de la materia no implicara falta de libertad
para lo distinto, sino un nuevo equilibrio, una nueva dignidad, una utopía
de reconciliación nunca cumplida que recuerde, también, la propia
fragilidad humana.
La apariencia simbólica del objeto engulló toda otra consideración.
En esta apariencia, sólo desplegable en programas públicos cuyo
destino y magnitud requiere una retórica enfática, no pueden
sino estar las huellas de este olvido. Como contracara, los problemas del habitar
concreto se entregaron a burocracias estatales, a grandes estudios profesionales,
o a servicios técnicos que repiten con escasas preguntas y total docilidad
estrategias asentadas. En este aspecto sí se operó un corte importante
con la generación también llamada posmoderna que, con claros
sentidos políticos, abrió la arquitectura a múltiples
reflexiones, no unicamente filosóficas, para escapar del pantano del
international style y del housing masivo.
Hoy le resulta imposible al arquitecto enfrentar, con la misma creatividad
con que inventa nuevas imágenes, programas político-sociales,
como resulta dolorosamente obvio en lugares como los nuestros: imposible pensar
en la vivienda informal o la ausencia de techo, imposible pensar en alternativas
a la forma urbana como no sea el seguimiento estrecho de las leyes del mercado,
imposible enfrentar problemas ecológicos sin esgrimir un discurso fundamentalista
o un discurso high tech. En este sentido, claro que la época hiperrreal
de Baudrillard parece cumplida, en el desprecio de lo concreto y la disolución
en apariencias, cuando lo que se enseña en frases persuasivas y cripticas
es que eso real, la cosa, no es sino un radical vacío. Pero además,
el discurso público de la arquitectura parece agotado cuando debe enfrentar
no hiperboles filosóficas, sino catastrofes reales: nadie sabe qué hacer
en el ground Zero.
Podemos preguntarnos, suponiendo que el monopolio del pensar no lo tiene la
filosofía, si se trata de un destino que carece de solución y
así debe ser vivido como ocaso, o si estamos girando ciegos alrededor
de un pensamiento mágico y sugerente. Pareciera cumplirse hoy la vulgata
hegeliana sobre la muerte del arte asesinado por la palabra filosófica
-que era para Hegel palabra de Estado-, sin la alegría de librarse de
tan pesada carga que Danto supone. La situación, más que hacernos
pensar en la seriedad de estas palabras, nos recuerda su funcionalidad para
estos tiempos. Debiéramos arriesgar la hipótesis de que tal no
es un destino sino una perversa ilusión., que mira como Orson Welles
miraba en El tercer hombre, desde la rueda del parque de diversiones, a las
personas como hormigas.
Esta relación arquitectura-filosofía cumple, en fin, el destino
del “conocimiento sensible” que, al definirse desde fines del XVIII en sede
filosófica, redujo obras y teorías particulares a su horizonte;
una contracara cómoda por carecer de puentes de reforma, puentes políticos,
de la banalidad desplegada por la profesión que enfrenta soluciones
cotidianas. La arquitectura contemporánea que más se publicita
descansa en esta hiperbólica “verdad”: por eso su trabajo de Sisifo
con el lenguaje, por eso su apuesta a lo grandioso munumental, por eso su sublimidad.
La arquitectura, la más concreta de las artes, se ha abandonado al terreno
de la palabra metafísica, lo que inevitablemente da como resultado,
en los ambiciosos programas público-representativos, un despliegue de
la retórica del poder. La lechuza de Minerva ha desplegado sus alas
en este terrible (ah, pero Sublime!) atardecer.
Notas
1. Jean Baudrillard, Jean Nouvel, Los objetos singulares. Arquitectura y filosofía.
Fondo de cultura económica, Buenos Aires, 200. Edición francesa
la Casa de los Escritores y la Escuela de Arquitectura Paris-La Villette, 2000.Parte
de serie de charlas.
2. Jacques Derrida, De la Gramatología, Siglo XXI, Buenos Aires, 1970,
pág. 20.
3. Arthur C. Danto, Después del fin del arte. El arte contemporáneo
y el linde de la historia, Paidós, Barcelona, 1999.
4. Sobre el proceso de promoción de La Vilette, cfr. Robin Evans, The
Projective Cast. Architecture and its Three Geometries, MIT University Press,
1995.
5. Jean Baudrillard, Jean Nouvel, op. cit., pág. 9.
6. Pierre Bourdieu, “La ontología política de Martin Heidegger”,
en Campo de poder y campo intelectual, Folios, Buenos Aires, 1983.
7. Cfr. Luis Rossi, “‘Tierra' e historicidad en El origen de la obra de arte”,
Deus Mortalis 1, Buenos Aires, 2002.
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