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Diego Colomba
“Invitación al viaje”
Sobre: La división del día, de Silvio Mattoni,
Buenos Aires, Mansalva, 2008.
Los primeros libros de un poeta
La publicación de La división del día,
el libro que reúne los primeros trabajos del poeta Silvio
Mattoni (1969), resulta una apuesta editorial poco frecuente por
varias razones. Entre ellas, su condición retrospectiva,
que da cuenta de búsquedas temáticas y musicales alejadas,
al menos en apariencia, de las que el autor viene protagonizando
últimamente; se ocupa además de un poeta prolífico
que aún no pisó los cuarenta.
La compilación recupera la mitad de la producción
de Mattoni, la que corresponde a los “años noventa”.
Un rótulo generacional muy usado por el periodismo, pero
difícil de aplicar a la obra temprana de un poeta que habría
escrito poco “juvenilmente”. Las insistentes referencias
a la tradición clásica, el uso del hipérbaton
o la personalidad musical de sus metros, entre otros rasgos de estilo,
le imprimieron cierto anacronismo a sus textos, al tiempo que, desde
una visión más provinciana de la poesía, resultaban
paradójicamente demasiado prosaicos, con sus voces y didascalias
teatrales, sus personajes y episodios novelescos. No obstante ello,
si uno se aleja de cierto facilismo divulgativo, el caso de Mattoni
no resulta una excepción. Los últimos capítulos
de nuestra historia poética dan cuenta de tantos caminos
creativos singulares que incluso se ha hablado de una “tradición
de los marginales”.
La presente compilación, aun haciendo gala de la “inactualidad”
de los textos reunidos, resitúa también al autor,
inevitablemente, en el campo de la poesía actual. De alguna
manera compone un ciclo (“una serie”) que no puede dejar
de leerse desde el presente acumulativo de una obra, o para decirlo
de otro modo, bajo la luz que irradia hoy el nombre propio del autor.
De este modo, la reedición de sus primeros libros supone
el reconocimiento del valor de una búsqueda sostenida en
el tiempo.
En un epígrafe de su autoría, Mattoni argumenta poéticamente
a favor del título del libro. En una tensión constante
e irresuelta entre luces y sombras, se suceden el atardecer, la
siesta, la noche, el mediodía y la mañana. Tiempos
de intensidades y emociones diversas, en relación con las
demandas vitales y literarias, que se pueden vivir en un mismo día,
pero también proyectarse hacia los tiempos más extensos
de una vida. La división del día invita a
hacer un viaje que los atraviesa a todos. Cada uno de los libros
reunidos convoca con mayor fuerza a uno de esos momentos; aunque
pueda darle más o menos lugar a otros. Y aunque predominen
los humores sombríos, ese viaje concluye con luminosidades
más esperanzadoras.
Entre griegos y romanos
El bizantino (1994) es el primer libro de Mattoni, escrito
entre los dieciocho y veinte años, aunque fuera publicado
después de Trabajos de amor perdidos, ganador de
un concurso porteño en el año 92. Según manifestara
en más de una ocasión, el poeta buscaba evitar el
“Yo” como núcleo expresivo y referencial de los
textos, cosa que lo incomodaba sobremanera, tanto en su versión
romántica como en otras más novedosas. Compuso entonces
escenas en las que, en casi su totalidad, filósofos, poetas,
emperadores o historiadores de la tradición clásica
–cuando no personajes involucrados afectivamente con ellos-,
en su condición de escritores, experimentan similares desencuentros
entre el pasado y el presente, entre las palabras y las cosas, entre
sus distintas materialidades e intensidades. Esa tensión
temática se imprime estructuralmente en los poemas, y suele
destacarse con recurrentes partículas adversativas, entre
las que predominan el “sin embargo” y el “pero”.
Dialogando con textos de esos mismos autores, Mattoni noveliza momentos
de sus vidas en los que se experimentan todas las formas del alejamiento:
el amor, el sueño, la evasión poética, la vejez,
el exilio.
