BazarAmericano.com

Reportaje a Rafael Iglesia
Gastón Rebaglati

Rafel Iglesia (Concordia, 1952), es uno de los arquitectos argentinos que ha despertado mayor interés en los útlimos años, tanto en el país como en el extranjero. Graduado en la Facultad de arquitectura de la Universidad Nacional de Rosario, ha realizado en esta ciudad y en sus alrededores diversas obras, entre las que se destacan viviendas individuales como la casa en Arroyo Seco, edificios en propiedad horizontal como el Altamira y los recientes pabellones del parque Independencia. Sus obras constituyen investigaciones abiertas en el campo de la forma y el uso tectónico de los materiales locales. La entrevista de Gastón Rebagliatti ha sido publicada en revista ConstruYa n 3, octubre de 2004.

En muchos de sus textos hay un retorno al diálogo de la arquitectura con cuestiones sociales, políticas y económicas que recuerda al compromiso de los maestros de la "modernidad heroica". ¿Qué lugar ocupan para usted estos temas a la
hora de proyectar?

Me interesa la arquitectura como una herramienta social que interpreta el mundo en que se vive y pretende mejorarlo. Lo demás para mí carece de valor. Es más, te diría que no me gusta demasiado ver obras de arquitectura. Cuando viajo jamás voy a visitar edificios, esto lo hago en última instancia. Observo, en cambio, a la gente, sus costumbres, las vidrieras, las construcciones espontáneas y todo lo que no está catalogado. Miro mucho diseño, pero como me gusta investigar, en realidad lo hago para ver qué es lo que se está haciendo y no hacer lo mismo.
En mi caso, la lectura ha modificado mi manera de entender las cosas, soy de los que creen que una palabra vale más que mil imágenes. Incluso de mis trabajos me interesan más las cosas que no se ven a simple vista.
Entiendo la arquitectura como una expresión ética, de donde deriva una cierta estética y no al revés. Y eso es lo que creo que debemos aprender de los maestros más que de las joyas heredadas que sus viudas frotan constantemente, añorando un tiempo que ya no está.
Hace poco, en una mesa redonda, ante esta postura personal (la de pretender cambiar el mundo) un importante arquitecto me increpó afirmando que somos consecuencia de la sociedad. Eso es relativamente cierto, pero está en uno aceptarlo o no, porque yo también podría decir que los secuestros, las violaciones, el hambre, la mortalidad infantil, son fenómenos de nuestra sociedad, pero aceptarlos sólo por ello es inhumano. Es más, sólo los animales y las plantas se adaptan al medio; el hombre por ser el animal más débil debe mundalizar el medio para poder sobrevivir.

Los "barrios cerrados" tienen lugar en sus preocupaciones: ¿no piensa que, como arquitectos, no hemos sabido proponer programas o tipologías que respondan mejor a la ciudad y a la inseguridad, dejando la respuesta en manos de la especulación inmobiliaria?

En realidad, me preocupa más la gente que se agrupa de esa manera, que vive en cautiverio. La excusa es siempre la seguridad y eso es una mentira producto de las operaciones inmobiliarias. No hay reducto más seguro que la ciudad. Cualquier estratega nos dirá que los barrios cerrados son esencialmente inseguros. Yo creo que lo mejor que hizo el hombre es agruparse en sociedad y la arquitectura es su manifestación, su imagen, su reflejo. Si en un lugar hay barrios cerrados, rejas, muros, sabremos rápidamente en qué tipo de lugar estamos y qué grado de desigualdades existen en ese ámbito, lo que da un solo resultado: inseguridad. Para que exista el espacio público debe haber una cierta igualdad, de lo contrario el espacio es tierra de nadie.
“Nuestra modernidad viene de los griegos, nuestros anacronismos del Medioevo”, dijo Wilde. Los griegos llamaban idiotas a los que se alejaban de lo público. Y un barrio cerrado es tomar la decisión de separarse de la ciudad, de lo público. Es más, yo me pregunto: ¿la gente que se auto-excluye de la sociedad debe votar?, ¿por qué yo no puedo entrar en los ámbitos en que ellos habitan?, ¿por qué estos internos pueden caminar por la vereda que yo limpio y mantengo?, ¿saben lo que están construyendo, más allá de una coqueta casita?
Y, sin embargo, siempre se habla de estos barrios como “desarrollos urbanos”, y urbano significa “perteneciente a la urbe”. Y si por algo se caracterizan estos emprendimientos es por separarse de la ciudad, por lo cual creo que hay que llamar a las cosas por su nombre.
Para Günther Anders, “el dilema básico de nuestra edad es que, ‘somos más pequeños que nosotros mismos’; incapaces de darnos cuenta mentalmente de las realidades que nosotros mismos hemos producido. Por tanto, podríamos llamarnos a nosotros mismos ‘utopistas invertidos’: mientras que los utopistas corrientes son incapaces de producir realmente lo que pueden imaginar, nosotros somos incapaces de imaginar lo que estamos realmente produciendo.” (Más que “utopistas invertidos”, me gusta la expresión “contrautopistas”.)
Cualquiera puede vivir como se le venga en gana, pero ¿tienen conciencia de lo que se está haciendo? Esa es mi preocupación y esto excede la arquitectura.
Creo que los que ponderan estas maneras de agruparse y los internos que allí pernoctan no pueden imaginar los alcances de este modo de agruparse. Olvidan que la seguridad no es un bien individual, ya que sólo se consigue dándola, y que los muros y los guardias no le pueden hacer frente, por ejemplo, a una epidemia.
Sólo se puede estar seguro cuando nuestro semejante también lo está, algo que quedó muy claro durante la modernidad y que hoy hemos olvidado

