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Traducciones del dibujo a la construcción
Robin Evans
Publicado orginariamente en AA Files 12, verano
de 1986, con el título "Translations from Drawing to Building".
En este artículo pueden verse los argumentos acerca de las
diferencias entre el rol del dibujo para el arte y para la arquitectura
que Evans desarrolllará más tarde en "The Projective
Cast". La traducción ha sido realizada por Pablo Blitstein
y Martín Marimón, de la versión publicada
en Robin Evans, "Translations from Drawing to Building and Other
Essays", Architectural Association, Londres, 1997.
Traducir es transportar. Es mover algo sin alterarlo.(1) Éste
es su sentido original, y es esto lo que pasa en un movimiento de
traslación. Y también, por analogía con el movimiento
de traslación, en la traducción de los idiomas. Sin
embargo, el sustrato a través del cual el sentido de las palabras
es traducido de un lenguaje a otro no parece tener la uniformidad
ni la continuidad necesarias; hay cosas que pueden torcerse, quebrarse
o perderse en el camino. Suponer que existe un espacio uniforme a
través del cual el sentido puede deslizarse sin modulaciones
es, sin embargo, algo más que una simple e ingenua ilusión.
Sólo hipotetizando primero su existencia pura e incondicional
puede alcanzarse algún conocimiento preciso sobre la pauta
de las desviaciones con respecto a esta condición imaginaria.
Me gustaría sugerir que algo similar ocurre, en la arquitectura, entre
el dibujo y el edificio, y que es necesaria una suspensión similar de
este descreimiento crítico para que los arquitectos puedan desempeñar
su tarea. Aunque tal ficción habilitadora pueda ser explicitada, todavía
no lo ha sido en arquitectura, y a causa de esta ausencia de explicación
por un lado se sobrevalora el dibujo y por el otro sus ‘propiedades' (sus peculiares
poderes en relación con su tema putativo, el edificio) apenas si son reconocidas.
El reconocimiento del poder del dibujo como medio aparece, inesperadamente, como
el reconocimiento de la distinción y la desemejanza del dibujo con respecto
a la cosa que está siendo representada, más que su semejanza con
ella, lo cual no es ni tan paradójico ni tan disociativo como parece.
Antes de embarcarnos en la investigación del rol del dibujo en la arquitectura,
podemos dedicar algunas palabras más al lenguaje; en especial, a la común
paradoja que considera que la arquitectura es como el lenguaje, pero también
independiente de él. Todas las cosas que poseen dimensión conceptual
son como el lenguaje, así como todas las cosas grises son como los elefantes.
Gran parte de la arquitectura puede ser semejante al lenguaje sin serlo. Algunos
dirían que esta insistencia reciente en que la arquitectura es un lenguaje
no es más que la última ola de una persistente marea verbal que
erosiona la visión, entorpeciendo nuestra habilidad para ver sin un lenguaje
que guíe nuestros ojos. En palabras del poeta Paul Valéry, usadas
como título para una reciente biografía de un artista norteamericano, “ver
es olvidar el nombre de lo que uno ve”.(2) ¿Podemos estar realmente seguros? ¿Este
purismo no corre el riesgo de convertirse en una devoción ridícula?
Habiendo reconocido que las palabras determinan la visión, no hay obligación
moral de expulsarlas, incluso si esa expulsión fuera posible. Es entendible
que, en interés de la integridad de nuestro arte, imaginemos la visión
contaminada por otras formas de comunicación, así como es entendible
que, en interés de su engrandecimiento, la imaginanemos comparable con
el lenguaje. Pero éstas son sólo excusas para ideas incompatibles.
El fastidio con la pureza de la visión surge del miedo de que toda distinción
se pierda al irrumpir una categoría dentro de otra. La protegemos porque
la creemos en peligro de ser abrumada por algo más poderoso. Con nuestras
mentes fijas en el predominio del lenguaje podemos incluso atrevernos a encerrar
la arquitectura dentro de su propio sistema, negando su comunicación con
cualquier otra cosa para preservar su integridad. Esto podría ser posible,
aunque muy improbable, porque para la arquitectura, aún en la soledad
de una pretendida autonomía, existe un comunicador infalible que es el
dibujo.
Algunos historiadores del arte ingleses han dirigido su atención hacia
las transacciones entre el lenguaje y las artes visuales: Michael Baxandall con
los primeros humanistas italianos, T. J. Clark con la pintura francesa del siglo
XIX, y Norman Bryson con la pintura francesa de los siglos XVI y XVII.(3) Sus
estudios, que llevaron la historia del arte a un área nunca antes estudiada
como corresponde, muestran a los pintores y a los comentaristas intentando desenredar
la pintura del lenguaje o tratando de acomodarse a él, en lo que no era
tanto una guerra entre lo verbal y lo visible como una negociación, llena
de fricciones a pesar de los pactos. Su trabajo me parece invalorable y estimulante.
Creo, sin embargo, que esta negociación dominada por el comercio entre
dos potencias no puede ser transferida, sin adaptaciones, al estudio de la arquitectura,
porque el dibujo arquitectónico constituye una tercera fuerza que bien
puede igualar las del trabajo artístico y sus comentarios.
Mi intuición del enorme papel generativo jugado por el dibujo arquitectónico
deriva de un breve período de enseñanza en una escuela de arte.(4)
Convencido de que la arquitectura y las artes visuales eran aliadas cercanas,
pronto me sorprendí por aquello que, en esa época, era tenido como
la peculiar desventaja de la labor de los arquitectos: no trabajar nunca directamente
con el objeto de su pensamiento, sino siempre a través de algún
medio (por lo general, el dibujo), mientras que los pintores y los escultores,
después de los bosquejos y maquetas preliminares, acababan trabajando
siempre sobre la cosa misma, la cual, naturalmente, absorbía la mayor
parte de su atención y su esfuerzo. Mirando hacia atrás, todavía
no puedo entender por qué las implicaciones de esta simple observación
no me habían sido nunca reveladas. El bosquejo y la maqueta están
mucho más cerca de la pintura y la escultura que el dibujo lo está de
un edificio, y el proceso de desarrollo (la formulación) raramente llega
a una conclusión al cabo de estos estudios preliminares. La actividad
más intensa es casi siempre la construcción y la manipulación
del artefacto final; los estudios preliminares se proponen alcanzar una definición
suficiente como para que el trabajo final comience, y no proveer una determinación
completa por adelantado, como en el dibujo arquitectónico. El desplazamiento
del esfuerzo y lo indirecto del acceso que resulta de ello todavía me
parecen aspectos distintivos de la arquitectura convencional considerada como
arte visual; otra cuestión es si son siempre y necesariamente una desventaja.
Dos definiciones divergentes de las posibilidades para la arquitectura se siguen
del reconocimiento de este desplazamiento. Podemos unir la arquitectura a las
otras artes visuales con mayor seguridad insistiendo en que sólo lo que
el arquitecto manipula con sus propias manos es obra suya. Claro que esta nueva
intimidad requeriría previamente un divorcio, porque, a medida que logramos
un acceso más directo a ‘la obra', estaríamos resignando pretensiones
sobre la arquitectura que ahora florece dentro del orden político, económico
y social. Si la arquitectura fuera redefinida de esta manera, ¿podría
volverse más escrupulosa y menos responsable, menor y menos predecible,
sin valor pero mejor, ya que al abandonar pretensiones grandilocuentes de representar
y definir el mundo social en sus aspectos tantos imaginativos como activos (proyecto
cuya improbabilidad es comparable a la de compilar un código legal que
sea también una buena novela –ambición que sólo puede confundirse
en la práctica), la arquitectura podría, por contracción
y concentración, constituirse a sí misma desde cero? Ahora bien,
esta consolidación a través de la renuncia ya está en marcha,
y el problema es que se ha convertido exactamente en eso: una consolidación,
una restauración, una simple relocalización de la inversión
dentro de la región definida desde hace mucho tiempo como perteneciente
a la arquitectura.
Lo que podría haber ocurrido en la arquitectura, pero no ocurrió,
se dio fuera de ella, y también fuera de la pintura y la escultura, al
menos hasta donde ellas son definidas en tanto categorías.(5) Insistir
en el acceso directo a la obra puede que sea designar el dibujo como el repositorio
real del arte arquitectónico. También puede llegar a ser rechazar
el dibujo que no se realiza a mano.
De las artes más allá de la esfera de la arquitectura que se ocupan,
sin embargo, de temas reconociblemente arquitectónicos (earth-art, performance,
instalaciones, construcciones), muchas son destacables no sólo por el
hecho de que hacen poco o ningún uso del dibujo, sino también por
la ‘imposibilidad' de su desarrollo a través de ese medio.
La obra del artista de Los Ángeles James Turrell puede ser usada como
ejemplo.(6) La base de la obra de Turrell de fines de los años 60 y 70
era la habitación iluminada artificialmente.
Figura
1.
