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Las musas no se divierten
Pandemonium en la casa de la arquitectura
Jorge Silvestri
Título
original: “The Muses are not Amused. Pandemonium in the
House of Architecture”. El origen del texto fue la “Gropius
Lecture” en la Escuela de Diseño de Harvard en
abril de 2002, en ocasión del homenaje al profesor Silvetti
por sus siete años al frente del Departamento de Arquitectura.
La conferencia estuvo ilustrada por casi 200 imágenes,
de las que sólo una fracción puede reproducirse
acá; el texto necesitó por lo tanto de una adecuada
modificación. En la primavera de 2003, Jorge Silvetti
agregó un postscriptum, delineando posibles implicaciones
de su conferencia. La traducción fue realizada por Tadeo
Lima y revisada por el autor. (1)
Si
hay un rasgo continuo que impulsa mis búsquedas intelectuales
y artísticas, es el deseo de explorar, explicar y experimentar
con todas las fuerzas que convergen en la concepción, la imaginación
y la proposición de la forma arquitectónica; en última
instancia, producirla y construirla. Lo específico y fundamental
que los arquitectos hacemos es imaginar y producir forma arquitectónica.
La “forma” de la que estoy hablando no se ocupa sólo
de posiciones estéticas elaboradas a priori, o de vocabularios
heredados. Es más bien la forma arquitectónica que
involucra todas las fuerzas que convergen en el resultado final,
sean estas culturales, sociales, económicas o ideológicas
tanto como técnicas o metodológicas. De ahí que
el lenguaje, los edificios, la topografía, el arte, la moda,
la televisión y el cine, materiales nuevos y viejos —por
sólo nombrar algo de lo que es forma y genera forma— hayan
sido y todavía sean la flora y fauna que habita y nutre la
topografía de mi derrotero intelectual. Es más, en
los casos que me interesan, este esfuerzo de producir forma ocurre
porque el arquitecto tiene voluntad de producir esta forma, de crearla,
sea por necesidad, interés o por un deseo irreprimible.
Este autoesbozo introductorio es necesario porque ayuda a explicar
por qué me
perturba lo que percibo como una progresiva disipación de la centralidad
de nuestra misión como educadores, la de enseñar y aprender rigurosa
y vigorosamente sobre la creación de forma y sus consecuencias, un proceso
que lentamente se está volviendo secundario y periférico. Este
creciente descuido, que veo en las publicaciones de escuelas de diseño,
en los escritos, en las discusiones, me parece suicida para una profesión
cuya creatividad y relevancia depende en última instancia de su domino
absoluto de esta tarea única y difícil. Las condiciones bajo las
que tiene lugar esta pérdida progresiva son doblemente desafortunadas,
porque ocurren bajo la engañosa euforia de la proliferación de
diferentes modos, acercamientos y técnicas de la producción de
forma, que pretenden haber facilitado y multiplicado nuestras habilidades para
generarla. Ahora, tal como yo lo veo, están en cambio transformando
al arquitecto en el observador aturdido de seductoras maravillas.
De todas formas, a lo largo de la pasada década, que será el período
de alguna manera arbitrario que instruya mi caso, hay pruebas de que la arquitectura
importa, y de que es a través de sus formas que nos afecta. Dichas pruebas
resultan de una acumulación de sucesos que para la arquitectura, y en
particular para la presencia física de la arquitectura en la ciudad, han
sido conmovedores e iluminadores, de manera tanto alegre como dolorosa. Y puesto
que quiero centrarme no en edificios y arquitectos específicos, sino en
las estrategias y técnicas de diseño que producen la forma arquitectónica,
y en las ideas e ideologías que están detrás de ésta,
alcanza con decir que el período y el corpus al que dirijo la mirada podría
encerrarse entre la irrupción, en el mundo y en nuestra imaginación,
del Guggenheim de Bilbao y la herida que dejaron en nuestro sensibilidad las
consecuencias físicas del 11 de septiembre: la desaparición de
dos edificios que no pensábamos que íbamos a extrañar
tanto.
Hoy voy a enfocar principalmente las cuestiones referentes a la producción
de forma y a la voluntad del diseñador de producirla en un medio académico.
En este contexto, la fundamentación teórica refleja mi permanente
preocupación por entender cómo son representadas o fijadas las
ideas en la arquitectura, y cómo enseñar este aspecto del proceso
de diseño. Escogí cuatro casos que creo representan un amplio espectro
de ese aspecto del proceso creativo. Por supuesto muchas otras cosas importantes
han sucedido en la ultima década que sin duda valdría la pena discutir,
sobre todo en la tecnología y en la construcción, en la sustentabilidad
y el medio ambiente. Pero desde mi punto de vista, el éxito de éstas
depende en última instancia de la habilidad con que los arquitectos trasciendan
sus logros puramente técnicos y les den una forma intencional y adecuada.
Mis víctimas hoy serán: primero, una muy discutida tendencia, para
la que no tenemos todavía un nombre oficial, sobre la que escasea la literatura
pero que uno de mis colegas ha bautizado “Programismo”;(2) segundo,
un modo de producción ampliamente generalizado que ha llevado a las escuelas
a un alto nivel intelectual, sobre todo como tópico de análisis,
y que los medios arquitectónicos o no especializados han llamado “Tematización”;
tercero, los “Blobs”;(3) y por último, el “Literalismo” en
la representación arquitectónica. Este es un extraño rejunte
de “arquitecturas” heterogéneas que sin embargo comparten
rasgos comunes. En última instancia, me van a ayudar a abrir la discusión
en dirección al problema mayor de cuál podría ser el rol
de la teoría de la arquitectura en los próximos años.
Programismo
En primer lugar el “Programismo”, la actual tendencia que deriva
de la adopción demasiado entusiasta de una vuelta, que podría ser
sana, a la idea de “programa” (opuesto a “función”)
como generador de la arquitectura: programa entendido como el protocolo de conglomerados
de información complejos y no lineales, que anima, inspira, impacta, cimenta,
influye y colorea un diseño, un edificio, o cualquier condición
física para el habitar. La inevitable vaguedad de este intento de definición
es parte de su atractivo y riesgo.
El “Programismo” es el desarrollo extremo de la tendencia a acumular
y manipular información que, por el mero poder de su cantidad, por lo
acrítico de su método de recolección, por su aparente autoridad
como “datos neutrales” y por su apremiante representación
gráfica, se vuelve, con poca transformación, la forma misma de
la arquitectura propuesta, o su inspiración figurativa (figs. 1-5).
