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Demolición y clausura
Alberto Sato
Es difícil evitar el sobresalto provocado por una explosión,
y cuando va acompañado del espectáculo del demoronamiento
de un edificio, a esa primera emoción se agrega un goce íntimo:
el de haberse librado del pasado. Cabe aclarar que, para no entrar
en el plano de lo sublime, me refiero a la demolición de
edificios a objeto de despejar terreno para dar inicio a una construcción.
Es inevitable considerar que las guerras urbanas del siglo XX produjeron
muchas víctimas, pero también escombros y después
de una guerra, los grandes empresarios de la construcción
están tan prestos a prestar ayuda, que hace sospechar que
algo tuvieron que ver con los bombardeos. Pero el tema que convoca,
más allá de cualquier placer íntimo y consideraciones
económicas y políticas, es el proceso proyectual contemporáneo.
El interés puesto en el tema de la demolición resulta
de los enfoques, ideas y realizaciones nacidas de la angustia por
la deflagración de un estatuto que se creía unitario.
Desde los primeros años de la segunda post guerra la arquitectura
moderna se vio obligada a revisar su plataforma conceptual y sus
metodologías, y entre el optimismo y la desilusión,
fluyó un rico andamiaje de propuestas que ha resucitado luego
del agotamiento postmoderno. Muchas de aquellas ideas habían
sufrido una condena que se amparaba tras la ideología que
se ocupó de moralizar acerca de lo que debía ser.
Así, mientras la nostalgia historicista, las raíces
nacionales y populares y la banalidad desplegaban sus celebrados
discursos, otras arquitecturas debieron guardar silencio. Claude
Schnaidt, refiriéndose a éstas, sentenciaba: “Tales
visiones son tranquilizadoras para muchos arquitectos que, alentados
por tanta tecnología y por tanta confianza en el futuro,
se sienten seguros y justificados en su abdicación social
y política”.(1) Pero dicha abdicación social
y política fue una anticipación de las condiciones
generales de la sociedad contemporánea. La ciudad lúdica
y terciaria de aquellos programas han dejado de ser divertidos y
frívolos, hoy el juego es un tema serio y aquellas ideas
que despertaron de su letargo, se validaron a medida que la sociedad
se está pareciendo cada vez más a ese mundo imaginado
allá, en los años sesenta.
Por estas razones, una reflexión sobre el tema que ocupa
debe dar cuenta de esas proposiciones y conforman la plataforma
sobre la cual se construye la demolición.
La demolición
Antes de construir dentro de la ciudad hay que demoler algo. No
sucede lo mismo en las periferias urbanas o en la colonización
nuevos territorios, situaciones éstas muy frecuentes en la
arquitectura moderna. Las razones de esta acción demoledora
son de diverso tipo y sin duda, los escombros se llevan consigo
algún recuerdo personal o colectivo. También la demolición
confirma que se es moderno y por ello, cuando se realiza con gran
estrépito e instantáneamente, produce el goce íntimo
de quien abriga la esperanza de un futuro mejor y borra amargos
pasados. En buena medida, esta promesa la ofrecen los arquitectos.
No es poca esta responsabilidad autoasignada.
Pues bien, el arquitecto es productor de indicaciones gráficas
para que con ellas se realice un edificio, parte de él o
un conjunto de ellos: en términos generales, su producto
es una promesa. Para ello y por la supervivencia de la especie y
de la institución en la ciudad, el arquitecto deberá
demoler algo que ya existía como arquitectura. En síntesis,
la primera acción productiva del arquitecto es destruir arquitectura.
Ocurre con la producción en general: para producir leña
o un mueble hay que destruir un bosque.
Tiene interés volver los pasos sobre el significado de esta
acción, debido a que la arquitectura, como decía Argan,
se sobreentiende siempre como arte metépsico, “que
crea y no representa, a diferencia de la pintura y la escultura,
que son artes miméticas”. (2) Así, la arquitectura
se representa a sí misma y se almacena como historia, porque
la creación arquitectónica pura no existe, sino que
se apoya en su propia experiencia, de otro modo no se podría
identificar un hecho como arquitectónico más allá
de su capacidad de albergar actividades humanas y esto no ocurre
siempre.