El tono bajo y suave de los poemas, propiciado por la extensión
de sus versos, se altera melódicamente con pausas internas,
utilizadas, entre otras cosas, para incluir vocativos que le dan
a los textos un aire conversacional. Mattoni hace del braquistiquio
(pausas que aíslan segmentos muy breves del verso) una marca
de estilo, que seguirá explotando en los libros siguientes,
cuando los versos se hagan un poco más breves y orbiten finalmente,
con mayor frecuencia, alrededor del endecasílabo.
El poeta cree, relativizando el valor del vanguardismo literario,
en la rica tradición grecolatina, donde todas las salidas
inventivas parecerían haberse insinuado al menos: “leamos/
a los muertos, no eran muy diferentes a nosotros”, se señala
en “Autólico”, el último poema del libro.
Tal vez no sea casual que el poema con que el mismo comience sea
“Ligurino”, alguien joven como el autor que no puede
evadirse de cierta conciencia de la decadencia y el fin, envenenado
por “la certeza de la medida” de los poetas clásicos.
La “altura” alcanzada por la especulación a
la que se entregan los personajes se socava a veces con un humor
finísimo: “de nada sirve atarse, aunque la lejanía
es dolorosa,/ la muerte acaba incluso con la vieja tristeza del
olvido./ Lucrecio pestañea pensando en el vacío”.
La sensualidad de los cuerpos convive con el trabajo de “la
memoria y la lámpara” del escritor, la mano que acaricia
bucles o senos se coteja con la mano que escribe, en ausencia de
la primeros. Con una sorprendente madurez, las escenas presentifican
una reflexión sobre la creación poética (literaria),
un “arte del olvido”, que se dosifica gradualmente a
través de las paráfrasis con que los locutores aluden
a la escritura. Aunque a veces, es cierto, da la sensación
de que la musicalidad de los versos no alcanza a diluir cierta impronta
declarativa, reforzada por la acumulación de las estampas;
como si las ideas, claras de antemano, se hubieran musicalizado,
en lugar de haber sido arriesgadas en el juego de la escritura.
Una polifonía de voces novelescas
Es la frase descubierta por Mattoni siendo estudiante universitario
y que derivó en la idea germinal de su segundo libro, Trabajos
de amor perdidos (1992). Podría decirse que con este
trabajo se produce otro gran hallazgo del poeta en términos
de su propia productividad: las voces, recurso teatral cuya atmósfera
genérica se insinúa con el primer verso del libro:
“Una máscara ríe, otra máscara llora”.
Un nuevo rodeo para evitar la tiranía de un yo poético,
en una escritura que, paradójicamente, hace de las emociones
y los sentimientos su tema.
El poema comienza con un “Prólogo” que funciona
como una acotación teatral inicial. En él se describe
el contexto escenográfico: una vieja casa en la que “cinco
mujeres, sentadas en grandes sillones” hablan hasta la llegada
de la noche. Cada tarde, una sola se dirige “hacia las cuatro
restantes”, para narrar episodios amorosos.