James Turrell, Instalaciones en Cap Street Project, San
Francisco, 1984. A la izquierda “Orca”; a la derecha, “Kono”. |
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Sus obras más arquitectónicas de este período
consistían en una serie de espacios vacíos que, aunque
dibujados dentro de las convenciones arquitectónicas, sólo
podían ser construidos como indicadores de una simplicidad
nada ingeniosa. Su efecto como instalaciones puede ser, a pesar de
todo, completamente arrollador. Tales cualidades directamente aprehensibles
no tienen nada que ver con la presencia de las manos, los sentimientos
o la personalidad del artista. Fabricadas con precisión y
parsimonia tremendas, no hay en estas habitaciones mayores huellas
de Turrell que las que hay de Mies en los más parcos de los
interiores miesianos. Pese a que a algunos críticos les ha
evocado ráfagas de mistificación trascendental,(9)
la obra de Turrell es, al mismo tiempo, bastante fácil de
entender y de apreciar, ya que su objetivo es lograr que los observadores
no puedan creer a sus propios ojos. Uno mira dentro de algo que sabe
que es otro cuarto rectangular más, con baterías de
tubos fluorescentes en la parte de atrás de la abertura a
través de la cual uno observa. Uno puede ver cómo funciona.
Puede meter las manos adentro. Puede incluso ver, parado afuera,
contra el haz de iluminación que cambia del malva al rosa,
la evidencia de algún curioso que entró para trepar
hasta la ilusión, dejando las huellas de sus pies en el interior,
que sin ellas no tendría manchas ni espacialidad.
Aun así, sólo por deducción puede uno mantener tanto la
profundidad del cuarto como su vacío, porque la luz se ve, si no sólida,
increíblemente densa, como si su luminosidad revelara la imagen de algo
que la embiste, o más bien la devora. Retrocediendo unos pasos, se vuelve
imposible ver su profundidad, incluso mediante un acto de voluntad consciente;
algunos pasos más, y la abertura, semejante a una pantalla a través
de la cual uno ha mirado, parece estar erguida como un bloque de luz, en abierta
contravención contra lo que uno sabe que es verdadero.(8) Las propiedades
más destacables de las instalaciones de Turrell son locales y no transportables.
El resultado de la observación directa del juego de la luz eléctrica
sobre las superficies pintadas de blanco y los incontables experimentos in situ
no pueden ser adecuadamente ilustrados ni fotografiados después de su
construcción, y no hay manera de que aun la más vaga insinuación
de su efecto pudiera haberse originado a través del dibujo. En este sentido,
los espacios iluminados de Turrell de los años 70 y 80 (Orca, Raemar,
la serie Wedgework, etc.) estaban aún más alejados del dibujo y
de lo dibujable que las obras más tempranas, en las que las formas de
luz eran proyectadas sobre paredes a través de siluetas recortadas. Turrell
realizó y publicó (y vendió) dibujos preliminares de algunas
de ellas. Uno no puede imaginarse que estos dibujos tendrían algún
sentido en el caso de sus obras más tardías. Al continuar con el
mismo medio mientras eliminaba el proyector, Turrell estaba efectivamente quitando
su obra de la esfera del dibujo, ya que eran las formas proyectadas lo que hacía
dibujables obras como Afrum.
Figura
2.
James Turrell, Dibujo preparatorio para “Afrum”, 1967. |
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El dibujo tiene limitaciones de referencia intrínsecas.
No se puede alcanzar todo lo arquitectónico (y las habitaciones
de Turrell son indudablemente arquitectónicas) mediante el
dibujo. Tiene que haber también cualidades en penumbra que
a través del dibujo sólo pueden ser vistas oscuramente
y con gran dificultad. Si consideramos que las cualidades que se
encuentran dentro de esta área en sombras son más
interesantes que las ubicadas claramente dentro de lo dibujable,
entonces debe abandonarse el dibujo y encontrarse otra manera de
trabajar.
Retornemos por un momento al recientemente vanagloriado status
del dibujo arquitectónico
en las escuelas: mirar un dibujo como una obra de arte, tal como usualmente la
entendemos, es mirarlo como algo que debe ser consumido por el observador, de
manera que sea saciado su apetito rapaz de experiencia formulada. Más
allá de esto, cualquier otro uso atribuible a él es incidental
y nocivo, en tanto puede llegar a reducir su valor como alimento para la conciencia.
Hemos sido testigos, a lo largo de los últimos quince años, de
algo que, pensamos, es un redescubrimiento del dibujo arquitectónico.
Este redescubrimiento ha hecho a los dibujos más consumibles, pero esta
posibilidad de consumo con frecuencia se logró redefiniendo su rol representativo
de acuerdo al que tenía la pintura de principios del siglo XX, en el sentido
de estar menos preocupados por su relación con lo que representan que
con su propia constitución. Así, los propios dibujos se han convertido
en repositorios de efectos y focos de atención, mientras que la transmutación
que ocurre entre el dibujo y el edificio permanece en gran parte como un enigma.
La segunda posibilidad fluye directamente de esto. Si una manera de cambiar
la definición de arquitectura es insistir en el compromiso directo del arquitecto,
tanto llamándola un ‘arte' del dibujo como empujándola hacia el
lado de la construcción inmediata, otra manera sería usar las propiedades
transitivas y conmutativas del dibujo para mejores efectos. Esto último
(que yo llamo la opción impopular) es lo que querría discutir en
este artículo.
Las dos opciones, la que enfatiza las propiedades de las cosas hechas y la
que se concentra en las propiedades incorpóreas del dibujo, son diametralmente
opuestas: en un rincón, compromiso, sustancialidad, tangibilidad, presencia,
inmediatez, acción directa; en el otro, des-compromiso, no perpendicularidad,
abstracción, mediación y acción a distancia. Las dos opciones
son opuestas pero no necesariamente incompatibles. Es posible que, tal como algunos
pintores del siglo XV (Masaccio, Piero, Mantegna, Pinturicchio, Leonardo) combinaron
las irregularidades propias del naturalismo con las regularidades compositivas
de la construcción perspectívica, los arquitectos puedan combinar
los aspectos abstractos y corpóreos de su trabajo, de una manera tal que
refuerce a ambos. En cambio, aparecen uno al lado del otro, de una manera inapropiada,
como candidatos alternativos. La oposición argumentativa suele ser asfixiante.
La cinchada funciona mejor entre equipos de rugby que entre conceptos o prácticas
opuestas, aunque ésta sea la manera en que insistimos en jugar. Me gustaría
evitar este partidismo, mucho más eficaz para ahogar el sentido que para
articularlo, pero hay que decir que en el clima presente la tendencia es, en
general, a ubicar lo abstracto y lo instrumental dentro de la órbita de
un profesionalismo sospechoso y culpable, dejando la presencia directa y experimental
sólo dentro de una arquitectura velada que nunca puede revelarse plenamente,
y que aparece en los esporádicos episodios de resistencia. En consecuencia,
lo directo y lo experimental se muestran mucho más éticos y mucho
más interesantes, más osados y más reales que la aproximación
indirecta y abstracta. La verdad de esto sólo puede reconocerse en la
medida en que las variedades de lo indirecto, lo abstracto y lo instrumental
encontradas en la práctica sean pueriles, obstructivas e insípidas,
que es lo que en conjunto son, tal como lo son las pretensiones artísticas
de las escuelas. De una contienda, incluso imparcialmente juzgada, entre dos
formas de lo insípido no puede esperarse gran cosa. Puede trazarse una distinción entre el objeto del dibujo
como se lo practica en la arquitectura y el dibujo practicado tradicionalmente
en el arte occidental. Una historia del dibujo, derivada de Plinio
el Viejo,(9) y reciclada en las artes visuales como objeto de estudio
en el siglo XVIII (que como todas las historias de los orígenes,
revela mucho más sobre su propio tiempo que sobre la época
que narra), nos da un bello ejemplo. La historia es la de Diboutades
calcando la sombra de su amado que va a abandonarla. Si comparamos
las versiones de dos artistas neoclásicos, uno exclusivamente
pintor, el otro más conocido como arquitecto, aparecen algunas
diferencias sugestivas.
Figura
3.
David Allan, “El origen de la pintura”, 1773. |
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“El origen de la pintura” (1773), de David Allan muestra a la pareja
en un interior, cuya pared revestida de piedra provee una superficie
plana sobre la cual Diboutades calca la sombra proyectada por una
lámpara de aceite, ubicada sobre una repisa, a la altura del
hombre que está sentado. La inusual variación de
Karl F. Schinkel sobre este tema fue pintada en 1830.
Figura
4.
Karl F. Schinkel, “El origen de la pintura”, 1830 |
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Significativamente, y en contraste con la mayoría de los
demás tratamientos del tema (y apartándose de Plinio),
el arquitecto eligió, no un interior arquitectónico
para su reconstrucción del evento, sino una escena con pastores
y pastoras.(10) En lugar de la trabajada superficie de piedra, una
roca al natural. En lugar de la lámpara, la luz del sol. Ambas
pinturas, fieles a la historia original, muestran el dibujo como
una proyección, y ambas muestran claramente la obligada combinación
de elementos: una fuente de luz, un sujeto sobre el cual incide,
una superficie detrás del sujeto, y algo con lo cual calcar.
