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Las
simetrías paradójicas de Mies van der Rohe
Robin Evans
Publicado
orginariamente en AA Files 19, primavera de 1990, con el
título
“Mies van der Rohe’s Paradoxical Symmetries”.
La traducción ha sido realizada por Tadeo Lima de la
versión publicada en Robin Evans, “Translations
from Drawing to Building and Other Essays”, Architectural
Association, Londres, 1997.
Los
edificios no son siempre mejores que lo que las fotos muestran
de ellos, tampoco son necesariamente más significativos
que las teorías que surgen en su derredor. Todo depende.
Una de las obras más famosas de Mies van der Rohe, el
Pabellón Barcelona de 1929, ha sido usada para ilustrarlo.
En su estudio de la historia crítica del pabellón,
Juan Pablo Bonta mostró cómo el actual pabellón
no salía muy bien parado de la comparación con
sus fotos y con lo escrito sobre él. La existencia del
pabellón había sido corta –sólo seis
meses–, y había recibido una cobertura modesta por
parte de la prensa. Sin embargo, más de un cuarto de siglo
después de ser desmantelado, fue elevado al status de
obra maestra, mayormente por críticos que nunca lo habían
visto. Bonta formuló entonces dos preguntas muy pertinentes: ¿por
qué había tomado tanto tiempo tal reconocimiento
y, en la ausencia del pabellón mismo, sobre qué base
se hacían dichos juicios? Después de leer el libro
de Bonta empecé a ver al pabellón como un mero
fantasma, construida su reputación sobre la frágil
evidencia de unas pocas fotografías publicadas y de un
impreciso plano (Fig. 1).(1) Entonces visité el edificio
después de su reconstrucción, en el emplazamiento
original, entre 1985 y1986.
Asimetría
Si hay algo
más allá de toda discusión, es la asimetría
del pabellón. Esta puede entenderse como una respuesta
a su emplazamiento, al final de una larga plaza, eje lateral
mayor de un vasto conjunto de edificios monumentales, construidos
para la Exposición de Barcelona de 1929.(2) El asimétrico
pabellón cortaba este eje, cancelando la simetría
precisamente en el punto en que esta pedía ser confirmada.
Correspondiendo dicha demanda, en el extremo opuesto de la plaza
se hallaba la fachada tímidamente simétrica del
pabellón que representaba a Barcelona. Sabemos que Mies
prefirió esta ubicación al lugar originalmente
ofrecido. Si bien se hallaba en la vía principal, este
primer lugar no participaba de la disposición axial de
la Exposición. Mies deliberadamente emplazó su
edificio sobre el eje, deslizándolo entre dos elementos
ya existentes de la escenografía simétrica: una
pantalla de columnas jónicas enfrente, y un tramo de escalones
atrás. Desarrollando el diseño, Mies dibuja una
y otra vez el eje a través del plano del pabellón,
midiendo las asimetrías contra él.(3) El tramo
de escalones que sube la pendiente inmediatamente detrás
del pabellón otorgaba un énfasis dramático
a la obliteración local de la simetría, puesto
que a todos los que bajaran por esos escalones les haría
frente una vista axial en toda la profundidad de la plaza, permaneciendo
elevado el nivel de sus ojos por sobre los techos y las paredes
de Mies flotantes y desplazados en un primer plano.
Pocos edificios modernos han sido tan deliberadamente hostiles hacia sus inmediaciones.
Sólo el despojado bloque de Loos en la Michaelerplatz, enfrentado al
Palacio Imperial en Viena, resulta comparable. La observación in situ
del Pabellón Barcelona muestra que éste se relaciona con su contexto
confrontándolo. En estas circunstancias, la asimetría debe ser
considerada agresiva, no apacible. Bonta ha mostrado sin embargo, que la asimetría
del pabellón fue en su momento asociada a la posición política
conciliadora de la República de Weimar.
Existe otra interpretación política más reciente del Repräsentationspavillion
de Mies para el Reich Alemán. Mucho se ha escrito sobre su voluntaria
colaboración con los nazis entre 1933 y 1937.(4) Aunque se haya intentado
la exoneración (era sólo un hombre que amaba su país,
no estaba interesado en la política), algo del barro le queda pegado.(5) ¿Pero
permanece adherido a sus edificios? Acá es donde el silencio de Mies
es tan difícil de interpretar. ¿Es la negativa a entregarse o
el fracaso en responder? Giedion describe a Mies como sentado tranquilo pero
firme en su modernidad iluminista, mientras la noche cae a su alrededor;(6)
Josep Quetglas, por su lado, en un inteligente escrito que hace casi parecer
que hubiera sido el Pabellón Barcelona mismo el que precipitó el
Tercer Reich, identifica sus cualidades inútiles, silenciosas, marmóreas
y vacías como “símbolos premonitorios del militarismo prusiano –medio
de las hordas hitlerianas que comenzarán a operar inmediatamente después
de la crisis de 1929”.(7) Pero, ¿cómo pudo ser premonitorio
el pabellón? ¿Acaso contribuyó al ascenso de las hordas
hitlerianas, o es que, después de su arribo, el pabellón nos
las trae a la memoria?
Respecto de la primera pregunta, tal cosa es posible. Un clima de opinión
y un clima de deseo pueden surgir del efecto acumulativo de sugestiones no
formuladas, y de las instancias subliminales de lo que es visto y sentido;
un edificio podría en consecuencia, de forma intencional o no, ser un
agente de adoctrinamiento político. Pero cualquier influencia muda del
Pabellón Barcelona que pudiera haber inclinado hacia el nazismo habría
seguramente sido insignificante en comparación con todo lo que inclinaba
en la dirección contraria. A Hitler ciertamente no le gustaba este edificio.(8)
La asimetría, la tranquila disposición horizontal, la ausencia
de insignias (Mies se negó a colocar el águila alemana en la
pared de mármol verde enfrentada al eje) sugieren menos un cierto chauvinismo
que su deliberada supresión. En un escrito de 1929, Rubio Tuduri parafraseó el
discurso que pronunciara en la ceremonia de inauguración el Kommissar
alemán, Georg von Schnitzler:
“Aquí ven
el espíritu de la nueva Alemania: simplicidad y claridad
de medios, e intenciones abiertas al viento, como a la franqueza –nada
cierra el acceso a nuestros corazones. Un trabajo hecho honestamente,
sin orgullo. ¡Esta es la casa tranquila de la Alemania
sosegada!” (9)
Firme en su
rechazo de los medios aceptados para el establecimiento de un
orden monumental, el pabellón, leído como metáfora
para la disposición de una nación, convirtió algo
muy prestamente asociado a la humillación en una belleza
desarmante. La posición de conciliación de la República
de Weimar frente a las demás naciones de Europa se expresó en
un repudio violento de la simetría, porque la simetría
era una convención arquitectónica asociada a la
prepotencia, el autoritarismo, y al enaltecimiento nacional.
El resultado: tranquilidad beligerante, un oxímoron arquitectónico.
A Mies le gustaba ese tipo de cosas (menos es más).
Cinco meses más tarde, en octubre, el fin de la República de
Weimar estaba a la vista. Este fue un período en que pocas cosas despertaban
más la ira nazi que la postura supina de Alemania en la comunidad internacional,
especialmente la continua aceptación por el gobierno de Weimar del desarme
y las reparaciones.(10)
Respecto de la segunda pregunta, si el Pabellón Barcelona trajera a
la mente algo ulterior, serían los drive-in banks de los suburbios americanos,
no las hordas hitlerianas. Todavía hay más para decir sobre lo
político del pabellón, pero permítasenos dejar el asunto
de lado por ahora.
Sería útil mientras tanto saber un poco más sobre la naturaleza
y el alcance de la asimetría del pabellón. Mucho depende de la
forma en que se defina la simetría. La concepción arquitectónica
de la simetría es bastante restringida en su alcance. Los arquitectos
no tienen en su cabeza normalmente el concepto físico de simetría,
que puede ejemplificarse en cosas que no ofrezcan ninguna simetría visible.
Casualmente, existe una rara excepción a esto no lejos de Barcelona:
la capilla de la Colonia Güell de Gaudí. Aunque la capilla carezca
de regularidad formal, ella fue diseñada para que acordara con ciertas
ecuaciones de estática. Hablamos, entonces, del tipo de simetría
que puede existir en un axioma.(11) La usanza arquitectónica también
acostumbra dejar de lado el concepto vitruviano más general de simetría,
la “simetría dinámica” de Hambidge, como también
las variedades prácticas de simetría usadas en matemática,
tales como la simetría rotatoria. A lo que los arquitectos se refieren,
cuando hablan de simetría, es la simetría refleja, también
llamada simetría “de espejo”. A pesar de lo restringido
de su definición, este tipo de simetría es notablemente penetrante,
y casi imposible de erradicar de los edificios modernos. Hay multitudes de
simetrías reflejas en el Pabellón Barcelona. De hecho, cada componente –paredes,
estanques, placas del solado y de los cielo rasos (todos rectangulares)– tiene
al menos tres planos de simetría.
La asimetría del pabellón reside en la disposición general
de sus componentes, no en los componentes mismos, que son más simétricos
y homomórficos que lo usual para un edificio. Un tipo de orden es relevado
por otro. Hitchcock y Johnson reconocieron esto en 1932, cuando propusieron
regularidad como sustituto de simetría. La estandarización, escribieron, “automáticamente
otorga un alto grado de consistencia en las partes. De aquí que los
arquitectos modernos no necesiten la disciplina de la simetría bilateral
o axial para lograr un orden estético. Esquemas de diseño asimétricos
resultan de hecho preferibles, estética como técnicamente. Es
que la asimetría verdaderamente intensifica el interés general
de la composición“.(12) Según ellos, la asimetría
era una reacción no tanto contra la arquitectura clásica, como
contra la arquitectura moderna misma, que ya estaba provista de un orden abrumadoramente
repetitivo en sus componentes. En el Pabellón Barcelona ocurren reacciones
contra ambas, la arquitectura clásica y la moderna, simultáneamente
e in extremis; como si David hiciera un gesto de indiferencia mientras mata
a Goliath.
