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Entrevista a Michel Foucault, de
Paul Rabinow
Espacio, saber y poder
"Space, Knowledge and Power”, entrevista realizada en
1982 y publicada en Paul Rabinow, The Foucault Reader, Nueva York,
1984. Aquí se publica de acuerdo a la versión francesa,
traducida por Pablo Blitstein y Tadeo Lima.
Paul Rabinow: En una entrevista que le ha concedido a los geógrafos
para Hérodote, usted ha dicho que la arquitectura se hace
política a fines del siglo XVIII. Política ya había
sido, a no dudarlo, antes de eso, por ejemplo bajo el Imperio romano.
¿Qué es lo que hace particular al siglo XVIII?
Michel Foucault: Mi formulación era torpe. No quise decir,
entiéndase bien, que la arquitectura no era política
antes del siglo XVIII y que no había llegado a serlo sino
a partir de esa época. Sólo quise decir que, a partir
del siglo XVIII, se ve desarrollarse una reflexión sobre
la arquitectura en tanto que función de los objetivos y de
las técnicas de gobierno de las sociedades. Se ve aparecer
una forma de literatura política que se interroga sobre lo
que debe ser el orden de una sociedad, lo que debe ser una ciudad,
dadas las exigencias del mantenimiento del orden; y dado también
que hay que evitar las epidemias, evitar las revueltas, promover
una vida familiar conveniente y conforme a la moral. En función
de estos objetivos, ¿cómo se debe concebir a la vez
la organización de una ciudad y la construcción de
una infraestructura colectiva? ¿Y cómo se deben construir
las casas? No pretendo decir que este tipo de reflexión no
aparece sino en el siglo XVIII; digo solamente que es en el siglo
XVIII que gana lugar una reflexión profunda y general sobre
estas cuestiones. Si se consulta un informe policial de la época
—los tratados que están consagrados a las técnicas
de gobierno—, se constata que la arquitectura y el urbanismo
ocupan un lugar muy importante. Eso es lo que quise decir.
Entre los Antiguos, en Roma o en Grecia,¿ cuál era
la diferencia?
En lo que concierne a Roma, se ve que el problema gira alrededor
de Vitruvio. A partir del siglo XVI, Vitruvio se vuelve objeto de
una reinterpretación, pero se encuentra en el siglo XVI —y
seguramente también en la Edad Media— un gran número
de consideraciones que se emparentan con las de Vitruvio; y que,
por lo tanto, se las considera al menos como “reflexiones
sobre”. Los tratados consagrados a la política, al
arte de gobernar, a lo que es un buen gobierno no constaban, en
general, de capítulos o de análisis sobre la organización
de las ciudades o sobre la arquitectura. La República de
Jean Bodin no contiene comentarios detallados sobre el rol de la
arquitectura; por el contrario, se encuentra una cantidad de estos
comentarios en los tratados de policía del siglo XVIII.
¿Usted quiere decir que existían técnicas
y prácticas, pero no discursos?
No dije que los discursos sobre la arquitectura no existían
antes del siglo XVIII. Ni que los debates sobre la arquitectura
antes del siglo XVIII estaban despojados de dimensión o de
significación política. Lo que quiero subrayar es
que a partir del siglo XVIII todo tratado que considere la política
como el arte de gobernar a los hombres tiene uno o varios capítulos
sobre el urbanismo, los abastecimientos colectivos, la higiene y
la arquitectura privada. Estos capítulos no se los encuentra
en las obras consagradas al arte de gobernar que produce el siglo
XVI. Este cambio no está tal vez en las reflexiones de los
arquitectos sobre la arquitectura, pero es muy perceptible en las
reflexiones de los hombres políticos.
¿Eso no se correspondía entonces necesariamente
con un cambio en la teoría de la arquitectura misma?
No. No se trataba obligatoriamente de un cambio en el espíriu
de los arquitectos, o en sus técnicas —aunque esto
necesite todavía ser probado—, sino de un cambio en
el espíritu de los hombres políticos, en la elección
y en la forma de atención que dirigen a objetos que comienzan
a concernirles. A lo largo de los siglos XVII y XVIII la arquitectura
deviene uno de estos objetos.
¿Podría usted decirme por qué?
Pienso que está ligado a un cierto número de fenómenos
—por ejemplo el problema de la ciudad y la idea, claramente
formulada al comienzo del siglo XVII, de que el gobierno de un gran
Estado, como Francia, debe, en último lugar, pensar su territorio
según el modelo de la ciudad. La ciudad deja de percibirse
como un lugar privilegiado, como una excepción en un territorio
constituido de campos, de bosques y de rutas. De ahora en más,
las ciudades ya no son islas que escapan al derecho común.
De ahora en adelante, las ciudades, junto con los problemas que
suscitan y las configuraciones particulares que adoptan, sirven
de modelos a una racionalidad gubernamental que se aplicará
al territorio en su conjunto.