Schinkel, sin embargo, muestra lo mínimo posible del artificio
material necesario. De acuerdo con su pintura, la primera marca humana
hecha sobre la naturaleza bien puede haber sido la línea de
carbonilla sobre la roca, mientras que para Allan los dispositivos
de la civilización ya estaban en su lugar, proveyendo las
circunstancias necesarias para este accesorio tardío, encantado
y reflectivo. Así, tal vez sea igualmente pertinente que,
mientras que Diboutades realiza ella misma la tarea en el cuadro
de Allan, ésta ha sido, en el de Schinkel, delegada a un
pastor musculoso.
Schinkel muestra el artificio de una estructura social de deferencia
ya organizada, en la cual también se expresa la distinción entre pensamiento y
trabajo, ausente del entorno más íntimo pintado por Allan. En la
versión de Schinkel el dibujo precede al edificio, en la de Allan se sigue
de él. De los dos, fue el arquitecto quien se vio obligado a mostrar el
primer dibujo en una puesta prearquitectónica, porque sin dibujo no podría
haber arquitectura, al menos no la arquitectura clásica, construida sobre
líneas de definición geométrica. En la obra de Schinkel,
dibujar es, desde el principio, una actividad dividida, que incluye un acto previo
de pensamiento y la consecuente realización manual, que la llegada de
la arquitectura vendría a duplicar, en una escala mucho mayor, como la
diferencia entre el diseño y la construcción. En esta instancia
es el hombre el que sirve a la mujer: ella concibe, él hace.
La forma de iluminación es igualmente importante para el diagnóstico.
Allan usa una lámpara, esto es, una fuente de luz local, puntual, que
emana rayos divergentes. Schinkel usa el sol, esto es, una fuente tan remota
que sus rayos deben ser considerados paralelos entre sí, continuando más
allá de la tierra. Los dos tipos de luz se corresponden con dos tipos
de proyección: la que se basa en líneas de proyección divergentes,
que jugó un papel crucial en la pintura a través del desarrollo
de la perspectiva; y la proyección paralela, basada en líneas de
proyección paralelas, que ha jugado en la arquitectura un rol igualmente
crucial, aunque mucho menos reconocido, a través del desarrollo de la
proyección ortográfica. La versión del pintor es menos remota,
más íntima, menos diferenciada; la del arquitecto más remota,
pública, insistente en la diferenciación. Como era de esperar,
tal vez, la expresión específica de estas tendencias en Schinkel
revela una proclividad profesional, dando al dibujo una prioridad, una potencia
y una generalidad que no se ve evidenciada en la obra de Allan.
La diferencia más notable de todas, sin embargo, sólo está registrada
de una manera indirecta en las dos pinturas. Esto tiene que ver con el motivo
de la obra del artista. En pintura, hasta bien entrado el siglo XX, el tema era
siempre, como en la historia de Diboutades, extraído de la naturaleza.
Aunque se lo idealice profundamente, se lo distorsione o se lo trasmute, se considera
que el objeto, o algo parecido a él, existe antes de la representación.
Esto no es cierto con respecto a la arquitectura, que es traída a la existencia
a través del dibujo. El objeto (el edificio o el espacio) existirá ‘después'
del dibujo, y no antes. Podría enumerar varios agregados y matizaciones
a este principio, que puede ser llamado principio de ‘direccionalidad revertida'
en el dibujo, para mostrar que ocasionalmente puede complejizarse, pero, estadísticamente
hablando, si se me permite decirlo de ese modo, da buena cuenta del fenómeno.
Podríamos suponer, entonces, que la ausencia de una puesta arquitectónica
en la pintura de Schinkel es un reconocimiento de esta reversión, mediante
la cual el dibujo debe aparecer antes que el edificio, reversión de tan
pocas consecuencias para el pintor Allan, quien sigue a Plinio, e imagina inocentemente
que la arquitectura se desarrolló hasta su madurez clásica sin
su ayuda.
El dibujo, en arquitectura, no es realizado a partir de la naturaleza, sino
antes de la construcción; no es producido tanto por la reflexión sobre
la realidad fuera del dibujo, sino que producirá una realidad que terminará siéndole
exterior. Se invierte la lógica del realismo clásico, y a través
de esta inversión el dibujo arquitectónico obtuvo un poder generativo
enorme y ampliamente desconocido: a escondidas. Porque, cuando digo desconocido,
quiero decir no reconocido en principios y en teoría. La hegemonía
del dibujo sobre el objeto arquitectónico nunca fue seriamente desafiada.
Lo que se entendió es la distancia que lo separa de lo que representa;
de ahí su periódica renuncia desde que Philip Webb rechazó los
caprichos de la arquitectura de papel – mientras continuaba dibujando prodigiosamente.(11)
Curiosas señales de todo tipo nos recuerdan la subliminal aceptación,
por debajo del nivel de las palabras, de la singular prioridad del dibujo en
el arte de la arquitectura, si es que se trata de un arte; tales señales
aparecen en los retratos de arquitectos, en los que, como una regla con pocas
excepciones, éstos son mostrados, como en el retrato de Robert Adam
hecho por Willison, con sus dibujos, tal como los escultores con sus esculturas
y los pintores con sus telas, enajenados, para la posteridad, de los resultados
de su labor, mientras que son los clientes quienes, en general, retienen el
privilegio de ser retratados con el edificio.(12)
Figura
5.
G. Willison, “Retrato de Robert Adam”, c. 1770-75. |
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Llevaría mucho más que un artículo revelar
todo el alcance del rol intrusivo del dibujo en el desarrollo de
las formas arquitectónicas, o investigar la manera en que
crea un medio translatorio de variada consistencia. Tres instancias
deben bastar para dar alguna idea de aquello de lo que nos estamos
ocupando.
Ya nos referimos a la importancia de la proyección ortográfica.
Aunque el principio geométrico de la proyección paralela fue comprendido
en la antigüedad tardía y descripto por Claudio Ptolomeo alrededor
del 300 d.C. en una obra sobre los cuadrantes solares, no se encuentran pruebas
de su uso en el dibujo arquitectónico hasta el siglo XIV.(13) La más
antigua proyección ortográfica de un edificio que conocemos es
una vista en elevación, amplia y detallada, del Campanile de Sta. Maria
del Fiore, preservada en la Opera del Duomo en Siena, y considerada una copia
del original de Giotto, realizado después de 1334.(14)
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Figura
6.
Vista del proyecto para el Campanile de Santa María del Fiore, Florencia,
copia del Giotto, después de 1334.
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Decir que ésta fue la primera vez no es negar la existencia
de muchos dibujos del mismo tipo (planos, cortes y secciones) que
se remontan al segundo milenio a.C. Pero el dibujo del Campanile
requirió dos
pasos imaginativos al mismo tiempo, que, hasta donde yo sé,
no habían sido dados antes. Primero, una
concepción completamente abstracta de las líneas
de proyección;(15) segundo, una habilidad para concebir
la cosa representada (la superficie del edificio) como no equivalente
a la superficie de representación –o no tanto. Los bastiones
de las esquinas de la torre, con sus lados chanfleados, y las ventanas
góticas diagonales, arriba, están dibujados oblicuamente
pero sin indicación alguna de proyección perspectívica.
En otros dibujos medievales que llegaron hasta nosotros, las relaciones
ortográficas se mantienen para todas las partes de una fachada
que sean frontales y estén cerca de ser coplanares, pero
no para las superficies que forman un ángulo respecto del
plano de la imagen.(16) En otras palabras, la ortografía
se aplicaba sólo si el edificio en sí era juzgado
por el dibujante como suficientemente plano y frontal. Para mantener
(como lo hizo el autor del dibujo del campanile) las relaciones
entre una serie de invisibles líneas de proyección
paralelas, un plano sobre el cual son proyectadas en ángulo
recto, y otras superficies en ángulos variados con respecto
al plano de proyección,
se requería, en esa época, un insight de un orden
diferente; una buena razón, tal vez, para aceptar, en ausencia
de pruebas documentales más firmes, la debatida adscripción
de la obra que hizo Gioseffi,(17) ya que es cosa reconocida que,
como pintor, Giotto dio a la presentación del espacio pictórico
una coherencia mucho mayor que sus predecesores.
Figura
7.
Tabla de dibujo egipcia. El área de izquierda fue inscripta alrededor del 1400
a.C. |
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La comparación del dibujo del Campanile con la muy desarrollada
proto-ortografía del antiguo Egipto, tan bien preservada en
una tabla de dibujo de alrededor del 1400 a.C., ahora en el British
Museum, revela, en el ejemplo egipcio, no sólo una confianza
mucho mayor en el contorno y el achatamiento progresivo de la figura
a la altura de los hombros, preparándola para su recorporización
en la forma fosilizada y comprimida de un bajorrelieve, sino también
la confianza en una actividad manual que (al tallar el cincel del
escultor frontalmente en la cara de la piedra cúbica sobre
la que el perfil iba a ser grabado) pudiera volver tangibles las
líneas de proyección. Antes de las abstracciones de
la proyección ortográfica, las líneas de proyección
podían ser tenidas en cuenta durante la realización
material que se les daba en la fabricación de relieves y
esculturas.(18)
El dibujo del Campanile presenta otra opción ya que pueden discernirse
dos posibilidades bastante diferentes del uso del dibujo arquitectónico.
