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Mónica Marinone
Los culpables, otro "efecto personal"
de Juan Villoro
Sobre: Juan Villoro, Los culpables. Bs. As, Interzona,
2008, 121 páginas.
El volumen Los culpables de Juan Villoro, en la edición
de INTERZONA lleva como fotografía de tapa una imagen del
Día de los muertos de Adriano Snel. La imagen es
eficaz para hablar de la escritura, de algún efecto pretendido
con la calavera provista de pelo, ceja entera, bigote “ejemplar”
(es un uso de Villoro) y amplia sonrisa cargada de dientes que retienen
una flor de papel naranja por el tallo. La celebración de
la muerte concentrada en la expresión burlona de la huesuda
invita a un mundo bien mexicano, “típicamente”
mexicano. “El muerto al cajón y el vivo al fiestón”,
“tan malo no ha de ser si todos vamos ahí”, “la
vida no vale nada, no vale nada la vida...” son dichos, repetidas
canciones populares que dialogan con la imagen y acercan un archivo
saturado, el cual sin embargo entra en crisis a través de
seis cuentos y una nouvelle. Por ello la imagen “típica”
parece una provocación cuando se adelanta la lectura y se
movilizan ideas e interrogantes sobre escribir, hablar, mostrar
este continente, ser hoy parte de un lugar. Villoro los explora,
de modo divertido, por ejemplo en la primera parte de la nouvelle
“Amigos mexicanos”, donde pone en escena a dos informantes
sobre el México “profundo”, más y menos
auténticos (paradójicamente, el primero es un negro
de Senegal experto en arte mexicano, uno de los que más sabe
sobre el tema, y el segundo, un mexicano que a ellos les parece
un moro de Hollywood, pero se ha hecho reverenciar como descendiente
de Moctezuma en Austria).
Se trata de viejos interrogantes asediados por los escritores latinoamericanos
a lo largo de décadas y vuelven en textos ensayísticos
y de ficción de otros narradores contemporáneos (M.
Bellatin, R. Bolaño, C. Aira). A propósito, el mismo
Villoro en su volumen de ensayos literarios Efectos personales
(2000) define el exotismo (como retórica) para satisfacción
de la mirada ajena, y me resulta difícil prescindir de ”Exotismo”,
de C. Aira, de su lectura sugerente en la traza de un proceso, su
indagación de la autenticidad como construcción o
la necesidad de inventar el dispositivo por el que valga la pena
ser del algún lugar. Respecto de la cubierta de Los culpables,
más allá de lo obviamente connotado, es innegable
la fuerza de la imagen que atrae y desconcierta porque impone aires
de contraste, tanto en contenido como en forma -la tétrica
muerte jocosa, la vitalidad de los cálidos que rodean el
blanco y negro de la figura humana incrustada en oblicuo. En Efectos
personales Villoro dedica un capítulo a A. Monterroso
donde, para explicar los relatos, recupera su referencia a Borges:
“su literatura incluye el laberinto y el infinito, pero también
las trivialidades trágicas”. La operatoria le vale
y como expresa cuando lee a Monterroso, delata algo de un “temperamento”
que intento describir en relación con Los culpables:
“Difícil encontrar mejor definición para las
tramas de Augusto Monterroso que el sentido de lo trágico
en lo trivial: nada es completamente irremediable, pero quien sepa
ver encontrará en las nimiedades un sufrimiento a su medida”,
dice. Me parece que Villoro ahonda en los gestos destacados de manera
sistemática a lo largo de su volumen, entre mucho, para atraer
y desconcertar, sustrayendo así de inercias interpretativas.
Con Los culpables, J. Villoro obtuvo el V Premio de Narrativa
Antonin Artaud (México: 2007, otorgado en marzo de 2008).
El cuento que da título al volumen es una magistral pieza
breve, referida o anticipada en suplementos de diarios argentinos
poco antes de la presentación de Villoro en la Feria del
Libro. La cita de una máxima del decálogo de Horacio
Quiroga en el ensayo sobre Monterroso (precisamente uno de los grandes
narradores de la forma breve) también conviene a J. Villoro
en este caso: ”Cuenta como si tu relato no tuviera interés
más que para el pequeño ambiente de tus personajes,
de los que pudiste haber sido uno”. “Los culpables”
es el mejor ejemplo de una posibilidad: montar un “pequeño”
universo en cuatro hojas a través de una escritura cuya dinámica
equilibrada contrasta con la índole de lo narrado: tragicidad
en lo trivial, dolor y sufrimiento risibles.