Hay toda una serie de utopías o de proyectos de gobierno
del territorio que toman forma a partir de la idea de que el Estado
se asemeja a una gran ciudad; la capital es su plaza mayor, y las
rutas sus calles. Un Estado estará bien organizado a partir
del momento en que un sistema de policía tan estricto y eficaz
como aquel que se aplica a las ciudades se extienda a todo el territorio.
Al principio la noción de policía designaba únicamente
un conjunto de reglamentaciones destinadas a asegurar la tranquilidad
de una ciudad, pero en este momento la policía se vuelve
el tipo mismo de racionalidad para el gobierno de todo el territorio.
El modelo de la ciudad pasa a ser la matriz desde la cual se producen
las reglamentaciones que se aplican al Estado en su conjunto.
La noción de policía, incluso en Francia hoy, es
a menudo mal comprendida. Cuando se le habla a un francés
de la policía, esto no evoca para él más que
gente de uniforme o los servicios secretos. En lo siglos XVII y
XVIII, la “policía” designaba un programa de
racionalidad gubernamental. Se lo puede definir como el proyecto
de crear un sistema de reglamentación de la conducta general
de los individuos en el que todo sería controlado, hasta
el punto en que las cosas se sostendrían por sí mismas
sin que una intervención fuera necesaria. Es la manera tan
típicamente francesa de concebir el ejercicio de la “policía”.
Los ingleses, por su parte, no elaboraron ningún sistema
comparable, y esto por un cierto número de razones: a causa,
de un lado, de la tradición parlamentaria y, del otro, de
una tradición de autonomía local, comunal —por
no mencionar el sistema religioso.
Podemos situar a Napoleón casi exactamente en el punto
de ruptura entre la vieja organización del Estado de policía
en el siglo XVIII (entendido naturalmente en el sentido que evocamos
acá, y no en el sentido de Estado policíaco tal como
lo conocemos hoy) y las formas del Estado moderno, de las que fue
el inventor. En todo caso, parece que en el curso de los siglos
XVIII y XIX se hubiera abierto camino —con bastante rapidez
en lo que concierne al comercio y más lentamente en todos
los demás dominios— la idea de una policía que
lograría penetrar, estimular, reglamentar y tornar casi automáticos
todos los mecanismos de la sociedad.
Es una idea que, desde entonces, se ha abandonado. Se ha invertido
la cuestión, se ha dado vuelta. Uno ya no se pregunta cuál
es la forma de racionalidad gubernamental que llegará a penetrar
el cuerpo político hasta sus elementos más fundamentales.
Sino más bien: ¿cómo es posible el gobierno?
Es decir: ¿qué principio de limitación se debe
aplicar a las acciones gubernamentales para que las cosas adopten
el giro más favorable, para que se adapten a la racionalidad
del gobierno y no necesiten intervención?
Es en este punto que interviene la cuestión del liberalismo.
Me parece que se había vuelto evidente en ese momento que
gobernar mucho era no gobernar en absoluto —era inducir resultados
contrarios a los esperados. Lo que se descubre en esta época
—y se trata de uno de los grandes descubrimientos del pensamiento
político de fines del siglo XVIII— es la idea de sociedad.
A saber, la idea de que el gobierno debe no sólo administrar
un territorio, un dominio y ocuparse de sus sujetos, sino también
tratar con una realidad compleja e independiente, que posee sus
propias leyes y mecanismos de reacción, sus reglamentaciones
así como sus posibilidades de desorden. Esta realidad nueva
es la sociedad. Desde el momento en el que se debe manipular una
sociedad ya no se la puede considerar como completamente penetrable
por la policía. Se vuelve necesario reflexionar sobre ella,
sobre sus características propias, sus constantes y sus variables.
Se opera entonces un cambio en la importancia del espacio. En
el siglo XVIII hay un territorio, y el problema que se presenta
es el de gobernar a los habitantes de ese territorio: se puede citar
el ejemplo de La Métropolitée (1682), de Alexandre
Le Maître —tratado utópico sobre la manera de
construir una capital—, o bien se puede entender la ciudad
como una metáfora, o un símbolo, del territorio y
de la forma de administrarlo. Todo esto es del orden del espacio,
mientras que después de Napoleón la sociedad no está
necesariamente tan espacializada...
Exacto. De un lado, ya no está tan espacializada, y del
otro, sin embargo, se ve aparecer un cierto número de problemas
que son propios del orden del espacio. El espacio urbano posee sus
propios peligros: la enfermedad —la epidemia de cólera,
por ejemplo, que azotó a Europa a partir de 1830 y hasta
alrededor de 1880—; también la revolución, bajo
la forma de revueltas urbanas que en la misma época agitan
toda Europa. Estos problemas de espacio, que tal vez no eran nuevos,
adquieren desde este momento una nueva importancia.