Podría bastar con el simple recurso de suponer una casi equivalencia entre
la superficie del dibujo y la superficie mural que representa. A través
del milagro del plano, las líneas se transfieren con presteza del papel
a la piedra, y la pared se convierte en un dibujo petrificado, grabado o estampado
en mayor o menor grado. Mucho de esta vieja identidad permanece hasta hoy con
nosotros, incorporada, a través del clasicismo, a un pasatiempo profesional
que llamamos profundidad sugerida (implying depth). Sugerir profundidad dentro
de un cuerpo sólido tridimensional es concebirlo como hecho de superficies
moduladas en una fina capa, que, sin embargo, da la impresión de ser mucho
más profunda. Es un intento refinado de aunar, con medios técnicos
simples, el espacio virtual y el espacio real, en un mismo tiempo y un mismo
lugar. En el boceto de Palladio de la fachada de San Petronio el alineamiento
cercano (que no alcanza una identidad suficiente) entre el dibujo y el edificio
es evidente a primera vista.
Figura
8.
Andrea Palladio, Fachada para San Petronio, Bolonia, 1572-79. |
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Éste es el tipo de arquitectura que tanto fascinaba a Alberti:
una arquitectura maciza y monumental, engendrada a partir de los
elementos debilitados, reducidos e incorpóreos de “líneas
y ángulos que componen y forman la cara del edificio”;(19)
una arquitectura hecha a través del dibujo y hecha de la misma
especie de ilusión que se encuentra en el dibujo. En sus esquemas
de líneas que se detienen y comienzan proyectamos, mediante
un reflejo bien comprendido de sobredeterminación, un espacio
más profundo.(20) Y exactamente de la misma manera, proyectamos
en los sólidos edificios de Alberti, Bramante, Rafael, Giulio
Romano y Palladio, concebidos bajo el mismo reflejo absorbente de
sobredeterminación, las ilusiones del dibujo.
Discutiendo sobre la profundidad sugerida, que se ha convertido
en uno de los más reverenciados rasgos distintivos de la arquitectura, me siento tan
incómodo como si usara el traje de otro. Sin embargo, es necesario hacerlo,
aunque sea para señalar cómo la búsqueda de esta particular
ilusión retrasó la visión arquitectónica, limitándola
dentro de convenciones particulares. Pero afirmar que históricamente estas
convenciones no fueron interesantes ni fructíferas implicaría un
desdén fácil y falso. En realidad fueron ellas las responsables
de establecer al dibujo como un medio viable; y le permitieron al arquitecto
expandir allí su imaginación, seguro de que gran parte del efecto
lograría ser transportado.
Sólo con la restablecida certeza de una suficiente afinidad entre el papel
y la pared pudo convertirse el dibujo en el locus de la actividad del arquitecto,
capaz de absorber todas sus atenciones y luego transportar sus ideas a edificios
sin un desfiguramiento indebido. Pero aunque su ventaja fue la comodidad en la
traducción, su desventaja provino de la misma fuente: una semejanza demasiado
cercana, un lazo demasiado minucioso, demasiada preocupación por la elaboración
de las frontalidades.
Puede parecer obvio que sólo al luchar contra esta tendencia, mirando
hacia afuera de la técnica del dibujo, remontándose por sobre los
límites de ese medio, un arquitecto puede crear formas tridimensionales
plenamente corporizadas. Esto parece seguramente más obvio, porque todos
lo creen cierto. También se puede demostrar que es falso. Llego ahora
a la segunda posibilidad concerniente a la proyección paralela. La seguridad
y relativa precisión con las que las superficies oblicuas eran determinadas
proyectivamente en el dibujo del Campanile indican que el dibujante no necesitó aprisionar
las formas dentro de la ortografía. Aunque la correspondencia entre la
superficie frontal y el plano del papel era aún dominante, hay por lo
menos un indicio de que a través del rigor de la técnica, y no
a pesar de él, las superficies representadas pueden reclamar valor propio
por sobre la superficie de representación, flotando libres de la cautividad
en el papel. En realidad no –porque formulaciones tan vívidas pueden ser
muy dañinas. La proyección rigurosa no libera nada, por lo menos
no en el sentido de emancipación. Las cosas simplemente se vuelven más
manipulables dentro del alcance del dibujo. Pero si, como objeto material, se
liberara, ello significaría que su manipulador perdería control
sobre él, y eso no ocurre.
Piensen en una hoja de papel de cuya superficie brotan miles de ortogonales
imaginarias. En el dibujo arquitectónico convencional, conservador y temeroso de perder
correspondencia, las líneas no necesitarían ser muy largas para
llegar hasta los bordes de la superficie imaginaria que está en escala
detrás del papel, y, como en el dibujo en elevación del escultor
egipcio, son frecuentemente identificadas con la dirección de la incisión
en la piedra, o, más recientemente, con la dirección del layering
multiplicado en los programas de computación; en cualquiera de los dos
casos, actúan como rieles-guía que se adentran en la ceguera de
una dimensión todavía no percibida. Los rieles más cortos
están bien amarrados a ambos extremos, pero ¿y si fueran más
largos y abstractos? ¿Agotarían el poder de visualización
del arquitecto? ¿Pondrían en peligro su control? ¿Comprometerían
la traducción?
El próximo ejemplo que quisiera considerar se refiere a un
detalle de un pequeño edificio de Philibert de l'Orme. De
l'Orme, un sujeto verdaderamente fascinante, hizo más que
nadie por arrancar la proyección ortográfica del tratamiento
predominantemente pictórico de sus practicantes anteriores
(Piero, Rafael, quizás Giotto), y su trabajo merece una elucidación
mejor de la que soy capaz de darle en este artículo. Para
bien del argumento, sin embargo, este único incidente tendrá que
ser suficiente.
En la cúpula de la Capilla Real en Anet, un château al oeste de
París, agrandado para Diane de Poitiers por de l'Orme después
de 1547, puede verse una red de líneas, ni exactamente costillas y ni
exactamente nichos, ni espiraladas ni radiales.
Figura
9.
Philibert de l'Orme, Capilla Real, Anet, 1547-52. Vista interior de la cúpula. |
|
No obstante, ellas están dispuestas y talladas con una precisión
poco común. Además, sus propiedades, al principio difíciles
de describir en términos estilísticos, geométricos o estructurales,
son accesibles directamente a la visión. Lo más digno de señalarse
es la continua expansión de rombos, grosores de costillas y ángulos
de intersección mientras descienden desde el óculo hacia la base
de la cúpula. El efecto es una difusión y agrandamiento coherentes
o, por el contrario, una concentración, lejanía y aceleración
rotatoria hacia la linterna. Nunca ha habido nada como esto y, aunque hay cabezas
de ábside modeladas de la misma manera (como en el pórtico del
Palacio Máximo de Peruzzi, en Roma), nichos romanos (como en el Templo
de Venus en Roma fuera de la Domus Aurea) y solados (como en el Campidoglio
de Miguel Ángel, posiblemente diseñado en 1538, aunque no se
colocó hasta mucho más tarde), de las que de l'Orme pudo haber
sabido, hay una diferencia crucial. Mientras todas aquellas fueron determinadas
métricamente, la de de l'Orme fue determinada proyectivamente. Sabemos
esto porque él nos lo dice:
“Ceux qui voudront prendre la peine, cognoistront ce que ie dy para la voute
sphérique, laquelle i'ay faict faire en la Chappelle du chasteau d'Anet,
avecques plusieurs sortes de branches rempantes au contraire l'un de l'autre, & faisant
par mesme moyen leurs compartiments qui sont a plombe & perpendicule, dessus
le plan & pavé de ladicte Chappelle”.(21)
Esta afirmación sugiere que la forma en el solado es similar
a la de la cúpula, y ya que esto es exactamente lo que encontramos
en el suelo de Anet, y ya que De l'Orme especificó líneas
perpendiculares que se proyectan unas en las otras, deberíamos
dejar el caso, como de hecho hicieron sus comentadores.(22)
Las palabras son objetos muy poderosos, y cuando corresponden a impresiones
visuales –el suelo se parece a la cúpula– pueden razonablemente usarse
como pruebas. Es extraño decirlo, pero esto fue una ilusión elaborada
por De l'Orme, o al menos no puedo pensar en ninguna otra explicación
de por qué debió llegar a tal extremo para cubrir sus huellas.(23)
Más interesante que si era o no una ilusión es por qué nadie
se dio cuenta de la diferencia. Y mucho más interesante aún es
el método que usó para derivar las curvas cruzadas bajo la cúpula.
Una razón por la que no fue reconocida es que todos los dibujos de la
capilla desde el siglo XVI hasta el XIX tardío son manifiestamente incorrectos,
siempre incapaces de transferir el trazado de la cúpula, o incluso la
forma del piso, sin un chapuceo grosero, aunque el resto de cada uno de los
dibujos sea bastante competente.(24)
Figura
10.
Planta y corte en perspectiva de la Capilla Real, Anet. Grabado por J.-A. Du
Cerceau.
