|
|
|
Hernán Pas
“Un testimonio de las mediaciones”
Sobre: Alan Pauls, Historia del llanto, Barcelona, Anagrama,
2007; 125 páginas.
En el seno de una familia burguesa de los años setenta la
educación sentimental es doctrina y se expande, como un virus
corrosivo en proceso de metástasis social, a las filiaciones
políticas que imperan en la época; o el mismo movimiento,
de flagrante consustanciación dialéctica, pero a la
inversa: un modo de pensar la política –aledaño
al modo de subjetivarla- como matriz de impolutos valores –es
decir acrónicos- infatúa la mentalidad de la clase
media argentina. Ese virus es una mezcla de sentimentalismo burgués
y de pregón bien pensante, cuasi cristiano: un derivado del
progresismo nacido, para fechar la sintaxis de esa deriva de tradición
liberal, en la cultura romántica y decimonónica. Con
un virtuoso manejo narrativo de esa porosidad fenoménica,
la novela de Alan Pauls se erige como un tratado de la mediación:
desbroza una temporalidad en la que reverberan varios pasados, varias
sensibilidades e indaga en el acto de lectura el revulsivo ofertorio
de su medianía. El razonado lenguaje de esta breve novela
no se interesa por la parcialidad de su testimonio, sino por lo
irreductible de su ofrenda: una monstruosa anatomía de lo
político.
La historia transcurre entre los cuatro o cinco años de la
niñez y los veintitantos de la temprana adultez del protagonista,
entre los años ’60 y principios de los ’80 en
Argentina. Por eso, lejos de la estela borgeana, ésta no
es una Historia universal, y ni siquiera una Historia
del, sino de un llanto: el que acontece supeditado
por la inocua pedagogía moral del pater familias, un modelo
de educación política-sentimental que mide efusiva
y patriarcalmente su disposición prometeica en los efluvios
candorosos de la humana -demasiada humana diría Nietzsche-
moral de los sentimientos. El protagonista de esta novela es un
niño prodigio, un infante monstruoso. A los cuatro o cinco
años exhibe ya una capacidad inusitada de comprender, de
escuchar, de ser afecto a –y afectado por- los martirologios
que los adultos –su padre, un amigo del padre, su abuelo,
la mucama- vomitan a saco en sus oídos de niño sensible.
Adorador de un superhéroe que la literatura política
desguazará como ícono del mercado imperial, ese niño
no podrá concebir que la felicidad no conlleve trauma, ni
podrá congeniar, por ejemplo cuando espabile su primer ayuntamiento,
su irreprimible e irrisoria voluptuosidad de enamorado con el sufrimiento
de los otros. No se puede ser feliz, sino a costa del sufrimiento:
he ahí el núcleo supremo de ese aprendizaje que, con
el magnetismo de una adicción, lo trabajará al protagonista
de esta historia “de por vida”. Y “vida”
es el modo nefasto de decir el mundo que lo cultiva: el de su padre,
el de los amigos de su padre, entre ellos un cantautor de protesta
cuyas canciones destilan lo más baladí del argot emocional,
el de una madre que, pionera del divorcio, pasa las horas embadurnada
de cremas y narcotizada, el de su abuelo materno, que irradia la
idiosincrasia de su pasado militar con una gestualidad tan mórbida
como chabacana, el de una novia perteneciente a una familia católica
chilena a la que abandonará con repentina animosidad en el
momento en que Allende se suicide y la imagen de su cadáver
se estruje, desde la pantalla televisiva, contra sus ojos ya hastiados
de llanto. Y, también, el mundo de la lectura: orbe en el
cual la realidad se teñirá con la promesa fantasmagórica
de lo real.
En su acepción clásica (tera en griego, monstrum
en latín), lo monstruoso significa tanto lo diferente –lo
que está fuera de la norma- como el mostrar espectacularmente.
La diferencia que enarbola el infante protagonista, que a los trece
años ha leído todo lo que tenía para leer sobre
literatura política, desde El manifiesto del partido
comunista a La causa peronista, desde Ernest Mandel
a Michael Löwy, es la panacea en la que goza, con sed de militante,
su padre: la inoculación de una sensibilidad extrema, casi
patológica, que recupera en series de reportes en las que
su hijo se “expresa”, se abre al mundo exterior y, sobre
todo, llora. Al hacerlo, conmueve. Y además, rinde: una economía
emocional en la que valor de uso y valor de cambio son una misma
cosa. El resultado es previsible: la farsa absoluta, el histrionismo
del hipócrita. Por eso es imposible llorar ante la pantalla
que muestra el bombardeo al Palacio de la Moneda en Santiago, como
imposible que allí el pathos no sea otra cosa que un producto
industrializado de la burguesa sensiblería: un lagrimal gastado
por la hipocresía medra entre el deseo partisano y la afección
existencial. Esa es la peripecia de esta Historia del llanto. La
segunda connotación de lo monstruoso está reservada
en estas líneas a la pericia técnica con la que Pauls
hace de ella una alegoría (y un alegato) de lo político.