Acerca de la enseñanza de la Arquitectura, ¿no cree que en el nivel de grado falta estímulo para la investigación? ¿Estamos ahora educando para pensar o para documentar?

Hay una diferencia entre instruir y educar. Instruir es poner, educar es sacar. Cuando se educa se trata de sacar lo mejor del educando. En nuestra educación sólo se instruye, y esto no es nuevo. En “Funes, el memorioso”, Jorge Luis Borges nos dice que Irineo lo sabía todo, pero sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar deferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. Funes es una PC : tiene todos los datos, lo que hay y nada más, mientras que pensar es producir lo que no hay. En nuestra disciplina sólo se transmite información y la información es solamente un paso previo al conocimiento.
Hay que derribar viejos mitos, como el que dice que nuestra educación pública hasta los sesenta del siglo XX, era fantástica. De hecho yo lo he pensado así. Pero si uno piensa que con esa educación hicimos este país, evidentemente algo falló. Y hoy estamos peor porque, ¿qué país tendremos con las cosas como están?

¿Se ve a sí mismo como parte de una generación? Si es así, ¿podría decir cuáles piensa que podrían ser las problemáticas de las próximas generaciones?

En realidad, yo soy producto de un movimiento que se generó estos últimos tiempos en Rosario, que excede los límites de una cierta generación. Ahora, si hay que hablar en términos generacionales, diría que en Rosario la generación que comprende a los que tienen entre treinta y cuarenta años es muy buena, es mejor de lo que nosotros, o yo por lo menos, era a esa edad.
Pienso que las próximas generaciones deberán replantear todo. Hoy son más necesarias las preguntas que las respuestas. No podemos seguir respondiendo de la misma manera que en los primeros años del siglo XX. Las cosas cambiaron demasiado. Yo digo que hay que trabajar con el verbo y no con el sustantivo. Por ejemplo, si hay que proyectar una escuela y se encara el problema desde el sustantivo “escuela”, las preguntas serán: ¿cuántos alumnos?, ¿qué cantidad de aulas?, el tamaño del patio, etc. Y el producto resultante será evidentemente una escuela tal como la conocemos con aulas, una biblioteca, un patio, etc. Pero si uno se pregunta por el verbo ”estudiar” y trata de pensar cómo será enseñar y aprender dentro de diez años, todas nuestras certezas desaparecen.

Muchos arquitectos y estudiantes se sienten identificados con su trabajo y con sus escritos, algunos de ellos muy polémicos como el que hace referencia al edificio Grand Bourg –artículo que yo viví como una bocanada de aire fresco. ¿No piensa usted que debería haber más canales abiertos y estímulos para publicar artículos de opinión?