El libro está compuesto entonces por esos cinco parlamentos,
que se vuelven ejercicios de introspección a través
de los cuales se objetiva la experiencia de los sentimientos. En
el primero, se narra una relación iniciada a partir de un
encuentro casual en un velorio (que parece un chiste velado del
autor en torno al concepto de seducción). Lo prosaico de
la anécdota se extraña de un modo alucinante (“proferimos
sonrisas, que fueron recibidas como muecas”), entre otras
cosas por el tono especulativo, ajeno a lo coloquial, la selección
léxica, y la escansión de los versos. La voz femenina
enumera las tres estrategias de seducción de su amante, mientras
expresa los efectos que le provocan. En el segundo parlamento, se
describe un encuentro de miradas silenciosas y luego un intercambio
verbal, alejado del sentido, apoyado en la carnalidad de la voz
y la sensualidad de la escucha. Se augura un pronto contacto entre
los amantes. La riqueza del parlamento radica en que los hechos
son el soporte apenas de un dinamismo sentimental que se manifiesta
en su tránsito por el temor, el pudor, la ansiedad, el anhelo,
la sospecha sobre la futura muerte del deseo. Como uno ejemplo más
de las distintas solicitudes del amor, la tercera voz narra una
relación consumada meses atrás. Su presente lee los
vestigios de una hoguera ya extinguida. La cuarta voz narra una
relación de largos prolegómenos verbales antes del
encuentro físico entre los amantes. Luego de un golpe asestado
con palabras, sobreviene la separación, con recaídas
inconscientes de los amantes. La quinta voz narra una mutua iniciación
amorosa desde un presente melancólico, como el último
capítulo de un singular tratado amoroso. Si para algún
lector puede resultar demasiado visible el plan de la obra, o poco
verosímil su puesta en escena, el “Epílogo”
que la cierra, jugando con unos versos de Macedonio Fernández,
irrumpe señalando el origen de esas voces, el sueño
de un lector cansado que recrea su infancia, sentado en una sala
de lectura de una biblioteca pública, cuya vigilia, luego,
le da a esa casa un destino más sombrío y prosaico:
los preparativos previos a la entrega a sus nuevos dueños.
Hay que preguntarse si el artificio final supera el mero gesto perturbador,
componiendo un ethos que impregne toda la obra.
Una poesía dramática
Se podría conjeturar que Tres poemas dramáticos
(1995) es el primer libro que sintetiza con felicidad música
y personajes novelescos. Los versos se aproximan más a los
grupos fónicos del español, lo que les da un aire
conversacional más consistente. Pero al mismo tiempo ese
tono se enrarece por las preguntas retóricas, los apóstrofes,
las pausas internas, los braquistiquios y los encabalgamientos que
“dramatizan” la sonoridad de los poemas. También
lo hacen los adjetivos y tropos reñidos con cualquier tipo
de oralidad. En síntesis, tal vez sea el primer libro que
se desliga de cualquier atisbo pretencioso, solemne; que transmite
sostenidamente, en su explícita artificiosidad, una sensación
de verdad.
Los últimos versos de las acotaciones iniciales de “Oscura
noche en duelo”, primer poema del libro, contestan el epígrafe
del primer libro de Mattoni. Si la cita de Marco Aurelio en El
bizantino rezaba: “El presente, en efecto, es igual para
todos, lo que se pierde es también igual, y lo que se separa
es, evidentemente, un simple instante”, ahora se propone una
variación que pone en entredicho esos pensamientos: “El
presente, en efecto, es igual para todos,/ pero lo que se pierde
nunca lo es:/ así el instante de sus palabras permanece/
virtual y simplemente separado del resto”. Si “las calamidades”
suponen desgracias o infortunios colectivos, el automóvil
que traslada nocturnamente a cuatro amigos, sacudidos por las pérdidas,
los sume “uno por uno” en una deriva sin signos visibles
de redención, cortados los hilos que los sujetaban al pasado
y al futuro. Entre las locuciones de cada uno, breves didascalias
narran y describen el contexto de enunciación: un pintor
fracasado va al volante, a su lado lo acompaña un viudo,
detrás viajan un padre que perdió a su hijo y un amante
que se fugó para siempre de su pareja. Cada uno repasa y
“maldice” las calamidades sufridas, buscando darle un
sentido a su dolor, formulando preguntas que los demás no
pueden responder.
Todo el poema se desarrolla en un lenguaje que roza el tremendismo,
al límite de la hipérbole, con góticas alusiones
a “microfantasmas”, “tinieblas” y “voces
de los muertos”. Algunos personajes pueden volverse grotescos
en su dolor: esperar el golpe de una ausencia y recibir los propinados
por una patota, leer en la pérdida de una pareja la clausura
de un destino artístico, ya advertido en unas telas pintadas.
