Nicolás Quiroga
“La eficacia simbólica”
Sobre: Villa Celina de Juan Diego Incardona. Ilustraciones
de Daniel Santoro, Editorial Norma, Colección La otra orilla,
Buenos Aires, 2008.
I
Villa Celina son veinte relatos numerados de Juan Diego
Incardona y algunas ilustraciones de Daniel Santoro. Los cuentos
y las ilustraciones pueden ser pensados –de hecho ya se ha
hecho– como un viaje al conurbano bonaerense. Su narrador
es hijo de una maestra y un tornero, y ya no vive allí. Estos
últimos datos tientan a ensayar otra aproximación.
II
De una hojeada el libro de Incardona se parece a Seres sobrenaturales
de la Cultura Popular Argentina de Adolfo Colombres, con sus
relatos y dibujos que tematizan bestias y duendes de un territorio
difuso pero actual en la imaginación ilustrada. Es esta imaginación
una muy turística. De pibe vi a mi vieja correr hacia el
fondo de casa para tirar unos huevos recién comprados al
grito de “basilisco, basilisco”. Recién después
de conocer el libro de Colombres se me apagó la desilusión
que me agarré al contraponer la definición de “basilisco”
leída en el Sopena y el relato que mi vieja ensayó
para sus hijos aquella vez. En su lugar sobrevino una emoción
que sólo más tarde trataría de aplacar toda
vez que emergía. Es la emoción populista-ilustrada:
la de leer en un libro (la naturaleza del ilustrado) lo que en el
pueblo acaece a diario (el saber del nativo). Se podría decir
que tengo mucho para decir sobre esa sensibilidad: mi pueblo natal
es tan pequeño que cabe en cualquiera de esos palomares de
ciudad. Mi abuela, tucumana de principios de siglo, insistía
en que el duende de la siesta (está dibujado en el libro
de Colombres) sólo se arredra frente a la mierda. Mi tío
decía haber visto varias veces a un Familiar, el perro de
los ingenios (también está en Colombres), en la mismísima
Laferrere, donde casi todos mis parientes maternos murieron o morirán.
Pero se podría decir también que la apuesta por la
entronización de esas experiencias –que la imaginación
populista-ilustrada concibe como una comunión, como un reencuentro–
reifica ambos registros de intelección y frente a la inabordable
tarea simbiótica sólo puede cedernos el bestiario,
la ímproba pedagogía del diccionario y el dibujo,
la desabrida celebración del monstruo sin el miedo, del duende
sin la mierda.
III
La cosa pueblerina está en el corazón del texto de
Incardona. Si Villa Celina tratara al barrio bajo el signo
del barrio citadino, de ese barrio con códigos reo-ilustrados,
del barrio de la merienda y del baldío, estaría un
paso más cerca del libro de Alejandro Dolina sobre Flores
(otro libro de seres sobrenaturales, con dibujos y todo) y un paso
más lejos de Adán Buenosayres. El problema
con tratar la cosa magmática del pueblo es algo que todos
los cientistas sociales populista-ilustrados reconocen: si se subraya
el abolengo del interior (como lo hacía B. Verbitsky en Villa
miseria también es América) el asunto se vuelve
folklórico; si se insiste en el aguante, la falopa, los redonditos
y los celulares, toda la cuestión huele a consumo. En fin,
nada que García Canclini no haya dicho ya. Los textos de
Incardona no se salvan de caer en uno y otro polo, pero como esos
vuelcos se celebran, habrá que ver en sus relatos todo un
intento vitalista por sobrevivir a la contradicción. A cada
paso podemos leer la inestabilidad a la que el narrador se somete
para escapar de las imposturas del folklore colucciano y de la ironía
airana: él es el hijo de la maestra y se le nota. El
hijo de la maestra es el lugar del homenaje y la deferencia
pero también de la distancia: dice “aplaudir”
en lugar de “golpear las manos”; dice “medios
de transporte”; dice “en el transcurso de mi vida”;
habla de obreros como pinturas de Berni, de peleas como escenas
dantescas; propone personajes que no saben pronunciar la palabra
“impedir”; delinea de a tramos una pedagogía
del pobring ( “como siempre, para que te den, tenés
que dar algo a cambio”; “el odio en un barrio, como
en un pueblo, puede ser infinito”) con un programa de no se
agota en el clientelismo y el intercambio shamánico sino
que refiere cuestiones ligadas al lugar del narrador y explicita
hipótesis que ligan la circulación de historias y
las esquinas como lugares de ocio. Pero esa voz inestable al adherir
a las tradiciones festejantes y nostálgicas del mundo paisano,
del pago chico, se galvaniza de ternura y se distancia de la ironía
post y del recato derechoso del landriscinismo. Puede que
haya un mapa de lectura para recibir a Villa Celina, una
forma de interpretar estos relatos. Se concibe como una modulación
politizada pero de ningún modo politizante. Una onda que
empezó por desechar las metáforas edificantes de la
geología marxista, continuó sacándose de encima
a Deleuze y se detuvo en la contemplación desafiante de la
iconografía peronista. ¡Basilisco, basilisco! Lo político
está ahí, la literatura lo sacude. Así, a la
clave de sentido que puede hacer de Villa Celina un elemento
seriado, le basta con leer “unidad básica” o
“cumbia” para saber que anida allí el guiño
de los sumergidos. Hace falta muy poco para saber si hemos comprendido
-parece sugerir la cifra-, y esa sapiencia puede decirse también
cantando (o bailando).
IV
Hay muchas batallas en Villa Celina. Bandas, barrios, equipos
combaten entre sí maravillosamente. Sin embargo esas gestas
no son sino excusas para tratar epifanías, secretos y complicidades
que fecundan el barrio. La violencia entonces corre el riesgo de
ritualizarse, de decir algo que no dice (o que los subalternos no
quieren decir). Villa Celina escapa de esa ilusión
de hallar etnografías en letras de chamamé y cuartetos,
de descubrir nihilismo en el basural, o existencialismo en el uso
del gerundio. Pero al tratar la violencia como si fuese el camello
borgiano (ese que supuestamente no figura en el Corán) si
bien resulta fácil superar el umbral tilingo de la preocupación
y la sorpresa, es harto complicado superar los límites del
realismo. Es durísima la tarea de fundar el anti-antirrealismo.
Pero si ese trabajo lo encara alguien que siempre se está
yendo, como es el caso del narrador del libro de Incardona, puede
generar sentidos nuevos que remuevan un poco más las aporías
de la imaginación ilustrada. Entiendo que “Metales”,
uno de los relatos más breves y menos jocosos de Villa
Celina, puede servirnos como puerta de entrada al libro: en
él se traza la vida social del cobre y la alpaca, el maná
de los intercambios y las oraciones, los simbolismos de la masculinidad
y la plusvalía. Así de vacía, de seca, de pelada
es la mirada del que vuelve al barrio como el narrador de Villa
Celina. La sensibilidad populista-ilustrada debería
saber que hay algo destructor, sádico y contencioso en las
evocaciones del hijo de la maestra y que todo puede volverse ominoso
no sólo para tilingos sino también para guarangos.
El lector deberá repensar que al considerar a este libro
como un boleto para viajar al país matancero no sólo
no se encuentre allí con Humpty Dumpty sino que además
resulte larga e insultantemente ignorado. Lejos de la fascinación
del turista, el hijo de la maestra escribe su nostalgia como una
memoria de migrante sobre la que vale la pena recalar.
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