Otras máximas del decálogo parecen operar, además
de la mencionada: “No empieces a escribir sin saber desde
la primera palabra adónde vas”, “No escribas
bajo el imperio de la emoción”. Las incluyo porque
ayudan a comprender la modalidad constructiva de este relato en
primera persona sobre dos hermanos (el que no cuenta “no es
un psicópata”, pero “tampoco es normal”)
lanzados a escribir un guión cinematográfico (a instancias
del que no es normal) con dos máquinas de escribir (una fallada,
la del que cuenta), enfrentados en una mesa de la vieja granja familiar
puesta en venta. Lo de “pequeño” universo es
pertinente; si el fundamento -dos hermanos, una granja- es reducido,
la narración es de apertura, de líneas disparadas
desde ese centro elemental a lo lejano por cuestiones, personajes,
temas, siempre a través de concisas referencias. La experiencia
de la permeabilidad en zona de frontera (literal y metafórica),
la tragedia de los indocumentados que aspiran a cruzarla, el deseo
de ser un guionista mexicano para exportación, el ansia de
irse y el mandato del regreso, etc., son algunos ejemplos dispares.
El cuento termina siendo lo que H. Quiroga expresara en su octava
máxima del decálogo, “una novela depurada de
ripios”, y agregaría, en clave de las tramas compactas
que desvelaban a Poe, donde los componentes se ubican en precisos
lugares: oraciones y frases cortantes que introducen esa lejanía
o lo inmediato de manera indistinta; oraciones y párrafos
que avanzan rápido la historia, enlazados a otros que la
distraen o complican sutilmente, en la brecha de las máquinas
de crear interés de Cortázar, otro maestro para Villoro.
Respecto del equilibrio, interesa el tono despojado de emoción,
sostenido aunque se traten el dolor, el engaño, la traición;
es una marca más o menos fuerte de todo el volumen cuya consonancia
compositiva empieza por las primeras personas confesionales: “Me
abrazó como si untarme su sudor fuera un bautizo. Luego me
vio con sus ojos hundidos por la droga, el sufrimiento, demasiados
videos. Le sobraba energía. Algo inconveniente para una tarde
de verano en las afueras de Sacramento. En su visita anterior, Jorge
pateó el ventilador y le rompió un aspa; ahora, el
aparato apenas arrojaba aire y hacía un ruido de sonaja.
Ninguno de los seis hermanos pensó en cambiarlo. La granja
estaba en venta. Aún olía a aves; las alambradas conservaban
plumas blancas” (“Los culpables”).
Es un tono por el que no hay órdenes o problemas subrayados.
En general la muerte, datos del contexto, las micro biografías
de personajes del deporte que inyectan “realidad”, las
alusiones a la tradición o a un pasado “mágico”,
casi todo cobra la misma consistencia; alguna repetición,
ciertas frases irónicas, algún soplo de humor explícito,
las transcripciones del registro oral serían excepciones.
La vocación de la primera persona confesional es la intimidad,
pero aquí es una intimidad desapegada (otro contraste) que
se refuerza por la naturalidad constituida desde los comienzos,
una de las mayores dificultades al escribir. La retórica
de los comienzos en estos cuentos de Villoro (un saber que me recuerda
a Salvador Garmendia) sería la manera por la cual parece
no haber reorganización de un imaginario, como si la escritura
en tanto acto físico le fuera inherente, una sencilla instancia
cuya realización no produce conflictos. Quizás en
esto resida la fuerza de ese efecto de naturalidad, en la posibilidad
de unos comienzos que ubican de lleno en los relatos, pero también
figuran restituir un diálogo o un continuo (el volumen entero,
la escritura) solo suspendido en apariencia: ”A Rosalía
le sobra de qué preocuparse” (“Orden suspendido”);
“-Los fantasmas se aparecen, los muertos nada más regresan...”
(“El silbido); “La culpa fue de la iguana” (“El
crepúsculo maya”).
Los culpables fue publicado además por Almadía
en México y Anagrama en España. Los títulos,
es decir las palabras preocupan a Villoro, quien además es
traductor y ha reflexionado sobre el oficio (se sabe que la narrativa
tiene mayor posibilidad de traducción sin menoscabo esencial,
pero el lenguaje de Los culpables la favorece: además
del tono, su registro coloquial es contenido y responde estrictamente
a la economía de cada relato). La explicación que
justifica el uso de la palabra efecto como parte del titulo Efectos
personales en el prólogo de ese volumen, y el epígrafe
que abre Los culpables, un aforismo de Karl Kraus (“Quien
calla una palabra es su dueño;/ quien la pronuncia es su
esclavo”) redundan en el afán que cada relato sugiere,
decir lo necesario eligiendo lo adecuado porque el decir siempre
orienta a lo diverso, una apuesta de S. Garmendia a quien insisto
en mencionar por haber sido otro maestro de la forma breve que se
refería al “doble fondo” en el dominio del lenguaje
para desvanecer pretensiones de lo unívoco y circulaba cómodamente,
como Villoro, por distintos registros –novela, crónica,
cuento, guiones, periodismo literario, relatos infantiles ....