Este desarrollo bizarro pertenece más al reino de la magia primitiva que al ámbito
del diseño, en tanto descansa sobre las simpatías entre diversos
medios que parecen obrar en forma intercambiable como causas y efectos —la “forma” de
las matrices o esquemas de datos produciendo la forma de la arquitectura, y ésta,
a su vez, supuestamente induciendo las “acciones” promovidas por
el programa.
Podemos tomar esto como un primer ejemplo de un proceso que potencialmente
exime al arquitecto de su rol creativo. Pero detrás de esta capitulación
yace una sospechosa operación metodológica que supone que un reordenamiento
arbitrario de datos, una coordinación de figuras y la composición
de aquellos en esquemas proporcionan automáticamente la solución
a los problemas mismos que encierran. Craso empirismo, doctrina tautológica
de la inferencia, esta pobreza de imaginación no está muy alejada
de la estructura ideológica de doctrinas metodológicas de gran
aceptación en un pasado reciente, hoy gastadas y desacreditadas, como
aquellas del Pattern Language o de las teorías generales de sistemas.
En todo esto volvemos a experimentar la ingenuidad sesentista sobre el proceso
creativo, y no sorprende que también entonces al “programa” le
fuera reconocida la primacía.
No estoy dispuesto a desechar por completo lo que todavía es un desarrollo
en progreso, basado en una consideración inicial sobre el programa que
no es impugnable en sí, pero a medida que uno es testigo de la firme expansión
de esta idea como un insensato método de diseño basado en la mímesis
gráfica, crece el desasosiego frente a la socavación resultante
de nuestras habilidades.
Para ser convincente y de utilidad, el programismo debería ser intelectualmente
más serio respecto a cómo determinar la calidad de los datos que
usa y cómo articular con inteligencia el pasaje de los datos a la forma,
que no es más ni menos que la habilidad mínima y quintaesencial
que un arquitecto debiera desplegar, pero que requeriría, como siempre,
trabajo duro, conocimiento de la historia de la arquitectura, rigor, imaginación
y el cultivo de talentos creativos, más que los automatismos que por
ahora tipifican sus movimientos.
Tematización
La “Tematización” es sorprendentemente, como veremos, una
imagen especular del “Programismo”, que funcionaría como
su símil o análogo.(4) El término “Tematización” no
fue acuñado específicamente para definir este modo de operación
en arquitectura y planeamiento, sino que más bien (y significativamente)
se tomó prestado del marketing y la publicidad, que lo acuñaron
para identificar desarrollos muy particulares llamados “parques temáticos”.
Los motivos son claros.
La idea es simple pero poderosa, e implica que el diseño arquitectónico
se guía por el objetivo de ejercer un control total sobre las formas
de un ambiente: no sólo sobre su vocabulario y sintáxis físicos,
sino sobre sus mismos mensajes, lo que significa que se requiere una retórica
apropiada dentro de precintos físicos bien definidos. Es importante
que sus fuentes de referencia generales deriven de precedentes históricos
o de la cultura popular; su vehículo es siempre la arquitectura misma.
Su propósito es conjurar algo que no puede estar presente, sea porque
sólo existe en el pasado, en la memoria, o en la ficción literaria,
o porque, aunque coexista en el mismo tiempo, está en algún lugar
exótico, remoto o inaccesible.
Con estos objetivos como guías, las operaciones formales de la Tematización
son mantenidas a un mínimo, puesto que busca acortar la distancia entre
el modelo usado como referente y la arquitectura producida para invocarlo,
y apunta a despertar en el espectador el placer de una puesta en escena artificial,
efímera y lúdica, o la ilusión del restablecimiento de
toda una forma de vida y de sus valores. La diferencia entre estos dos efectos
es tan fundamental que justifica un intento de definirlos como distintos modos
de la Tematización. Y para esto, la retórica clásica resulta
de gran utilidad, ya que nos provee de las figuras de la parodia y la mímesis
para circunscribir con cierta precisión una tipología de este
conjunto de fenómenos algo complejo, y de sus correspondientes consecuencias
ideológicas.
En este punto
nos ayudaría un poco de historia. La alusión a arquitecturas
preexistentes o contiguas no es nueva en la arquitectura. Podríamos
retrotraernos hasta la Roma imperial e interpretar que algunos de
los esfuerzos de Adriano en Tívoli intentaban evocar ciertos
lugares favoritos de sus dominios mediterráneos, pero la de
Adriano era de hecho una operación demasiado sofisticada,
erudita y sutil para mi propósito actual. El hameau de María
Antonieta en Versailles es el ejemplo clásico, y está más
directamente relacionado con la Tematización. Era el retiro
de avanzada de la reina, donde ella y sus invitados podían
remediar su aburrimiento y entregarse al estúpido juego
de actuar como campesinos. Ha
vuelto a nosotros reencarnado en el moderno parque temático,
del que Las Vegas es el ejemplo supremo —no ya un parque temático,
sino una ciudad entera cuyo éxito se basa en la extravagante
idea de crear un conglomerado heterogéneo de experiencias “temáticas” adyacentes.
A diferencia del hameau de María Antonieta, que era un entretenimiento
privado por medio de la mímesis, lo que ahora tenemos es
entretenimiento de masas por medio de la parodia.
Del otro lado que estos dos ejemplos, impulsados por las fuerzas
de una “Tematización
para el entretenimiento”, se ubica una instancia más perturbadora,
que llamaré “Tematización para la vida” y que con falta
de humor, pomposidad y una gravedad insoportable intenta apoderarse, de jure,
del título de arquitectura. Aunque ha dado vueltas ya por un tiempo, sólo
recientemente fue catapultada a un primer plano, a causa de su repentina e incómoda
doble fama de ser a la vez el ejemplo más contemporáneo de Tematización
y el desarrollo más exitoso de la industria inmobiliaria.
Ahora, por un lado, en los dos casos anteriores de Las Vegas y Versailles,
la impostura de la arquitectura temática no sólo es manifiesta sino
que hasta es subrayada por la forma en que se despliega, siempre dentro de límites
bien definidos que proveen los umbrales necesarios para promover y efectivamente
inducir la suspensión del descreimiento que los vuelve admisibles.La “Tematización
para la vida”, por el otro, implica una doble impostura: la operación
formal de la mímica de una arquitectura conocida y la promesa de que esta
arquitectura despache una forma de vida buena, predeterminada. O, para expresarlo
de otra manera, la tentativa de mímesis es total —se extiende no
sólo a formas sino a acciones y a contenidos. La “Tematización
para la vida” no sólo suprime el descreimiento, sino que establece
la amnesia como condición necesaria para la prescripción moralista
del estilo de vida que quiere poner en vigencia.