“Selva selvaggia”, el segundo poema, narra un encuentro
entre amigos a orillas del río para comer un asado. En él,
uno de los comensales (“el viejo”) narra una historia
–la de una madre bellísima y su hijo monstruoso- cargada
de preguntas íntimas para los demás.
La felicidad que provoca la lectura de ambos poemas se desprende
sin duda del modo en que acontecimientos cotidianos adquieren un
espesor simbólico: un paseo en auto se vuelve una suerte
de descenso a los infiernos, perdidos los éxtasis de la juventud;
una larga conversación campestre y bien regada, un “puro
simposio/ de tres generaciones varoniles”.
En “Mimo para cuatro voces”, cuatro voces recuperan,
en un diálogo imposible en el que se invocan unas enigmáticas
“chicas”, una conversación en un portal, el regalo
de un collar, un levante nocturno. Esos pocos y breves episodios,
pueriles, abrigan un misterio que sus protagonistas no han podido
revelar y que aún interpela sus presentes. La mímica,
señalada desde el título, supone una dramatización
de las conductas, una socialización de las emociones. Algo
que ponen de manifiesto las composiciones corales del libro.
El arco y las flechas
Con Sagitario (1998), el cuarto libro de la serie, un
poeta nihilista de fin de siglo puede hacer de un signo zodiacal
su deidad.
El trabajo con el ritmo se ha vuelto más sutil. A sus recursos
habituales, Mattoni suma otras figuras patéticas (exclamaciones,
optaciones, deprecaciones) y el juego con las rimas internas. Pero
lo más importante, más allá de su resolución
técnica, es la sensación musical creada, que al tiempo
que aleja a la lengua natural de la comunicación normal,
logra que “la tenue métrica de los versos” pueda
“traernos noticias de la verdad”. La arbitrariedad artificiosa
que supone el ritmo le devuelve a la lengua, también arbitraria,
un carácter necesario: el único modo de sugerir lo
que no se puede pensar ni decir, la única manera en que una
lengua parece volverse “natural”. Ritmo que hace de
la poesía, al igual que el sueño, “único
sitio/ donde voces y cosas, quien las mira/ y las oye, llegaron
a mezclarse?”.
El libro más metapoético de la serie se divide en
cinco partes, cada una precedida por un epígrafe en el que
se alude al arco, arma-instrumento de la figura mitológica.
Cada una de ellas se ocupa de los diferentes actores que participan
en el drama de la vida abortada, haciendo de los relatos míticos
la base imaginaria sobre la que se urden sus ficciones. “Hijos”
se inicia con la narración de un sueño. Luego se anticipan
los tres poemas que lo estructuran: los “epitafios”
de tres “sombras”, “mortales que esperan nacer”,
cortados ya “los hilos frágiles de eso futuros/ poetas
que nunca nacerán!”. “Madres” reitera la
estructura del apartado anterior: una introducción y tres
poemas más, en los que cada una de las mujeres se sumerge
en las variaciones del dolor. “Padres”: lleva la cuestión
de lo vital (“lo que no llegó a ser/ ni siquiera una
cosa, ¿nos tiende hoy/ el hilo de una trampa mutua?”)
a la disquisición sobre el lenguaje (“la inútil
presencia/ de este enano arbolito”) y la poesía: “Las
lenguas/ muertas flotan como abortos deseados.” Al poeta sólo
le cabe intuir el límite: “la materia/ de unos hilos
que nunca entenderás”.
“Huérfanos” hace del tema de los nacimientos
fallidos materia de reflexión estética, la fragilidad
y fugacidad de la belleza: “es un vidrio tan frágil
que se quiebra/ apenas con el roce de una sombra”. El yo,
poeta, se interroga sobre los propios modos compositivos: “¿Quiénes
son/ estos cuerpos sin nombre, estas posibles/ voces que me das?
¿Qué olvidé/ para desmentir con ellos mi próximo
fin?” y en inusuales versos cortos, que incluyen el voseo,
se apura por señalar su particular relación con el
tiempo: “En su destino/ están el arco y la poesía,/
que adelantan o atrasan/ la muerte”.