Segundo, los ferrocarriles definieron un nuevo aspecto de las
relaciones entre espacio y poder. Se supuso que establecerían
una red de comunicaciones que ya no se correspondería con
la red tradicional de las rutas, pero debían también
tener en cuenta la naturaleza de la sociedad y de su historia. Lo
que es más, están todos los fenómenos sociales
que engendran los ferrocarriles; se trata de las resistencias que
producen, de las tansformaciones en la población o de los
cambios en la actitud de la gente. Europa ha sido sensible inmediatamente
ha los cambios de actitud que lo ferrocarrilles acarrean. ¿Qué
podría haber pasado, por ejemplo, si se hubiera vuelto posible
casarse entre Bordeaux y Nantes? Algo que antes era impensable.
¿Qué hubiera pasado si los habitantes de Francia y
Alemania hubieran podido encontrarse y aprender a conocerse? La
guerra, ¿hubiera sido posible aún de haber habido
ferrocarriles? En Francia una teoría tomó forma, según
la cual los ferrocarriles iban a favorecer la familiaridad entre
los pueblos, y las nuevas formas de universalidad humana así
producidas volverían la guerra imposible. Pero lo que la
gente no había previsto —aunque el comando militar
alemán, mucho más avisado, haya tenido conciencia
plena de esto—, es que, por el contrario, la invención
del ferrocarril hacía la guerra mucho más fácil.
La tercera innovación, que vino más tarde, fue la
electricidad.
Había entonces problemas en las relaciones entre el ejercicio
del poder político y el espacio del territorio, o el espacio
de la ciudades —relaciones enteramente nuevas.
Era entonces menos que antes una cuestión de arquitectura.
Lo que usted describe son de alguna manera técnicas del espacio...
De hecho, a partir del siglo XIX, los grandes problemas de espacio
son de una naturaleza diferente. Lo que no quiere decir que se olviden
los problemas de orden arquitectónico. En lo que concierne
a los primeros problemas a los que hice referencia —la enfermedad
y los problemas políticos—, la arquitectura tiene un
rol muy importante. Las reflexiones sobre el urbanismo y sobre la
concepción de la vivienda obrera, todas estas cuestiones
son parte de la reflexión sobre la arquitectura.
Pero la arquitectura misma, la École de Beaux Arts, trata
problemas de espacio por completo diferentes.
Es verdad. Con el nacimiento de estas nuevas técenicas
y de estos nuevos problemas económicos, se ve aparecer una
concepción del espacio que ya no se modela sobre la urbanización
del territorio, tal como la considera el Estado de policía,
sino que va mucho más allá de los límites del
urbanismo y de la arquitectura.
Y entonces, la École des Ponts et Chaussés (Escuela
de Puentes y Caminos)...
Sí, la École des Ponts et Chaussés y el rol
capital que ha tenido en la racionalidad política de Francia
forman parte de esto. Los que pensaban el espacio no eran los arquitectos,
sino los ingenieros, los constructores de puentes, de rutas, de
viaductos, de ferrocarriles, así como los “politécnicos”
que controlaban prácticamente los ferrocarriles franceses.
Esta situación ¿es todavía la misma hoy en
día, o bien se asiste a una transformación de las
relaciones entre los técnicos del espacio?
Podemos constatar por supuesto algunos cambios, pero pienso que
hoy en día los principales técnicos del espacio son
todavía los que están a cargo del desarrollo del territorio,
la gente de los Ponts et Chaussés...
¿Entonces los arquitectos ya no son necesariamente los
amos del espacio que eran en otro tiempo, o que ellos creían
ser?
No. Los arquitectos no son ni los técnicos ni los ingenieros
de tres grandes variables: territorio, comunicación y velocidad.
Esas son las cosas que escapan a su dominio.
Algunos proyectos arquitectónicos, pasados o presentes,
¿le parece que representan fuerzas de liberación o
de resistencia?
No que creo que sea posible decir que una cosa es del orden de
la “liberación” y otra del orden de la “opresión”.
Hay un cierto número de cosas que se pueden decir con seguridad
sobre un campo de concentración, en el sentido de que no
es un instrumento de liberación, pero hay que tener en cuenta
el hecho —en general ignorado— de que, si se exceptúa
la trotura y la ejecución, que hacen toda resistencia imposible,
cualquiera sea el terror que pueda inspirar un sistema dado, existen
siempre posibilidades de resistencia, de desobediencia y de constitución
de grupos de oposición.
No creo, por el contrario, en la existencia de algo que sería
funcionalmente —por su verdadera naturaleza—, radicalmente
liberador. La libertad es una práctica. Puede existir siempre,
entonces, de hecho, un cierto numero de proyectos que apuntan a
modificar ciertas presiones, a volverlas más flexibles, o
incluso a quebrarlas, pero ninguno de estos proyectos puede, simplemente
por su naturaleza, garantizar que la gente sea automáticamente
libre; la libertad de los hombres nunca está asegurada por
las instituciones y las leyes que tienen por función garantizarlas.