Por estas razones, la arquitectura en la ciudad carga consigo la
demolición de su pasado construido para construirse. Esto
ocurrió durante siglos en Roma, en la Edad Media, en las
ciudades del Renacimiento. La Roma imperial se construyó
con piezas múltiples, como un bricolage, al decir
de Colin Rowe: “...lo físico y lo político de
Roma proporcionan lo que es tal vez el ejemplo más gráfico
de tejidos de colisión y deshechos intersticiales...”.(3)
En efecto, desde la construcción del Forum Julium, el año
54 a.c; el de Augusto; el Transitorium; el de Nerva, hasta el de
Trajano, construido entre el 112 y 113 d.c., transcurrieron 159
años, con arcos triunfales, mercados, templos y basílicas.
La fiebre constructora fue, sin duda, muy alta. Mientras tanto,
la civitas romana continuaba consumiendo el tiempo deambulando por
los foros sorteando escombros y aparejos, no tanto por carencia
de previsión, sino porque el proceso estaba naturalizado.
En realidad ese bricolage era un híbrido compuesto
de fragmentos de otros edificios, que se demolían parcialmente
o se adosaban. La Edad Media fue testigo de este continuum de apropiaciones,
superposiciones y adiciones que los transeúntes vivían
con naturalidad, porque formaba parte de la vida urbana.
Relataba el abate Suger acerca de la reconstrucción de
St. Denis a mediados del siglo X: “...después de haber
extraído de las torres y del techo que corría transversalmente
entre ellas cimientos materiales bastante sólidos y de haber
puesto los cimientos espirituales aún más sólidos...
preocupados en primer lugar de que la parte vieja y la nueva se
unieran sin desentonar ni contrastar, nos ocupábamos de dónde
podríamos procurarnos columnas de mármol... A fuerza
de pensarlo y repensarlo no quedaba otra solución que hacerlas
venir de Roma a través de una flota bien protegida, y de
allí a través de la Mancha y los meandros del Sena,
con gran cantidad de dinero de los amigos y hasta alquilando las
naves a los enemigos sarracenos”. (4) Es decir, demolición
y rapiña para nueva arquitectura.
Pero el momento estelar de las demoliciones urbanas fue el siglo
XIX, cuando la modernización celebra su triunfo escribiendo
un palimpsesto, no tanto por falta de papel, sino porque había
que borrar las huellas de un pasado insalubre, hacinado, pestilente,
promiscuo, oscuro, húmedo, envilecedor, que no permitía
el despliegue del progreso y sus manifestaciones urbano-arquitectónicas.
Así, los ensanches, los boulevares y los parques urbanos;
las cloacas y los transportes subterráneos comenzaron a aparecer
con el primer acto sublime de la demolición: el pasado fue
borrado con pico y pala, y sobre el plano despejado se volvió
a escribir un nuevo texto.
