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Andrés Gallina
“Volver siete veces al conflicto”
Sobre: AAVV, Dramaturgias, Buenos Aires, Entropía,
2008. Prólogo de Mariana Obersztern.
¿Cómo pasar de la voz escrita a los cuerpos? ¿Cómo
activar desde la escritura la potencia de las cosas? El lector de
textos dramáticos asiste a un acto incompleto y lo redefine
a su modo: insiste en encontrar los signos que exceden al texto.
El riesgo parece estar ahí: negado el acontecimiento teatral,
el aura, el lector juega a rehacer la experiencia perdida.
La antología Dramaturgias, prologada por Mariana
Obersztern, reúne siete piezas escritas por siete mujeres.
Siete piezas singulares, que pueden dialogar entre sí, pero
que juegan un juego propio, con sus propias reglas. Hay algo, sin
embargo, que parece hacer posible la convivencia: frente a un teatro
despojado, que se saca de encima el relato, estos textos recuperan
la anécdota, el argumento, el contenido como forma.
En Poses para dormir, de Lola Arias, el relato se intensifica
hasta saturarse: coexisten una piromaníaca y un piloto de
aviones, el pornógrafo y su hija soldado. Bruno, Nadia, Jota
y Tao parecen intercambiarse hasta sus propios cuerpos; traducen
una lengua que es la propia; sueñan lo que viven y viceversa.
La acción sucede en algún departamento futurista y
los personajes bailarán, una posible cumbia, incluso cuando
el cielo se tiña de rojo y el fin del mundo suceda. Hay un
encanto singular en estos personajes que parecen olvidar el dolor
que padecen.
Sigo mintiendo apuesta al lugar común para arrancar
lo patético de lo cotidiano: las sobras de una fiesta de
cumpleaños, un novio-oso, los globos que se explotan para
despertar a un invitado dormido. Y sobre el marco doméstico
planea, como ese robot-criado de La felicidad de Daulte,
un extraterrestre-galán, azul y con pollera. Mariana Chaud
decide contar hacia atrás, terminar justo ahí donde
la obra empieza; y moverse de un registro a otro –un tono
que va de la comedia, a la telenovela, al suspenso- para no pensar
en géneros.
El texto de Julieta de Simone busca sentido en la mezcla, agitando
los elementos. Desde el lenguaje pretendidamente saturado, ornamental,
hasta la exhibición del "pelo en pecho", pasando
por la aventura casera del uso de laxantes para adelgazar.
En sus didascalias Cebo regala la clave: el ambiente inicial
bien puede ser el de una película francesa del 70; el ambiente
final bien puede ser el de una vieja película argentina,
clase B. Los nombres de los personajes, los personajes incluso,
podrían ubicarse de un lado y del otro: Jules y Antoine;
Nilda y Teresa. Un cine y otro acá se descomponen y restauran,
generando lo nuevo en lo anacrónico.
En Cien pedacitos de mi arenero, de Laura Fernández,
cuatro hombres coinciden en llevar a un basural los cuerpos de sus
respectivas mujeres, envueltos en bolsas de consorcio. La acción
dramática parece haber terminado antes de empezar. Sin embargo,
vuelve a recomenzar, sobre todo en los parlamentos quirúrgicos
de los personajes, que repiten incesantes la "bendita palabra
inexorable". Mientras se respira morbo y perversión,
el humor despunta, como siempre, cuando identificamos algo en un
lugar incómodo.
Ifigenia en, advierte Agustina Gatto, está “inspirada
en tragedias que se ocupan de la familia de los Átridas”.
La documentalista esperó a su hermano, el forastero, durante
mucho tiempo. Un día El forastero vuelve, junto a un amigo
músico. Van a filmar un documental autobiográfico
en tiempo real. La puesta de este texto funcionó con materiales
diversos: dibujo, videoproyección y música en vivo.
El texto reclama, en efecto, disciplinas diversas, en su existencia
sensorial. Partiendo de Eurípides, la obra deviene un documental
casero, con intervenciones musicales, texto, lluvia de fondo y,
quizá, sobre todo, silencio.
Raquel y Ana en una isla semi desierta hablan, al mismo tiempo,
del amor y de un protector de mosquitos, del amor y de una lluvia
que se moje todo. En El calor del cuerpo, de Agustina Muñoz,
el lector asiste al tedio: cuatro personajes bajo el sol, esperando
que llueva. La acción aparece en el deseo: poder recordar
un sueño, cantar o bailar una canción entera, vender
naranjas o collares de coco, subir a un barco que se trague el mar;
lo efectivo, lo que sucede, entonces, es la espera. Con una técnica
trabajada en el corte, lo teatral surge acá más bien
como una forma de suspender la acción y de activar el relato.
O como si la acción estuviera en el cuerpo o en lo que siente
el cuerpo, mientras tanto.
En Algo de Ruido hace, Nacho le pide al Colo un pulóver
y le pregunta si se usa afuera o adentro del pantalón. Allí
reside acaso el secreto de la condensación: ese instante
como síntesis de la historia de los dos hermanos. Hay, en
esta pieza, una economía trabajada para la contención,
un retraso de la acción que incomoda, que nos deja en guardia.
Reciclando "La intrusa" de Borges, ubicándola sutilmente
en los 80 y bajo el frío de un invierno miramarense, Romina
Paula cuenta entre silencios, no sin cierta irreverencia, mirando
de reojo la tradición. La historia es, de nuevo, la historia
de dos hermanos con algo que hace ruido en el medio.
Ya sea enfrascadas en la aventura casi novelesca, ya en el trazo
de la historia mínima, ya en el tránsito de géneros
diversos, o bien en el exceso que borra y desdibuja aquello que
se cuenta, las piezas que convergen en esta antología procuran
contar, no renunciar al conflicto, pensar el teatro como
acontecimiento.
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