Es la razón por la que se puede, de hecho, eludir la mayor
parte de estas leyes y de estas instituciones. No porque son ambiguas,
sino porque la “libertad” es lo que se debe ejercer.
¿Hay ejemplos urbanos para esto? ¿O ejemplos que
muestren el éxito de los arquitectos?
Bueno, hasta un cierto punto está Le Corbusier, que se
lo describe hoy día —con una cierta creuldad que encuentro
perfectamente inútil— como una especie de crypto-staliniano.
Le Corbusier, estoy seguro, estaba lleno de buenas intenciones,
y lo que hizo estaba de hecho destinado a producir efectos liberadores.
Es posible que los medios que el proponía hayan sido, a fin
de cuentas, menos liberadores de lo que pensaba, pero, una vez más,
pienso que nunca corresponde a la estructura de las cosas garantizar
el ejercicio de la libertad. La garantía de la libertad es
la libertad.
Usted no considera entonces a Le Corbusier como un ejemplo de
éxito. Usted dice solamente que su intención era liberadora.
¿Puede darnos un ejemplo de éxito?
No. Eso no puede tener éxito. Si se encontrara un lugar
—y tal vez exista— donde la libertad se ejerza efectivamente,
se descubriría que no es gracias a la naturaleza de los objetos,
sino, una vez más, gracias a la práctica de la libertad.
Lo que no quiere decir que después de todo se pueda dejar
a la gente en pocilgas, pensando que no tendrán más
que ejercer sus derechos.
¿Es decir que la arquitectura no puede, por sí misma,
resolver los problemas sociales?
Pienso que la arquitectura puede producir, y produce, efectos
positivos cuando las intenciones liberadoras del arquitecto coinciden
con la práctica real de la gente en el ejercicio de su libertad.
Pero la misma arquitectura, ¿puede servir para objetivos
diferentes?
Absolutamente. Permítame tomar otro ejemplo: el familisterio
de Jean-Baptiste Godin en Guise (1859). La arquitectura de Godin
estaba dirigida explícitamente hacia la libertad. Tenemos
ahí algo que manifestaba la capacidad de trabajadores ordinarios
de participar en el ejercicio de su profesión. Era a la vez
un signo y un instrumento bastante importante de autonomía
para un grupo de trabajadores. Y, sin embargo, nadie podía
entrar en el familisterio, ni salir, sin ser visto por todos los
otros —tenemos acá un aspecto de la arquitectura que
podría ser absolutamente opresivo. Pero podría haber
sido ser opresivo sólo si la gente hubiera estado dispuesta
a utilizar su presencia para vigilar la de los otros. Imaginemos
que se instalara allí una comunidad que se entregase a prácticas
sexuales ilimitadas: se transformaría entonces en un lugar
de libertad. Pienso que es un poco arbitrario intentar disociar
la práctica efectiva de la libertad, la práctica de
relaciones sociales y las distribuciones espaciales. Desde el instante
en que se separan las cosas, se vuelven incomprensibles. Cada una
se entiende solamente a través de la otra .
No falta gente sin embargo, que ha querido inventar proyectos
utópicos con el fin de liberar, o de oprimir, a los hombres.
Los hombres han soñado con máquinas liberadoras,
pero no hay, por definición, máqinas de libertad.
Lo que no quiere decir que el ejerccio de la libertad sea totalmente
insensible a la distribución del espacio, pero eso no puede
funcionar sino donde hay una cierta convergencia; cuando hay divergencia
o distorsión, el efecto producido es inmediatamente contrario
al efecto buscado. Con sus propiedades panópticas, bien habría
podido haberse utilizado Guise como prisión. Nada hubiera
sido más fácil. Es evidente que el familisterio habría
podido servir muy bien de instrumento de disciplina y de grupo de
presión bastante intolerable.
De nuevo, entonces, no es la intención del arquitecto el
factor determinante más fundamental.
Nada es fundamental. Esto es lo interesante en el análisis
de la sociedad. Es la razón por la cual nada me irrita más
que esas cuestiones —por definición, metafísicas—
sobre los fundamentos del poder en una sociedad, o sobre la auto-institución
de la sociedad. No existen fenómenos fundamentales. No hay
más que relaciones recíprocas, y perpetuos desfasajes
entre ellas.
Usted ha hecho de los médicos, de los guardiacárceles,
de los curas, de los jueces y de los psiquiátras las figuras
clave de las configuraciones políticas que implicaban la
dominación. ¿Agregaría usted a los arquitectos
a esta lista?
Usted sabe..., yo no buscaba verdaderamente describir figuras
de dominación cuando hablé de médicos y otros
personajes del mismo tipo, sino describir sobre todo a la gente
a través de la que pasaba el poder, o que son importantes
en el campo de la relaciones de poder. El paciente de un hospital
psiquiátrico está ubicado en el interior de un campo
de relaciones de poder bastante complejas, que Erwin Goffman ha
analizado muy bien. El sacerdote de una iglesia cristiana o católica
(en las iglesias protestantes, las cosas son un poco diferentes)
es un eslabón importante en un conjunto de relaciones de
poder. El arquitecto no es un individuo de esta índole.