Estructura
racional
La simetría
vino y se fue de la obra de Mies, por lo que podría argumentarse
que ni la simetría ni la asimetría son centrales
para entender su desarrollo. Su preocupación de toda la
vida fue la lógica de la estructura y su expresión.
Si miráramos ahora en esta dirección, tal vez encontraríamos
menos paradojas, y tal vez todos esos epítetos como universal,
claro, racional, etc., caerían ahora más fácilmente
cada uno en su lugar.
Mies recordó que mientras diseñaba el Pabellón Barcelona
se dio cuenta, por primera vez, que las paredes podían ser libradas
de la carga de la cubierta. La función de la columna era sostener el
edificio; la de la pared, dividir el espacio. Lógica al fin, de algún
tipo.(13) El plano muestra esto con claridad: ocho columnas, ordenadas simétricamente
en dos filas, soportan el techo, mientras las paredes asimétricamente
dispuestas se deslizan apartándose de las columnas, apartándose
unas de otras, y desfasándose en el seno de la matriz ortogonal. Un
principio se transforma así en un hecho.
Ahora, esto no es en efecto verdad. Tampoco es manifiestamente verdadero, excepto
en el plano. Pasemos por alto la decidida falta de candor en la construcción,
con su base de ladrillo por debajo del podio y su armadura de acero escondida
en la losa del techo y las paredes de mármol –paredes de un resonar
hueco y delator cuando se las golpea. Ignórese esto, porque siempre
que se hace una observación de este tipo sobre algún edificio
de Mies, la respuesta es la misma: Mies no estaba interesado simplemente en
la verdad de la construcción, estaba interesado en expresar la verdad
de la construcción. Los ejemplos más celebrados de esta verdad
duplicada son la mayoría de las veces los edificios americanos tardíos:
los departamentos Lake Shore Drive, el Crown Hall y demás. ¿Tendríamos
que decir entonces del Pabellón Barcelona, que sería un intento
temprano pero no demasiado exitoso de lograr la concurrencia de estas dos versiones
de la verdad estructural, de tal forma que el edificio expresara este principio
recién descubierto? Creo que no, y por dos razones: primero, porque
el principio está muy mal expresado en el pabellón y, segundo,
porque el pabellón es demasiado refinado y demasiado hermoso.
Un colega que estaba conmigo en Barcelona comentó que Mies debería
haber dejado un espacio entre las paredes y el techo.(14) Dejando las objeciones
técnicas de lado (el techo probablemente se caería), esto hubiera
ciertamente ilustrado el principio en forma más gráfica. También
Frank Lloyd Wright ofreció consejos sobre cómo mejorar el pabellón.
En 1932 le escribió a Philip Johnson que le gustaría convencer
a Mies de “que se deshiciera de esos malditos pilotes de acero, que se
ven tan peligrosos e interfieren con su precioso diseño”.(15)
Las dos recomendaciones buscan clarificar lo que parece ser estructuralmente
ambiguo. O las paredes están interfiriendo con el techo, o las columnas
lo están haciendo con las paredes. Cuando se mira el pabellón
en vez de su plano, cuando se ven esos pequeños pilares de acero, cruciformes
y fundados en cromado como para que su sustancia magra se disuelva en tenues
manchas de luz, no puede seriamente vérselos como los únicos
medios de soporte (lo que no son), ni siquiera como los principales medios
de soporte (que es lo que son). Teniendo en cuenta esto, efectivamente se ven “peligrosos”.
Obsérvese ahora las fotografías de 1929 y la única perspectiva
dibujada por Mies que sobrevivió que no es sólo un boceto (Fig.
2). Las fotografías muestran unas columnas resplandecientes aún
menos sustanciosas en apariencia (porque más reflejantes) que las de
la reconstrucción, mientras que en el primer plano de la perspectiva
dos líneas verticales que señalan una columna están dibujadas
tan cerca una de la otra que parecen más una cuerda tensada que una
columna bajo compresión. Tenemos acá una pista.
Una de las piezas del equipamiento de iluminación diseñado para
la casa Tugendhat en 1930 está suspendida en un cable tensado entre el
piso y el techo (Fig. 3). Pensadas
de esta manera, las columnas del Pabellón Barcelona cobran más
sentido. Todas excepto una están puestas al lado de una pared. Las paredes
parecen descansar sobre el podio, y el techo parece descansar en las paredes.
Los elementos están montados, pero no fijados. Las columnas parecen cumplir
esta tarea, como pernos atando el techo al piso y ciñendo las paredes
firmemente en el medio. Esta relación estructural intuida no es –sostendré– enteramente
imaginaria (con fuertes vientos las columnas pueden de hecho trabajar a tensión,
como lo hacen los pernos), pero su verdad es menos importante que su coherencia
como ficción.
Considerada a la luz de la explicación ofrecida por Mies y sus seguidores
de la Chicago School, la estructura del Pabellón Barcelona es a la vez
engañosa y disparatada. Un principio fue descubierto y después
oscurecido, lo que no suena particularmente racional o particularmente expresivo.
La estructura puede tener un sentido manifiesto, pero sólo si abandonamos
la explicación oficial. Las columnas sujetan el techo a las paredes, hacia
abajo, como si estuvieran en peligro de volarse. Lo sujetan más seguramente
que lo que lo sostienen. Hasta el temible racionalista Hilberseimer necesitó de
milagros para ayudar a apoyar las estructuras de su amigo, que consideraba, eran
racionales en el sentido en que Santa Sofía era racional. En esta fina
pieza de ingeniería, escribió, la cúpula parece “colgar
del cielo por cuerdas doradas”. Estaba citando a Procopio, un fundamento
histórico suficientemente firme, pero ¿dónde se halla una
fundamentación racional de este efecto?(16)
Hay dos razones por las que tenderíamos a pensar que el Pabellón
Barcelona es una estructura racional: Mies dijo que lo era, y se ve como si lo
fuera. Se ve racional porque sabemos cómo se ve la racionalidad: precisa,
chata, regular, abstracta, luminosa y, sobre todo, rectilínea. Esta imagen
de la racionalidad es sin embargo dudosa. La Capilla Güell no tiene ninguno
de estos atributos y sin embargo es consistente y lógica en su estructura
y su construcción. La capilla entera debía dimensionarse a partir
de un modelo de funicular invertido hecho de alambre envuelto en papeles y trapos.
Gaudí estuvo diez años, de 1898 a 1908, desarrollando este modelo
y construyendo la maqueta, que colgaba del techo de un taller. Cada alambre funicular
representaba un arco. Al intersectarse, estos arcos cambiaban de forma. El modelo
creció hasta convertirse en una elaborada y distendida red de vectores
de fuerzas de tensión, cada uno modificado por todos los otros. Gaudí se
demoró en él hasta que la cosa ya emulaba una superficie continua.
El modelo estaba sujeto puramente a fuerzas de tensión. Dado vuelta produciría
una estructura de pura compresión, evitando así tensiones remanentes,
contra las que la mampostería tiene poca resistencia.(17) Esto es una
estructura racional. En contraste, la estructura y la construcción del
Pabellón Barcelona son fragmentarias e incipientes.
Creemos que los edificios de Mies exhiben una racionalidad sublime porque son
muchos los que han dicho verla ahí. Estas miradas son sólo rumores.
El asunto reside entero en el reconocimiento. Reconozco la vida vegetal cuando
la veo, y reconozco la racionalidad en arquitectura cuando la veo, porque después
de mucha práctica empiezo a entender a qué se aplica la palabra.
Estoy tentado entonces de pensar que todas las cosas que portan un mismo nombre,
sean o no arquitectura, deben compartir una propiedad esencial, pero esto no
es necesario, ni tampoco, en este caso, probable. Podríamos elegir creer
que las cosas cuadradas y simples son porciones de racionalidad en algún
sentido amplio, y que las cosas curvas y complicadas lo son de irracionalidad,
pero nuestros altamente desarrollados poderes de reconocimiento visual no estarán
más que ejecutando un prejuicio cuando salgamos a cazar ítems para
subsumirlos bajo estos términos. Ahora bien, si los prejuicios carecen
de fundamento, no están exentos de consecuencias. La creencia de que podemos
identificar la estructura racional a través de estos signos vitales nos
ha vuelto insensibles a las dos incomparables ideas de estructura, que por otro
lado creemos ver. En la misma palabra estructura hay un oxímoron latente.
En la arquitectura de Mies esta confusión trivial de pensamientos, es
transformada en una increíble aparición.
La estructura de una oración no es el mismo tipo de cosa que la estructura
de un edificio. Me estuve refiriendo a la estructura del Pabellón Barcelona
como los medios para sostener su propio peso fuera del suelo. Este tipo de estructura
es cuestión de gravitación, masa, y la transmisión de cargas
a través de sólidos; se ocupa de cosas concretas, físicas,
aunque lo entendamos mediante abstracciones como vectores y números. El
otro tipo de estructura también está presente. Nos referimos a
la estructura en grilla del pabellón, o a su estructura ortogonal, y estas
estructuras no tienen nada que ver con materiales o pesos. Se refieren a formatos
organizativos que pueden imponerse a, o ser descubiertos en, objetos materiales,
pero que no dejan de ser conceptuales, como la estructura de una oración.
“El lenguaje de los arquitectos es notorio por su imprecisión, pretensión
y adicción al cliché”, admite Peter Gay, en un último
desesperado intento de conseguirnos algo de conmiseración.(18) Los críticos
de arquitectura son igualmente culpables. A veces me pregunto si estas debilidades
no ocultan algunas ventajas. “Las cosas grandiosas nunca son fáciles”,
musita el oracular Mies citando a Spinoza.(19) Tómense las dos ideas distintas
inscriptas en la palabra estructura, y constrúyase un edificio en el que
parezcan fundirse con tan poco esfuerzo como en el papel. Es una forma de sacar
ventaja. Fácil no es. ¿Es grandiosa?