Los dos mejores ejemplos, que han estado gestándose durante por lo menos
dos décadas, pero que recién en los últimos años
se desarrollaron completamente, son el contextualismo extremo, que en muchas
ciudades ha adquirido estatus legal, y los más recalcitrantes excesos
del Nuevo Urbanismo.Y
resulta a la vez divertido y perturbador verificar, brevemente, cuánto
comparte el Programismo con la Tematización, a pesar de sus propensiones
estéticas y estilísticas radicalmente divergentes. Por un lado,
el Programismo intenta evitar las asociaciones con cualquier referente preestablecido
mediante la exhibición de abrumadoras series de información aparentemente
exhaustiva, neutral, que transmite una sensación de frialdad, indiferencia
y objetividad frente a la “realidad ahí fuera”. Contrariamente,
por el otro lado, los proyectos tematizados, como algunos promovidos por el Nuevo
Urbanismo, prescriben sólo una solución basada en un precedente.
Sin embargo, en los dos casos, la misma confianza acrítica en la evidencia
empírica del mundo “como es” sirve para validar su formulación.
Las dos posiciones ideológicas están revestidas por diferentes
trucos retóricos, de una inclusividad indiferente en la primera, de un
ejemplo moral excluyente en la segunda. Estéticamente serán archienemigos,
pero en los más profundos niveles filosófico e ideológico
son hermanos en su ratificación pasiva del statu quo.
Pasemos ahora a una historia totalmente diferente de producción formal
que barrió la escena académica, las revistas, exhibiciones y bienales
en los últimos años, aunque pocos ejemplos de edificios reales
existan de hecho.
Blobs
Para algunos de nosotros directamente involucrados en el trabajo de la arquitectura,
resultó extraña la súbita irrupción, hace algunos
años, de criaturas amorfas que parecían venir del espacio exterior
o de una mala condición intestinal. Por el contrario, para aquellos más
comprometidos con los desarrollos técnicos de la tecnología digital
y sus aplicaciones, particularmente en los medios académicos, esta irrupción
podía verse como el resultado lógico del rápido desarrollo
de esa tecnología en la representación tridimensional. Lo que ocurrió en
esta última década fue la evolución vivificante e incitante
de una tecnología que no sólo aceleró el proceso de describir
y representar formas complejas, elevando la precisión de su representación,
potenciando la habilidad del arquitecto para manipularla como si se tratara de
verdadera materia plástica, sino que también permitió la
producción, con sólo apretar un botón, de prototipos reales
en tres dimensiones directamente de la pantalla.
¡Qué festín! ¡Qué tremendas repercusiones tuvieron
y todavía tienen estos desarrollos en la transformación de los
procesos arquitectónicos, desde el diseño a la construcción
y a la profesión misma, que todavía no se avista su fin!
¡Y qué inesperado y aterrador abismo se abrió frente a nosotros
cuando la computadora nos insinuó que podía producir formas que
no ya no tenián ningún precedente, sino, de modo desconcertante,
podían no tener siquiera referentes! Una liberación de la semántica,
de la historia y de la cultura se hizo tal vez por primera vez posible en la
civilización.
Mi reacción frente a esta constatación fue entonces, al igual que
hoy, “¿Y qué?” ¿Quién quiere eso? Mi único
interés por producir arquitectura se basa en que es una práctica
cultural entre otras prácticas culturales (en el sentido antropológico),
lo que equivale a decir que el juego con referentes no es sólo algo que
me interese a mí, sino que es inherente a la idea misma de la arquitectura.
Desde ya, no quiero reproducir esos referentes, sino apropiármelos y
usarlos de alguna manera para comprometer a la gente, criticar ideas, transformarlos
en otra cosa, para destronarlos o elevarlos, para socavar o promover, para
producir belleza y placer.
Esa no parece haber sido sin embargo la reacción de los muchos que no
pudieron resistir la tentación de generar ciertas formas sólo porque
podían hacerlo —por la mera fascinación de este poder aparentemente
deiforme, del que de repente se veía investida la profesión siempre
impotente de la arquitectura.
Hacemos Blobs porque podemos, y esa fue, por un tiempo, razón suficiente.
Su proliferación y su rápida caída, hoy, en una indiferencia
benigna (para el año 2002 todo el asunto se había desinflado tanto
en las revistas como en las escuelas) expresan con claridad su prosecusión
fascinante pero algo desviada. Querría no obstante enfatizar la promesa
todavía vigente de logros más sustanciales, que deben ser buscados,
puesto que la tecnología se ha vuelto una parte natural de nuestro quehacer.
Los Blobs también pusieron al descubierto un elemento importante de nuestro
Zeitgeist: una nostalgia por el futuro, una posición casi predeterminada
al revertirse en los 90 el movimiento pendular de las tendencias, desde la nostalgia
hacia el pasado que había dominado los 70 y 80; al volverse ésta
asfixiante, y evidente el hecho de que nos habíamos quedados sin décadas
que resucitar. Es sólo una cuestión de tiempo para que nuestra
nostalgia por el futuro se vuelva igual de ridícula y debilitante.
Pero no terminé todavía con los Blobs, ya que nos brindan una oportunidad única
para explorar nuestra cultura arquitectónica. ¿Por qué la
emergencia de la posibilidad de producir forma sin referente despertó una
respuesta tan entusiasta? Y, ¿cómo procedió la arquitectura
para intentarlo? El “porqué” es claro. Altamente solicitada
por pensadores recalcitrantes, concebida como quimera en la ficción literaria,
la idea de producir forma sin significado parecía irresistible y fue
siempre digna de un intento prometeico.
Pero, ¿qué es lo que efectivamente hicimos con esta “cosa” que
apareció en nuestros monitores? Muy rápidamente, la rellenamos
con significados. Criaturas que podían desear producir una forma sin significado,
también albergamos el impulso contrario, aun más apremiante, de
sentirnos rechazados por aquello que no podemos nombrar o entender, y por eso
empezamos a investir los blobs con cualquier significado con el que podíamos
asociarlos. Pasamos a verlos como signos representativos de muchas condiciones,
como vehículos de referentes más esotéricos; así que
ahí estaba el resurgimiento de analogías arquitectónicas
orgánicas y biológicas, seguido de procesos, flujos informacionales,
luego manifestaciones más abstractas, como datos estadísticos.
En suma, todas esas cosas “amorfas” que tal vez, dado nuestro recién
adquirido poder para producirlas, podían suplantar otras fuerzas generadoras
de arquitecturas más tradicionales, más simples, históricas,
algunos dirían conservadoras.