Este proceso se acelera en el siglo XX cuando las edificaciones
tienen menor duración, entre otras razones, por su propia
condición moderna. En efecto, en este siglo y el pasado,
la mayoría de los edificios construidos con el empleo de
las tecnologías proporcionada por su propio tiempo están
condenados a sufrir el veloz envejecimiento de sus componentes constructivos,
porque la modernidad fundó una de sus bases sobre la innovación
tecnológica que por su propia naturaleza se renueva continuamente
y en consecuencia hace menos duradera la vida de los edificios que
la alberga. Es sorprendente que cuando éstos envejecen no
lo hacen con la dignidad de los antiguos. La ruina moderna, a diferencia
de otras, se presenta como despojo decadente de una civilización
fundada en el desvanecimiento: un edificio antiguo sin uso y con
fragmentos desparramados en el suelo es un bello y nostálgico
monumento; un edificio moderno con placas de cielorraso caídos
es simplemente un deplorable abandono. El Baudelaire de: “La
modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente”
se manifiesta en la industria intrínsecamente, porque debe
modificar continuamente sus productos, mejorarlos, aplicar nuevos
conceptos, nuevos materiales, nuevas prestaciones, nuevas economías
y para ello cambia sus líneas de producción y sus
máquinas. La experimentación e investigación
tecnológica modifica materiales y artefactos y en consecuencia
la línea de producción y las máquinas que las
producen. Los materiales modernos son menos duraderos, tienen “fecha
de vencimiento” son como materia orgánica. Así,
disponer de un mismo material industrial o mecanismo producido hace
un par de décadas es una tarea en extremo difícil
porque obliga a reponer la industria que lo produjo. El nuevo campo
de investigación que es la arqueología industrial
se mueve dentro de la dificultad de trabajar en las entrañas
de fábricas en funcionamiento que se han ido transformando
al punto que las señales de sus orígenes son casi
irreconocibles: sus viejas máquinas cedieron el paso a las
nuevas y muchas fueron construidas en fundiciones alimentadas con
su propia chatarra. Las líneas de producción son reemplazadas
y así como los recintos que las albergan. Alguien podría
afirmar que el alma de la vieja máquina está presente
en el acero de la nueva, o que el edificio antiguo está presente
en la nueva fábrica, pero como decía Ling Yu Tang,
el jarrón chino reconstituido es otro jarrón. Así,
la industria expone una arquitectura que muta, vive la metamorfosis
en sus propias entrañas.
La arquitectura moderna no es ajena a este problema y por ello
se podría aventurar que es más sencillo reproducir
el fuste de una columna del Partenón que un perfil de acero
standard de las ventanas de la Bauhaus de Dessau que Crittall Windows
Ltd. realizó en 1926. En su restauración de 1976 se
hicieron de aluminio, pese a que la fábrica Crittall Windows
todavía está en funcionamiento. (5)
De este modo, el edificio moderno está condenado a su transformación
o a su desaparición, pero en ambos casos procede la demolición,
a menos que se haya construido dentro de la tradición tecnológica
de los llamados materiales inertes. Si a esta condición se
agrega la obsolescencia funcional y económica, en pocas décadas
nadie podrá salvarlo. Razonablemente, un edificio contemporáneo
realizado con nuevas técnicas y materiales nuevos tiene una
fecha de vencimiento de cincuenta años. Asumiendo este destino,
es evidente que los estatutos clásicos de la arquitectura
deben ser revisados, porque la eternidad es un mito brutalmente
derribado por una realidad que no sólo es mercantil, sino
intrínsecamente moderna. No sin razón, ante el debate
acerca de la conservación del Zonestraal de Duiker, algunos
opinaban que debía dejarse como una ruina, abandonarse y
dejar que lo devore la maleza. (6) También, más allá
de los esfuerzos de Gropius y la mayoría de los arquitectos
para evitar la demolición de los almacenes Schoken de Stuttgart,
en 1960, Louise Meldelsohn, viuda del autor, aceptaba su destino
declarando: “Cuando un edificio ha sido acabado Eric terminada
con él. Su espíritu siempre aspiraba a cosas por venir”
El objetivo de la ciudad de Stuttgart en los años sesenta
no era la preservación o la conservación sino la progresión.
Un especialista en conservación, Lars Scharnholz, comentaba:
“ Una característica del Movimiento Moderno es que
la preservación del contexto histórico arquitectónico
y tratamiento sustentable de los edificios existentes son considerados
menos importantes que su evolución”
Paradójicamente, la obra de Mies van der Rohe es una de las
más conservadas de la arquitectura moderna: Las casas Lange
y Esters en Krefeld; los Promontory Apartment, el conjunto de Lake
Shore Drive, la casa Farnsworth, y el Pabellón de Barcelona,
así como las permanentes restauraciones del campus del IIT
(cuyos edificios se están cayendo a pedazos). La restauración
de estas piezas maestras obligó a invertir sumas considerables
de dinero, pero: “Mientras se trataba de resolver la complejidad
tecnológica de estas restauraciones, la discusión
sobre los problemas de la preservación se mantenían
ausentes”. (7)
La evolución a la cual se refería Scharnholz era
la política de adaptación del edificio es decir, a
una mutación a costa de los atributos arquitectónicos
originales. Sin embargo, la ausencia de debate y la fuerza del imprinting
cultural continúa dentro del plano de las restauraciones
y los restauradores modernos actúan como si trataran a la
Malcontenta. Si bien esto puede tener un gran significado, como
el caso de los paradigmas miesianos, esta misma consideración
no podría aplicarse a toda la arquitectura que se construye
en la ciudad moderna.