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Sin embargo, una mirada a las formas en la cúpula y en el piso del edificio
sería suficiente para convencer a cualquiera de la imposibilidad de la
pretensión de De l'Orme. Basta contar el número de intersecciones
a lo largo del radio correspondiente en el piso. En la cúpula hay ocho,
en el piso seis. Esto solo es una prueba conclusiva de que ninguna proyección
paralela podría trazar una sobre la otra. El engaño de De l'Orme
era muy peculiar, porque en realidad estaba haciendo mucho más de lo que
debía, no menos.
Otro aspecto de la dificultad de ver a través de esa pretensión
es el carácter fugitivo de nuestro tercer término, el dibujo, y
su virtual ausencia de nuestra concepción de cómo se hace la arquitectura.
Invocándolo, voy a intentar ahora reconstruir el procedimiento adoptado
por De l'Orme para hacer el trazado de las curvas.(25)
Olviden, por un momento, el piso, y miren sólo la cúpula. En primer
lugar, observen cómo las costillas curvas se aproximan al anillo del óculo,
miren a través de él y vuelvan, haciendo dieciocho vueltas a su
alrededor (de hecho, la guirnalda de piedra alrededor del óculo solapa
las líneas de tangencia – ver el postscriptum al final de este artículo).
Observen entonces cómo las puntas que regresan de las mismas líneas,
mientras descienden, se reúnen en puntos a lo largo del ecuador de la
cúpula (oscurecidas por la cornisa en la fotografía). Podemos pensar
entonces que la red está hecha de dieciocho anillos idénticos en
forma de lágrima, ubicados excéntricamente en la superficie de
los hemisferios como si estuvieran girados alrededor de su eje vertical.. Éstas
son evidentemente curvas complejas, tridimensionales, ni circulares ni elípticas.
La clave más útil por ahora está en el hecho de que hacen
curvas cerradas. ¿Cómo podrían estas curvas complejas ser
definidas sobre la superficie esférica con tal precisión? Seguramente
no a través del plan de dividir el hemisferio mismo en anillos de latitud
y líneas de longitud, y después interpolar curvas diagonales (el
procedimiento adoptado, hasta donde sé, por todo otro arquitecto frente
a un problema similar), porque ninguna hábil gradación de las latitudes
podría haber conseguido tangencia alrededor del óculo.(26) Por
otro lado, De l'Orme poseía una comprensión poco común —y,
en arquitectura, tal vez excepcionalmente vívida— de las relaciones proyectivas,
como puede verse en el Premier tome d'Architecture que publicó en 1567,
envuelto en abstrusos diagramas estereotómicos que involucran proyecciones
de innombrables curvaturas exóticas.(27) Uno de sus rasgos señalables
es que cada una se origina en un círculo. Pero, como los círculos
están colapsados, prolongados, agitados y luego proyectados sobre conos,
cilindros o esferas en águlos rasantes, se metamorfosean en formas meticulosamente
plásticas y volátiles, mensurables sólo a través
del mismo procedimiento de proyección. Ésta es la otra clave
significativa.
¿Existe, entonces, un formato de círculos sobre una superficie
plana que, a través de una proyección paralela sobre un hemisferio,
se transformaría en un nido de lágrimas con el número requerido
de intersecciones? La respuesta es sí, y resulta ser la disposición
más simple: una envoltura anular de círculos.
Figura
11.
Plan sugerido sobre el trazado de la cúpula de la Capilla Real, Anet,
dibujado por Evans. |
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Sugiero que esta envoltura anular es el verdadero plano de la cúpula.
Cada uno de los círculos en el envoltorio produciría,
bajo proyección, otra curva cerrada, pero de una forma muy
diferente. La manera más fácil de considerar esto es
pensar en el círculo como la base de un cilindro (los lados
del cilindro serían las líneas proyectoras) que corta
el hemisferio de través mientras toca su borde.
La curva cerrada resultante sobre el hemisferio, la mitad de la
cual es denominada hipópede, no se ve para nada como el círculo del que ha surgido
y, aunque el número de intersecciones se mantiene igual, tampoco el conjunto
original de círculos se parece a su traducción proyectada sobre
la cúpula. Puede que la envoltura de círculos sobre el plano puede
tenga un aspecto desafortunado, los rombos del medio se hunden blandamente en
una distribución que no tiene nada de la sugestión dinámica
ni del aspecto cuasi-estructural de la cúpula, y falla de modo muy claro
en registrar la acelerada contracción hacia el anillo interior, tan pronunciado
arriba. Por lo tanto, antes que depositar sobre el suelo tal prueba de evidencia
didáctica, De l'Orme lo remendó, lo expandió y luego lo
recortó de su borde exterior hasta que se ‘viera' lo suficientemente parecido
al sistema de intersecciones que había creado.(29)
Figura
12.
Piso de la Capilla Real, Anet. El dibujo (realizado por Evans) lo muestra como
una porción de la versión expandida de la figura 11. |
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De esto podemos inferir que, para De l'Orme, al final, el deseo
de un parecido perceptible tenía prioridad sobre el deseo
de demostrar el riguroso método a través del cual se
había logrado la diferencia visible. La elección
de eclipsar su propia inteligencia al desfigurar la equivalencia
proyectiva entre las dos formas es, a lo sumo, conmovedora, dada
su insufrible tendencia a fanfarronear en varios otros lugares
del Tome.
Éste es un descubrimiento interesante, porque muestra que el original
geométrico es completamente agotable, y además bastante feo en
comparación con su maravilloso producto. En este ejemplo, la proyección
paralela engendra formas más potentes a partir de formas menos potentes,
y lo hace con una distorsión ingeniosa y regulada de la forma, que es
vista, por el consenso común, y por De l'Orme mismo en sus ‘escritos'
sobre arquitectura, como la forma perfecta con la cual empezar: el círculo.(30)
Los resultados felices no ocurren por supuesto con la garantía de la técnica
de dibujo, porque también requieren una mente inquisitiva, un fuerte presentimiento
del sentido dentro de las formas, junto con una habilidad penetrante para visualizar
relaciones espaciales. Sin duda, esta habilidad se acrecentaba con la práctica
de la geometría proyectiva, pero no se adquiría con ella. Así y
todo, sería tan poco refinado insistir en que la verdadera fuente de formas
es la imaginación sin trabas del arquitecto, como presentar la técnica
de dibujo como única fuente de invención formal. El caso es que
la invención y la técnica trabajaron bien juntas, una ampliando
la otra, y que esas formas en cuestión —y hay muchas más, no sólo
en el trabajo de De l'Orme, sino en la arquitectura francesa hasta el fin del
siglo XVIII— no podrían haber surgido sino a través de la proyección.
Un estudio del uso que De l'Orme hacía de la proyección paralela
muestra el dibujo expandiéndose más allá del alcance de
la imaginación sin otra ayuda.
Éste, entonces, era dibujo arquitectónico de nuevo tipo, más
abstracto en su aspecto, más penetrante en su efecto, capaz de una interacción
más inquietante y menos predecible con el inventario convencional de formas
de las que los edificios monumentales se componen normalmente; también
destructivo de la proporcionalidad métrica – fundamento de la arquitectura
clásica (ver abajo)–, y sugeridor de una epistemología perversa
en la cual las ideas no son puestas en las cosas por el arte, sino liberadas
de ellas. De esta manera, fabricar debería ser posibilitar el pensamiento,
no delimitarlo haciendo que las cosas representen su propio origen (una restricción
tan tediosa en el arte como en la vida social).
La forma de las costillas de la cúpula en Anet tiene una procedencia.
Incluso puede ser esbozada una iconografía algo dudosa. Ackerman, en su
estudio sobre el solado del Campidoglio de Miguel Ángel, encontró una
carta astronómica medieval con una forma similar de nueve anillos, que
indican las revoluciones lunares durante el curso de un año. Es posible,
aunque de ninguna manera seguro, que una investigación de las fuentes
revele lazos entre las cartas solares y lunares, otros diagramas de esta forma,
el solado del Campidoglio y Anet.(31) Podría mostrar incluso un simbolismo
capaz de explicar el aumento del número de anillos en Anet. Aunque esto
no se haya hecho todavía, supongamos que la búsqueda de un significado
simbólico entregara resultados persuasivos. ¿Dónde residiría
este simbolismo, si no en la envoltura de círculos, que no era más
que una parte de un trabajo formal agotable para el fenómeno transfigurado
de la cúpula? ¿No estaríamos obligados a conceder, en
estas circunstacias, que el simbolismo era un mero ingrediente, perdido en
la forma, no llevado en ella?
Lo que resulta no siempre es lo mismo que lo que estaba ahí. No obstante,
la arquitectura ha sido pensada como un intento de máxima preservación,
en la que tanto el significado como la semejanza se transportan de la idea a
través del dibujo hasta el edificio con una pérdida mínima.