En el último apartado, “Naturalezas”, se reflexiona
sobre la condición de los poetas. Si estos arrojan sus poemas
como flechas desde el nacimiento, uno de ellos persigue a su madre,
quiere tenerla “un instante”, hasta que la misma se
convierte en un árbol como en la versión mítica.
Los duelos, las imágenes repetidas de la muerte, definen
la poesía: “Una cosa/ perdida busca un nombre perdido,/
¿y encontrará su posibilidad/ tras los instintos de
insensato aborto?”.
Chicas con calzas y pulóveres negros
Canéforas (2000) es, según su autor, su
libro “más hermético”. Su complejidad,
como la de los otros libros, tal vez dependa de la familiaridad
que tenga el lector con los textos primarios, aquellos que deconstruye,
pervierte o versiona imaginariamente la poesía de Mattoni.
Sobre todo a la hora de asignarle referentes a los cambios constantes
de voces de sus entramados corales.
Como una respuesta al humor sombrío del libro anterior,
sobre todo el de sus primeros tres apartados, Canéforas
practica una disección del proceso de los nacimientos, un
recorrido alucinado, una arqueología imposible que precede
incluso a la huella “impresa para recordar/ en otros la memoria
de cartílagos,/ mucosa y mínimos indicios de órganos,/
que prometen y prometían astillas/ de hueso, placeres y ritmos”.
Para ello, el libro se estructura a partir de las etapas de ese
proceso, captando la materia líquida en sus diferentes estados,
en un recorrido que se apoya menos en la densidad figurativa que
en la osadía imaginativa de sus episodios. A “Canéforas”,
la primera parte de la obra, corresponde la pureza del agua, portada
en “verdosas botellas opacas”, exigiendo tan poco esfuerzo
“como si el agua ya no fuera agua”, anunciando la fertilidad
inminente. En un encuentro con un grupo de mujeres de jean juntando
agua en un estanque, modernidad y pasado mítico se conectan,
presagiando la felicidad por venir, que no niega su dolor constitutivo:
“¿cómo decir/ que este verano que me entibia/
está atado a un dolor inabordable?”.
En “Pantano”, el circuito de los espermatozoides se
vuelve teatro conversado en un “lago de barro” y tras
la consumación, sobreviene “un homúnculo, un
testigo entonces mudo/ que apenas llegó a ver un grano/ escarlata
de granada: la gota/ confirmando el amplio ciclo de tu nuevo/ entusiasmo,
la espera”. Lentamente entonces se recorre el “pantano
del arrepentimiento”, en el que “felices moscas humanas”
se molestan entre sí.
“Rompientes” hace alusión al nacimiento: ahora
se trata del “agua fresca y pura de la memoria”. El
nuevo ser sostiene: “Mientras espero, pienso en lo que haré/
para olvidar el mundo de los no-hechos/ y bailar sin embargo el
paso yámbico/ que los evoque”. Al alumbramiento vital
y poético lleva “un ritmo rápido/ y constante
hasta la luz”, que se traduce en “la belleza/ de arrebatar
un principio a la nada”.
”Río subterráneo” habla del tiempo antes
del nombre, hecho de sueño y del fuego del alimento, una
patria que pronto se sumergirá en el olvido.
“Arroyos” describe la estadía del bebé
en la incubadora y el temor ansioso de los padres: “Por favor,
aliviá para mí/ la gravedad de un rumor tan abundante/
que no me deja oír en el silencio/ el ruido de tus sentidos
divagando/ sobre el idioma líquido recién/ aprendido”.
Hacia el final, una escena teatral, protagonizada por chicas con
calzas y pulóveres negros, cerca del río, a la hora
de la siesta, cierra el círculo iniciado en “Canéforas”.
Otra escena con aire fabuloso, otra narración con un denso
espesor simbólico, que mitifica el mundo, confunde sus voces,
lo vuelven soportable.
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