Como se adelantó, la demolición y otras especulaciones
sobre la ciudad contemporánea fueron formuladas hace décadas
y hoy se propone con el propósito de someter a la arquitectura
al desafío de dar continuidad a la ciudad, y a la historia
de la arquitectura, cerrando el paréntesis de una modernidad
entendida como obra realizada ex novo, sobre sitios vacíos
y exenta.
En la postguerra Peter Smithson decía: “La planificación
es un problema de ´andar´ más que de partir de
una página en blanco. Nosotros aceptamos como un acto fijo
lo que una generación hace con mucho esfuerzo. Debemos seleccionar
sólo los puntos con mayor significado sobre la totalidad
de la estructura urbana, más que hacer frente a una reorganización
ideal de la totalidad” Nuestro deseo lógico y estético
actual no es construir castillos en el aire sino una suerte de nuevo
realismo y nueva objetividad: la consecuencia de nuestra acción
en una situación dada”. (8) Otro connotado representante
del ICA, Lawrence Alloway, escribía en 1959: “Las ciudades
son, citando a John Rannells, la acumulación de las actividades
de la gente, y éstas cambian con más rapidez que los
edificios o las ideas de los arquitectos. Louis Sullivan ...dijo
que [la arquitectura es el] ´drama de crear cosas que van
al olvido´. No hay lugar donde esto resulte más visible
que en la poblada y sólida ciudad y en ningún sitio
tienen menos posibilidades de permanecer intactos los principios
formales permanentes. El pasado, presente y el futuro...se trasladan
en confusa configuración. Los arquitectos nunca pueden conseguir
y mantener el control de todos los factores de una ciudad que hay
en las dimensiones de las formas apedazadas, en expansión
y en desarrollo“. (9)
De estas citas se desprende la búsqueda de una estética
del cambio. Cedric Price, en el edificio Inter-Action instaló
la obsolescencia como estética. Había previsto instrucciones
para su demolición debido a que el Ayuntamiento había
arrendado el terreno por 27 años y de hecho, se demolió
en el año 2001. Para ello la estructura, los cerramientos
y las instalaciones conformaban un sistema genérico cuyos
atributos formales daban señales industriales inequívocas.
Decía Price: “Podremos reconocer más fácilmente
los cinco estados del tiempo artificial (uso, abuso, re-uso, desuso
y rechazo) si concedemos la misma importancia a los intervalos temporales
correspondientes a la construcción y la demolición
(duración) con el propósito de introducir en el proceso
de proyecto factores como el tiempo, la transformación y
la reubicación temporal [...] La flexibilidad constructiva,
o su alternativa, la obsolescencia planificada, sólo pueden
conseguirse satisfactoriamente si incluimos el factor temporal como
parámetro clave dentro del proceso completo del diseño”.