De ahí que la deliberada asignación de sentido a los Blobs haya
producido una nueva generación de criaturas más evolucionadas que,
aunque también tengan su origen en la representación digital, han
adquirido un estatuto arquitectónico superior y una identidad propia,
que conceptualmente me gustaría describir como el fenómeno de la
representación literal, nuestra cuarta categoría de casos.
Literalismo
“Literalismo” es el atributo esencial de una especie de criaturas
más evolucionada y difícil de nombrar, con mayor propósito
y más significativa, ya que interpreta la informidad y le confiere atributos
físicos concretos. Por ejemplo: un blob sin significado, visto como líquido,
sugiere fluidez; visto como viscoso, sugiere adaptabilidad; visto como un sólido
maleable, sugiere flexibilidad. Y más: indeterminación (carecen
de centro), proceso (parecen desenvolverse, estar vivos), parasitismo (parecen
quedarse pegados), etc. —todas propiedades físicas que sugerirían
propiedades arquitectónicas, si lo que estas formas evocan con su continuidad
y suavidad puede ser usado para ilustrar una idea arquitectónica. Todo
lo que necesitamos hacer es etiquetarlas. Y puesto que la adaptabilidad, la flexibilidad,
la fluidez, la indeterminación, la procesualidad, la maleabilidad, etc.
son términos descriptivos que hoy son preferidos (algunos por buenos motivos)
para describir ciertas condiciones, ya sea de la ciudad contemporánea
o de la vida contemporánea en general, se han vuelto metáforas
de utilidad para hablar de estas condiciones en el diseño arquitectónico.
Lo
que ha sido tremendamente decepcionante, de todas
formas, es la adopción insensata de esas tentadoras
imitaciones formales de lo líquido-plástico-viscoso
como las soluciones formal-arquitectónicas mismas
para aquellas condiciones urbanas o sociales consideradas
como problemas a ser resueltos. Un ensayo de este tipo
sólo puede ser el resultado de una imaginación
empobrecida que vuelve a las peores pesadillas del
posmodernismo. Y esto se debe a que si algún
aspecto de una actividad compleja pueda describirse
con discernimiento como un “fluir”, de
esto no se sigue que la arquitectura y el urbanismo
puedan referirlo haciendo que se vea como un fluido
(fig. 13).
Aunque creíamos que ya hoy sabríamos
más, seguimos sometidos al mismo insufrible
proceso de ilustración de ideas que hace una
década nos dio proyectos y edificios deconstruídos
(fig. 14),
plegados (fig. 15)
e historicistas (fig.
16). De nada nos sirvió saber que los edificios
no son realmente cosas orgánicas, aunque podamos
usar metáforas orgánicas para describirlos.
Subsiste de hecho la continua insistencia en hacer
que se vean como si lo fueran. Tampoco hubo nunca ninguna
buena razón para construir un edificio que pareciera
roto simplemente porque su creador adhiere a la deconstrucción
como filosofía; ni edificios que fluyan, se
plieguen o sean antiguos cuando en verdad no lo hacen
ni lo son. Los edificios no pueden ser “flexibles” ni
tampoco “indeterminados”. Son rígidos
e inmóviles (aunque puedan, con cierto esfuerzo,
modificarse y adaptar sus formas a propósitos
particulares).
Tal vez es tiempo de aceptar que la metáfora en arquitectura es útil
como chispa, arranque, como una guía, o como sombra, pero que se vuelve
un juego peligroso cada vez que, en excursiones a otros medios, deja su confortable
morada en el lenguaje y la poesía —hecho del que estamos enterados
por lo menos desde el barroco, que usó ampliamente la metáfora
pero bajo control, siempre tocando las peligrosas fronteras entre lo sublime
y lo ridículo.
Sólo para asegurar que lo que estoy intentando sostener no es errado,
lo que sugiero es que la metáfora, en arquitectura, como en cualquier
otra práctica, debería verse como un enriquecimiento del significado,
y no como un sustituto de la cosa misma.(5) La metáfora es de mayor utilidad
cuando no encontramos palabras para explicar algo en sus propios términos
y necesitamos de la analogía para formular una impresión, o como
una inspiración para propiedades que no pueden describirse mejor que con
una analogía. Como tal, la metáfora siempre será indispensable
para el avance del conocimiento.
En suma, el “literalismo” es el desarrollo formal más debilitante
de los últimos veinte años de arquitectura. Sin embargo, no sorprendentemente
tiene una extensa aceptación, a causa de su fácil consumo: es
el domino par excellence de los unidimensionales.
Y como cerrando un círculo, estoy a un punto de conectar Literalismo y
Programismo, lo que me permitiría hacer del literalismo la condición
general de la representación arquitectónica hoy, en todos los casos
que hemos cubierto, y en tanto la estrategia y el método de diseño
dominantes en la academia, el verdadero blanco de este ensayo. Por ahora dejo
de lado esa especulación generalizante, ya que me gustaría llevar
el razonamiento en otra dirección.
Conclusión
provisional
Lo que tal vez ya resulta evidente es el hecho de que, tan distintas como parezcan
estas cuatro estrategias morfopoiéticas, todas comparten un debilitamiento
de la indispensable volición de crearlas por parte del diseñador.
Tal vez seducido por la posibilidad de minimizar esfuerzos y costos con la
ayuda de modelos y máquinas preexistentes, el arquitecto inadvertidamente
está minimizando también la calidad del trabajo intelectual que
requiere la imaginación arquitectónica, a medida en que se aparta
del lugar del agente que en la creación de forma arquitectónica
sabe, quiere, ejecuta.
Que no haya equivocación: estos desarrollos son todos intentos honestos
y bienintencionados de producir forma, en algunos casos seguramente nacidos
de críticas genuinas y positivas de las condiciones existentes, ya que
se proponen generar buena arquitectura y señalar asuntos y problemas.(6)
Pero nadie involucrado en estos intentos parece querer hacerse responsable
del resultado y de su autoría en lo que concierne a la forma. De modo
interesante, a pesar de sus diferencias ideológicas superficiales, todos
relegan al arquitecto al rol de intermediario —de comadrona, como hubiera
dicho Colin Rowe— en el alumbramiento de forma, que de alguna manera
es entendida como el producto del matrimonio de otros agentes, externos e independientes
del arquitecto. El arquitecto, figura aséptica y solitaria, permanece
de esta forma casto y puro.
No hace falta que nos explayemos desarrollando las consecuencias esterilizantes
de la tematización, el contextualismo y los nuevos urbanismos, en suma
de todos esos recursos literales a los precedentes arquitectónicos.