Lo del Grand Bourg salió porque me pareció grotesco, pero no es peor que otros edificios que con un lenguaje formal moderno y con arquitectos de firma esconden el mismo espíritu medieval. Y lo que me pareció más grave es que en una publicación alguna “crítica” pretendiera ponerlo en valor. Por otro lado, yo creo que se puede hacer algo contemporáneo, que beneficie la ciudad y que, incluso, permita al inversor ganar más dinero del que le pueda dar esa torre, sin hacer el ridículo. Si no pensara esto no hubiese escrito ese artículo. Lo que traté de poner en valor es la ciudad ante este emprendimiento medieval, y la nota es consecuencia de ello.
Creo que están los canales para opinar. Mi texto fue publicado por todos lados, incluso hay traducciones en otros idiomas. Hoy Internet es un canal donde todo se multiplica. Lo que cuesta es comprometerse, porque el compromiso puede ahuyentar a algunos clientes. De hecho, esto es así. Al mismo tiempo, hacer una toma de posición fuerte es colocarse en una determinada legalidad. Uno se impone sus propios límites y así hay cosas que no se pueden hacer, aunque económicamente convenga. Es una elección. Y hoy, precisamente, parece que la regla es no desechar ningún trabajo, es decir, lo contrario. Al mismo tiempo, se piensa que el arquitecto tiene que dar respuestas al mercado, cuando en realidad el mercado ya no existe, en los términos en que se lo pensaba en el comienzo del capitalismo. Porque nuestra era, por lo que se puede apreciar, ya no es capitalista, es más bien medieval. Hoy el trabajo no le agrega valor al producto y los mercados no se ganan por mayor competitividad o calidad. Se ganan por imposición de poder, lobby o sustitución de producto. Entonces, lo único que parece imponerse son las arquitecturas de autor (los Da Vinci, los Miguel Ángel de la profesión), donde lo que se busca es simplemente la exhibición de una firma que, envuelta por una operación de marketing, logre imponer el producto. Recuerdo que a Borges en una entrevista se le pidió que definiera al siglo XX. Él contestó algo como esto (cito de memoria): “Yo diría que es un siglo muy ingenuo. Fíjese la publicidad: el mismo que hace el producto dice que es el mejor. Y la gente le cree”. Y sobre esta ingenuidad está montado el marketing que rige nuestras elecciones económicas, políticas y sociales
En el fondo, creo que todo esto sucede porque sólo recibimos instrucción, como en el servicio militar, y no se nos enseña a pensar sino a obedecer. Por esa razón está tan desvalorizada la profesión y creo que con justa razón.

¿Piensa usted que la crítica de la arquitectura se está ejerciendo de manera responsable en Argentina?

Las hay buenas y de las otras. En realidad, cualquiera escribe, yo mismo sin ir más lejos. Creo que lo que faltan son arquitectos con obras que sean, ellas mismas, críticas de cierta escuela, de cierta realidad, de cierto programa instituido y tomado como verdad. A mí me sirve la autocrítica a la que someto a todos mis trabajos, porque a través de ella indago las formas en que pienso mis proyectos, qué operaciones hago cuando proyecto, cuáles son mis constantes, qué preguntas formulo acerca del problema que plantea cada encargo, cómo mis convicciones se expresan (o no) a través de lo que hago. Esto me ayuda a saber quien soy y el trabajo está bien para mí si refleja mi modo de pensar y de hacer.
Por otro lado, escribir en el diario de mi ciudad, opinando y criticando cuando se hace en ella algo que no me parece bien, trae algunos problemas pero también genera un espacio de opinión más allá de las instituciones que, ya sabemos, nunca opinan más allá de su conveniencia política. Eso es lo que hace falta en esta profesión: que nos comprometamos para que la arquitectura sea considerada más allá de su autor. Que la gente se entere que esto es mucho más que resolver cuestiones estéticas y que lo que realmente importa es la ética. Separar la política de la técnica es una cuestión ideológica. Tenemos que asumir que si hacemos una guillotina es para cortar cabezas y no lavarnos las manos diciendo: “yo sólo soy un técnico”.

¿Que tipo de aproximación teórica utiliza a la hora de empezar a proyectar? ¿La considera esencial o una herramienta proyectual más?

El motor de todos mis proyectos es mi obsesión por plantear y resolver problemas. En relación a esa manera de ver las cosas se organiza una suerte de base teórica de la que echo mano siempre, por lo que es la herramienta proyectual por excelencia. Sin embargo, en mi caso, la teoría no viene directamente de la arquitectura, sino de otros ámbitos como la literatura. De lo que se trata es de hacer siempre lo mismo y no repetirse

Al tener ubicada gran parte de su obra en una ciudad del interior como Rosario, ¿cómo se vencen los localismos?