Esta es la doctrina del esencialismo, que se sostuvo como paradigmático
a lo largo del período clásico. Se sostuvo en los ‘textos' arquitectónicos,
pero no siempre en la arquitectura. Lo notable en la técnica de trabajo
utilizada por De l'Orme, de la que sólo se podría escribir en el
interior de los límites de la teoría arquitectónica como
una manera de mover la verdad de aquí para allá, está en
las encantadoras trasformaciones que desplegó. Curiosamente, la flexibilidad
de las formas se logró a través de una homogeneización del
espacio. La proyección ortográfica es el sueño del traductor
del lenguaje. En sus axiomas las figuras más complejas pueden ser movidas
a voluntad hacia formaciones perfectamente congruentes de otras partes, aunque
esta homogeneidad rígidamente definida hizo que la distorsión pudiera
ser mensurable. Fue esta capacidad la que explotó De l'Orme.
La proyección ortográfica cumplió su papel como una de las
numerosas técnicas utilizadas por los artistas y arquitectos para contrarrestar
la instrumentalidad desenfrenada del esencialismo, que habría hecho del
arte una forma de transporte, al llevar ideas incorpóreas a expresiones
corpóreas. Y hay una divertida ironía en la perspectiva del rígido
manojo de paralelas espectrales, a lo largo de las cuales las líneas fueron
empujadas en proyección ortográfica, perturbando el espacio conceptual
rígidamente graduado a través del que las ideas fueran empujadas
hacia las cosas.
El tema de este artículo es la traducción, y ahora estoy hablando
de transportar. Están también los demás sustantivos con
el mismo prefijo: transfiguración, transición, transmigración,
transferencia, transmisión, transmogrificación, transmutación,
transposición, transustanciación, trascendencia, cualquiera de
los cuales se instalaría bien en el espacio ciego entre el dibujo y su
objeto, porque nunca podemos estar del todo seguros, antes del suceso, cómo
van a viajar las cosas y qué les va a pasar en el camino. Podemos, sin
embargo, como De l'Orme, aprovechar la situación al prolongar su viaje,
manteniendo el control del tránsito de modo que se puedan alcanzar destinos
más remotos. Me quedo con esta parábola vacía porque da
alguna idea de lo que creo que es la posibilidad no reconocida en el dibujo.
Una infidelidad sobresale, sin embargo: estos destinos no son lugares lejanos
y exóticos a descubrir; son sólo potencialidades que podrían
ser traídas a la existencia a través de un medio dado.
Pero siempre en el camino están las devociones del esencialismo y la persistencia
(la confusión de longevidad con profundidad). Cualesquiera sean los tan
mentados logros destructivos del modernismo, éste no dejó ninguna
marca sobre ellas. Operan en la región del dibujo, ya sea a través
de la insistencia en una expresividad verdadera e irreductible, de la insistencia
en el realismo perspectívico, o de la exigencia de que sólo deben
empelarse las formas o proporciones geométricas puras.
En lo que respecta a lo último, se publicaron numerosos análisis
desde el siglo XVII hasta hoy que difunden los secretos de los trabajos más
grandes de arquitectura en presencia de las proporciones subyacentes. Sin negar
ni la presencia ni la necesidad de proporcionalidad en arquitectura, la atención
debe dirigirse a ciertas concepciones erróneas. No toda proporcionalidad
es reductible a una razón, aunque sólo como cálculo haya
sido admitida en la teoría arquitectónica. Una razón es
una comparación entre dos números, como 1: raíz de 2 o ¾.
Como los números, que no tienen ellos mismos una realidad tangible, deben
ser empujados por la voluntad hacia las cosas, tenemos que preguntar cómo
una razón puede hacerse sensible en arquitectura; la respuesta nos devuelve
a nuestro punto de partida, el dibujo.
Si el medio más simple de expresar una razón fuera del número
es la división de una línea, la segunda expresión más
simple es un área, de lo largo a lo ancho. En arquitectura, la razón
reside en esta forma creadora de superficies. La razones así expresadas
llenan una hoja como Lord North llenó una silla: con un cuadrado. Y tiene
que ser una hoja de papel sin arrugas ni pliegues, vista frontalmente, porque
si no la proporcionalidad se degenera. Cuanto menos euclideano el plano, o cuanto
más oblicuo el punto de vista, más degenera la forma. No obstante,
mientras la superficie del edificio mantiene una identidad suficiente con la
hoja de papel, las razones proporcionales pueden ser trasladadas con poca pérdida.
Los propios mismos arquitectos que usaron esta identidad aproximada tan ventajosamente,
de Alberti a Palladio y más adelante, estaban preocupados por establecer
un canon de proporciones. Eran también muy conscientes de los peligros
que acechaban en la tercera dimensión, lista para degradar la belleza
construida con tanto trabajo en el plano.(32) Pero, auque esta dificultad los
dejara perplejos, era acorde con la explicación entrópica del valor
que se daba en la doctrina del esencialismo. Se suponía que las cosas
se degradaban cuando se movían de la idea al objeto. Era una dificultad
fácil de articular en teoría, mientras que la capacidad de transfigurar
en el dibujo era una ventaja potencial no tan fácil.
A juzgar por el carácter nostálgico y al mismo tiempo dogmático
de gran parte de la literatura del siglo XX sobre la proporción arquitectónica,
lo que ha sido bien y verdaderamente ‘perdido' es el sentimiento de una limitación
intrínseca de la idea. Una demostración notable de esta inocencia
recuperada es el análisis aportado por Matila Ghyka sobre la cara de Helen
Will para probar que su belleza estaba fundada en la razón áurea.(33)
El análisis no es de la superficie redondeada, ondulante, plegada y picada
que llamamos cara, sino de otra superficie sobre la cual la cara fue aplanada
por el proceso de fotografía.
Figura
13.
Las estaciones del análisis proporcional de la cara de Helen Wills, tomada
del libro de Matila Ghyka, “El número de oro”, 1931 |
|
Presento esto como una parodia invertida del procedimiento de De
l'Orme en Anet. La curvatura existente, fascinante, compleja de
la cara de Wills está proyectada a través del lente de
la cámara sobre una superficie plana, donde se inscribe una
visera nada atractiva de líneas construida con los elementos
básicos de la geometría en el plano. Empiece desde
el final y vaya hacia atrás, y obtendrá el calado invertido
de la cúpula de la capilla en Anet. En el análisis
de Ghyka, la geometría básica del plano termina como
fundamento; en Anet era sólo el principio.
El de De l'Orme no era el único camino; había otros, igualmente
eficaces. Un estudio de otros proyectos que rompiera la equivalencia entre dibujo
y construcción —San Carlo alle Quattro Fontane de Borromini o Ronchamp
de Le Corbusier— mostraría que los arquitectos trabajan de modo muy diferente,
aunque tal vez, en ambos ejemplos, más de acuerdo con nuestro prejuicio
de que los arquitectos de genio (el caballo atormentado por su brida, el león
enjaulado, para usar las imágenes bestiales que Borromini da de sí mismo)
deben liberarse de la restricción del dibujo geométrico antes que
usarlo.(34) Mientras que no tengo ningún argumento para este punto de
vista per se, nos ha dejado insensibles a la potencia que existió —y todavía
existe— en la precisión del dibujo, que también es capaz de desembarazar
a la arquitectura de esas mismas conformidades impasibles con la forma, propiedad
y esencia, pero desde el medio normalmente usado para reforzarlas.
Dos propagandas actuales: un comercial de TV de pintura hogareña que muestra
las frenéticas y desordenadas travesuras de un bárbaro artista
de Glaswege, cuyo estudio está siendo pintado mientras tanto con un blanco
puro por un decorador meticuloso e imperturbable; el corto de un diario para
el Programa de Oportunidades para Jóvenes que muestra a un joven marginal
escribiendo “Spurs” con aerosol sobre una pared, y luego transfigurado en un
aprendiz de sobretodo blanco pintando un placa pequeña y elegante para
el mismo club de fútbol. En ambos aparece el absurdo prejuicio público
a favor de la pulcritud: la pulcritud como signo de civilización. Hay
un contra-prejuicio, una reacción, una expiación cultivada, en
verdad no menos llena de limitaciones, que opera a favor de lo impremeditado
y lo desregulado como signos de arte y sentimiento. Ninguna de las dos sirve.
Sería posible escribir una historia de la arquitectura occidental que
tenga poco que ver con el estilo o la significación, que se concentre,
en cambio, en la manera de trabajar. Una gran parte de esta historia se ocuparía
de la laguna entre dibujo y construcción. En ella el dibujo sería
considerado no tanto como un trabajo de arte o un camión para acarrear
ideas de un sitio a otro, sino como el lugar de los subterfugios y las evasiones
que de una manera u otra rodean el peso enorme de la convención que siempre
ha sido la seguridad mayor de la arquitectura y al mismo tiempo su mayor responsabilidad. Ésta
es una de mis ambiciones: la historia del geómetra arquitecto de Blake
ha sido escrita cien veces.
Figura
14.
William Blake, “La antigüedad de los días”. Frontispicio de “Europa,
una profecía”, 1794. |
|
Yo quisiera escribir la historia de la arquitecta de Giacinto Brandi,
no —me apresuro a agregar— porque sea muy joven y hermosa, sino
por la expresión no característica de su cara y su
postura.(35)
Figura
15.
Giacinto Brandi, “La arquitectura”, siglo XVII. |
|
Es el tipo de expresión que la pintura del
siglo XVII normalmente reserva para las prostitutas y cortesanas.