Ahora, del otro lado de este paisaje, a medida que vemos que estos ejemplos
de literalismo (Blobs, fluidos, flexibilidad, etc.) y programismo marchan juntos
como los portadores de la antorcha que ilumina el camino heroico hacia una
arquitectura presumiblemente exenta de representación, de precedentes
históricos, separada de su propia sombra, también notamos lo
que ellos parecen ignorar: que semejante camino conduce a un inevitable cul
de sac, donde reina la representación de todas las cosas que no son
arquitectura, disponibles, en libertad, y predatorias. Y como desde cualquier
perspectiva cultural seria sabemos que la representación es inevitable,
en esta condición obstaculizada la arquitectura sería condenada
a ponerse disfraces que no le sientan.
Barroco
Me gustaría introducir primero una analogía histórica
que me permita llevar el argumento hasta el punto en que pueda verse de dónde
viene todo esto, para luego ir concluyendo.
Permítaseme afirmar, como obvia paradoja, que la mayoría de las
condiciones conspicuas bajo las cuales opera esta condición contemporánea
de abnegación de la dotación de forma, resultan análogas
a las operaciones que controlaban la exuberante producción de forma
en la época del barroco —una paradoja en efecto, puesto que se
asocia al barroco con un exceso de producción formal conscientemente
controlada, basada en un precedente, a saber, el lenguaje de la arquitectura
clásica.
Desde la perspectiva de nuestra discusión de hoy, no ha habido nunca
un período tan similar al nuestro, en el que el arte de la retórica
se hallara tan cerca del arte de la arquitectura; en el que los roles del entretenimiento
y el arte popular fueran tan dominantes; en el que las fronteras entre las
formas tradicionales de arte fueran tan puestas a prueba, tan desafiadas, roídas,
violadas y transgredidas; en el que el rol de la metáfora fuera tan
activo y tan extendido el uso de la representación literal del movimiento
en arquitectura. El movimiento es, de hecho, la metáfora predilecta
del barroco.
Empecemos por ahí entonces. Podría decirse que la arquitectura,
siendo un arte tan físicamente pesado e inerte, posee una nostalgia
innata por el movimiento. Que la del barroco fue una época en la que
esa predisposición fue el impulso formal dominante, y que hoy reencontramos
esa nostalgia expresada en una gran cantidad de superficies onduladas. No hay
nada malo en los “deseos formales” de una época.
Cualquiera
que hubiera recorrido Roma o cualquier ciudad italiana
importante entre fines del siglo XVII y mediados del
XVIII se habría sentido un poco mareado por
los muros ondulados, por las fachadas alternativamente
implosivas (fig 17) y explosivas (fig 18). Alguien
que haya recorrido los talleres de las escuelas de
arquitectura en los últimos años, habrá sentido
que esas formas estaban por volver a nuestras calles.
Pero para entender la diferencia fundamental entre
la metáfora barroca del movimiento y aquella
de las búsquedas actuales en torno a la representación
del movimiento en arquitectura, más allá de
lo que indudablemente es una proposición formal
similar, debe captarse que en el barroco hay un sentido
de “performance”, de teatralidad, y una
autoconciencia sobre esa concepción que no se
encuentran en las representaciones actuales, literales,
naïves, del flujo y del dinamismo. Por
un lado, el soporte provisto por el lenguaje clásico
de la arquitectura, por entonces ya con una antigüedad
de dos mil años y todavía activo en innumerables
encarnaciones, brindaba a la vez un vocabulario reconocible
y una prueba resonante de su propia artificialidad.
La metáfora era simplemente una maniobra poética
en la búsqueda de un efecto. Por el otro lado,
existe el efecto barroco mismo, que tiene el propósito
concreto de maravillar. El deslumbramiento es el efecto
barroco: así de simple. En suma, la suspensión
del descreimiento que la obra de arte barroca pretende
del espectador no es más que una generalizada
estrategia de complicidad en torno al rol y a las posibilidades
de las artes y del juego entretenido y gentil que proponían.
Si bien asombrados por la destreza y el virtuosismo
(aunque nosotros arquitectos sepamos del pesado trabajo
y rigor intelectual que esta fluidez requería —fig.
19), y por el poder aparentemente mágico de
las representaciones, nadie nunca creyó que
lo edificios se movían realmente, que las fachadas
se doblaban, que las basílicas podían
abrazar (fig. 20), o las cúpulas comer a alguien
vivo (fig. 21).
Por supuesto, no estoy trayendo esto a colación porque piense que es necesario
volver a la operación barroca. La historia no se repite (ésta es
su única “enseñanza”) y una mirada hacia el barroco
en búsqueda de similitudes sólo puede ayudarnos a distinguir con
mayor claridad las diferencias respecto de nuestra época y nuestras posibilidades.
Así que ahí van otras dos características aparentemente
similares, que el barroco podría compartir con el momento presente. Su
verdadera naturaleza y comprensión nos ayudará a llevar esta discusión
hacia su conclusión tentativa.
En
las artes visuales barrocas, la primera es el recurso,
como fuerza operativa, a una idea, usualmente un tema
literario; la segunda es la disolución de los
límites tradicionales entre las artes. La idea,
por lo general el clímax en una narración,
muy a menudo involucra la representación de
un instante en el que el movimiento fue congelado (fig.
22). En lo que hace a la disolución de límites, ésta
se encontraba sobre todo en la, en apariencia, indiferente
y altamente efectiva transgresión de los límites
entre arquitectura, escultura, pintura, a través
de una manipulación ambigua y sutil del color,
de los materiales y de la luz natural. Estas dos características
constitutivas del barroco se corresponden directamente,
en mi opinión, con dos condiciones definitorias
del arte contemporáneo, a saber: la primacía
del concepto y su consecuencia lógica, la pérdida
de una especificidad de medios en las obras de arte.
Voy a argumentar que, en el pasaje desde un mundo donde “las artes” reinaban
cada una asociada a y definida por los aspectos de un medio (sonido, color, bidimensionalidad,
materia, acciones, historias, etc.) a nuestro propio mundo, donde, cada vez más,
las artes se hunden en una idea única de “Arte”, la arquitectura
de alguna manera se desorientó al verse definida por dos condiciones claramente
incompatibles.
Se trata de la arquitectura como Arte o de la supervivencia del arte de la arquitectura.(7)
Sólo para asegurarnos de que podemos fundamentar esto, permítaseme
recurrir a una de las críticas de arte más apegadas a la arquitectura,
Rosalind Krauss, quien a lo largo de sus escritos confirma el advenimiento del
fin de las artes individuales como medios específicos y el reinado supremo
del Arte Conceptual.(8) Convincentemente ha sostenido que el arte finalmente
se ha librado de su sujeción a medios específicos, lo que puede
plantearse a la inversa: cualquier medio puede ser vehículo del Arte.