(10) Cabe destacar la admirable previsionalidad inglesa ante nuestro
“mientras tanto” latinoamericano, que podría
eternizar cualquier construcción provisional. Dejando en
suspenso intimidades de nuestra cultura, la previsión proyectual
de Price determinó en buena medida los aspectos estético-formales
de la edificación. Esto fue corriente durante los años
sesenta y setenta del viejo siglo pasado, desde el Fun Palace de
Price al Centro Pompidou de Piano & Rogers, la imagen de lo
transitorio y lo flexible programado construyó una estética
fundada en la técnica, al decir de Ezio Bonfanti, una “emblemática
tecnológica” que trascendió sus propósitos
iniciales. (11) En efecto, los edificios para durar “eternamente”
-dentro de la paradoja secular de nuestra institución arquitectónica-,
semejaban a construcciones fabriles y ferroviarias. De esto dan
cuenta las proposiciones de Cedric Price, de Archigram, de Yona
Friedman, de Constant, cuyos argumentos se repiten hoy como si fuesen
nuevos: el riesgo que amenaza su credibilidad hoy es, como ocurrió
antes, que cuanto más se aleje del mundo fáctico,
más inofensiva resulta a su propia institución.
Pero en ese debate, otras voces se han propuesto algo más
radical. Martin Pawley adelantaba: “Los esfuerzos de Habraken
para estabilizar el mundo en constante evolución de los sistemas
de sostenimiento, están condenados antes de haberse iniciado.
En este contexto, el cambio no puede ser detenido –aunque
éste sea el sueño desesperado de los preservacionistas-.
Todo lo que puede hacerse es dotar al espacio humano de mecanismos
capaces de absorber la evidencia del tiempo y del cambio, a fin
de mitigar el horror al cambio mismo. Incorporando en cada configuración
sucesiva los elementos de todas las que la precedieron, se podría
separar el cambio de la destrucción y la pérdida,
y conseguir de esta forma un continuum en el campo privado que está
aún, en cierta medida, legal y económicamente protegido”.(12)
Es así, absorbiendo la evidencia del tiempo, incorporando
los elementos de todas las que la precedieron, se podrá superar
la condición de emblemática técnica que caracteriza
a la estética del cambio.
Este es un proceso de mutación que interviene en el proyecto
incorporando la preexistencia, extrayendo de ella atributos funcionales,
tecnológicos y formales. Es evidente que el resultado puede
ser un híbrido, pero así son las ciudades actuales:
la diferencia es que el híbrido urbano se distingue en la
suma de las edificaciones.
Sin duda, los edificios tradicionales siempre han soportado cambios:
así sucedió y continúa sucediendo: un templo
puede ser una discoteca o una oficina de correos, pero lo transitorio
es un acto social o económico, más que arquitectónico:
la apropiación social de la arquitectura modifica y transforma
usos, formas, disposiciones, apariencias y sentidos. Por ello la
plataforma de la demolición no habla sólo de arquitecturas
transformables, sino de operaciones de intervención proyectual
que actúa sobre la materia dada que a su vez sabe que será
transformada. Lo que existe será devorado por los nuevos
programas y el edificio podrá resistir o no, podrá
ser demolido para ser sustituido por una nueva construcción,
o podrá mutar, en un proceso continuo dentro de la ciudad.
La paradoja se podría resolver si el proyecto albergara
la demolición y de este modo se incorpora un proceso de mutaciones,
de transformaciones progresivas, sin solución de continuidad,
como ocurre con la ciudad en general. El híbrido resultante
de esta proyectación no está demasiado alejado de
una condición general de la cultura. En efecto, se trata
de acelerar un proceso de desintegración arquitectónica
abortado en su etapa de banalización e historicismo.
Si se preguntara entonces cuál sería la tarea del
arquitecto, pues bien, como hace tiempo, la respuesta es proyectar
ciudad, quizás ahora no tenga sentido hacerlo por medio de
un edificio, porque si descorremos el velo que oculta nuestra tarea,
se trata de mejorar la calidad de vida, y esta vida no merece que
con una promesa, interrumpamos su continuidad.
La clausura
Estas reflexiones tienen su origen en otra paradoja: la vida urbana
tiene continuidad, a la que se opone su arquitectura, que es discontinua,
celebratoria de acontecimientos aislados, fijos e inmutables. Esto
lo decía Yona Friedman en los años sesenta. Para esta
celebración, una obra en construcción es protegida,
no sólo para seguridad de los transeúntes, también
como obra que promete conmover ante su descubrimiento. Es una ideología
inaugurada en el Renacimiento: el autor “devela”, corre
el velo que ocultaba su proceso creativo y produce el primer shock
ante la mirada atónita y regocijada del mecenas y sus amistades.