Después de todo, el arquitecto no tiene poder sobre mí.
Si quiero demoler o transformar la casa que él ha construido
para mí, instalar nuevos tabiques o agregar una chimenea,
el arquitecto no tiene ningún control. Hace falta entonces
ubicar al arquitecto en otra categoría —lo que no quiere
decir que no tiene nada que ver con la organización, la efectivización
del poder, y todas las técnicas a través de las cuales
se ejerce el poder en una sociedad. Yo diría que hace falta
tenerlo en cuenta tanto a él —a su mentalidad, a su
actitud— como a sus proyectos, si se quiere comprender un
cierto número de técnicas de poder que se ponen en
obra en la arquitectura, pero no es comparable a un médico,
a un sacerdote, a un psiquiatra o a un guardián de prisión.
Recientemente ha surgido un gran interés, en los ámbitos
de la arquitectura, por el “postmodernismo”. Asimismo,
también ha sido un gran problema en filosofía —pienso,
principalmente, en Jean Francois Lyotard y en Jürgen Habermas.
Evidentemente, la evidencia histórica y el lenguaje cumplen
un rol imortante en la episteme moderna. ¿Cómo considera
usted el postmodernismo, tanto desde el punto de vista de la arquitectura
como en lo que concierne a las cuestiones históricas y filosóficas
que suscita?
Pienso que hay una tendencia bastante general y fácil,
contra la que habría que luchar, de hacer de lo que se acaba
de producir el enemigo número uno, como si fuera siempre
la principal forma de opresión de la que debemos liberarnos.
Esta actitud simplista acarrea varias consecuencias peligrosas:
en principio, una inclinación a recuperar formas baratas,
arcaicas o poco imaginarias de felicidad, de las que la gente, de
hecho, no se alegrará en absoluto. Por ejemplo, en el dominio
que me interesa, es muy divertido ver cómo la sexualidad
contemporánea está descripta como algo absolutamente
espantoso. Piense que no es posible hacer el amor hoy en día
sino con la televisión ya apagada! Y en las camas producidas
en serie! “No es como en la época maravillosa en que...”
¿Qué decir, entonces, de esta época fantástica
en que la gente trabajaba dieciocho horas por día y en que
eran seis para compartir una cama, a condición, por supuesto,
de tener la oportunidad de tener una? Hay, en este odio del presente
o del pasado inmediato, una tendencia peligrosa a invocar un pasado
completamente mítico. Después está el problema
suscitado por Habermas: si se abandona la obra de Kant o de Weber,
por ejemplo, se corre el riesgo de caer en la irracionalidad.
Estoy del todo de acuerdo con eso, pero, al mismo tiempo, el problema
con el cual estamos enfrentados hoy en día es bastante diferente.
Pienso que, desde el siglo XVIII, el gran problema de la filosofía
y del pensamiento crítico siempre ha sido —todavía
lo es y espero que siga siéndolo— de responder a esta
pregunta: ¿cuál es esta razón que utilizamos?
¿Cuáles son sus efectos históricos? ¿Cuáles
son sus límites y cuáles son sus peligros? ¿Cómo
podemos existir en tanto seres racionales, felizmente consagrados
a practicar una racionalidad que está infelizmente atravesada
por peligros intrínsecos? Debemos mantenernos lo más
cerca posible de esta pregunta, teniendo presente en el espíritu
que es a la vez central y extremadamente difícil de resolver.
Además, si es extremadamente difícil decir que la
razón es el enemigo que debemos eliminar, también
es peligroso afirmar que toda puesta en cuestionamiento crítico
de esta racionalidad corre el riesgo de hacernos caer en la irracionalidad.
No hay que olvidar —y no digo esto con el fin de criticar
la racionalidad, sino con el fin de mostrar hasta qué punto
las cosas son ambiguas— que el racismo fue formulado sobre
la base de la racionalidad resplandeciente del darwinismo social,
que se convirtió así en uno de los ingredientes más
perdurables y más persitentes del nazismo. Era una irracionalidad,
por supuesto, pero una irracionalidad que, al mismo tiempo, constituía
una cierta forma de racionalidad...
Tal es la situación en la que nos encontramos y que debemos
combatir. Si los intelectuales en general tienen una función,
si el pensamiento crítico mismo tiene una función
y, más precisamente todavía, si la filosofía
tiene una función en el interior del pensamiento crítico,
es precisamente la de aceptar esta especie de espiral, esta especie
de puerta giratoria de la racionalidad que nos devuelve a su necesidad,
a lo que tiene de indispensable, y al mismo tiempo a los peligros
que contiene.