Por supuesto se trata ahora del Arte con A mayúscula, del único:
ningún arte “específico” ya, como aquellos alguna vez
asociados a medios específicos, como la pintura, la escultura, la música,
la dramaturgia y la arquitectura, cada uno con su propia Musa. En esta condición
contemporánea, que creo existe, el Arte conceptual ocupa triunfal el centro —el
Arte conceptual con su privilegio de la Gran Idea y su necesaria indiferencia
frente al medio.
Este desenlace en retrospectiva aparentemente inevitable de la historia del arte
occidental es el innegable logro de la vanguardia del arte moderno, cuyo brillante
y eficaz ataque a la noción de especificidad de medio comenzó casi
en el mismo momento en que Gotthold E. Lessing fundaba la teoría del arte
en 1766, estableciendo el acto de identificación del medio artístico
como condición indispensable de la definición de la especificidad
de cada arte, esfuerzo que puede verse como la crítica de la Ilustración
al Barroco.(9) Ciertamente la defunción de este último fue celebrada
entonces un poco prematuramente.
Es bastante obvio para mí que la posibilidad relativamente recién
adquirida por la arquitectura, la de maniobrar tan libremente por fuera de sus
tradicionales límites formales y materiales, optando en su lugar por referentes
no convencionales para sus formas y por similares medios para su expresión,
tiene su fuente directa, tal vez incluso la única, en esta atmósfera
de abatimiento de la especificidad de medios en las artes.(10) También
resulta claro para mí que este desahogo fue directamente facilitado por
el equivalente y simultáneo ablandamiento y abandono, por parte de la
Teoría de la Arquitecura, de un núcleo de sustancias arquitectónicas
convencionales, para volverse exclusivamente dependiente (cuando no sirviente)
del discurso general de la Teoría del Arte, de la que hoy es de hecho
un capítulo. Es
en efecto algo espectacularmente bueno para el Arte que la Arquitectura se haya
vuelto un medio a su disposición, el vehículo para alguna de sus
Grandes Ideas, y que, como tal, pueda tener un rol protagónico en la realización
de muchas de sus diferentes manifestaciones, como las instalaciones de land-art,
happenings, y otras formas en que es o contenido o continente (fig. 23). De hecho,
algunos momentos verdaderamente notables en el arte contemporáneo tienen
a la arquitectura como vehículo (fig. 24), y yo los aprecio tanto como
aprecio los buenos edificios.
Ahora, en la medida en que los verdaderos contenidos de todas estas instancias
que carecen de especificidad en sus medios artísticos son conceptos e
ideas, a veces representados de manera bastante honesta por las palabras mismas,
los procesos por los que son generadas no necesariamente son reversibles, como
para garantizar una inversión de la ecuación que estableciera que
cualquier medio puede ser arquitectura, lo que me temo que es hoy la base de
muchas confusiones. La Arquitectura como Arte es una instancia de la más
adelantada condición del Arte hoy. El Arte como Arquitectura es un travestismo.
Hemos escuchado en artículos, simposios, reseñas y cursos que la “arquitectura” puede
ahora ser muchas cosas, incluso palabras, y tal vez Mark Wigley en la Universidad
Columbia todavía esté en desacuerdo conmigo en la disputa que comenzamos
hace ocho años en Nueva Orleans, sobre si él era un arquitecto
simplemente porque escribe y piensa sobre la arquitectura. En tal caso, yo seguiré diciendo
que no lo es, aunque siga escribiendo sobre arquitectura con tanta lucidez e
inteligencia. Esto no es para mí un juego de palabras y definiciones.
La diferencia es real y vital, casi una cuestión de supervivencia.
Lo que tenemos ahora es una confusión fenomenal, mayormente generalizada
en los medios académicos, el periodismo y los museos, entre dos condiciones
en las que la arquitectura se halla a sí misma desempeñando dos
roles absolutamente legítimos, pero absolutamente diferentes: uno como
soporte de ideas artísticas y otro como inspiración para edificios,
las más de la veces sin darse cuenta en qué escenario está parada.
Digámoslo con claridad, porque es más sencillo de lo que parece:
por un lado, como vehículo de la Gran Idea, la arquitectura se ubica en
el gran proscenio del Arte. Por el otro, como vehículo adecuado para acciones
humanas, se ubica, desnuda como edificio, en la arena social donde transcurre
la vida real. Las dos son instancias legítimas e inspiradoras. Son, sin
embargo, diferentes, no intercambiables, y muy raramente concurrentes. La forma
en que maniobremos, ajustemos y nos salgamos de esta confusión definirá el
núcleo del futuro de la formación arquitectónica, y en última
instancia de la arquitectura misma. Este es el desafío que me gustaría
que la teoría tomara en serio, con miras a reinfundir energía en
lo que percibo como un estado de languidez de la arquitectura en tanto apéndice
de la Teoría del Arte.
Epílogo:
la analogía con la música
Para terminar permítaseme volverme hacia un terreno totalmente diferente,
la música, donde la visualidad no es dominante y en la que la interacción
(y confusión) entre creador e intérprete coloca en un reino conceptual
y material enteramente diferente al de la arquitectura y las artes visuales.
Como pianista amateur, me maravilla la firme resistencia de la música
a disolverse en el Arte; es una de las últimas artes tradicionales que
se mantiene incorruptible y capaz de conservar su propia especificidad en lo
que hace al medio —no sin intentos en la dirección contraria.
Más o menos hace un año empecé a interesarme más
por la obra del compositor contemporáneo Gyorgy Ligeti. Recientemente,
en un negocio de Nueva York, me hice de la única partitura de Ligeti
para teclado que pude encontrar que a primera vista pareciera lo suficientemente
fácil como para que pudiera tocarla, una obra suelta llamada “Continuum”.
Pero cuando me senté en el piano de casa e intenté articular
los primeros compases, fue una historia completamente diferente. Para mi sorpresa,
las dos notas que se repiten en secuencia durante los primeros compases son
exactamente las mismas para las dos manos, pero tocadas alternativamente. Así que
mientras el dedo derecho toca un si bemol el dedo medio izquierdo toca en conjunción
un sol, y el paso siguiente requiere una inversión, al tocar el pulgar
derecho un sol mientras que el izquierdo toca si bemol —una propuesta
dificil e incómoda. Si a esta situación de inconveniencia física
se suman las particulares dinámicas que el autor prescribe para la pieza —“prestissimo”,
con absoluta continuidad sonora— el resultado es que aquellos pasos se
cancelan mutuamente y (sorpresa, sorpresa) no se produce ningún sonido.