En Barcelona, Mies podría haber divorciado la estructura del sistema de
cerramientos de acuerdo con el bien conocido principio. No lo hizo. En cambio,
todo en el pabellón da la impresión de estar implicado en la transmisión
de fuerzas estructurales. Empezamos a perder el rastro de qué hace qué,
y de inmediato el edificio se niega a mostrar el empuje hacia abajo de su propia
masa.
Mírese los departamentos Lake Shore Drive (1941-51), donde veinte años
más tarde, se realizaron todos los esfuerzos para negar que la estructura
tuviera algo que ver con el peso, la gravedad, la compresión, la dilatación
o la flexión (Fig. 4).
Las
torres no están ahí paradas. Cuelgan.
Ni siquiera. Estoy buscando alguna palabra que no
connote ninguna idea de gravitación. Hay muchas
palabras que sugieren liviandad, y también
hay muchos edificios que lo hacen. La liviandad implica
un escape dinámico, pero sólo parcial,
de la pesada inmovilidad. Las torres en Lake Shore
Drive no representan un relajamiento de la masa.
No se alzan contra el tirón de la gravedad;
la gravedad no las alcanza. Hacen pensar, contra
toda razón, que se sustraen de la más
penetrante e implacable de todas la fuerzas naturales.
El resultado no es entonces la estimulante levitación
de un objeto, sino una suave y somnolienta desorientación
del observador.
La estructura de acero está pintada negro mate. No parece acero. Ni
siquiera parece pintura. Simplemente se ve negro. Las cosas negras tienden
a verse pesadas, pero esta no lo hace. Los doce pilares negros alrededor del
perímetro abierto bajo las torres parecen estar eximidas de la tarea
de soporte, porque terminan en un plafón blanco como la leche, no dando
ninguna indicación de penetrar a través de él. En el plafón,
de una claridad sobrenatural hasta en el clima más nebuloso, puesto
que recoge el reflejo del cielo en el solado de travertino, terminan todos
los elementos portantes en las dos direcciones, quedando conectados excéntricamente
por el espesor de una brida (con precisión quirúrgica), revelando
la situación en un alto contraste luminoso. Por supuesto, éstas
son estructuras de apoyo, pero se hizo parecer como si señalarlo fuera
un libelo infame.
Puesto que la estructura mecánica de un edificio no es más que
una respuesta a la gravedad, cualquier expresión arquitectónica
de una estructura mecánica seguramente hará patente la transmisión
de las cargas; no la ocultará. Ocultarla es, no obstante, lo que hace
Mies –siempre y en todas las formas. ¿Cómo mantuvieron
entonces estos edificios su reputación como expresiones de verdad estructural
y racionalidad estructural? Sólo tenemos que retomar aquel doble sentido
para averiguarlo: al suprimir un edificio toda asociación con los esfuerzos
y el yugo de las estructuras portantes, empieza a parecerse más a una
estructura conceptual. Las estructuras conceptuales resaltan por su independencia
de la contingencia material. Piénsese en una grilla matemática:
no está sujeta a la gravedad. Cualquier sustancia, hasta la más
diamantina, se deforma cuando una fuerza la atraviesa. Una grilla matemática,
por el contrario, no puede cambiar de forma bajo ninguna circunstancia. Estos
dos tipos de estructuras nunca podrían ser exactamente idénticos.
Para poder verse como una estructura conceptual, una estructura portante tiene
que descaradamente negar que soporta cargas. “Para mí, dijo Mies,
la estructura es como la lógica”: una sentencia blandamente ambigua,
de un hombre cuyos edificios están tensados por la misma ambigüedad.(20)
Si Mies adhirió a alguna lógica, fue a la lógica de la
apariencia. Sus edificios apuntan al efecto. El efecto es lo supremo. En el
período entre su desmantelamiento y su reconstrucción, el pabellón
fue célebre por la lógica trascendental de su grilla determinante.
Sin embargo, aún antes de la reconstrucción, como demostró Wolf
Tegethoff, el módulo cuadrado del solado, de 110 centímetros,
y que parece regular, se adaptaba de hecho a situaciones locales. Variando
entre 81,6 y 114,5 centímetros, se adapta a las dimensiones de los elementos
que supuestamente ordena.(21) Tegethoff descubrió esto a partir de un
dibujo hecho por el colocador del piso, que tenía las dimensiones anotadas.
Nadie ve la diferencia. La inconmovible abstracción fue secretamente
ajustada a medida, y la igualdad de medida fue sacrificada en pos de la consistencia
de la apariencia.
La propia palabra apariencia todavía languidece bajo la sombra del menosprecio
platónico.(22) Tendemos a asumir que la apariencia se halla a cierta
distancia de la verdad. Pero la grilla del pabellón sugiere que puede
haber circunstancias en que la apariencia sea el árbitro final. Si lo
que se busca es apariencia, entonces la apariencia tiene que ser la medida
de la verdad, al menos en forma temporaria. Eso es lo que pasa cuando las cosas
se hacen para ser miradas. La apariencia no es nunca toda la verdad, pero es
verdad en sí misma, y donde esto se hace más evidente es en las
artes visuales, especialmente cuando se hacen trucos a la visión. Platón
se equivocó. Estos trucos no nos engañan; afilan nuestras percepciones.
Nuestras percepciones de lo aparente son señaladamente estables, tanto
que parecen virtualmente muertas. Las artes visuales procuran traerlas de vuelta
a la vida. El lenguaje también es estable, pero no completamente. El
pabellón de Mies sugiere cómo, en este constante esfuerzo de
resucitación, la visión puede ser revivida por medio de un elixir
hecho de ambigüedades prosaicas –las ambigüedades del lenguaje
de cada día.
Aquellos de nosotros que somos cuidadosos con las palabras juzgaríamos
la excelencia de una obra de arte visual por el grado en que se hallara incontaminada
por aquellas. Esto no puede estar bien. No es más que el revés
de una fobia recurrente, claramente expresada por San Agustín al lamentar
el sometimiento del pensamiento a las imágenes: mientras que nadie dice
escuchar una imagen, todos decimos, cuando entendemos algo que se ha dicho,
que vemos lo que significa.(23) Los intentos de probar que las artes visuales
son lenguajes o, en dirección contraria, que son completamente independientes
del lenguaje se hallan igualmente desviados del blanco. En toda la gama del
arte, sólo cuentan a lo sumo la visión y el lenguaje, y cada
uno está profundamente imbuido del otro. Si queremos encontrar una zona
de la sensación que no esté curvada por las palabras, no deberíamos
dirigirnos a la visión. Cualquier otro sentido –el sonido, el
medio del habla, hasta el olfato– nos serviría mejor. Y, mientras
permanezcamos en el tema de las palabras, ¿por qué llamar al
Pabellón Barcelona un pabellón? Caroline Constant redondea un
caso convincente cuando afirma que se parece más a un paisaje que a
un pabellón.(24) Visto como paisaje, el Pabellón Barcelona es
chico, escribe, aunque parece ser grande. Pero Christian Devillers cree que ésta
no es simplemente una cuestión de apariencia: es mucho más grande –175
pies de largo– de lo que uno pensaría.(25) Cuán grande
es depende en parte de cómo lo llamemos. Rubio Tuduri se sorprendió,
en 1929, de encontrar un pabellón nacional que no parecía un
gigante monumento inflado. Creyó que se veía más como
un edificio doméstico.(26) Si así es como se lo ve, sin duda
es una casa algo grande. Al mismo tiempo, es, como sostiene Constant, un paisaje
muy chico.
Extremos
de la visión
Su
tamaño incierto no obstante no se debe sólo
a su nombre incierto. “Su poderoso empuje hacia
la universalidad había producido un plano
abierto de una generalidad sin precedentes”,
escribe Franz Schulze sobre la casa de campo en ladrillo
de 1924.(27) Esta observación podría
aplicarse al Pabellón Barcelona. Si la diéramos
vuelta de arriba abajo, y dijese ahora que su empuje
hacia la particularidad había producido un
plano cerrado, esto debería ser falso: si
no lo es, tenemos una nueva paradoja en nuestras
manos. Quetglas ha descripto al pabellón,
sin embargo, como confinado –encaminándose
al cierre obstinado de las casas con patio posteriores.
Sostiene que, “en Mies encontramos un deseo
constante de construir espacios segregados, cerrados,
definidos sólo por los planos horizontales”.(28)
El problema es que se nos ofrecen dos opciones extremas:
o el vértigo de la extensión universal,
o la claustrofobia de vivir en una grieta.
El plano se ve extenso. La sección se ve comprimida. El edificio da
la impresión de no ser ninguna de las dos cosas. Las vistas a lo largo
del pabellón están encorchetadas por paredes en ambos extremos.
Desde adentro se obtienen vistazos diagonales del follaje en la ladera, a través
de los vidrios teñidos, en los que, como observa Quetglas, la escena
parece imprimirse como una foto, acercándola aún más (Fig.
5). La única vista amplia hubiera sido en dirección a la plaza,
pero en 1929 se veía a través de una fila de columnas jónicas
a unos pocos metros. La visión no esta tanto confinada como impedida.
El vidrio oscuro del pabellón impide que se vea más allá.
Agrégese a esto un piso y un techo y lo que nos queda es un franja horizontal
matizada, en un nivel medio, entre dos anchas bandas en blanco, arriba y abajo.
Mies es a menudo criticado por prensar el espacio arquitectónico entre
láminas chatas y horizontales. Eso es lo que siempre hizo.
Durante
los años 1920 el Dr. Marius von Senden estaba
juntando evidencia para probar que los ciegos congénitos
no tenían una concepción del espacio. Obtuvo
declaraciones de ciegos congénitos que había
sido operados y podían entonces ver. Uno de los
que respondían describía su extrema perplejidad
al mirar hacia arriba. No obstante la opinión
de von Senden, este encuestado debe haber tenido, me
parece a mí, un sentido del espacio altamente
desarrollado siendo todavía ciego. Había
entendido que el espacio se extendería dondequiera
que él caminase. Que era como una vaina, definida
horizontalmente por los límites de la propia locomoción,
y verticalmente por el alcance del cuerpo propio.(29)
Lo que lo consternó y perturbó, cuando
fue capaz de ver, fue darse cuenta de que el espacio
continuaba hacia arriba, vertiginosamente, mucho más
allá de su alcance. Los espacios de Mies son prácticamente
indistinguibles de la vaina espacial de este ciego.
