Tristes trenes
Luis Fernández-Galiano
Texto publicado en “Babelia”, suplemento cultural
de el diario El País, Madrid, 20 de marzo de 2004.
Los cuatro aviones del 11 de septiembrem fueron cuatro trenes el
11 de marzo. Y si en Manhattan dos aparatos consiguieron destruir
las Torres Gemelas, en Madrid el azar de los temporizadores quiso
que los dos convoyes destinados a hacer explosión simultánea
en Atocha no llegaran a poner a prueba la estructura de la estación.
El atentado terrorista no produjo daños arquitectónicos,
pero su trágico saldo de víctimas –dos centenares
de muestros, más de un millar de heridos– muestra la
extraordinaria vulnerabilidad de las infraestructuras que hacen
posible la vida urbana. Al derribar rascacielos de oficinas, el
11-S atacaba los emblemas enhiestos del poder económico;
al deventrar trenes de cercanías, el 11-M ha dañado
las arterias que riegan el cuerpo tendido de la ciudad, mostrando
que el corazón vertical de la metrópolis es tan frágil
como el sistema circulatorio que conecta su extensión horizontal
sobre el territorio: desgarrando ese tejido, la ciudad se desangra
de igual manera que tras un golpe certero en su núcleo cordial.
Madrid no sufrirá menos que Manhattan. Reparará antes
los daños materiales, pero la lesi[on al capital social constituido
por la confianza mutua tardará mucho en cicatrizar. El pánico
a las alturas o el temor al tren ceden ante la exigencia cotidiana
de unas urbes construidas alrededor del ascensor y el metrro; el
trauma de contemplar personas que se arrojan al vacío o cuerpos
despedazados por una explosión se amortiguan con el paso
de los días; el recelo ante el otro, sin embargo, se exacerba
sin remedio, impulsando a canjear seguridad por libertad. En las
Torres Gemelas perecieron genres de un centón de naciones,
y entre las víctimas de esos trenes somnolientos se contaron
multitud de inmigrantes latinoamericanos, europeos del Este y norafricanos;
pues bien, su peaje de sangre no evitará la xenofobia que
alimentan las mafias andinas de la droga, las bandas de delincuentes
de los antiguos países socialistas y ahora, de forma apocalíptica,
las redes terroristas del integrismo islámico.
Esta criminalización del extranjero –con sus previsibles
repercusiones en la política inmigratoria– no es sino
una manifestación extrema de la desconfianza ante el prójimo
(el próximo), un fluido corrosivo que penetra capilarmente
en el tejido social y disuelve con su miedo intestino la argamasa
rutinaria que da cohesión a la ciudad. El atentado infame
de Madrid no sólo es grave por su balance cruel de vidas
mutiladas, o porque haya puesto de manifiesto la naturaleza vulnerable
de las redes de transporte: lo es sobre todo porque socava la confianza
distraída que nos permite vivir juntos. Con frecuencia subrayamos
que la ciudad contemporánea no está gobernada por
la lógica arquitectónica de los edificios monumentales
o anónimos, sino por la lógica ingenieril de las grandes
infraestructuras que facilitan el movimiento masivo, y éste
es el motivo por el cual la herida horizontal de Madrid no es menos
lesiva para la salud urbana que el vacío vertical de Nueva
York; pero demasiado a menudo olvidamos que, más allá
de las construcciones físicas, la materia esencial de la
ciudad son sus habitantes, y esa madeja de seguridad y confianza
mutua que enlaza sus destinos, enreda sus expectativas y regula
al cabo los flujos económicos y demográficos que condicionan
su futuro.
La ciudad en red ha sido devastada por el terrorismo en red. La
mañana del atentado se colapsaron las redes de teléfonos
móviles, sobrecargadas con llamadas de alarma que procuraban
tejer una tela de araña de frágil sosiego; pero esa
red de información y protección utilizaba los mismos
aparatos ue los empleados como detonadores en las mochilas explosivas.
Como un sarcasmo trágico, aunque también con un patetismo
lírico de insufrible dolor y violenta emoción, durante
las tareas de auxilio los celulares de los muertos no dejaban de
sonar. Esas llamadas no contestadas son la mejor imagen de una red
desgarrada. “Buenosdías por decir algo”, repetían
al unísono los cronistas radiofónicos del suceso,
y ese refugio narcótico en el tópico refleja bien
el desconcierto colectivo y la desorientación personal de
los ocupantes de ese espacio hertziano que en otras crisis de nuestra
vida común –como ocurrió singularmente el 23
de febrero de 1981– fueron capaces de suministrarnos una red
de seguridad, pero que el 23-M no pudieron ofrecer a la ciudad otro
consuelo que un vacuo sentimentalismo analgésico.
Madrid ahora, como Nueva York en su día, está colonizada
por altarcitos conmemorativos, y el alcalde Alberto Ruiz-Gallardón
se ha precipitado a proponer un memorial. No sé bien si son
nuevos monumentos lo que la ciudad necesita en esta encrucijada
dramática. Los corresponsales de las televisiones extranjeras
desplazados a cubrir la catástrofe –incluyendo a Christiane
Amanpour, la reportera estrella de la CNN– eligieron el solemne
tambor de ladrillo de la estación de Atocha como fondo de
las crónicas, y ese ícono arquitectónico proyectado
por Rafael Moneo tiene quizá singularidad y monumentalidad
suficiente para albergar el recuerdo de la cruel masacre ferroviaria,
inevitablemente unida al nombre de la estación terminal de
los trenes 17305, 21431, 21435 y 21713. (Por una extraña
coincidencia, las cadenas anglosajonas completaban su información
con imágenes del presidente Bush –unido a Aznar indeleblemente
por el 11-S y la guerra de Irak– ofreciendo una corona frente
a la bandera con crespón de la Embajada de España
en Washington, cuya residencia ha sido recientemente terminada por
Moneo, de manera que el fondo arquitectónico de ambos sucesos
correspondía al mismo autor.)
La cristalización simbólica, sin embargo, tiene un
componente aleatorio que se resiste al designio deliberado; algo
que no parece importar a los inhumanos organizadores del holocausto
madrileño, que eligieron cabalísticamente ejecutarlo
911 días después del 11 de septiembre (9.11 en su
forma habitual americana) y macabramente reclamar su autoría
con una conta de video depositada en una papelera entre dos construcciones
emblemáticas –la Mezquita y el Tanatorio de la M-30–
que elevan su silueta al borde de nuestra mayor arteria anular.
En ambos edificios se velaron a víctimas de la matanza; pero
en el breve tránsito entre los dos –de la fe musulmana
al duelo civil– la siniestra Al Quaeda ha conseguido mostrar
la vulnerabilidad de las sociedades abiertas de Occidente, escribir
otro capítulo del enfrentamiento entre el radicalismo islámico
y “los nuevos cruzados cristianos”, e intervenir decisivamente
en el proceso politico poniendo de rodillas a una ciudad y un país.
Capital de la infamia y capital del dolor, Madrid es hoy estación,
mezquita y tanatorio.
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