Empecemos de nuevo. La hegemonía de lo nimio en las últimas
décadas auspició sendas derivas, entre ellas la de
sopesar la potencia disruptiva del lenguaje –su lógica
arbitraria, aquella que Wittgenstein homologaba a las reglas protocolares
de un juego- ora en los intersticios de lo histórico, ora
en la experimentación documental, ora en la subjetividad
puesta en vilo, ora en la premeditada destrucción del verosímil,
y así de seguido. En todos los casos, la inadecuación
esencial del lenguaje y lo real pareció fatigarse en nominaciones
bastardas de la estética realista. Historia del llanto,
primera nouvelle de una trilogía narrativa sobre los años
’70, traspasa esa discusión con la fe ciega e inconmovible
de un formalismo cuyo efecto vuelve inocua la pregunta que se suele
consagrar a ese orden de la representación y lo representado.
La narrativa de Alan Pauls ha sabido trazar una nueva coordenada
en el lenguaje literario. Porque del espectral La mujer Zombi
al más breve y logotípico Ex, el proceso
que decantó en El pasado como título de su
aclamada novela no debería atribuirse únicamente al
carácter hospitalario que esa frase supone –el pasado
es un lugar, un claustro temporal y a la vez un tesoro, todo y nada-
sino al íncipit de un viejo territorio a ser –en los
mejores casos, y el de Pauls es uno de ellos, con herramientas archirefinadas-
nuevamente explorado: la capacidad de la literatura para hablar
–casi como la poesía- sobre lo único que la
interpela: un testimonio. Ese es el subtítulo que porta la
nouvelle del niño prodigio. Nada más alejado de la
literatura testimonial, la factura de este testimonio, no por ficticia,
deja sin embargo entre manos el peso de otra verdad: el artificio
siempre está del lado del referente. Las marcas precisas
de ropa, de perfumes, de revistas, de periódicos, de películas,
funcionan en la prosa de Pauls como una ascética disección
de la temporalidad histórica: ninguna afección por
el nombre, ninguna empatía principista cala en la estricta
pertenencia histórica de lo nombrado. Ese distanciamiento
se afianza en el trabajo de una sintaxis cuya eficacia formal, si
eclosionó en El pasado de modo insuperable, resulta
por momentos lega de ciertas requisitorias de la extensión:
volumen y densidad, esas nodrizas que justifican siempre no sólo
los grandes temas sino también las grandes novelas (acaso
la trilogía, desde esta perspectiva, demande ser leída
como una única novela). No sólo porque esa sintaxis
resulte una suerte de usina productora de escritura, sino porque
en ella el sentido encuentra el plus necesario para que la maquinaria
de lo representado fluya. Aún así, Pauls se las ingenia
para salir airoso del límite del mero recurso, y hace de
la concentración del florilegio (la historia se narra en
el presente continuo de una conciencia escindida) el microcosmos
donde confluyen rigurosidad formal y espesor novelístico.
Un ejemplo: cuando el niño de cinco o seis años, que
ha quedado varias veces al cuidado de su vecino que esconde en su
traje militar no sólo el género sino el oficio, elucubra
los motivos por los cuales podría llegar a ser víctima
de un abuso imaginario y recuerda, por ejemplo, las veces que el
vecino le hizo juntar los pedazos de uñas que éste
se acababa de cortar en el bidet y en ese recuerdo se incrusta,
imprevisto y luminoso, el del abuelo cuando intentaba cortarle las
uñas menos para cooperar que para acallar los quejidos domésticos
de su hija despechada, el sistema condensa lo múltiple de
la experiencia temporal, y obnubila, ofrece el goce insuperable
–como ficticio- de la plenitud.
En esa multiplicidad condensada, el tiempo de la política
es yerro y la experiencia la del mundo hipostasiado. Al asistir
al concierto semiclandestino del cantautor llegado recientemente
de su exilio madrileño, el protagonista, ya adolescente,
conocerá la verdad de la causa por la que milita, su inesperado
desahucio, el tóxico de esa clarificada aprensión
que lo exasperará y dominará al mismo tiempo y que
podrá especificar sólo con la ortopedia prestada de
la medicina: la náusea. El episodio es ejemplar. Lo es en
la economía de lo narrado, pero lo es también en el
modo gráfico en que la pluma cinéfila de Pauls condensa
las imágenes: una plasticidad descomunal. La descripción
del episodio, donde la empatía se hace patente cuando el
protagonista cree ser el propio productor de las consignas que exhala
la canción, así como la del cantante, a quien el lector
atento descifrará antes de que lo haga la letra transcripta
de sus canciones, destila además la gracia del humor clásico.