Hay otra forma de describir esta misma geografía. El gesto convencional
para significar el acto de mirar hacia un horizonte lejano es un brazo levantado,
con la mano plana apenas sobre los ojos (una respuesta casi instintiva al resplanor)
(Fig. 6): es decir, cuando queremos ver a lo lejos creamos una versión
de la tajada de horizonte miesiana. Extrañamente,
la forma del espacio no visto y la forma del espacio que se hace para extender
la visión son casi la misma, y esta es la fuente de todavía otro
grupo de paradojas en la obra de Mies. Sea la vista del mar, la pradera o el
desierto, una escena vasta y vacía tiende a concentrar el interés
visual en el horizonte. Lo mismo ocurre en el Pabellón Barcelona, como
lo hace en muchos de las edificios de Mies.(30) La escena es bastante intima,
pero siempre está el presentimiento de una gran distancia, evocado por
esta sutil pero poderosa afinidad con los paisajes amplios (Fig.
7). El efecto
se intensifica por la inesperada claridad del cielo raso, lograda exactamente
por los mismos medios que en Lake Shore Drive.
Mies
desechó la observación formulada por
Patrick Barr en 1936, y a menudo repetida desde entonces,
de que sus planos de los años 20 tendían
a parecerse a pinturas De Stijl, como el Ritmo de
una danza rusa de van Doesburg, alegando que la arquitectura
no es lo mismo que la pintura.(31) Sus planos ciertamente
parecen a veces composiciones de van Doesburg, pero
este parecido sólo es visible en estos documentos
abstractos. Nada de esta semejanza le avendría
a alguien recorriendo el pabellón, porque
la configuración De Stijl se experimenta desde
dentro del plano del cuadro, por decirlo de alguna
manera. Lo que Mies dijera acerca de que la arquitectura
es diferente, indudablemente es verdadero. Si una
composición derivada de una pintura fuera
achatada, como si fuera el plano de un edificio,
su inteligibilidad sería reducida, y muy probablemente
se transformaría en algo diferente.
Tal es el caso del Pabellón Barcelona. Lo interesante es que, si bien
el resultado es en cierto grado pictorico, son las abstracciones de una época
anterior las evocadas, no las de la nuestra. La línea del horizonte
se volvió preeminente en el dibujo perspectivíco. Las demostraciones
del mismo Alberti de la técnica que fuera el primero en describir incluían
una marina, presumiblemente porque revelaba el retroceso del plano idealizado
del suelo a esta línea idealizada. Los elementos básicos de la
perspectiva de Alberti eran planos apuntando al horizonte: “digo que
algunos planos son depositados sobre la tierra y yacen como solados sobre los
pisos de los edificios; otros son equidistantes a estos. Algunos están
parados, apuntalados a sus lados como paredes”.(32)
De esta afirmación sola, podemos ver que el plano “libre” miesiano,
tal como es experimentado, tiene mucho más que ver con los descubrimientos
compositivos de la pintura perspectivíca que con las ambiciones anti-perspectívicas
de los artistas De Stijl.
Alberti llevó a cabo sus demostraciones de la perspectiva escénica
dentro de cajas.(32) Sostuvo que “si el cielo, las estrellas, el mar,
las montañas y todos los cuerpos fueran –si así Dios lo
quisiese– reducidos a la mitad, nada parecería haberse disminuido
en medida alguna para nosotros”.(24) De todas formas, proponer una conexión
entre las ideas de Alberti y el Pabellón Barcelona no es acusar a Mies
de historicismo, dado que nunca en la arquitectura renacentista tuvo lugar
una exploración de este tipo del horizonte, o de la escala relativa.
Físico
pero incopóreo
Otro
aspecto del pabellón que recuerda a la pintura
De Stijl es su color. A Mondrian le llevó veinte
años de esmerada sustracción pasar
de la pintura de paisajes a la pureza de sus cuadros
maduros. Su ambición era remover toda contingencia.
Mies tomó los planos pintados de colores primarios
que quedaron y los volvió a cubrir –iba
a decir que los volvió a cubrir con cuantas
contingencias pudo juntar, pero sería más
preciso decir con la mitad. Paneles de azul, amarillo
y rojo sobre un suelo blanco se transformarían
en paneles de mármol verde oscuro verd-antique;
mármol Tiniano afiligranado verde grisáceo;
y ónix dorée de un naranja grotrescamente
varicoso, sobre un suelo de cremoso travertino picado
de viruela.
El humor potencial en esto se ve realzado por otra distrayente maniobra. Asumamos
que fue por la causa de la honestidad y de la verdad con los materiales que
Mies rechazó superficies pintadas de colores puros en un edificio que
había sido encargado, después de todo, por Georg von Schnitzler,
director de un cartel de pinturas y tinturas.(35) Cuando el fundamentalista
del Bauhaus Hannes Meyer llamó a los arquitectos a pintar “sin
pinceles”, usando los colores de los materiales mismos, dudo que tuviera
en mente láminas de piedra lujosamente ornamentales colgadas de rieles
de acero –aunque podría decirse que esto era sólo otra
manera de aplicar una piel decorativa.(36) Lo que Mies hizo con el color destruyó “ideas” e “influencias” con
la precisión de un parodista. ¿Es entonces el pabellón
un broma a costa del realismo y el idealismo, puesto que su arquitectura no
implica a ninguno de los dos? Esto parece poco probable. El comportamiento
de Mies tiene el mismo patrón que el humor, considerado en contexto,
pero no es gracioso. Lo que comparte con el humor es el elemento de lo inesperado.
La tradición occidental y las polémicas modernistas han conspirado
juntas para convencernos de que la abstracción se logra mediante la
remoción de propiedades corpóreas. Es por eso que Arthur Drexler
invocó a Platón para explicar por qué la arquitectura
de Mies busca “un principio absoluto e invariable, que se asume independiente
de los sentidos por los que se perciben sus manifestaciones”.(37) Las
afirmaciones del propio Mies prestan ulterior credibilidad a esta perspectiva,
como lo hacen las fotos y los dibujos de sus edificios. En su experiencia directa,
difícilmente podría decirse que llaman la atención sobre
su propia solidez. Es sin embargo bastante falso retratar su encarnación
física como el signo de algo trascendente.
Alguna propiedades materiales del Pabellón Barcelona, como la masa,
son suprimidas, pero otras son acentuadas hasta el punto de una saturación
de los sentidos. Esto no necesita sorprendernos. Kasimir Malevich señaló que
a medida que las cosas se vuelven más simples, más vacías,
la mente se instala en lo poco que permanece. Quería crear un “desierto” en
el que toda la atención se focalizara en este resto. Figuras como el
cuadrado y el circulo, y colores como el negro y el blanco, eran admisibles
precisamente porque eran de poco interés intrínseco.(38) Lo que
queda, escribió Malevich, es sentimiento. Los materialistas de entre
nosotros podrán decir que lo que queda, en las obras de Malevich, es
pintura –livianos trazos, hábilmente aplicados, de una pintura
que hoy se descascara (nunca evidente en las reproducciones fotográficas).
El esfuerzo por eliminar las propiedades sensibles lo vuelve a uno hipersensitivo
a su presencia. Es por esto que la pintura abstracta del siglo XX osciló entre
la glorificación de la superficie material y su negación; entre
Pollock y Mondrian. Pero hay un gran número de obras, el Pabellón
Barcelona entre ellas, que pertenecen a otra clase. Adoptan el procedimiento
de la abstracción para revelar propiedades que no son ni formales ni
materiales. Hacen esto acentuando el color, la luminosidad, la reflectividad
y la absorción de la luz.(39)
La luz es física, pero no tiene masa; la gravedad apenas la toca. La
luz proveyó una vía de escape al hylomorfismo que tanto de nuestro
pensamiento y percepción domina, al limitar nuestra conciencia de la
realidad física a dos principios: forma y materia.
Las propiedades más impresionantes del pabellón tienen que ver
con la percepción de la luz y de la profundidad. Ésa es una de
las razones por las que las vistas dibujadas no dan ninguna idea de cómo
es, a la vez que una de las razones por las que fue una sorpresa encontrar,
exactamente en el medio del pabellón, una delgada caja de vidrio, opalescente
y luminosa (Fig. 8).(40) Bonta encontró una descripción de primera
mano que decía que se sentía sombrío bajo la cubierta,
y agregó que cualquiera podría ver esto, con sólo darles
una mirada a los dibujos.(41) No obstante su claridad, la luminosa caja está rodeada
de oscuridad. ¿Dónde se halla ésta en las fotos, las descripciones
y los dibujos de 1929? Hay suficiente información para confirmar que
fue construida, pero la evidencia de ella fue entonces minimizada. Mies, aparentemente
descontento con las sombras que echaba, apagó la luz eléctrica
en su interior en la ceremonia de inauguración.(42) Lo que las fotografías
muestran es que la abertura del techo, que dejaba entrar una cierta cantidad
de luz del día, también estaba cubierta por una pantalla. Pero,
poco después, Mies hizo una pared luminosa similar detrás del
comedor de la casa Tugendhat.(43) Ahora, en la reconstrucción, se ve
como un cartel luminoso de publicidad vacío, una premonición
del comercialismo americano, señalización desprovista de signo,
augurio del pathos midwest; es hermosa (una vez más).
Tanto
las formas como los materiales del pabellón son
meramente instrumentos para la manipulación de
la luz y de la profundidad. La combinación de
mármoles pulidos, cromados y vidrios teñidos –todos
suaves y altamente reflejantes– deniega el acceso
a los sólidos debajo suyo. Es entonces apropiado
que las paredes del pabellón resuenen huecas cuando
se las golpea.
De éstas, la pared de ónix es la más exótica, improbable
y cara (Fig. 9).
Muchos
críticos la consideran una pieza central,
pero según Mies, la elección del ónix
fue accidental. Como consecuencia directa de este
evento azaroso, se tomó otra decisión,
que sostengo, hizo más que ninguna otra cosa
para establecer la coherencia paradójica del
todo. Treinta años después Mies recordó:
“Cuando
tuve la idea para este edificio tuve que mirar alrededor.