Los hechos arquitectónicos y artísticos eran concebidos
como creaturas humanas: obras escultóricas, frescos y edificios
guardaban celosamente su gestación y se develan al público
sólo acabadas, como surgidas de un solo impulso creador.
Es por estas razones entre otras, que durante el proceso productivo
de la obra ésta guarda su secreto, se oculta con vallas y
lienzos aguardando por el milagro de la creación humana.
El resultado de este ocultamiento es la pérdida de la naturalización
de uno de los acontecimientos más relevantes de la ciudad
contemporánea, que es su continuo proceso de demolición
y construcción, pero además constituye la clausura
de un fragmento de ciudad que bloquea y restringe el fluir de los
transeúntes, obstaculiza el tránsito de vehículos,
impide la circulación monetaria del comercio, obliga desvíos
desorientadores e impide que la obra misma forme parte del espectáculo
urbano. Se ruega respeto a “obreros en la vía”,
“hombres trabajando”, “disculpen las molestias,
obra en construcción” y con estas ligerezas resuelven,
más que la incomodidad, la apropiación del espacio
urbano, con la promesa de un mejor servicio, casi siempre albergado
en arquitectura. En realidad, todo lo físico y visible que
se promete y se oculta tras las vallas de las llamadas instalaciones
de faena es arquitectura. Mientras esto sucede, la arquitectura
agazapada, adquiere forma, se está gestando, hasta que finalmente
se devela. El transeúnte, antes que el arquitecto, se rinde
ante esta admirable manifestación de progreso. Algunos podrán
expresar: “Tanta espera para esto” porque la promesa
arquitectónica no siempre se cumple. Escribía Walter
Benjamin sobre París del siglo XIX: “La institución
del señorío mundano y espiritual de la burguesía
encuentra su apoteosis en el manejo de las arterias urbanas. Estas
quedaban tapadas con una lona hasta su terminación y se las
descubría como a un monumento”.(13)
La ciudad contemporánea asiste sin descanso a un proceso
de demolición y construcción: cuando acaba la construcción
de algo, inmediatamente en otro lugar, se inicia alguna demolición:
más que un hecho extraordinario, es la condición contemporánea
de la ciudad. Por esta razón debería naturalizarse,
incorporarse al cotidiano, porque las molestias ocurren aquí,
luego allá y en todo lugar.
Así, para evitar la histeria metropolitana es hora de acoger
los ruidos y polvaredas de las demoliciones-construcciones como
parte de nuestra vida urbana y resolver las discontinuidades de
una obra atravesándola con el uso de las instalaciones de
faena como programa urbano. De este modo, las vallas cobran espesor,
son dispositivos, contienen actividades, permiten el tránsito
y nada se interrumpe. En este fantástico espectáculo
futurista, la circulación monetaria tampoco se interrumpe:
el comercio continúa funcionando, el flaneur contemporáneo
también.
La demolición que pretendía proporcionar continuidad
al ritmo urbano es seguida -como un fractal- con la continuidad
urbana durante el proceso mismo de demolición-construcción,
con el aprovechamiento del utilaje de protección para proporcionar
nuevas actividades. El resultado de esto podría semejarse
a las llamadas utopías tecnológicas porque dicho utilaje
está constituido por andamios y estructuras metálicas
de gran versatilidad, por su propia condición transitoria.
Así, la transitoriedad y la mutación se hacen presentes
como obra de infraestructura, a la vez que terminada esta operación
se pone al descubierto la obra que ocultaba. Sin duda, esta sucesión
de obras, de obra dentro de obras, en una endemoniada continuidad
de máquinas, ruidos y polvo, no es otra cosa que la aceleración
del ritmo metropolitano. En las ciudades contemporáneas latinoamericanas
es difícil librarse de este destino, porque a diferencia
de Europa, la población no decrece, por el contrario, aumenta
sostenidamente y la perspectiva futura no promete sosiego.