Dicho todo esto, sería exacto precisar que usted le teme
menos al historicismo y al juego de referencias históricas
de lo que les teme alguien como Habermas; y también que,
en el dominio de la arquitectura, los defensores del modernismo
han planteado este problema casi en términos de crisis de
la civilización, afirmando que si nosotros abandonábamos
la arquitectura moderna para hacer un retorno frívolo a la
decoración y a los motivos historicistas, abandonaríamos,
de alguna manera, la civilización. Ciertos defensores del
postmodernismo, por su parte, han pretendido que las referencias
históricas estaban, en sí mismas, dotadas de significación
e iban a protegernos de un mundo sobrerracionalizado.
Esto tal vez no va a responder a su problema, pero diría
esto: hay que tener una desconfianza absoluta y total con respecto
a lo que se presenta como un retorno. Una de las razones de esta
desconfianza es lógica: nunca hay, de hecho, un retorno.
La historia y el interés meticuloso que se consagra a la
historia son sin duda una de las mejores defensas contra este tema
del retorno. Por mi parte, he tratado la historia de la locura o
el estudio de la prisión como lo hice porque sabía
muy bien —y es, de hecho, lo que ha exasperado a una gran
cantidad de gente— que llevaba un análisis histórico
que hacía posible una crítica del presente, pero que
no permitía decir: “Volvamos a esta maravillosa época
del siglo XVIII, cuando los locos...”, o bien: “Volvamos
al tiempo en que la prisión no era uno de los principales
instrumentos...”. No. Pienso que la historia nos preserva
de esta especie de ideología del retorno.
Así entonces, la simple oposición entre razón
e historia es bastante ridícula... Tomar partido por una
o por otra...
Sí. De hecho, el problema de Habermas es, después
de todo, un modo trascendental de pensamiento que se opone a toda
forma de historicismo. Yo soy, en realidad, mucho más historicista
y nietzscheano. No pienso que exista un uso adecuado de la historia,
o un uso adecuado del análisis intrahistórico —que
es, por otra parte, bastante perspicaz—, que pueda precisamente
funcionar contra esta ideología del retorno. Un buen estudio
de la arquitectura campesina en Europa, por ejemplo, mostraría
hasta qué punto es absurdo querer volver a las pequeñas
casas individuales con sus techos de paja. La historia nos protege
del historicismo —de un historicismo que invoca el pasado
para resolver problemas del presente.
Nos recuerda también que siempre hay una historia; que
los modernistas que querían suprimir toda referencia al pasado
cometían un error.
Por supuesto.
Sus dos últimos libros tratan de la sexualidad entre los
griegos y los primeros cristianos. Los problemas que usted aborda,
¿tienen una dimensión arquitectónica particular?
En absoluto. Pero lo que es interesante es que, en la Roma imperial
existían, de hecho, burdeles, barrios de placer, zonas criminales,
etcétera, así como una especie de lugar de placer
casi público: los baños, las termas. Las termas eran
un lugar de placer y de encuentro muy importante que ha desaparecido
progresivamente en Europa. En la Edad Media, las termas eran todavía
un lugar de encuentro entre los hombres y las mujeres, así
como un lugar de encuentro de los hombres entre ellos y de las mujeres
entre ellas —aunque, de esto, se habla raramente. Esto de
lo que se ha hablado, y que se ha condenado pero también
experimentado, eran los encuentros entre hombres y mujeres, que
han desaparecido en el curso de los siglos XVI y XVII.
Pero existen todavía en el mundo árabe.
Sí, pero en Francia es una práctica que en gran
parte ha cesado. Existía todavía en el siglo XIX como
lo testimonia Les Enfants du paradis, cuyas referencias históricas
son exactas. Uno de los personajes, Lacenaire, es —nadie lo
dice nunca— un libertino y un proxeneta que utiliza muchachos
jóvenes para atraer hombres mayores y después hacerlos
cantar; hay una escena que hace referencia a eso. Hacía falta
toda la inocencia y la antihomosexualidad de los surrealistas para
que este hecho fuera silenciado. Los baños siguieron entonces
existiendo como un lugar de encuentros sexuales. Eran una especie
de catedral de placer en el corazón de la ciudad, donde se
podía volver tantas veces como se quisiera, donde se paseaba,
donde uno hacía su elección, se encontraba, escogía
lo que deseaba, comía, bebía, discutía...
El sexo no estaba entonces separado de los otros placeres. Estaba
inscripto en el corazón de las ciudades. Era público,
servía para un fin...
Exactamente. La sexualidad era, evidentemente, un placer social
para los griegos y para los romanos. Lo que es interesante sobre
la homosexualidad masculina de hoy en día —y parecería
que fuera también el caso de la homosexualidad femenina,
desde hace un cierto tiempo— es que las relaciones sexuales
se traducen inmediatamente en relaciones sociales, y que las relaciones
sociales son comprendidas como relaciones sexuales. Para los griegos
y los romanos, de una manera diferente, las relaciones sexuales
se incribían en el interior de las relaciones sociales, en
el sentido más amplio. Las termas eran un lugar de sociabilidad
que incluía las relaciones sexuales.