No había mucho tiempo; había, de hecho,
muy poco tiempo. Era pleno invierno, y no se puede
traer mármol de una cantera en invierno porque
todavía está húmedo por dentro
y fácilmente se congela hasta despedazarse.
Así que teníamos que encontrar un material
seco. Di vueltas mirando alrededor por los enormes
depósitos de mármoles y en uno encontré un
bloque de ónix. El bloque tenía un
cierto tamaño y, como no tenía otra
posibilidad que llevarme este bloque, hice el pabellón
el doble de alto.”(44)
Aunque
había sido marcado para ser usado como revestimiento
en jarrones de lujo, Mies convenció a la dirección
de que se lo apartaran pagando por él en el
momento. Juzgando a partir de este comentario, Mies
habría tenido sólo un interés
casual en la altura del cielo raso –aunque
aproximadamente en el mismo tiempo eligió una
altura casi idéntica para la casa Tugendhat,
y para unos cuantos proyectos de ahí en adelante.
El
horizonte
Examinando
las diapositivas que tomé del pabellón
reconstruido, me resultó difícil decidir
cuándo estaban al derecho y cuándo
al revés: un artificio de la fotografía,
sin duda. Después cambié de parecer.
No era un artificio de la fotografía, sino
una propiedad del pabellón mismo, una propiedad
de la que no había sido consciente estando
allá. Las fotos lo habían hecho más
fácilmente discernible. Poco después,
estaba mirando unos croquis del pabellón hechos
por un estudiante, y descubrí que alguien
más había experimentado la misma dificultad.
Sin darse cuenta, el estudiante había empezado
a rotular su dibujo dado vuelta.
Lo revelado en nuestras fotos era algo completamente diferente del efecto que
llamara la atención a Kandinsky, y tan explotado por los dibunjantes
de animación desde entonces, de que las formas no figurativas no tienen
una orientación privilegiada. En Barcelona, la reversibilidad deriva
de la fuente más improbable: la simetría. Resulta inesperado
porque Mies se había desecho de la simetría vertical bilateral
(el tipo de simetría que uno espera), haciendo de su ausencia un conspicuo
espectáculo. Entonces la reintrodujo, y en cantidad, en otra dimensión,
donde a nadie se le ocurriría buscarla: horizontalmente. La simetría
horizontal es inadmisible en la arquitectura clásica. Hay paridad entre
izquierda y derecha, y hay disparidad entre arriba y abajo. Las cosas no deberían
verse iguales cuando se las pone cabeza abajo. El mundo cabeza abajo es una
imagen del desorden, doméstico o político.(45) Entendemos estas
metáforas, pero ¿qué tipo de mundo sería, podríamos
preguntar, aquél que pudiera ser puesto cabeza abajo sin que nos diéramos
cuenta? Este es el más sereno de los trastornos.
Aunque incompleta, la simetría horizontal del Pabellón Barcelona
es muy poderosa. Su abrumadora fuerza es atribuible a un simple hecho: el plano
de simetría se acerca mucho al nivel de la mirada. Para una persona
de estatura promedio, la línea que divide los paneles de ónix
es indistinguible de la línea del horizonte. Si damos crédito
a las rememoraciones de Mies, tenemos entonces que aceptar que esto es una
coincidencia. Hay sin embargo cierta evidencia que sugeriría que Mies
estuvo pronto al tanto de las implicaciones de su elección, y que esto
modificó su percepción de lo que estaba haciendo.(46)
Alberti llamaba a la línea del horizonte la línea céntrica,
término que también usó para describir el diámetro
de un círculo. Esto indica que la visualizaba cortando el campo de la
visión en dos partes iguales, a la altura de los ojos.(47) Del plano
de simetría construido de esta manera, en esta dimensión, es
más difícil escapar que de la simetría vertical. La vista
exactamente frontal de un objeto verticalmente simétrico es privilegiada,
pero ocasional; la mayoría del tiempo vemos estas simetrías desde ángulos
oblicuos, donde las imágenes retinianas de estos dos lados no son en
efecto del mismo tamaño. En el pabellón de Mies es casi imposible
escaparse del plano de simetría. Los ojos son entregados a él
en virtud de la postura ambulante normal, y de esta manera las mitades inferior
y superior se vuelven iguales. La única forma de evitar esto es agacharse,
sentarse o ponerse en cuclillas. Desde entonces miré cuantas fotos pude
encontrar del pabellón original y del reconstruido. Muestran que, aunque
nadie nunca mencione este plano dominante, la mayoría de la gente (y
de sus cámaras) se lo apropian. Si las fotos incluyen personas, nótese
cómo sus ojos oscilan alrededor de la junta entre las placas de ónix.
Si no, nótese primero cuántos elementos se reflejan a través
de esta línea, mírense después retroceder los contornos
de las superficies vistas oblicuamente, y nótese cuán casi idénticos
son los ángulos del piso y del techo con el horizonte –una propiedad
de todos los planos rectangulares perpendiculares en perspectiva, vistos desde
media altura. Nótese la dificultad de distinguir el piso de travertino,
que refleja la luz, del cielo raso de yeso que la recibe. Si el piso y el cielo
raso hubieran sido del mismo material, la diferencia en la claridad hubiera
sido mayor. Acá, Mies se valió de una asimetría material
para crear una simetría óptica, haciendo rebotar la luz natural
para hacer al cielo raso más parecido al cielo, y al ambiente más
expansivo.(48)
La única perspectiva cuidadosamente construida del pabellón que
sobrevive (Fig. 2) indica que Mies era consciente de esta propiedad. Muestra
la pared de ónix dividida exactamente a la mitad por el horizonte. Girado
90 grados, el dibujo revela una disposición simétrica bilateral.
Este es también el caso en la perspectiva de Mies del living de la casa
Tugendhat, aunque en esa casa usó tres bandas de entablado de ónix
para la pared exenta, de tal forma que la línea del horizonte no fuera
visible para promocionar la igualdad de las porciones superior e inferior,
como lo era en Barcelona. Los observadores se darán cuenta más
probablemente de lo que le está pasando a su visión cuando sus
ojos registren esta línea (todos los demás mármoles en
Barcelona también están colocados en tres bandas). La fuente
accidental, y única medida, de la poderosa pero subliminal simetría
fue de esta manera borrada en la casa Tugendhat, que Mies construyó poco
después. El Pabellón Barcelona tiene 312 centímetros de
altura de paso; la casa Tugendhat 317.5. La casa Esters/Lange, empezada en
1927 tenía el cielo raso a una altura similar (306.25 centímetros),
pero no explotaba la simetría horizontal, mientras que las perspectivas
de un número de proyectos posteriores la muestran clara y consistentemente,
incluyendo las casas Gericke, Ulrich Lange y las tres casas con patio. En los
dibujos, Mies tendía más a incorporar esculturas figurativas
que figuras humanas. El nivel de los ojos de estas esculturas se halla a menudo
removido de la línea de horizonte, o por su sobredimensionamiento, como
con la estatua de Kolbe en Barcelona, o por sus posturas reclinadas. Mies nunca
reconoció su interés en este fenómeno. Es significativo,
sin embargo, que Le Corbusier, que proclamaba que la línea horizontal
de la visión era un aspecto fundamental del hombre, proscribía
la doble altura del Modulor (366 centímetros) para los interiores, explicando
que quería evitar la igualación de piso y techo.(49)
Las implicaciones de este restablecimiento en un plano de una propiedad tan
completamente erradicada de otro no son inmediatamente obvias, pero recuerdan
otras tergiversaciones practicadas por Mies. Abstracción, materialidad,
espíritu, estructura, simetría, asimetría –ningún
concepto estaba a salvo en sus manos. Bonta, estudiando los avatares críticos
del pabellón original, llegó a la conclusión de que era
sólo una “idea” que había sido promovida a la grandeza.
Pero lo que yo vi en la reconstrucción fue un edificio que se comía
las ideas.
Reflexiones
sobre la función crítica
Se
comía ideas nuevas tanto como viejas. Las
propiedades reflejantes del Pabellón Barcelona
han sido mayormente tratadas como incidentales. Un
escritor hasta se quejó de que habían “enceguecido
frecuentemente a los críticos frente a los
significativos valores de su obra” (la de Mies).(50)
En contraste, Manfredo Tafuri, Michael Hays y Josep
Quetglas han puesto recientemente mayor énfasis
en la reflexividad en sus análisis de los
edificios de Mies, especialmente del pabellón.
La ven como un aspecto del silencio obstinado de
los edificios de Mies. Un edificio reflejante es
un eco, no una afirmación. En Fear of Glass,
Quetglas dramatiza la situación de un ocupante
solitario del Pabellón Barcelona, desterrado
a sus propias imágenes virtuales.(51) En Critical
Architecture, Hays presenta la reflexión como
la clave del pabellón. Elaborando ideas aducidas
en términos más generales por Tafuri,(52)
discute la forma en que la reflexión hace
confusa la representación de la realidad.
Lo virtual y lo real se vuelven difíciles
de distinguir, ejemplificando de esta manera el caos
inmanente de la vida moderna. Para Hays y Tafuri
la reflexividad es el medio por el cual Mies crea
un teatro mudo del mundo, manteniendo al mismo tiempo
una distancia crítica frente a él.
Para los tres, los reflejos disuelven el espacio
calmo e isotrópico de la percepción
corriente. “La fragmentación y la distorsión
del espacio es total. Cualquier orden trascendente
del espacio y del tiempo que pudiera conferir una
unidad a este ensamble es sitemática y enteramente
dispersada”, escribe Hays de este “montaje
de hechos perceptuales contradictorios”.(53)
Aunque ciertamente apoyaría este giro de la
atención, me encuentro en desacuerdo con la
interpretación de estos críticos de
la reflexividad del pabellón.