Culpables buscan ser los hermanos del cuento para escribir
porque “teníamos que jodernos para merecer la historia”
(“Los culpables”). Quien narra ya lo es, como son culpables
todas las primeras personas confesionales del volumen y como suelen
sentirse los que apelan a la confesión cuando arrastran algún
secreto. Culpa es otra variable que hilvana el conjunto
donde la traición abunda y una palabra repetida,
a veces en sintonía con la muerte que anticipa la
imagen de tapa, todas poderosas en la tradición escrituraria
mexicana (cómo no recordar el cuento de E. Garro). La serie
se completa con una ciudad que cobra presencia en algún
cuento y en la nouvelle: los colores de la imagen de tapa, un fondo-contexto
que da anclaje a las distintas historias personales en oblicuo dije
: ”No me gusta la ciudad desde el andamio, pero me gusta que
esté detrás de mí. Una masa que vibra”,
nos aclara el limpiavidrios de “Orden suspendido”.
Dicha serie permitiría hablar del gesto paródico
de Villoro respecto de un faro, La región más
transparente (1958), la primera novela de C. Fuentes o escritura
de México como cartografía de una red social en alrededor
de 470 páginas, nudo genésico del ciclo urbano, armado
desde fragmentos que se ensamblan para completar un todo cuya marca
es el espesor. J. Villoro incluye la frase nada casualmente en la
primera parte de “Amigos mexicanos”: “-Hemos perdido
la región más transparente del aire-...”. Me
apresuro a aclarar que la nostalgia de quien narra es “calculada”
cuando vincula la contaminación con el fin de la lírica
azteca en un mismo sintagma que conjuraría, además,
lo inabarcable deglutido por Fuentes, un pasado que pesa y resulta
difícil soslayar (recordemos que son las palabras de von
Humboldt inmortalizadas por A. Reyes en Visión de Anahuac:
“Viajero: has llegado a la región más transparente
del aire”). Es la frase que Monsiváis denomina uno
de los lemas de la mitomanía para “ceñir”
a México (el otro es “Ciudad de los palacios”).
La escritura como trabajo surge tras mis breves observaciones y
ubica en otra preocupación de J. Villoro; si elige palabras
como “orden”, “patrón”, “plan”,
“sistema” a modo de títulos o en referencias
más y menos directas cuando cuenta sus historias, a su vez
propicia la reflexión sobre escribir. El ensayo dedicado
a Juan Rulfo en Efectos personales insiste en socavar concepciones
de críticos desprevenidos (los que carecieron de la “elevada
categoría” requerida frente a relatos que hacen “vivir”
la palabra diría Roa Bastos) sobre la “mágica
inspiración” que dio origen a Pedro Páramo.
Allí Villoro refrenda el obsesivo, riguroso trabajo del gran
renovador formal de la narrativa mexicana y exalta las operaciones
intelectuales puestas en juego, el proceso de reinvención
(ese dispositivo de que habla C. Aira) por el cual un territorio
“se transforma ... en una cartografía más auténtica
que su modelo”.
En ese mismo ensayo, la valoración de la lectura como motor
de la escritura ahonda en un gesto de J. Rulfo que Villoro trata
de hacer visible en sus textos y explicita en los ensayos: la frecuentación
de diversas literaturas, así como la frecuentación
de otras lenguas y añado, la absorción de materiales
disímiles en beneficio de la propia producción. El
sesgo de su mirada no solo revela la posibilidad de captar el detalle
o de pulsar los ritmos de un contexto, también, una carga
informativa generada por la curiosidad del observador que sabe ver,
característica de muchos narradores y, es claro, de los cronistas.
Villoro se define “de carácter disperso y curiosidades
simultáneas”; sin dudas el trabajo de la escritura
y la valoración del peso de las palabras le han permitido
aprovechar las curiosidades y controlar la dispersión para
armar estos cuidados artefactos (de ahí mi frase “manera
sistemática” en el primer párrafo) donde los
contrastes, aun las contradicciones se complementan y vuelven “creíble”
la ficción, propician “aceptarla en tanto que tal”
según planteara J.J. Saer, un punto de llegada valioso cuando
de narrar se trata.
Juan Villoro (D.F. México,1956) obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia
por su volumen de cuentos La casa pierde en 1999 y en 2004,
el Premio Herralde de Novela por El testigo. Otras novelas
son Materia dispuesta (1997) , El disparo de Argón
(1991) y Llamadas de Ámsterdam, también publicada
por Interzona (2007). Además del volumen Efectos personales,
escribió De eso se trata. Algunos de sus libros
de crónicas son Dios es redondo y Los once de
la tribu (sobre fútbol) y Tiempo transcurrido
(sobre rock); sus guiones, Vivir mata y El lado oscuro
de la luna y libros infantiles sobre el profesor Zíper.
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