La continuidad programática de demolición-construcción
entendida como proyecto constituye así, un desarrollo de
las proposiciones iniciales hacia la hibridación que abandona
la aspiración de construir un lenguaje técnico, y
radicaliza los procesos proyectuales, porque obliga, como en la
nouvelle cuisine de Paul Bocuse, a construir platos con lo que ese
día encuentre en el mercado.
La metáfora del mercado atiende a las preexistencias y a
lo nuevo, es decir, a los edificios actuales y a la imaginación,
en la construcción de una forma impura, azarosa, que nadie
sabe cuándo comenzó ni si está terminada, porque
en realidad no tendría tanta importancia como la de vivir
en edificios y ciudades que funcionen sin solución de continuidad.
Este ritmo, quizás histérico es, quiérase o
no, el de la ciudad contemporánea. Las ideas aquí
expuestas sólo reclaman que la arquitectura se incorpore
a dicho ritmo. En caso contrario, si la arquitectura es el lugar
de la conciliación y el sosiego, debería irse a otro
lugar, porque ella sola no podrá cambiar a la ciudad, aunque
se crea que la constituye.
Arribamos finalmente a la noción de continuidad, que en
realidad es la sucesión de eventos. Éstos, en términos
arquitectónicos, pueden localizarse en un punto de cierto
interés: una obra contemporánea se sostiene sin cambios
sustantivos durante 50 años; con cambios necesarios, 20 años;
con cambios imprescindibles, apenas el arquitecto entrega a sus
clientes la obra concluida; luego, las instalaciones de infraestructura
se mantienen durante 2 años, que corresponde a la duración
de la obra, pero podrían convertirse en infraestructuras
con programas urbanos activos y rentables; ahora bien, para construir
las instalaciones de infraestructura, se demora un par de días,
entonces ellas a su vez, podrían albergar programas para
evitar la clausura urbana correspondiente, ergo, la construcción
de las obras de infraestructura para la construcción de un
edificio es el verdadero evento, un espectáculo: sólo
en ese momento, un sector de la ciudad se detiene, por esta razón,
glosando a Pirandello, los personajes están buscando a un
autor.
Notas
1. Cit. en: Frampton, Kenneth, Historia crítica de la
arquitectura moderna, Barcelona, Gustavo Gili, 1981, p. 290.
2. Argan, Gulio Carlo, Proyecto y destino, Caracas, Universidad
Central de Venezuela, 1969, p.71.
3. Rowe, Colin- Koetter, Fred, Ciudad Collage, Barcelona,
Gustavo Gili, 1981, p.105)
4. Cit. en: Patetta, Luciano, Historia de la arquitectura, antología
crítica, Madrid, Hermann Blume, 1984, p.96
5. Blake, David, “Windows, Crittall and the Modern Movement”,
en: do.co.mo.mo. First International Conference, Sept.
12-15, 1990, p. 76-79.
6. Ver: Reinink, Wessel, “Controversy between functionalism
and restoration: keep Zonnestraal for eternity as a ruin”
en: do.co.mo.mo. op. Cit. p. 50.
7. Scharnholz, Lars, “Preserving the memory”, do.co.mo.mo
Journal n° 21, p. 55.
8. Cit. en Nitschke, Günter, “Cities stasis or process”,
The Pedestrian in the City, ed. David Lewis, London, Elek
Books, 1965, p. 165.
9. Alloway, Lawrence, Architectual Design, January, 1959.
10. Price, Cedric, en: Architect´s Journal, sept.
5, 1996, p. 38.
11. Bonfanti, Ezio, “Emblemática de la técnica”
en: Cuadernos Summa-Nueva Visión N° 43, 1969,
p. 14-31.
12. Pawley, Martin, “La casa del tiempo” en: El
significado en arquitectura, ed. Charles Jencks & George
Baird, Madrid, Blume, 1975, pp. 152.
13. Benjamin, Walter, Iluminaciones II, Madrid, Taurus,
1972, p. 187
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