Los reflejos son a menudo una fuente de confusión, y numerosas obras
de arte y arquitectura –ciertos proyectos de Mies incluidos– han
explotado esto: los rascacielos de vidrio de 1922 por ejemplo, y el pabellón
para la exposición Deutsches Volk / Deutsche Arbeit de 1934 (‘el’ proyecto
que Mies construyera para el gobierno Nazi).(54) Cilindros de vidrio parados
en apretadas filas, refractándose las imágenes mutuamente y refractando
la imagen del fondo, en tanto funcionaban como lentes. Reflejos extruídos
rebotaban de uno a otro lado del lugar. En ciertas circunstancias, el juego
de la luz en el Pabellón Barcelona puede también ser desconcertante
(Fig. 10).
Pero, ¿puede
el Pabellón como un todo ser descripto en términos
de rupturas y dislocaciones? Tal vez sólo las
columnas puedan –las columnas que lo sostienen,
o sujetan.(55)
Los espejos pueden destruir la coherencia, pero también pueden revelarla.
Ha habido numerosas demostraciones de esta capacidad en el siglo XVII. Combinaban
anamorfosis (la proyección de imágenes distorsionadas e ilegibles)
con catóptrica (el estudio de los espejos). Ubicando un espejo cilíndrico
o cónico en el centro de proyección, la imagen distorsionada sería
reestablecida a su forma correcta. La mayoría de estos trucos transformaba
continuas distorsiones en imágenes reconocibles por medio de espejos curvados,
pero en la Perspective pratique (1651), de Jean Dubreuil, se usaba un espejo
prismático.(56) Las superficies planas del prisma reflejaban sólo
ciertas partes de la imagen sobre la que se colocaba. Dubreuil usaba este dispositivo
para convertir una mezcla de cabezas vueltas en diferentes ángulos en
un único par de perfiles, transformando lo multiforme en lo binario (Fig.
11). El propósito
de la proyección anamórfica era oscurecer la imagen; el propósito
del espejo era permitir su recuperación. El espejo encuentra lo que está escondido.
Es por esto que muchos de los ejemplos sobrevivientes de anamorfosis representan
contenidos secretos o ilícitos –sexuales, políticos o religiosos.(57)
Las imágenes reflejadas en el Pabellón Barcelona funcionan de manera
similar: restauran un secreto que ha sido borrado de la forma tangible del edificio.
Debe admitirse que los efectos usuales de la reflexión son disruptivos
y desconcertantes. Sin embargo, cuando una construcción se refleja a sí misma
más que a sus alrededores y en la que, además, estos reflejos se
dan siempre en superficies planas, paralelas o perpendiculares unas a otras,
el resultado es bastante diferente. En tales circunstancias, una disposición
asimétrica se vuelve virtualmente simétrica, como gemelos siameses,
cada vez que un plano reflejante la atraviesa.
Un ejemplo de este emparejamiento proporciona evidencia de que Mies sacó provecho
del efecto que he descripto, cuando todavía estaba diseñando el
pabellón. Visto desde el Noreste, el podio –un podio que muy a menudo
se nos dice que no está solapado por las paredes que se apoyan en él– parece
ser nada más que una fina tira a lo largo del frente del edificio (Fig.
12). Atrás suyo,
el mármol Tiniano que encierra el estanque chico cae derecho al piso. ¿Algo
dejado incompleto? ¿Otro accidente? Mies repetidamente dibujó el
contorno del podio de tal forma que se extendía alrededor de todo el perímetro
del edificio, dio su aprobación a un redibujo muy posterior que lo mostraba
así, y lo dibujó también de esta manera para su publicación
en 1929 (Fig. 1).(58) Pero el segundo esquema preliminar (59) indica que, aún
en las tempranas etapas del diseño, Mies lo estaba pensando bastante parecido
a como fue construido, excepto que primero dibujó el tramo de podio de
tal forma que retrocedía hasta meterse bastante más adentro, alrededor
de la esquina de la pared de mármol Tiniano.
La vista desde el Noreste contiene uno de los muchos “gemelos siameses” frutos
de los reflejos de sí mismo del pabellón. Las dos mitades montan
a horcajadas sobre un plano vertical brillante de mármol verde grisáceo,
que continúa en paneles vidriados. Tres elemento blancos se adhieren a
esta superficie: un delgado corchete con forma de U en el extremo alejado, contrastado
contra la pared oscura del hall de exhibiciones; una larga franja de forma alada
que se sostiene por sobre el afilado borde de la superficie reflejante de la
pared; y, debajo de ésta, el borde saliente del podio. La pared encaja
de tal forma, que del podio sobresale el ancho de una placa de travertino. La
hilera de placas se duplica al reflejarse. Puesto que la continuación
del tramo por detrás de la pared tiene también un ancho de dos
placas, la simetría en espejo de estas tres piezas –mitad real,
mitad virtual– es llevada más allá del fin del plano de reflexión.(60)
La ilusión de la simetría se extiende un poco adentro de la realidad –un
triunfo de lo óptico sobre lo planimétrico. Mies hizo este ajuste
más tarde. Los dibujos sugieren que inicialmente introdujo el podio discontinuo
por el podio mismo, y que después ajustó el tramo de podio que
se proyecta para que retomase la simetría. Primero, la simetría
es eliminada (en la composición del plano y de las vistas), después
es contrabandeada de soslayo como la simetría ópticamente construida
entre piso y cielo raso, y por último es readmitida en su orientación
normal como una familia de ficciones (en reflejos). Mies no prescindió de
la simetría en sus radicales obras europeas, sólo para restaurarla
más tarde en los Estados Unidos. La simetrías nunca estuvieron
presentes con mayor intensidad y en mayor número que lo que lo estuvieron
en el Pabellón Barcelona, que resulta ser un verdadero caballo de Troya
lleno de aquellas (Fig. 13). La
presencia de la simetría en, digamos, una placa del solado puede ser
tan obvia como para volverse irreconocible; su presencia transversal al horizonte óptico
del pabellón puede ser tan inesperada como para también volverse
irreconocible. De aquí que la simetría en el pabellón
sea profundamente prosaica, o casi inconcebible. Removida de su ubicación
normal, normativa, es más difícil de reconocer, imposible de
eludir.
Según Tafuri y Hays, los reflejos miesianos son una manera de despedazar
cosas; según mi parecer, una manera de crear coherencia. Los dos tipos
de reflejo ocurren en el Pabellón Barcelona. ¿Cuál prevalece?
En pos de la discusión, asúmase que la segunda. ¿Qué ocurre
entonces con la idea, tan enérgicamente promovida por Tafuri y Hays, de
que la arquitectura de Mies adopta una posición crítica mediante
el desmembramiento de nuestra demasiado coherente representación de la
realidad? No se aplicaría, pero esto no necesariamente significa que el
edificio no sea crítico. Podría ser crítico de otras maneras.
Pero, una vez más, podría no serlo. En algunos círculos
la función crítica del arte es hoy dada por sentado: una obra de
arte es juzgada como buena en la medida en que es crítica. Esta aceptación
algo acrítica se ve facilitada por la asunción de que cualquier
diferencia entre una cosa y otra puede formularse como una crítca aplicada,
y de hecho puede serlo. De igual manera puede ser llamada un accidente, una instancia
de pluralidad o contraste. Cualquier obra de arte o de arquitectura puede estar
rodeada de intenciones críticas. Puede también producir respuestas
críticas que de otra manera nunca hubieran ocurrido. Por todo esto, podría
ser todavía posible mostrar que una obra de arte no puede ser esencialmente
crítica. Mientras que no necesita negar, tiene que afirmar –aún
si todo lo que afirma es su mérito para entrar en nuestra conciencia.
Sin embargo, si la función crítica es tomada como la medida del
arte, entonces el arte se vuelve comentario y, una vez más, se filtra
la analogía con el lenguaje. El Pabellón Barcelona no es análogo
al lenguaje. Su relación con el lenguaje es predatoria, no mimética.
El arte ha sido tan a menudo retratado como oponiéndose al mundo, porque
está obligado a afirmar por el procedimiento de ser atípico o irreal.
La existencia corriente parece insípida en comparación. Es por
esto que la crítica, el desengaño, la frustración, el desdén,
la repugnancia pueden frecuentemente inferirse de la obra afirmativa. Y es por
esto que el pabellón, lleno de atributos positivos, puede todavía
proyectar una larga sombra negativa.
En su interpretación de Mies, Tafuri y Hays retomaron la vieja idea de
distancia estética y la reformularon como distancia crítica.(61)
Los dos tipos de distancia pueden describirse en términos similares, pero
se originan en tendencias opuestas. Las distancia crítica se mantiene
con miras a un escudriñamiento; la distancia estética se mantiene
con miras a una adulación. La distancia crítica revela imperfecciones;
la distancia estética es profiláctica. Permítasenos ahora
volvernos sobre lo político de la belleza del pabellón. Argumentaré que
Mies sostiene el mundo con el brazo extendido, menos para contemplar su absurdo
que para evitar su olor.
Distracción
Alberti consideraba prudente
construir edificios hermosos, porque la belleza protege a las cosas de la
agresión. Se pregunta, “¿puede un edificio hacerse tan
fuerte por toda la Invención del Arte, como para estar a salvo de
la Violencia y la Fuerza?” Y responde que sí puede, puesto que “la
Belleza tendrá tal efecto sobre el encolerizado Enemigo, que desarmará su
Ira, y le impedirá propiciarle Injuria alguna: y hasta tal punto que
me atreveré a decir que no puede haber mayor Seguridad para una Obra
contra la Violencia y el Agravio, que la Belleza y la Dignidad”.(62)
La belleza transforma la vulnerabilidad en inexpugnabilidad, y es fácil
ver a partir de este ejemplo, que la belleza y dignidad de los edificios
era el mismo tipo de belleza y dignidad que se suponía tenían
las mujeres, y probablemente por las mismas razones. Alberti da a entender
que un ejército mira un monumento como un hombre mira una mujer, y
no hay mucha distancia entre las visiones de Alberti sobre este tema y las
de Jean-Paul Sartre quinientos años después. En La psicología
de la imaginación, Sartre explica cómo la belleza coloca las
cosas fuera de nuestro alcance, inspirando sentimientos de “triste
desinterés”. “Es en este sentido que podemos decir que
la gran belleza en una mujer mata el deseo por ella... Para desearla tenemos
que olvidar que es bella, porque el deseo es un arrojarse al corazón
de la existencia, a lo que es más contingente y absurdo.”(63)
Aunque los términos “atractivo” y “bello” son
considerados casi sinónimos, la belleza, tal como la describen Alberti
y Sartre, no es atractiva; es, por acuñar una palabra, “distractiva”.