El tema de la pintura es incierto, su título
una suposición moderna que se apoya en el hecho de que sostiene un compás,
y nada más que eso. Uno podría preguntar qué se espera
que una figura semejante haga con el instrumento que nos muestra.
Postscriptum
Escribí este Artículo antes de visitar Anet y ver
la cúpula y el piso de la capilla. Parece ser como lo describí,
con la excepción de un detalle que había escapado a
mi atención en la fotografías que tenía. Después
de mi regreso, otra fotografía —tomada por mí— mostró esto.
Es más fácil discernir relaciones proyectivas entre
dos superficies tal cual aparecen en fotografías que en el
edificio mismo, donde no pueden ser vistas al mismo tiempo, y es
sólo el recuerdo de una aparente similitud lo que da la idea
de su relación con el edificio. (Dada la dificultad de comparación
directa, la modificación de De l'Orme de la equivalencia proyectiva
para hacer que las dos superficies se vean más parecidas es
mucho más efectiva y mucho más artística.) La
anomalía en mi explicación de la cúpula de la
capilla concierne a la relación de dieciocho costillas que
dan vueltas alrededor del anillo de la linterna. Había pensado
que pasaban a través del filo de la linterna tangencialmente —y
desde el piso dan toda la apariencia de hacerlo—, pero no es así.
De hecho el anillo de la linterna recorta un pequeño camino
dentro del borde del esquema de intersecciones, eliminando el círculo
final de medios rombos. Evidentemente ésta era otra de las
modificaciones de De l'Orme de la equivalencia proyectiva, porque
el encastrado de mármol en el piso incluye esta parte del
motivo. Es posible que esta modificación particular tenga
menos que ver con el forjado de un parecido aparente entre el piso
y la cúpula que con la dificultad técnica de cortar ángulos
tan agudos en la piedra más frágil de la cúpula.
Notas
Del latín translatio, remover o
acarrear de un lugar a otro.
2 Lawrence Weschler, Seeing is Forgetting the Name of the Thing One Sees (Berkeley,
1982). Estudio de Robert Irwin.
3 Michael Baxandall, Giotto and the Orators: Humanist Observers of Painting
in Italy and the Discovery of Pictorial Composition 1350-1450 (Oxford, 1971).
T. J. Clark, The image of the People (Londres, 1973); The Absolute Bourgeois
(Londres, 1972); The Painting of Modern Life. Norman Bryson, Word & Image:
French Painting of the Ancien Régime (Cambridge, 1981); Vision & Painting:
The Logic of the Gaze (Londres, 1983).
6 Bennington College, Vermont.
7 El relato más estimulante sobre este deslizamiento de los límites
categoriales está en Rosalind Krauss, “Sculpture in the Expanded Field”,
October 8 (1979); también en: Krauss, The Originality of the Avant-Garde
and Other Myths (Boston, 1985).
8 Otros incluirían a Walter de Maria, Robert Irwin, Gordon Matta-Clark,
Donald Judd, Robert Smithson, Michael Heizer, Christo, Robert Morris, Dan Flavin,
DeWain Valentine, Mario Merz, John Atken, Sarah Bradpiece, David Mach, y otros.
La cuestión con estos artistas no es si usan dibujos (algunos lo hacen),
sino cómo los usan y por qué. Sobre todo, la cuestión
es hasta qué punto el dibujo, si se lo usa como medio de investigación,
imparte propiedades significativas a la cosa que representa. Muchas de las
obras de los artistas enumerados, obras que son geométrica y aparentemente
reducibles al dibujo, en realidad no lo son, ya que poseen propiedades de sustancia
y luminosidad que, a pesar de que pueden ser remedadas en el dibujo, no pueden
ser ser desarrolladas en el dibujo investigativo.
9 Esto es verdad, por ejemplo, para la crítica de Kay Larrison, que
de no ser por esto sería excelente, de la muestra retrospectiva de Turrell
en el Whitney, en Art Forum, enero de 1981, pp.30-33.
10 Soy consciente de lo similar que es mi descripción a la que hizo
Barbara Haskell de Laar, otra de las instalaciones de Turrell, que apareció en
Art in America, mayo de 1981, pp. 90-99. Conocí el artículo de
Haskell antes de haber visto yo mismo la obra de Turrell, e incluso lo usé en
conferencias. Luego hice un esfuerzo para escribir diferenciadamente sobre
este tipo de instalaciones, pero me encontré con que de ninguna manera
podía hacerlo. Esto es ciertamente una indicación de mi deuda
hacia Barbara Haskell. Puede indicar también una ineludible consistencia
en la obra de Turrell. Ver también Kay Larson, op. cit., y Suzaan Boettger,
Art Forum, septiembre de 1984, pp. 118-19.
11 Plinio el Viejo, Historia Natural, vol. XXXV, parágr. 151. Ver también
K. Jex-Blake, The Elder Pliny's Chapters on the History of Art (Londres, 1896).
La historia adaptada por los pintores fue registrada por Plinio como el origen
del modelado (el padre de Diboutades, alfarero, luego rellenando el contorno
de la cabeza con arcilla para hacer un relieve).
12 La pintura de Schinkel no es característica dentro del género.
Aunque es aceptada como ilustración de la historia de Diboutades, en
la cual Plinio describe la sombra proyectándose sobre una pared, la
completa ausencia de arquitectura es, hasta donde yo sé, única,
excepto por una variante temprana de Joachim von Sandrart (1675). Schinkel
parece haber fundido la anécdota de Plinio (una mujer como inventor)
con el pastor de Sandrart rastreando la sombra de sus ovejas en el suelo. Ver
K. F. Schinkel, Architektur, Malerei, Kunstgewerbe (Berlín, 1981), entrada
de catálogo 207a, p. 267; y Robert Rosenblum, “The Origin of Painting”,
Art Bulletin, diciembre de 1957, pp. 279-90.
13 Esta paradoja fue señalada por Lethaby, uno de los mayores admiradores
de Webb. Ver W. R. Lethaby, Philip Webb and his Work (Londres, 1979), pp. 117-25. “Hay
dos ideales,” escribe, “edificio sano, honesto y humano, o dibujos brillantes
de diseños de exhibición.”
14 Debe hacerse una distinción entre aquellos retratos de artistas en
los cuales la herramienta representaba la ocupación (pincel, cincel
o compás) y aquéllos en los cuales se muestra la obra en sí misma.
15 G. T. Toolmer, “Claudius Ptolemy”, en Dictionary of Scientific Biography,
editado por Gillespie, vol. xi, pp. 186 y ss.; y Claudio Ptolomeo, Liber de
Analemmate (Roma, 1562), que incluye muchos diagramas.
16 Decio Gioseffi, Giotto Architetto (Milán, 1963), pp. 82-4. Una inspección
más cercana revela algunas inconsistencias menores en la proyección.
Por ejemplo, las facetas de los bastiones de las esquinas, que están
decoradas con cuadrados de mármol oscuro encastrado, se muestran con
las fajas verticales del encastre, igual de anchas que en los planos frontales
y oblicuos. En algunos de los paneles inferiores, sin embargo, la reducción
proporcional sobre la superficies oblicuas se mostró correctamente.
17 Es interesante que la historia del origen de la geometría griega,
también incluida en Plinio, sea muy similar a la del origen del origen
del dibujo. Nos cuenta cómo Thales halló la altura de un pirámide
egipcia midiendo la longitud de su sombra sobre el suelo, y comparándola
con la sombra hecha a la misma hora del día por una vertical más
pequeña de altura conocida. Reconocer la equivalencia formal entre estas
dos cosas requiere, como señala Meserve, concebir a las líneas
imaginarias uniendo las puntas de las verticales con los extremos de sus sombras
sobre el suelo, inaugurando así la geometría lineal abstracta.
La imperceptividad de la historia, pretendiendo que la línea abstracta
fue descubierta al medir un edificio, cuya construcción habría
requerido previamente este conocimiento, es discutida por Serres. Ver Bruce
Meserve, Fundamental Concepts in Geometry (Nueva York, 1983), pp. 222-3; y
Michel Serres, “Mathematics and Philosophy: What Thales Saw...”, en Hermes
(Baltimore, 1982), pp. 84-96
18 Uno de los mejores ejemplos de este tipo está también en la
Opera del Duomo en Siena. Es un dibujo de la fachada del Baptisterio de Siena
hecho alrededor de 1370, probablemente por Domenico Agostino. Los portales
en nichos profundos y las ventanas de la nave parten de la proyección
ortográfica. Ver John White, Art and Architecture in Italy 1250-1400
(Harmondsworth, 1966), p. 327 y lámina 154. White también discute
el dibujo italiano más temprano de este tipo, la fachada de la Catedral
de Orvieto, de Lorenzo Maitani, alrededor de 1310 (p. 292).
19 Edi Baccheschi, L'Opera Completa de Giotto (Milán, 1966). P. 126.
Baccheschi cuestiona la atribución; sin embargo, White (supra, p. 172)
la acepta como probable, mientras que Trachtenberg argumenta vigorosamente
que el esquema es de Giotto, y quizás incluso su dibujo (M. Trachtenberg,
The Campanile of Florence Catedral: Giotto's Tower (Nueva York, 1971), pp.