Se puede comparar directamente las termas y el burdel. El burdel
es de hecho un lugar, y una arquitectura, de placer. Se desarrolla
allí una forma muy interesante de sociabilidad que Alain
Corbin ha estudiado en Les Filles de noce. Los hombres de la ciudad
se encontraban en el burdel; estaban ligados los unos a los otros
por el hecho de que las mismas mujeres habían pasado entre
sus manos y que las mismas enfermedades y las mismas infecciones
los habían afectado. Había una sociabilidad del burdel,
pero la sociabilidad de los baños, tal como existía
entre los antiguos —y de la que podría existir tal
vez una nueva versión hoy en día— era enteramente
diferente de la sociabilidad del burdel.
Sabemos hoy en día muchas cosas sobre la arquitectura dissciplinaria.
¿Qué podemos decir sobre la arquitectura concebida
para la confesión —una arquitectura que estaría
asociada a una tecnología de la confesión?
¿Usted quiere decir la arquitectura? Creo que ha sido estudiado.
Está todo el problema del carácter xenófobo
del monasterio. Es un lugar donde se encuentran reglamentos muy
precisos que conciernen a la vida en común; que conciernen
al sueño, la alimentación, la oración, el lugar
de cada individuo en la institución, las celdas. Todo eso
fue programado enseguida.
En una tecnología de poder, de confesión, por oposición
a una tecnología disciplinaria, el espacio parece cumplir
también un rol capital.
Sí. El espacio es fundamental en toda forma de vida comunitaria;
el espacio es fundamental en todo ejercicio del poder. Sea dicho
entre paréntesis, me acuerdo de haber sido invitado por un
grupo de arquitectos, en 1966, para hacer un estudio del espacio;
se trataba de lo que he llamado, en la época, las “heterotopías”,
esos espacios singulares que se encuentran en ciertos espacios sociales
cuyas funciones son diferentes de las otras, incluso francamente
opuestas. Los arquitectos trabajaban sobre este proyecto y, al final
del estudio, alguien tomó la palabra —una psicología
sartreana— que me bombardeó con que el espacio era
reaccionario y capitalista, pero que la historia y el devenir eran
revolucionarios. En la época, este discurso absurdo no era
en absoluto inusual. Hoy en día, cualquiera se torcería
de risa al escuchar eso, pero en la época, no.
Los arquitectos, en particular, si eligen analizar una edificio
institucional —un hospital o una escuela, por ejemplo—
desde el punto de vista de su función disciplinaria, tienen
la tendencia a interesarse ante todo en sus paredes. Después
de todo, éstas son las paredes que ellos conciben. En lo
que respecta a usted, es el espacio, antes que la arquitectura,
lo que le interesa, en la medida en que los muros mismos no son
sino un aspecto de la institución. ¿Cómo definiría
la diferencia entre estos dos enfoques, entre el edificio mismo
y el espacio?
Pienso que hay una diferencia en el método y en el enfoque.
Es verdad que, para mí, la arquitectura, en los vagos análisis
que he podido hacer, constituye solamente un elemento de sustento,
que asegura una cierta distribución de la gente en el espacio,
una canalización de su circulación, así como
la codificación de las relaciones que se mantienen entre
ellas. La arquitectura no constituye entonces sólo un elemento
del espacio: está pensada precisamente como inscripta en
un campo de relaciones sociales, en el seno del cual introduce un
cierto número de efectos específicos.
Sé, por ejemplo, que hay un historiador que hace un estudio
interesante de la arquelogía medieval, que aborda la cuestión
de la arquitectura, de la construcción de las casas en la
Edad Media, a partir del problema de la chimenea. Creo que está
en camino de mostrar que a partir de un cierto momento se hizo posible
construir una chimenea en el interior de una casa —una chimenea
con un hogar, y no una simple pieza a cielo abierto o una chimena
exterior; y que, en ese momento, cambiaron muchísimas cosas
y ciertas relaciones entre los individuos se hicieron posibles.
Todo eso me parece muy interesante, pero la conclusión que
él ha sacado, y que ha presentado en un artículo,
es que la historia de las ideas y del pensamiento es inútil.
Lo que es interesante, de hecho, es que las dos cosas son rigurosamente
inseparables. ¿Por qué la gente se las ha ingeniado
para encontrar la manera de construir una chimenea en el interior
de una casa? ¿O por qué ha puesto sus técnicas
al servicio de este fin? La historia de las técnicas muestra
que hacen falta años, y a veces incluso siglos, para hacerlas
efectivas. Es evidente, y de una importancia capital, que esta técnica
ha influido en la formación de nuevas relaciones humanas,
pero es imposible pensar que se habría desarrollado y conformado
en esta dirección si no hubiera habido, en el juego y la
estrategia de las relaciones humanas, algo que fuera en este sentido.
Eso es lo importante, y no la primacía de esto sobre aquello,
que nunca quiere decir nada.