El tipo de belleza que domina la conciencia occidental sofoca el deseo por
una cosa desviando la atención del uso (o abuso) de la cosa a su apariencia.
La belleza del pabellón también es distractiva, pero no aparta
la atención de su propia vulnerabilidad; el Pabellón Barcelona
distrae al observador hipnotizado de lo que es inquietante en otro lado. Esta
es la arquitectura del olvido.
¿De qué nos está distrayendo la arquitectura de Mies? La
pregunta casi no tiene sentido. La abstracción, el silencio, la vacuidad
del pabellón hacen difícil determinar qué ha sido removido. ¿No
es ésta la idea? Si pudiéramos verlo fácilmente, entonces
el esfuerzo de escapar habría sido inútil. Aún si pudiéramos
bucear en la personalidad de Mies para descubrir qué era lo que su arquitectura
le permitía olvidar, esto no necesariamente nos diría qué es
lo que a nosotros nos permite olvidar, o qué le permitiría olvidar
a otros. La cuestión casi no tiene sentido –pero no del todo. Olvidar
es una actividad social. La ignorancia puede ser construida socialmente, tal
como puede serlo el conocimiento. La práctica colectiva del olvido produce
inocencia –del tipo que construimos para protegernos de otros, y a los
otros de nosotros, no del tipo que se perdió.
Haría dos conjeturas acerca de aquello que el Pabellón Barcelona
ayudó a Mies y a sus contemporáneos a olvidar: la política
y la violencia. Tucídides, quien en efecto luchó en las guerras
que relató, dijo que prefería el arte del olvido al arte de la
memoria. Su preferencia por la amnesia tiene una explicación psicológica.
A medida que una situación empeora, la atención es o completamente
absorbida por ésta, o completamente apartada. Por eso John Willet escribe
sobre los artistas de la Alemania de Weimar: “Aún en los momentos
más calmos y aparentemente más sensatos de mediados de [la] década
[del 20], los más sensibles de esta gente reflejaban una inestabilidad
inquietante que a menudo era electrificante. ‘Sentía el piso temblar
bajo mis pies’, escribió Georg Grosz muchos años después
en su autobiografía, ‘y el temblor era visible en mi obra’”.(64)
Pero no era visible en la arquitectura de Mies. Aislado de la actividad sísmica,
el pabellón no da ninguna señal de esta, y los temblores por
lo tanto parecen no existir.
La historia nos indica que era mucho lo que estaba en juego. Olvidar demasiado
en la Alemania de Weimar era abrir la puerta a la barbarie, en el esfuerzo
de evadirse del conocimiento de la amenaza. Sin duda había mucho de
este tipo de olvido. Es lo suficientemente claro que el arte puede sosegar
una conciencia perturbada. Lo que estoy intentando sugerir es que hay otra
forma de olvido colectivo, potencialmente constructiva, que ha sido convenientemente
olvidada en las consideraciones del siglo veinte sobre el arte –aunque
mucho del modernismo lo ejemplifique. Supongan que afirmara que las distracciones
provistas por el arte han sido esenciales para el desarrollo de nuestro equilibrio,
de nuestra humanidad, nuestra ilustración. ¿Estaría afrimando
demasiado? Lo dudo. El arte siempre presenta un desafío, pero no todos
los desafíos conducen al descubrimiento o a la revelación. Olvidar
también puede ser un desafío. Este es el mensaje de los Euménidas.
En virtud de sus propiedades ópticas, y de su fisicalidad desencarnada,
el pabellón nos aleja constantemente de la conciencia de él como
una cosa, y nos arrastra a la consciencia de la forma en que lo vemos. La sensación,
forzada a un primer plano, empuja la conciencia a la a-percepción. El
pabellón es un vehículo perfecto para lo que Kant llama juicio
estético, en el que la conciencia de nuestra propia percepción
domina todas las demás formas de interés y del entendimiento.
Pero, insiste Kant, a partir de esta actividad aparentemente sin propósito,
construimos nuestro propio destino. Tómese cinco y agrégese diez.
Abstraídos de los temblores que sitian el presente, delineamos patrones
para un futuro potencial. La distracción no es amnesia, es esta dislocación.
De todas formas, podría parecer que Mies estaba más interesado
en la dislocación hacia el pasado que hacia el futuro. Colin Rowe interpretó la
simetría más expícita de la obra posterior de Mies como
un retorno a las convenciones del clasicismo.(65) Varias de las formas en que
el pabellón alienta el disfrute consciente de nuestra propia percepción
comprenden simetrías que pasan desapercibidas. ¿No sugiere esto
que Mies, que verdaderamente era un maestro del equívoco, subrepticiamente
habría reintroducido la formación jerárquica de la simetría
bilateral para contrarrestar la libertad y la democracia mentada por la asimetría
del pabellón? El caballo de troya introducía tropas enemigas
furtivamente. Este subterfugio encaja con todo lo dicho hasta ahora sobre la
predilección de Mies por la confluencia de opuestos, y confirma que
un profundo autoritarismo acecha apenas por debajo de la superficie brillante.
Generalmente se cree que la simetría bilateral afirma la unidad enfatizando
el centro. La arquitectura monumental ha estado demostrando esto por milenios.
Hegel declaró que la simetría era la manifestación primordial
del arte simbólico, la primera encarnación del espíritu
humano en forma sensible. A través de su simetría, “la
arquitectura preparó el camino para la inadecuada actualidad de Dios”,
escribió.(66) El orden social de la teocracia, la tiranía y la
aristocracia parece cerrado en esta disposición formal. Bruno Zevi habla
por generaciones de críticos modernos cuando dice: “cuando te
hayas desecho del fetiche de la simetría, habrás dado un paso
gigante en el camino hacia una arquitectura democrática”.(67)
Nuestra idea de simetría bilateral deriva de ejemplos familiares: de
los grandes monumentos arquitectónicos del pasado y también,
según Blaise Pascal, del rostro humano. El portal del rey y la boca
tienen mucho que responder por eso. Ambos, sentados a horcajadas sobre el plano
de simetría, tienden a oscurecer el hecho de que la producción
de la simetría es una operación de germinación, no una
actividad centralizadora. No hay nada jerárquico en la simetría
bilateral; más bién lo contrario. Sólo mediante la adición
de un tercer elemento entre las mitades duplicadas se transforma la igualación
en una jerárquica graduada. Este término es un apéndice
inesencial, razón por la cual los gemelos siameses o un par de casas
medianeras ilustran mejor la simetría bilateral que lo que lo hacen
el rostro humano o el palacio de Versailles. La transformación de la
simetría bilateral en arquitectura monumental es una instancia espectacular
de las silenciosas políticas que se encarnan en apariencias. Cuando
nos hallamos librados de los prejuicios establecidos por medio de arquitectura
durante siglos, podremos reconocer que la simetría bilateral es una
forma de crear equivalencia, no privilegio. Las simetrías ocultas del
Pabellón Barcelona aparecerán entonces bajo una luz diferente.
La mayoría son bipartitas. Ninguna enfatiza el centro. Tal vez sea por
esto que tuvieran que permanecer ocultas. Si las simetrías hubieran
sido identificadas y nombradas, esto hubiera conducido a una falsa insinuación,
y hubiera podido oscurecer las propiedades de aquello que debía describir.
El edificio que se comió tantas palabras hubiera caido víctima
de una palabra.
Las simetrías en el Pabellón Barcelona son de un orden enteramente
diferente que las del clasicismo monumental. Para apreciarlas debemos revisar
nuestra comprensión de la palabra simetría. Pascal resumió la
visión clásica en una oración: “Simetría
es lo que vemos de un vistazo, basado en el hecho de que no hay razón
para ninguna diferencia, y basado en el rostro de un hombre: de donde resulta
que la simetría solo se aplica a lo ancho, ni a la altura ni a la profundidad”.(68)
Las simetrías del Pabellón Barcelona no se ven de un vistazo;
hay buenas razones para su presencia; no son como el rostro de un hombre; y
están aplicadas a otras dimensiones que la horizontal frontal.
Postscriptum
Me abstengo de hacer comentarios
sobre la reconstrucción del pabellón, excepto para aplaudir
a los responsables. Otros consideran importantes las cuestiones de su autenticidad
y reproductibilidad, pero soy incapaz de ver por qué.
Notas
1 Juan Pablo Bonta, Architecture
and its Interpretation (Londres, 1979), pp. 131-224.
2 Ibid. pp. 171-4, y Wolf Tegethoff, Mies van der Rohe: The Villas and Country
Houses (MoMA/MIT Press, 1985), pp. 72-3.
3 MoMA, Mies van der Rohe Archive, parte 1, vol.2. En el plano 14.2, la línea
del eje es usada como dato a partir del cual se miden las diferentes longitudes
en las que se extiende el podio del pabellón en cada dirección;
en 14.3 un pedestal para una escultura se alinea sobre el eje; en 14.7 y 14.20 éste
se integra como línea central de la grilla del solado.
4 Sybil Moholy-Nagy, “The Diaspora”, Journal of the Society of
Architectural Historians, vol. 24, no. 1 (marzo de 1965), pp. 24-6; Elaine
Hochmann, Architects of Fortune (Nueva York, 1989).
5 Howar Dearstine, carta en respuesta al artículo de S. Moholy-Nagy,
ibid. vol. 24, no. 3 (octubre de 1965), p.256.
6 S. Giedion, Space, Time and Architecture (Cambridge, Mass., 1954),p. 548.
(Hay traducción castellana).
7 Josep Quetglas, “Fear of Glass”, Architectureproduction, Revisions,
editado por B. Colomina y M. Hays, p. 150.