Buenos Aires, desde su centralidad, nos ve como “el interior”. Bien mirado, no hay más interior que el centro y sin embargo, esta verdad relativa perdura. De esto estoy hablando cuando digo que hay que ver las cosas desde otro punto de vista. Por otra parte, Rosario es una ciudad muy especial, tiene mucha curiosidad por lo que pasa en otros ámbitos y está muy vinculada internacionalmente. Te diría que los arquitectos de Rosario están más conectados con otros colegas del resto del mundo que con los de Buenos Aires.
En Rosario hay muy buenos arquitectos de los que siempre se puede aprender algo.
Los problemas de nuestra profesión son universales. De todas maneras, mi trabajo no es un trabajo que mira hacia afuera, más que nada por lo que ya dije: disfruto de hacer arquitectura más que de ver y de consumir arquitectura. Me atengo a esa famosa regla económica que aconseja no comprar lo que uno vende. De cualquier manera el intercambio de puntos de vista siempre favorece.

Aunque ya no está de moda hablar de "referentes" arquitectónicos, ¿qué influencias de la arquitectura de Rosario puede acusar? ¿Y a nivel nacional e internacional?

En realidad, vengo de una generación de huérfanos. El aprendizaje fue horizontal entre pares. No tengo padres intelectuales ni he sido discípulo de nadie, nunca trabajé para otro arquitecto o en algún otro estudio que no fuera el propio. Nunca miré demasiado y jamás estudié un edificio como si fuese un forense. Me impresiona. Yo aprendo de mis amigos arquitectos de acá o de afuera, y este aprendizaje lo hago hablando y analizando sus estrategias antes que sus juegos formales. Y fundamentalmente investigando.

Tanto Robert Venturi como Rem Koolhaas han hablado sobre la muerte del espacio como paradigma de la arquitectura. Usted trabaja entre otras cosas con la estructura, el peso y la materialidad. ¿Piensa en sintonía con estos arquitectos? ¿Cree que aquel paradigma moderno esta perdido para siempre?

Yo creo que lo que puede morir es el espacio público, porque por lo que se ve no tiene demasiado lugar en este nuevo modelo que comenzamos a transitar.
Creo que el “paradigma moderno” se construyó a partir de las respuestas pensadas para una sociedad que ya no existe. Tenemos que plantear nuevos paradigmas. Ese es hoy nuestro trabajo. Si la mirada económico-política es la que determina la división de clases, estas relaciones de producción inéditas distribuirán al hombre espacialmente en compartimentos estancos, disgregando la sociedad hasta convertirla en una suma de comunidades sin relación entre sus partes. Tendremos mercados comunes antes que naciones, comunidades antes que sociedades, consumidores y excluidos antes que ciudadanos. Y desaparecido el ciudadano la ciudad no tiene sentido. En síntesis: esta transformación de los modos de producción ocasionada por las nuevas tecnologías, implicará cambios profundos en los contextos de interpretación simbólica y una total redistribución de los espacios geográficos, políticos, sociales, económicos. Distintas fronteras, otras organizaciones, otra cultura, ya no otro mundo, otra cosa.

¿Cuál cree usted que será la tipología que mejor se adaptará a la ciudad que viene?

Como dije, creo que entramos a una nueva época donde el pasado se ha vuelto irreconocible, y el futuro ya no es el mismo.
Las preguntas que yo creo que hay que hacerse son: ¿habrá ciudad en el futuro?¿seguiremos siendo criaturas urbanas? Porque lo que está en crisis no es la arquitectura, lo que está en crisis desde un punto de vista socio-político es nuestra condición de ciudadanos. Esta condición es la única capaz de provocar manifestaciones urbanas.
Por otro lado, las nuevas tecnologías ponen en crisis el anclaje espacial de las actividades del hombre y la arquitectura es sólo la piedra donde se desarrollan esas actividades. Para dar un ejemplo: en algunos países ya se ha oficializado la educación primaria y secundaria vía Internet; entonces uno se pregunta por el aula, el patio, los lugares de encuentro donde se construye el ser social. Éste creo que es el gran tema.
Con todo esto uno a veces se siente como un herrero a principios del siglo XX, que trabajaba poniendo en condiciones los carruajes, reforzando los rayos, engrasando los ejes, cambiando la herraduras de los caballos, sobando los arneses, es decir, haciendo lo que sabía hacer. Lo que no sabia este hombre es que en algún lugar del norte ya había nacido Henry Ford. A diferencia de este hombre nosotros ya sabemos que Bill Gates está entre nosotros y vino para quedarse.