A diferencia de Aira, cuya escritura regurgita comicidad allí
donde la deriva extrema, hasta volverlo inverosímil, el sistema
de lo narrado, Pauls es cultor de un humor que más brilla
por lo trágico que por su desopilante cinismo. Como ocurre
en El pasado en aquellos pasajes donde la neurosis de Rímini
lo coloca en el lugar del absurdo, el episodio del cantautor se
alía con el efecto de la comedia clásica: la risa
y el sarcasmo desguazan los pilares de los valores representados
y todo el voluntarismo bien pensante de ese sistema ideológico
atomizado en los versitos de un par de canciones se viene, irreversiblemente,
a pique. No con la rapidez con la que derrapa un castillo de naipes,
sino con el lento derruir de las olas contra las torres de arena.
Por supuesto, la náusea del protagonista apenas roza la profesada
por Sartre; puesto que no surge ante la evidencia de una existencia
cosificada donde las cosas se desembarazan de sus nombres, la conciencia
que reverbera esa náusea tiene el tinte de un acontecimiento
político: no son las cosas, sino el régimen de ideas
que las nutre, su empalagosa ascendencia romántica, lo que
califica la experiencia del protagonista. ¿En qué
consiste ese acontecimiento político? ¿O qué
es lo político en ese acontecimiento? La náusea es
la conciencia del artificio de las mediaciones. Es la educación
burguesa la que personaliza la Historia: derivar de ahí la
extinta frontera entre lo público y lo privado no es más
que un gesto autocomplaciente, fatuo. Toda la novela discurre por
la emergencia de esa conciencia disruptiva: así como los
uniformes transmiten un falso halo de comunidad, las canciones del
cantautor uniformizan falsamente una conciencia de clase. Disfraces,
falaces imposturas. Ante esa cantata, de la que el cantautor de
protesta es el sumun perifrástico, el protagonista reacciona:
“¿por qué no te callás? ¿Por qué
no guardás la guitarrita en el estuche?”: eso le diría
al cantante si pudiera, si no mediara la amistad de su padre, el
hábito marmóreo de las buenas costumbres argentinas.
La furia de esas preguntas glosa la mejor tradición política
de nuestra literatura: si en el gesto de romper el instrumento para
que nadie se lo apropie se ha visto una de las operaciones sobre
la lengua más conmovedoras del Martín Fierro,
el tema de esa cantata contra la cual el protagonista de esta nouvelle
se revela (tanto como se mide) emerge en la contundente figura de
un giro coloquial que, en negativo, la reproduce: toca de oído.
La náusea es justamente la irrupción de la conciencia
de esa impostura, tempranamente interiorizada y mecánicamente
ejercitada por el protagonista. ¿El niño prodigio?
Ocurre que la prosa de Pauls se afila esta vez en el testimonio
y la experiencia deviene clima de época, estilos de vida,
de clase, imaginario social de un sector que en la creencia populista
se emuló intérprete y médium, y se regodeó
idiotizado en el papel contencioso de esa comedia. Fueron extemporáneos,
casi decimonónicos. Con meditada pulsión crítica,
y para no “tocar de oído”, el autor de El
pasado reduce lo testimonial –donde las apropiaciones
y desfiguraciones de lo autobiográfico se jactan de lo inapelable-
hasta un grado superlativo de elaboración formal: mostrar
espectacularmente el escalpelo de la mediación. La nouvelle
de Alan Pauls es así una crítica punzante y certera
a las ficciones populistas, y al mismo tiempo un relato que no agota
nunca el acto de testar en la supuesta irrelevancia de la ficción
literaria. Sobre las páginas finales, en un casi tan monstruoso
como radical alegato figurativo, el protagonista trasmutará
la energía libidinal con que de niño devoraba las
tiras de historietas y luego las revistas pornográficas a
la lectura de literatura política; rozará con las
yemas de los dedos, como hiciera quizá con las fotos de mujeres
desnudas ofreciendo su sexo abierto a la imaginación que
rebulle, como el orgasmo, en la penumbra, las páginas que
narran los vaivenes de la lucha armada y al fin rubricará
los estertores más abyectos de esa máscara patética:
la ilusión decepcionante de sumarse a la acción política,
el incordio de habitar un mundo por siempre equivocado.
|