8 Hochmann, p. 203.
9 “Voilà l´esprit de l´Allemagne nouvelle: simplicité et
clerté de moyens et d´intentions tout ouvert au vent, comme à la
franchisse –rien ne ferme l´accès à nos coeurs. Un
travail honnêtement fait, sans orgueil. Voilà la maison tranquille
de l´Allemagne apaisée”, Bonta, p. 155. Para Nicholas M.
Rubio Tuduri, ver “Le Pavillon d´Allemagne à l´Exposition
de Barcelona par Mies van der Rohe”, Cahiers d´art, vol. viii-ix,
(Paris 1929), pp.409-411. Reimpreso en Fundació Publica del Pavelló Alemany,
El Pavelló Alemany de Bracelona de Mies van der Rohe (Barcelona, 1987),
p. 42.
10 Peter Gay, Weimar Culture (Nueva York, 1970), p. 139.
11 Herman Weyl, Symmetry (Princeton, N.J., 1952), p. 77. Comentando la búsqueda
de Kepler de un orden manifiesto en las formas, Weyl escribe: “Todavía
compartimos su creencia en una armonía matemática del universo;
pero ya no la buscamos en formas estáticas como los sólidos regulares,
sino en leyes dinámicas”.
12 H.-R. Hitchcock y Philip Johnson, The International Style (Nueva York, 1966),
pp. 59-60.
13 Es difícil de entender que se citara tan a menudo este reparo de
1929, como si Mies hubiera logrado una comprensión completamente nueva:
el principio ya había sido anunciado unos años antes por Le Corbusier.
14 Johnathan Greigg.
15 Franz Schulze, Mies van der Rohe: A Critical Biography (chicago, 1985),
p. 158. (Hay traducción castellana)
16 Ludwig Hilberseimer, Mies van der Rohe (Chicago, 1956), p.16. La cita estaba
tomada de Procopius, Buildings, I, i, 46. Adrian Gale, quien trabajó con
Mies hacia el final de su carrera, observa un efecto similar en la obra americana.
Describe cómo el interior del Crown Hall parece estar apresado dentro
del marco exterior semejante a una morsa, que amenaza con tirar del techo hasta
bajarlo al piso. La amenaza exige una resistencia preventiva, y la única
fuerza que la mente puede introducir para mantenerlos separados es [en] el
espacio ensanguchado mismo, como si fuera sustancioso y elástico. A.
Gale, “Mies: an appreciation”, en Mies van der Rohe: European Works,
AD Architectural monographs no. 11 (Londres, 1986), p. 96.
17 Isidre Puig Boada, L´Església de la Colònia Güell
(Lumen, 1976).
18 Gay, p.101.
19 Discurso en ocasión del otorgamiento de la medalla AIA de oro, 1960.
Ver Peter Serenyi, abstract, JSAH, vol. 30, no. 3 (octubre 1971), p. 240.
20 Peter Blake, “A conversation with Mies”, Four Grat Makers, p.
93.
21 Tegethoff, pp. 81-2.
22 Platón, República, X, 1, 596 a-e.
23 San Agustín, Confesiones, X, 35.
24 Caroline Constant, “The Barcelona Pavillion as Landscape Garden: Modernity
and the Picturesque”, AA Files no. 20, otoño de 1990, pp. 46-54.
25 En conversación.
26 Véase nota 9.
27 Schulze, p. 116.
28 Quetglas, p. 133.
29 Marius von Senden, Space and Sight: The Perception of Space and Shape in
the Congenitally Blind before and after Operation, traducido por P. Heath (Glencoe,
Ill., 1960).
30 MoMA, Mies Archive, parte 1, vol. 2, 2.320-2.323.
31 Patrick H. Barr Jr., Cubism and Abstract Art (Nueva York, 1986 ) (reimpresión),
pp. 156-7.
32 Leo Battista Alberti, On Painting, traducción de Spencer (New Haven,
1966), p.52. (Hay traducción castellana.)
33 M. Boscovits, “Quello ché dipinturi oggi dicono prospettiva”,
Acta Historiae Artium (budapest, 1962), vol. 8, p. 246.
34 Alberti, On Painting, p. 54.
35 Mies van der Rohe: European Works, p. 39. Gerog von Schnitzler, Comisario
General del Reich, quien eligió a Mies para diseñar el pabellón,
era director del cartel IG Farben.
36 “The New World” (1926), en Hannes Meyer: Buildings, Projects
and Writings, editado por Claude Schnaidt, p. 95. Citado por Michael K. Hays
en “Reproduction and Negation: The Cognitive Projects of the Avant-Garde”,
Architectureproduction, Revisions 2 (Princeton, 1988), p. 161.
37 Arthur Drexler, Mies van der Rohe (Nueva York, 1960), p. 9.
38 Kasimir Malevich, The non-objective World, traducido por Dearstyne (Chicago,
1959).
39 Las obras más modernas de este tipo tienden a ser esculturas e instalaciones
de los 1960 en adelante. Los esfuerzos de Mies son por lo tanto notables, en
tres aspectos: por ser tempranos, por ser arquitectura, y por explorar fenómenos ópticos
mucho más sutiles que otros artistas, como László Moholy-Nagy,
que estaban trabajando con la luz y la reflexión en los 1920 y ´30.
40 Constant la ve rivalizando por la centralidad con la pared de ónix
(el candidato tradicional); Quetglas, como parte de una centralidad binaria
que circula alrededor de la alfombra oscura y la pared luminosa. Sería
incorrecto dar al pabellón un centro que no quiere, pero hay una segunda
característica, además de su extraña claridad, que hace
a la pared luminosa más prominente que la pared de ónix: es la única
superficie, fuera de los dos “corchetes” en los extremos, que es
transversal. Todas las demás están orientadas a lo largo del
pabellón. La vista a lo largo del edificio, de extremo a extremo, es
decididamente dominante una vez que el visitante sube al podio. La pared luminosa
es por lo tanto arrojada [turned into] al campo visual, ocupándolo lo
más extensamente y por mayor tiempo que cualquier otro elemento singular.
En comparación, uno tiene que esforzarse para ver la pared de ónix.
En mi caso, este esfuerzo fue instado por el conocimiento de que era de importancia
central. Su reputación lo había precedido.
41 Bonta, p. 145. La observación fue hecha por Platz en 1930.
42 Mies van der Rohe: European Works, p. 69. Le debo a Matilda McQuaid, del
MoMA Mies van der Rohe Archive, la iformación sobre la construcción
de la pared de luz en 1929.
43 MoMA, Mies Archive, parte I, vol. 2, 2.320-2.323.
44 Bonta, p. 151 (también citado en Carter, 1961).
45 Ver, por ejemplo, Cristopher Hill, The World Turned Upside Down: Radical
Ideas during the English Revolution (Harmondsworth, 1975).
46 MoMA, Mies Archive.
47 Alberti, On Painting, pp. 44, 58.
48 A menudo, los cielo rasos de Mies parecen recibir luz de ninguna parte.
En la exhibición para la industria del vidrio en Stuttgart en 1927,
Mies, usando muchos de los materiales que volvería a usar en Barcelona,
instaló un falso cielo raso de tiras cosidas de tela blanca tensadas. Éste
era iluminado de arriba para crear una superficie luminosa.
49 Conversación con Jerzy Soltan, 1989.
50 Peter Carter, Mies van der Rohe at Work (London, 1974), p. 24.
51 Quetglas, pp. 128-31.
52 Manfredo Tafuri, Architecture and Utopia (1979), pp. 148-9; Tafuri, The
Sphere and the Labyrinth (Cambridge, Mass., 1987), pp. 111-12, 174-5 (Hay traducción
castellana). Michael K. Hays, “Critical Architecture: Between Culture
and Form”, Perspecta 21, 1981.
53 Hays, ibid. p. 11.
54 Tempranamente se reparó en esta propiedad. El libro de Arthur Korn
Glass in Modern Architecture, publicado por primera vez en 1929, aunque dando
preferencia a ejemplos ralos y rectilíneos, observa que que “el
vidrio es perceptible y sin embargo no enteramente visible. Es la gran membrana,
llena de misterio, delicada pero ruda. Puede descubrir y abrir espacios en
más de una dirección. Su ventaja peculiar está en la diversidad
de las impresiones que crea.” (Introducción a la primera edición.)
55 Las puertas de vidrio también aportan a la confusión, pero
Mies las sacó para la inauguración. Es significativo que las
columnas, que se supone aseguran la estabilidad del pabellón, son los únicos
elementos vueltos inestables por su reflexividad.
56 Jean Dubreuil, Perspective pratique, segunda edición (Paris, 1651),
pp.144-6.
57 Jurgis Baltrusaitis, Anamorphic Art, traducido por W.J. Strachan (Cambridge,
1977).
58 Este redibujo fue hecho por Werner Blaser. El dibujo hecho para la publicación
se encuentra en MoMA, Mies Archive, parte 1, vol. 2, 14.6
59 MoMA, Mies Archive, parte 1, vol. 2, 14.2
60 Hay una pequeña diferencia entre la profundidad del reflejo y la
profundidad del tramo proyectado, que se origina en la necesidad de acomodar
el espesor de la pared de Tiniano.
61 K. Gilbert y H: Kuhn, A History of Esthetics (Londres, 1956), pp. 269-70.
62 Leon Battista Alberti, The Ten Books of Architecture, traducido por Bartoli/Leoni,
editado por Rykwert (Tiranti, 1955), Libro VI, capitulo 2, p.113.
63 Jean-Paul Sartre, The Psicology of Imagination (Citadel, N.J.), conclusión,
p. 282.
64 John Willet, The New Sobriety: Art and Politics in the Weimar Period (Londres,
1978), p.16.
65 Colin Rowe, “Neo-´clasicism` and modern Architecture I & II”,
The Mathematics of the Ideal Villa (1982), pp.119-58.
66 Hegel and the Arts, editado por H. Palucci y F. Ungar (Nueva York, 1979),
p. 64.
67 Bruno Zevi, The Modern Languaje of Architecture (Seattle, 1978), p. 15.
68 Blaise Pascal, Pensées (Londres, 1940), no. 28.
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