En Las Palabras y las Cosas, usted ha utilizado ciertas metáforas
espaciales muy impresionantes para describir las estructuras del
pensamiento. ¿Por qué piensa que las imágenes
espaciales son aptas para evocar estas referencias? ¿Qué
relación hay entre estas metáforas espaciales que
describen las disciplinas y ciertas descripciones más concretas
de espacios institucionales?
Es muy posible que, interesándome en el problema del espacio,
haya utilizado un cierto número de metáforas espaciales
en Las Palabras y las Cosas, pero, en general, mi objetivo era estudiarlas
en tanto objetos. Lo que es impresionante en las mutaciones y transformaciones
epistemológicas que se han operado en el siglo XVII, es ver
cómo la espacialización del saber ha constituido uno
de los factores de la elaboración de este saber en ciencia.
Si la historia natural y las clasificaciones de Linneo han sido
posibles, es por un cierto número de razones: de un lado,
ha habido literalmente una espacialización del objeto mismo
de los análisis, cuya regla ha sido estudiar y clasificar
las plantas únicamente sobre la base de lo que era visible.
No se había recurrido al microscopio. Todos los elementos
tradicionales del saber, como, por ejemplo, las funciones médicas
de las plantas, fueron abandonadas, El objeto fue espacializado.
Más tarde, el objeto fue espacializado en la medida en que
los principios de clasificación debían ser encontrados
en la estructura misma de las plantas: el número de sus elementos,
su disposición, su talla, y algunos otros elementos, como
la altura de la planta. Después se ha hecho la espacialización
por medio de las ilustraciones contenidas en los libros, que no
fue posible sino gracias a ciertas técnicas de impresión.
Más tarde aún, la espacialización de la reproducción
de las plantas mismas, que se ha empezado a representar en los libros.
Éstas son técnicas de espacio, y no metáforas.
El plan de construcción de un edificio —el plano
preciso a partir del cual se harán las paredes y ventanas—,
¿constituye una forma de discurso idéntico, por ejemplo,
a una pirámide jerarquizada que describe, de manera bastante
precisa, relaciones entre los individuos, no solamente en el espacio,
sino también en la vida social?
Pienso que existen algunos ejemplos simples, y bastante excepcionales,
en los que las técnicas arquitectónicas reproducen,
con mayor o menor insistencia, las jerarquías sociales. Está
el modelo del campo militar, donde la jerarquía militar se
lee en el terreno mismo por el lugar que ocupan las carpas y los
edificios reservados a cada unbo de los rangos. El campo militar
reproduce precisamente, a través de la arquitectura, una
pirámide de poder; pero es un ejemplo excepcional, como todo
lo que es militar, privilegiado en la sociedad y de una extrema
simplicidad.
Pero el plano mismo no describe siempre relaciones de poder.
No. Felizmente para la imaginación humana, las cosas son
un poco más complicadas que eso.
La arquitectura, bien entendida, no es una constante: posee una
larga tradición a través de la cual se puede leer
la diversidad de preocupaciones, la transformación de sus
sistemas y de sus reglas. El saber de la arquitectura es en parte
la historia de la profesión, en parte la evolución
de una ciencia de la construcción, y en parte una reescritura
de teorías estéticas. ¿Qué es lo que,
en su opinión, es propio de esta forma de saber? Se emparenta
más a una ciencia natural o a lo que usted ha llamado una
“ciencia dudosa”?
No puedo decir exactamente que esta distinción entre ciencias
ciertas y ciencias dudosas no es de algún interés
—eso sería eludir la cuestión—, pero debo
decir que lo que me interesa más es estudiar lo que los griegos
llamaban techné, es decir una racionalidad práctica
dominada por un objetivo consciente. No estoy muy seguro de que
valga la pena interrogarse sin parar para saber si este dominio
puede ser el objeto de una ciencia exacta. Por el contrario, si
se considera que la arquitectura, como la práctica del dominio
y la práctica de otras formas de organización social,
es una techné, que es susceptible de utilizar ciertos elementos
que provienen de ciencias como la física, por ejemplo, o
la estática, es eso lo que es interesante. Pero si se quisiera
hacer una historia de la arquitectura, pienso que sería preferible
considerarla en el contexto de la historia general de la techné,
antes que en la historia de las ciencias exactas y no exactas. El
inconveniente de la palabra techné, me doy cuenta, es su
relación con la palabra “tecnología”:
se piensa en las tecnologías duras, en la tecnología
de la madera, del fuego, de la electricidad. Pero el dominio también
es función de las tecnologías: el dominio de los individuos,
el dominio de las almas, el dominio de uno por uno mismo, el dominio
de las familias, el dominio de los niños. Creo que si se
reemplazara la historia de la arquitectura en el contexto de la
historia general de la techné, en el amplio sentido de la
palabra, se tendría un concepto director más interesante
que la oposición entre ciencias exactas y ciencias no exactas. |