21-48).
20 Según Panofsky, éste fue el caso no sólo con los relieves
egipcios, sino también con las esculturas en la ronda. Ver Erwin Panofsky, “The
History of the Theory of Human Proportions as a Reflection of the History of
Styles”, en Meaning in the Visual Arts (Nueva York, 1955), pp. 60-62.
21 L. B. Alberti, The Ten Books of Architecture, traducido por Leoni, editado
por Rykwert (Londres, 1955), libro I, cap. I.
22 E. H. Gombrich, Art and Illusion, (Londres, 1972), parte iii, especialmente “The
Ambiguities of the Third Dimension”, pp. 204-244.
23 “Todos los que se tomen el trabajo, entenderán lo que he hecho con
la cúpula esférica que tenía que hacer para la capilla
de Anet, con varios tipos de ramificaciones inclinadas en direcciones contrarias
y formando por este mismo medio compartimentos que son rectos y perpendiculares
sobre el plano y el solado de dicha capilla.” De l'Orme, Le Premier Tome de
l'Architecture (París, 1567), cap. XI, p. 112.
24 El trabajo reciente más inteligente sobre de l'Ormé es el
de Anthony Blunt, Philibert de l'Orme (Londres, 1958). Blunt se dio cuenta
y aceptó la relación proyectiva en cuestión. (p. 43)
25 De l'Orme, habiendo notado la proyección del piso en la cúpula,
refirió al lector a una propuesta similar, que procedió a demostrar
y explicar. Esto involucraba la proyección de una superficie plana en
una superficie esférica (supra, cap. XII, pp. 112-113), pero fue una
forma más simple de cuadrados concéntricos en un solado cuyos
efectos en la cúpula podrían ser visualizados fácilmente
a partir del plano.
26 La sección de perspectiva publicada por de l'Orme mismo, primitiva,
como la mayoría de sus perspectivas, mostraba el trazado inadecuadamente
y no mostraba la forma del piso (aunque hay una variante de ésta que
sí incluye el solado y lo muestra con el mismo número de intersecciones
que la cúpula). No ha sobrevivido ningún dibujo ortográfico
de la capilla que hizo de l'Orme. El plano publicado por Androuet du Cerceau
en Les plus excellents bastiments de France, vol. 2 (París, 1607), mostraba
el piso casi puesto (número equivocado de arcos, tipo de configuración
correcto), pero la superposición del plano de la linterna oscureció el área
más crítica de la forma. El plano de la investigación
publicada por Rudolph Pfnor en Monographie du chateau d'Anet (Bruselas, 1867),
en todo aspecto mucho más adecuado, preservó las características
topológicas del nido de curvas, pero no las dibujó como arcos
circulares, mientras en la sección tanto las curvas como sus intersecciones
en la cúpula fallan en corresponder a la forma tal como fue construida.
27 Blunt se percató de la naturaleza ingeniosa de la forma de los nichos,
de su apartamiento del método usual de compartimentar cúpulas
usando líneas de latitud y longitud, y de la imprecisión de los
dibujos disponibles, aunque a pesar de estas perspicaces observaciones su propia
explicación desmejora rápidamente. Escribió: “a través
de los 16 (sic) puntos en el óculo están dibujados dos grandes
círculos, uniéndolo con dos puntos sobre el ecuador y separado
de éste sobre el plano del suelo, por lo que parece ser un ángulo
de 180º.” Lo que hizo Blunt fue dar una descripción del plano de
du Cerceau sobre el solado (con sus dieciséis pares de ramificaciones,
no dieciocho) mientras llama a los arcos grandes círculos y no toma
en cuenta la superposición del plano de la linterna en el dibujo de
du Cerceau, artefacto que dio origen a los efectos que describió en
este pasaje. En otras palabras, estaba describiendo parte de un dibujo del
piso, no la cúpula entera (grandes círculos no podrían
en ningún caso reunirse dos veces en una superficie hemisférica
a menos que las dos intersecciones estuvieran sobre el borde). Ver Blunt, supra,
pp. 39-42. Para mis propias investigaciones he usado una tosca fotogrametría,
con fotografías de la cúpula y el piso de la Conway Library,
Courthauld Institute, y en Country Life, 16 de mayo de 1908, pp. 702-4. El
método, en mis manos, no es perfecto, pero probablemente sea adecuado.
Da con certeza resultados mucho más confiables de los que podrían
ser obtenidos de dibujos existentes.
28 Si una esfera se divide como está dividido el globo terrestre, con
líneas de igual longitud y latitud, y se unen las diagonales, emerge
una forma de este tipo (ver Fig. 11 en este artículo de W. Jamnitzer,
Perspectiva Corporum Reguliarium (Nuremberg, 1568, serie G, lámina v).
Difiere significativamente del arreglo en Anet, sin embargo, en que todas las
diagonales espiraladas irradian de los polos. En Anet esta área está completamente
vacía de curvas. Una simple división métrica da también
la forma del solado del Campidoglio de Miguel Ángel. Un óvalo
construido con arcos mayores y menores de igual largo hizo de la división
de cada uno de los cuatro curvas componentes en seis partes iguales una cuestión
muy simple. Los radios se unían a éstos desde el centro del óvalo,
y entonces estos radios estaban ellos mismos divididos en seis partes iguales.
Unirlos a todos producía una tela de araña de óvalos concéntricos
a través de las líneas radiales. Alternar diagonales en la red
producía el esquema. Otra vez, todas las diagonales convergían
en el centro.
29 La estereotomía de de l'Orme requiere un estudio separado. La suya
fue la primera publicación de la técnica que mantuvo una presencia
clara en la arquitectura francesa bien entrado el siglo XVIII y fue enseñada
sistemáticamente bien entrado el XIX. Ver J. -M. Pérouse de Montclos,
L'Architecture à la Francaise (París, 1982), partes 2 y 3, especialemente
pp. 80-95.
30 El hipópede era una de las pocas curvas, además del círculo
y de las secciones cónicas, que estaba bien establecida en la geometría
griega antigua; sus propiedades han sido investigadas por el matemático
Eudoxo en el siglo IV a.c. Ver Carl Boyer, A History of Mathematics (Nueva
York, 1968), p. 102. Es una cuestión abierta si esto era conocido por
de l'Orme y, si lo era, cómo contribuyó con su uso en la cúpula
de la capilla.
31 Esta interpretación está de acuerdo con el reducido número
de intersecciones sobre el solado. Y, lo que es más importante, está de
acuerdo con los rombos del solado. En la envoltura de círculos que he
propuesto como la base del trazado de la cúpula los rombos son más
gruesos en el medio del anillo y se aplanan hacia el borde interior y exterior.
El solado, tal como está construido, con el incremento de los radios
de los círculos y la extensión de borde exterior de la envoltura,
hace sólo seis de los ocho anillos originales de rombos sobre el espacio
disponible del piso. El hecho de que el cuarto y el quinto anillo de rombos
(numerados desde el óculo hacia fuera) sean de la misma proporción,
mientras que seis anillos (los más exteriores) son marcadamente más
planos y comparables en proporción al tercer anillo, sostiene esta conjetura,
ya que esta es exactamente la propiedad de toda la envoltura de curvas de ocho
anillos. No sólo hace esto que el motivo del piso se vea más
como la forma expansiva del de la cúpula, sino que la cornisa que se
proyecta debajo de la cúpula corta el borde inferior de la cúpula
misma de la vista, mientras oscurece gran parte del anillo inferior de los
rombos y hace su densidad observable mucho más equivalente a la del
piso.
32 De l'Orme, Premier Tome, p. 33. Pero de l'Orme no era en ningún lugar
tan insistente en la perfección del círculo como otros escritores
sobre arquitectura del siglo XVI, porque prefería concentrar sus elogios
en la figura de la cruz.
33 James S. Ackerman, The Architecture of Michelangelo (Harmondsworth, 1986),
pp. 167-8. Estoy agradecido también a Richard Patterson por la información
sobre esto.
34 Así Alberti, que había hecho más que nadie para propagar
el conocimiento de la perspectiva en su libro sobre pintura, la acusó de
distorsión en su libro sobre arquitectura (The Ten Books on Architecture
(1955), p. 22). En los siglos siguientes, la proporción, su inevitable
distorsión por el ojo, y su ajuste práctico para contrarrestar
las ilusiones ópticas de encarnación en tres dimensiones fueron
discutidas por numerosos autores. Claude Perrault dio una explicación
brillante aunque muy crítica tanto de la proporción como del
ajuste en Ordonnance de cinq espéces de Colonnes (París, 1683)
(Tratado sobre los cinco órdenes, traducido por John James (Londres,
1708)).
35 Matila Ghyka, Le nombre d'Or (Paris 1931), p. 55 y láminas 18-20.
36 Joseph Connors, Borromini and the Roman Oratory (Boston, 1978), p. 3. La
conferencia de Connor sobre S. Carlo en la Asociación Arquitectónica
en 1982 fue muy informativa sobre el uso que Borromini hacía del dibujo.
37 Renato Guttuso, L'opera completa del Caravaggio (Milán, 1967), pp.
108-109.
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