¡Qué mal
trago si realmente querías tocar y escuchar
algo de música! Pero esto no es todo. A medida
que me familiaricé con la partitura y fui pasando
las páginas, empecé a hacerme a la idea
de que tal vez esta pieza no trataba en realidad sobre
el sonido, la melodía, o cualquiera de esas
cosas anticuadas que encontramos en la música —tal
vez se trataba de la creación de patterns, de
diseño gráfico, de una narración
visual, una metamorfosis pictórica, una forma
visual que de pasada también producía
algun sonido. Tal vez.
Estaba a la vez fascinado y perturbado por esta astuta jugarreta.(11) Bueno,
resultó que me había equivocado en mi lectura inicial de la partitura:
me enteré más tarde que la obra era para un instrumento con dos
teclados (clave), y que sus primeros compases podían tocarse y producían
sonido. ¿Por qué uso entonces este ejemplo equivocado? De manera
algo cómica, mi desviada decepción se halla sin embargo validada
por la condición bajo la cual operan mis juicios estéticos. Ya
la idea misma de que pudiera aceptar como posible el hecho de que Ligeti quisiera
producir, a través del acto de la interpretación, una pieza de
música que negara su propia naturaleza produciendo silencio describe el
estado espiritual en el que todos pensamos hoy sobre el arte. De mayor importancia
resulta que tales instancias ya hayan sido producidas, como en la famosa pieza
de John Cage “4´ 33´´”, de 1952, en la que los
músicos, sobre el escenario y listos para tocar, se quedaban en silencio,
y el concierto lo constituían de hecho los sonidos que se produjeran en
el ambiente en que el “concierto” tenía lugar, o menos radicalmente
en su “Music of Changes”, en la que las decisiones musicales se toman
mediante operaciones aleatorias, tirando una moneda (de ahí el juego de
palabras, típico del Arte conceptual), y en general como en toda la música
de vanguardia de la segunda mitad del siglo XX que empieza con ideas externas
a la música en sí, con un “concepto” si quieren, que
luego aplican al medio del sonido, como “Refrain” de Stockhausen,
de 1959, para piano, celesta y percusión, en la que el “refrán” está impreso
en una tira transparente que puede rotarse a diferentes posiciones en las distintas
ejecuciones. No sorprendentemente,
estos intentos de alinear la música con la ideas del Arte conceptual hicieron
que estas piezas sobrevivieran sólo en los manuales, en vez que en las
salas de concierto, a las que rara vez volvieron después de sus primeras “ejecuciones”.
El sentido era alguna Gran Idea, en algún lado. Esto es Música
como Arte. Está bien, es astuto, es inteligente. Es interesante, ¿o
no?
Ahora, al lado de aquella partitura sobre mi piano también estaba la partitura
de las “Suites Francesas” de Bach, con su forma bien establecida,
una secuencia de danzas presentadas de diferentes maneras. Y de repente no pude
contener el flujo de pensamientos que desató esta yuxtaposición.
Porque en la creación de Bach hallaba una obra de arte indiscutible que
apuntaba a algo bastante preciso y sin embargo humilde. Ninguna Gran Idea acá.
Sólo pretendía existir dentro de los confines del “arte de
la música”. Como tal, este género particular de suites estaba
dirigido a una ejecución doméstica acompañada al baile. Pero
cuando uno las escucha incluso hoy, es posible experimentar su exuberante riqueza
y su poder de evocar o sugerir a nuestra imaginación todo lo que representaba
y reunía: la decoración interior pequeñoburguesa de un hogar
alemán, su acústica mansa, imperfecta, el descubrimiento de los
adolecentes de sus cuerpos a través de su ritmo, sus temperaturas, sus
contactos y su eroticidad incipiente, las melodías que aluden a una tierra
extranjera, el sonido de las prendas contra los muebles, de los zapatos rascando
el piso, y un gran sensación de placer, de íntima diversión.
Al mismo tiempo, el arte de la música era bien servido y llevado hacia
adelante como probablemente nunca antes.
Hoy, por supuesto, podemos pagar mucha plata para escuchar a alguno de los mejores
solistas del teclado interpretar las “Suites Francesas” en algún
gran auditorio, aunque Bach nunca haya concebido que se ejecutaran de esta forma. Él
era un simple compositor y ejecutante, un creador de música que hacía
plata lo mejor que podía, publicando danzas y ejercicios para teclado,
y tocando y componiendo para la iglesia local.
Y bien, sería terrible si la música fuera hoy incapaz de dirigir
su mirada a la vida de la gente y de nutrirse directamente de ella para lograr
inspiración, para transformarse a sí misma y hacer avanzar sus
propias tradiciones. Sin embargo, como melómano, no desespero, porque
el mundo del sonido parece encontrar otras jurisdicciones fuera del Arte que
siguen haciéndonos felices.
La musica, cualquiera sea al reino al que se la destierre, nunca se detiene.
Postscriptum,
un año después de la Gropius Lecture
Para aquellos familiarizados con los desarrollos de la teoría de la
arquitectura en las últimas décadas, la línea de razonamiento
que presenté les parecerá llena de trampas, algunas potencialmente
fatales. Me siento no obstante preparado para confrontar y superar estas trampas,
puesto que también estoy al tanto de que aceptar esas advertencias y
cambiar de dirección sería entrar en el juego de esos extremos
mutuamente excluyentes que se originan en péndulo penetrante (si bien
silencioso) y letal que el Zeitgeist regula, péndulo que se mueve entre
el conservadurismo y el vanguardismo, entre lo reaccionario y lo progresivo,
lo clásico y lo moderno, el pasado y el futuro.
Una cosa que aprendí, después de que el péndulo se hubo
movido algunas
veces de extremo a extremo a lo largo de mi vida profesional (privando de esta
forma a ambas, la teoría y la arquitectura, de cualquier riqueza y saber
acumulado), fue a ignorar este tipo de oposiciones y a trabajar con lo que
pienso que es positivo de cada uno de los términos enfrentados. Por
eso es que identifiqué algunos tópicos que a menudo son reprimidos
por la Teoría, tópicos que se insinúan a lo largo de todas
mis argumentaciones y que, por todos sus peligros, creo es necesario reintroducir
en la discusión, aunque la Teoría los haya usado unos contra
otros como anatemas, sin por eso descartar todo lo que ganamos en el pasado
reciente.
De mi afirmación de que una vez aceptada la representación en
arquitectura como inevitable, sus referentes deberían venir sólo
de la arquitectura misma, podría deducirse una amenaza de parálisis
creativa. Aquello podría leerse como el volver a abrir la puerta a un
historicismo asfixiante. Pero estamos hoy en un punto en que, gracias a la
teoría y a la historia, entendemos que “la arquitectura misma” no
significa exclusivamente su heredado depósito figurativo. Hoy significa,
más bien, que la arquitectura, como la única fuente de arquitectura,
puede buscar inspiración formal en cualquier lado, pero desde su interior,
manteniendo sus pies en su núcleo constructivo, anclando su imaginación
en una investigación programática más allá de las
traducciones formales literales, y continuando en el flujo de su propia trayectoria
cultural, a la vez atenta y crítica respecto de sus convenciones, lo
que no implica el uso literal-figurativo de referentes. De ahí que los
más prometedores desarrollos de Blobs no sean los que surgen de la lectura
metafórica de sus propiedades formales sino los que lo hacen de una
integración de tecnologías computarizadas avanzadas con una conciencia
tectónica y un conocimiento histórico-antropológico de
la disciplina.(12)
Como corolario, parece inevitable que se deba llevar a cabo una reconsideración
y reformulación del odiado asunto de la “autonomía disciplinaria”,
sin que se nieguen la “intertextualidad” y la “contaminación” cultural
que hoy tanto apreciamos en arquitectura. Me parece que, por ejemplo, una lectura
juiciosa, imparcial de los escritos e ideas más importantes de Aldo
Rossi revela una comprensión tan rica de la arquitectura y de la ciudad,
y una comprensión que no es irreconciliable con algunas de las nociones
estéticas y formales más avanzadas de, por ejemplo, Herzog y
de Meuron.
También parece urgente, hasta imperativo, que se renueve y se promueva
una discusión seria enfocada en la cultura popular, no como una fuente
figurativa para la arquitectura, sino como el mecanismo cultural operativo
con el que la arquitectura no puede evitar interactuar. Me parece que algunas
ideas de la teoría iconográfica de la arquitectura de Venturi
y Scott Brown, cuidadosamente seleccionadas, algunos de los artificiosos pero
seductores y penetrantes trucos de Ghery para manipular emociones, la comprensión
de los fenómenos culturales de Koolhaas (reformulada tras una seria
crítica a su sospechoso silencio respecto de las implicaciones politicas
de sus posiciones) deberían poder impulsar la arquitectura y definir
sus territorios en formas en formas nuevas y fructíferas.
También creo que debemos superar de una vez por todas los clichés
vanguardistas de los retratos inflados e irreales del poder de la arquitectura
de “criticar” y subvertir la sociedad.
Esto me devuelve a la polémica sobre la ”Arquitectura como Arte” y
el “Arte como Arquitectura”.
Las musas deben estar bastante aburridas por el estado actual de la arquitectura.
Pero francamente, ¿a quién le importa? Erato, Clío, Euterpe,
Melpómene y las demás son señoras mayores que hace rato
perdieron su credibilidad, cuando el arte se transformó y ellas se quedaron
jugando, ociosa e irrelevantemente, con los atributos gastados de formas artísticas
perimidas. Y desde ya que no podemos pensar en reestablecer el mundo disciplinado
de Bach.
Pero el pandemonium en la casa de la arquitectura es real, desde mi punto de
vista, y un esfuerzo por entender lo que las musas representan, a saber, que
existe un cierto territorio y una cierta especificidad que un métier
como la arquitectura puede reclamar como propios, es digno de exploración,
especialmente en las buenas escuelas de arquitectura, donde nos concierne,
sobre todo, la educación y el avance del conocimiento.
Notas
El título original produce un juego de palabras intraducible en castellano: “The
muses are not amused” (n. del t.). Una grabación de la Gropius
Lecture está en vías de ser publicada en formato CD por la Graduate
School of Design (GDS, Harvard Un.) con la totalidad de las imágenes
y una transcripción de las palabras pronunciadas el 25 de abril de 2002.
El CD incluirá también versiones escritas de otras intervenciones
públicas del Profesor Silvetti durante su ejercicio de la jefatura del
Departamento de Arquitectura y estará disponible en otoño de
2003.
2 El responsable es Preston Scott Cohen, que acuñó el término
durante la temporada de revisión de tesis de 2000.
3 [n. del t. =gota, glóbulo, burbuja, grumo, etc]
4 Esta simetría es ya observable en el hecho de que mientras el programismo
prevalece y hasta rampea en la escuelas, la tematización es mucho mas “triunfante” en
los campos de la práctica del diseño y en las industrias inmobiliarias.
5 Cuando se hablaba de la arquitectura de Frank Lloyd Wright como “orgánica”,
no era porque pareciera un organismo, sino porque sus características
sugerían un fenómeno orgánico: ni se la confundía
con un organismo natural viviente, ni se la disfrazaba para que lo pareciera.
6 Me estoy refiriendo a muchos ejemplos buenos y alentadores que usan y experimentan
con la tecnología y los principios de estos desarrollos recientes, como
el trabajo de Foreign Office en Japón.
7 Debo mucho de la reflexión implicada en esta dicotomía a los
escritos del escritor y filósofo español Félix de Azúa,
particularmente a su “Diccionario de las Artes” (Barcelona: Editorial
Plantea, S.A., 1999).
8 Véase “A voyage on the North Sea”: Art in the Post-Medium
Condition (London: Thames & Hudson, 2000).
9 Gotthold Ephraim Lessing, Laocoön: An Essay on the Limitsof Painting
and Poetry (Baltimore: The John Hopkins University Press, 1962), publicado
originalmente en 1766. [Hay traducciones castellanas]
10 Lo que no se verifica en las formalmente análogas irrupciones “expresionistas” intermitentes
e intrínsecamente diferentes a lo largo del siglo XX, como aquellas
de Mendelsohn, de Scharoun, de Utzon e incluso de Ghery, todas altamente individualistas
y arraigadas en una idea del arquitecto como artista que es totalmente ajena
a los fenómenos que estoy tratando. Sin embargo, a pesar de los cambios
fundamentales que separan el “expresionismo” de los desarrollos
a los que me estoy refiriendo, con frecuencia aluden a este linaje los promotores
de estos últimos, invocándolo como un origen legitimante.
11 Este párrafo se añadió con posterioridad a la Gropius
Lecture original, como una necesaria clarificación y correción
de una suposición incorrecta que hiciera en relación con la obra “Continuum” de
Ligeti. A su vez, como la equivocación refuerza el argumento presentado
en el epílogo, más que cambiar o modificarlo, era importante
que permaneciera en el texto.
12 Esta es una línea de pensamiento e investigación que me siento
orgulloso de ver florecer en GSD en todos los niveles: véase, por ejemplo,
Inmaterial/Ultrameterial: Architecture, Design and Materials, ed. por Toshiko
Mori (Cambridge, MA: Harvard Design School y George Braziller, 2002).
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